JUGADORAZOS

Miguel Rugilo, el León de Wembley

- por Redacción EG: 22/04/2016 -

El mítico arquero de Vélez solo jugó cuatro partidos en la Selección, pero le bastó apenas uno de ellos para inmortalizarse. Fue el 9 de mayo de 1951 en Londres, en un amistoso contra Inglaterra, cuando se convirtió en ídolo nacional con una actuación heroica.

La estampa de un arquero que se transformó en leyenda.

En el fútbol, como en cualquier otro ámbito de la vida, algunos jugadores quedan marcados por una circunstancia puntual, finita y fugaz, que legitima o desacredita toda una carrera de logros y frustraciones. Miguel Angel Rugilo, arquero de Vélez y Tigre, y referencia en su puesto durante veinte años, se convirtió en un ejemplo de estos casos cuando el 9 de mayo de 1951 en el mítico estadio de Wembley, en un amistoso contra la infalible Inglaterra, atajó todo lo que pudo y, a pesar de la derrota 2-1, se transformó en un héroe popular que dejó con la boca abierta a los británicos. Esos noventa minutos se hicieron imborrables y ya no importó demasiado lo que Rugilo había hecho antes ni mucho menos lo que haría después.

Los pormenores de la gestación de ese partido nunca salieron a la luz, pero, en una oportunidad, Mario Boyé creyó recordar una anécdota pintoresca: “Juan Domingo Perón se enteró de que Inglaterra estaba invicta en Wembley, entonces lo agarró a Ramón Cereijo, que era su Ministro de Hacienda, y le ordenó que preparara un amistoso en Londres. ‘Vamos a ir a jugar allá y les vamos a ganar a esos piel de gallina’, dijo. Y así fuimos nosotros”. Inglaterra, que se autorreferenciaba como la selección más potente del mundo, nunca había recibido a un rival no británico en su estadio, y Argentina venía de un larguísimo aislamiento internacional (por el que no pisaba Europa desde 1934) y que lo había dejado al margen del Mundial de 1950. Cereijo, que de lo que adolecía no era precisamente de falta de contactos, logró concretar una fecha para un partido amistoso –algunos sostienen también que la invitación fue por iniciativa de los ingleses-, y la tropa nacional partió rumbo a Londres con un equipo de gala.

Junto a Lolín Fernández y Ferraro, en el Vélez de los años 40.

Rugilo era el arquero; Juan Carlos Colman y Juan Manuel Filgueiras los defensores; en el medio estaban Norberto Yácono (apodado Estampilla, precursor de la marca personal), Ubaldo Faina y Natalio Pescia; y arriba figuraban Mario Boyé, Norberto Méndez, Rubén Bravo, Angel Labruna y Félix Loustau. Las únicas ausencias de renombre eran las de los jugadores que se habían exiliado luego de la huelga de 1948, entre ellos José Manuel Moreno y Alfredo Di Stéfano. Inglaterra también presentaba su mejor equipo, a excepción de Stanley Matthews, el primer ganador del Balón de Oro en 1956, que estaba lesionado y no pudo jugar.

La prensa local, que recibió a los argentinos con un agasajo en Highbury, el estadio del Arsenal, destacaba los bigotes de los jugadores, y los describía como petisos, fornidos, apasionados y de ojos oscuros. Guillermo Stábile, el entrenador nacional, mostraba cautela y respeto ante el rival, pero se encargaba de vanagloriar a sus dirigidos.

La foto emblemática de su gran actuación en Wembley, el 9 de mayo de 1951.

Rugilo, en ese entonces, ya tenía una carrera formada. Nacido en 1919 en Buenos Aires, había debutado en Vélez en 1937 y ya había pasado por el León de México. Nuevamente en el Fortín, era un ídolo del club y había conseguido varias hazañas. En 1949, por ejemplo, atajó cinco penales en cinco partidos consecutivos, y en 1950 detuvo dos penas máximas en un mismo encuentro contra River. En 1950, también, se había estrenado ante Paraguay en la Selección Argentina por la Copa Chevallier Boutell. Destacado por su contextura física y sus reflejos, Rugilo iba a viajar a Wembley como suplente de Gabriel Ogando, de Estudiantes, pero como el Pincha no aceptó ceder a su arquero, que finalmente no pudo formar parte de la delegación, quedó como titular.

