LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Martín Kohan: “Boca es grande, nunca va a descender”

- por Redacción EG: 21/03/2016 -

Cuando habla de su equipo, se sale de cualquier forma de intelectualidad y se convierte en un fanático que sólo entiende las razones de su corazón azul y amarillo.

"La del fútbol es la única zona completamente inexplicable de mi vida. La única en la que me libero totalmente", confiesa Kohan.

¡Advertencia!: el escritor Martín Kohan no lleva puesta la camiseta de Boca. Directamente la tiene impregnada en la piel. Tal vez hasta sea su misma alma la que está envuelta en los colores azul y amarillo. Durante las dos horas de charla con El Gráfico habla con una pasión poco habitual. No está de más contar que respira los colores. Pudo haber sido de Argentinos Juniors pero se hizo bostero. Quiere a Diego Maradona pero más que nada ama –todavía, a sus 49 años– a Hugo Gatti, primero, y a Juan Román Riquelme, Alberto Márcico, Martín Palermo y Carlos Tevez, después. En la cancha se transforma. Se vuelve un indomable, cuenta. Es capaz de largar un insulto visceral y arrepentirse al regresar a su “vida normal”. Una versión futbolera y argentina de Doctor Jekyll y el señor Hyde. Cuando se le menciona a River no puede, tampoco, conservar la intelectualidad de alguien que publica novelas buenísimas y da clases de literatura en Buenos Aires, Estados Unidos o Inglaterra. Por el contrario, festeja que se haya ido a la B y despotrica. “Nosotros nunca descenderemos”, sentencia. Luego ensaya una sonrisa.

-Sos fanático al cuadrado de Boca, ¿no?
-Ser de Boca es una cosa que con los años se acentúa. No es que maduré. ¡Estoy peor! Marca un universo afectivo muy intenso para mí. Tal vez como le pasa a los hinchas de otros equipos. Uno tiene una memoria de Boca, un mapa de afectos relacionado con Boca. Atraviesa muchos momentos de mi vida. Abarca además la condición de anti River. No soy de los que pensaban que sería bueno que le ganara a Barcelona en la final del Mundial de Clubes. Por mí, hubiera perdido 19 a 0.

-¿Tenés amigos “millonarios”?
-Sí. Uno. Lo veo imperfecto, pero la amistad tiene esas cosas: mi amigo tiene una falla constitutiva. Pero como lo quiero y es mi amigo, convivo con eso. La prueba del afecto que le tengo es que cuando descendieron no le dije nada. Ahí confirmé cuánto lo quería. Pero no fue por consuelo. ¡Qué desciendan! Se lo merecían por petulantes, prepotentes, por acostumbrarse a entongarse y ser favorecidos, por habituarse a los privilegios, a las ventajas y al poder. El del descenso es un daño irreparable. No solo por haber descendido en sí, sino por esa autoimagen del poderoso. ¡Te fuiste a la B! Perdiste con Boca… Unidos.

-¡Estás con todo!
-Es que el imaginario de grandeza de River se construye con materiales muy miserables, de opulencia, prepotencia, poder. Esa falla, esa caída, no es como el descenso de Racing, Independiente o San Lorenzo. Es un hecho más histórico aún. Es como la caída económica de la familia opulenta de pueblo, esa familia acostumbrada a llevarse a todos por delante y que al quebrar tienen que comer polenta todos los días. No extrañé a River cuando estuvo en la B. Podrían no estar nunca más: igual, ya les ganamos lo suficiente. Me gustaría de todos modos seguir ganándoles. Boca no va  a descender, por ejemplo. ¡Boca es grande! Imposible que pase eso. En el 80 no se me ocurrió que descienda, cuando estaba Antonio Rattín de técnico. No puede ser. Son cosas que a Boca no le pueden pasar.

Todo por una chica
-¿Por qué sos de Boca?