La mañana del 9 de mayo amaneció lluviosa, y el terreno del estadio quedó húmedo y empantanado. Un día antes se habían agotado las sesenta mil entradas puestas a la venta, y el público inglés estaba fervoroso por recibir al equipo argentino, en una época previa a los cruces posteriores, algunos futbolísticos y otros no tanto, que definirían los rasgos de una rivalidad histórica. El partido comenzó en hora y Argentina, replegada, dio el golpe rápidamente: antes de los veinte minutos del primer tiempo, Labruna mató con el pecho un rechazo de Rugilo, se la pasó a Loustau y este metió un certero centro que aprovechó Boyé, el goleador terrible de los años terribles, apodado El Atómico porque sus goles retumbaban en las tapas de los diarios mientras Hiroshima sucumbía ante el poder nuclear estadounidense. 1-0 y todos atrás. Ahí nace la leyenda del León de Wembley.

Jugando para Tigre, se arroja sobe la pelota para evitar la embestida de Labruna, de River.

“Apenas empezó el partido realicé una buena atajada –recordaba Rugilo en una nota en 1972–. Eso me dio confianza, me agrandé. Ellos sacaron, avanzaron, nunca me olvido, le cortaron la pelota al insider derecho y el tipo me pateó como venía. Fue un tiro fuerte, arriba, en un ángulo. Por suerte pude descolgarla. Después vino el gol de Mario Boyé. Ellos seguían jugando al mismo ritmo, infernal, con que empezaron y con el que después terminaron”.

Inglaterra avanzaba a paso firme y los jugadores argentinos, faltos de ritmo porque el campeonato había empezado recién en abril y sin pretemporada previa, se ahogaban en la desesperación. Cada pelota que sacaba Rugilo era un volver a empezar para los locales, que pateaban desde todos los rincones. “Atajó Rugilo, una vez más Rugilo”, bramaba Luis Elías Sojit, el relator argentino que transmitía desde Wembley y que unos años antes había inventado aquello de que los días soleados son, siempre, días peronistas. “Otra vez Rugilo, otra vez Rugilo –relató-. Heroico el arquero. Argentina mantiene la diferencia y el caballero Rugilo es un león en Wembley”. A partir de entonces, y con ribetes mitológicos, cada intervención de Rugilo fue señalada por Sojit como una nueva epopeya de El León de Wembley. Inglaterra, finalmente, logró empatar el partido y, sobre el final, sacar una diferencia mínima, con un gol en posición adelantada. El 2-1 mantuvo a salvo el invicto británico en la primera incursión de un combinado extranjero (recién Hungría, en 1953, lograría obtener un triunfo en las islas), pero todas las miradas se las había robado Rugilo, el del apodo eterno.

El gol que más le dolió: el segundo de los ingleses en Wembley, marcado en posición adelantada.

“Sin jactancia –reconoció el arquero-, creo que aquella tarde tuve una buena actuación, pero nunca imaginé que serviría para promocionarme como lo hizo. A pesar del asedio, nunca dudé de que ganábamos ese partido. Sin embargo, faltando ocho minutos todo se derrumbó. En poco rato nos convirtieron dos goles seguidos. El primero fue un centro de la derecha que cabeceó el insider izquierdo inglés. Faina, nuestro centro half, me tapó, la pelota pasó por detrás suyo, pegó en el palo y se metió. El segundo gol fue un offside clavado, hasta los ingleses lo dijeron. También vino un centro de la derecha, volvió a cabecear el insider izquierdo, y la pelota fue hacia el medio del área chica. Allí estaba parado el centro forward solito, que convirtió el tanto”.

La despedida, para Rugilo, fue ensordecedora: “Durante todo el encuentro me habían ovacionado después de cada atajada, pero la del final fue tremenda. Ya nos íbamos de la cancha y la gente gritaba a lo loco. Como no sé inglés no entendía nada. El que me avivó fue Chichilo Sola, masajista de Vélez y de la Selección que me paró diciéndome: ‘Saludá, saludá, que esa ovación es para vos’. Creí que se venía abajo Wembley. Después cuando llegué al vestuario me puse a llorar. A pesar de todo me dolía haber perdido cuando teníamos todo casi cocinado. Me acuerdo que Tucho Méndez quería consolarme diciéndome: ‘No llores, gil. ¿Cómo te vas a amargar justo vos que hoy fuiste un fenómeno?’. Hasta volvernos, los ingleses siguieron hablando de mí, haciéndome infinidad de reportajes. Mucha gente fue al partido contra Irlanda para verme atajar”.

Ya retirado, transmitiendo su sabiduría a los arqueros de Vélez, en 1970.

Al otro día, los diarios argentinos se deshicieron en elogios hacia el arquero, y también destacaron la entrega del equipo. El Gráfico, que siguió el partido a través de su enviado especial Félix Daniel Frascara, tituló “Limpia justa deportiva. Los argentinos supieron perder”. La referencia no era casual, ya que el juego inglés estaba emparejado con la violencia desmedida, y la necesidad de los locales de cambiar su estilo de juego enaltecía las virtudes de los jugadores argentinos. “No tenemos por qué estar contentos, pero tampoco hay razón para que estemos tristes –escribió Frascarita-. Serenos, no más. Después de todo, lo que ocurrió era previsible. El seleccionado argentino fue a Inglaterra pleno de optimismo, con la esperanza de ganar, pero también inbuído de la responsabilidad grande que afrontaba y seguro de los valores que poseía el adversario, así como de las ventajas naturales que lo acompañaban. Consideramos que el cuadro argentino cayó con todos los honores”.

El cierre de la gira fue en Dublín, en un amistoso contra Irlanda que se saldó con victoria 1-0, gracias a un golazo de Labruna. Ese fue, también, el último partido de Rugilo en la Selección. A su regreso, el equipo fue recibido por una multitud en el aeropuerto, y todos los periodistas se abalanzaron sobre el hombre que entró a la delegación por la ventana y que volvió convertido en El León de Wembley. Durante mucho tiempo aquella actuación argentina en Londres fue el gran hito del equipo nacional, y la carta de presentación ante el mundo. Recién en 1953, en la revancha disputada contra Inglaterra en el Monumental, la albiceleste pudo actualizar sus logros y esa tarde, con el gol imposible de Ernesto Grillo, se sacó la espina al superar a los británicos 3-1.

Entre Gaggino y Bores, en el Tigre de 1956.

En 1953 Rugilo sufrió una grave lesión en los ligamentos de su tobillo, y Vélez, el equipo por el que había dado todo, no se portó demasiado bien: le dio el pase en su poder y se tuvo que marchar a Tigre. En el Matador estuvo dos años y luego pasó por O’Higgins de Chile y se retiró en Palmeiras en 1957. Alejado del fútbol, puso una fábrica de sándwiches y falleció de un paro cardíaco en 1993, a los 74 años.

Con veinte años de carrera, solo un partido le bastó para borrar su nombre y convertirse en un apodo inolvidable: “Supe que quien me puso León de Wembley fue Sojit, que trasmitió el partido. Parece que se la pasó dele repetir: ¡Rugilo, un verdadero león! y cosas por el estilo. De ahí nació el apodo. El barullo en torno mío duró un par de meses. Al poco tiempo vi una película que me hizo reír. Se me veía atajándole un tiro bárbaro a un británico que me hacía gestos con la cabeza como diciéndome: ‘¿Pero cómo hay que hacer para meterte un gol?’". Desde aquel 9 de mayo de 1951, todos los ingleses se preguntan lo mismo.

Por Matías Rodríguez / Fotos: Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de marzo de 2016 de El Gráfico

Por Redacción EG: 22/04/2016

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