-Por Norma, la chica que nos cuidaba, una santiagueña que era hincha de Boca. Estábamos todo el día con ella porque mi mamá, Sara, trabajaba desde la mañana a la noche. Después Norma se casó y se fue a su provincia. Sufrí porque no la iba a ver más. Fue la primera persona a la que quería y que no volvería a ver. Tuve la suerte de que hasta mis 30 años no hubiera una muerte en mi familia. Un abuelo falleció antes de que yo naciera, así que no existió una pérdida, sino ausencia. El fútbol en la cultura argentina es una de las escenas privilegiadas en la relación padre-hijo. Tanto como la imagen del papá enseñando a afeitarse o a manejar. Pero mi viejo (Aaron) no era tan futbolero. Con mi hijo (Agustín) sí tengo una relación por ese lado. Mi padre era de Argentinos porque pasó su infancia en La Paternal. Pero no puso mucha expectativa en eso. Yo me crié en el Bajo Belgrano, que es mi territorio, aunque éramos de una clase media baja, averiada. No me marcó River ni la cercanía con su cancha, sino la chica que me cuidaba, quien me vinculó con un entorno más popular. Además, ni en el colegio había mayoría de Boca, sino de Independiente.

-¿Ibas a la cancha con tu papá?
-El pacto funcionó de dos maneras. Una, que me llevaba a ver a Boca pero en sus términos: platea, para ir tranquilo, porque a él no le gustaban las multitudes. Cuando no íbamos a La Bombonera, nos tocaba Argentinos, lo cual me permitió ver los comienzos de Maradona. Con la excusa de ir a ver a Diego, me decía que me hiciera de Argentinos, aunque nunca tuvo la idea de que tenía que ser de su mismo equipo. Eso funcionó así hasta que me hice grande.

-¿El primer recuerdo de un partido?
-Una victoria cuando Boca eliminó a Independiente de la Copa Libertadores del 79. Ese triunfo me permitía desquitarme de cinco o seis compañeros que eran del Rojo y me volvían loco.

-¿Tu debut en la cancha?
-Un Boca 5-Temperley 0, en Vélez, en el 76. Fuimos a platea mi viejo, mi mamá y mi hermana, Marina, un año menor. Después empecé a ir a la tribuna, cuando iba solo. A ese equipo lo dirigía el Toto Lorenzo. Recuerdo que Tarantini se golpeó la cabeza y en una jugada posterior se mareó y cayó. Nunca había visto algo así. También hubo una salida hasta mitad de cancha de Gatti, algo que veía por primera vez. Recién empecé a ir solo a los 14, en el año 81. Me acuerdo de un 3-0 a Colón, ya con Maradona. También un 3-2 a Huracán, una tarde en la que Krasouski hizo un gol sobre la hora.

-¿Qué te da el fútbol?
-Me hace mejor y peor. Algunas de mis cosas más indefendibles vienen del fútbol, que activa en mí un tipo de fanatismo que no puedo defender: pensamientos mágicos, cábalas, cosas a las que habitualmente me opongo. Pero el fútbol también me permite otras ventajas, como tener tiempo. Cuando voy a la cancha, salgo de casa al mediodía y vuelvo a la noche, a pesar de todo lo que tengo que laburar. Si vos me decís de ir todo un día a pasear al Tigre, te acompaño, pero me llevo un libro para trabajar un rato. En las vacaciones, lo mismo. Leer es parte de mi trabajo y no me permito no trabajar. Ahora, a la cancha no llevo un libro. La cancha es el lugar en el que me libero, donde el tiempo no se aprovecha más que para Boca. Cuando me baño antes de salir para La Bombonera ya me pongo a cantar “señores dejo todo...”. Sí, dejo todo. Como no lo hago con otras cosas.

Kohan recibió el Premio Konex en 2014. Autor exquisito, también enseña Teoría Literaria en las universidades de Buenos Aires y de la Patagonia.

Ya no soy el que era
-¿Te transformás?

-Cuando me recibí de profesor de Literatura, no se lo conté a nadie. Recién se lo dije a la noche a mis viejos. Fue el 12 de diciembre de 1990. Ese día River salió campeón. Estaba amargadísimo. ¿Cómo iba a celebrar que me recibí? Otro ejemplo: cuando publico un libro, es una satisfacción, pero no hay celebraciones. Tampoco para mis cumpleaños. “Lo único que sentís como algo que activa una fiesta que merece euforia es Boca”, me dice mi mujer. Nunca digo que estoy contento, sino satisfecho. Eso solo lo tengo en el fútbol. Trato de corregirlo, pero tengo 49 años. Hay muchas cosas que me dan alegría, pero ese tipo de felicidad, esa condición del exultante, del que se suelta, solo me pasa con Boca. La gente que va a la cancha conmigo queda sorprendida.

-¿Sos de insultar?
-No, aunque suelo sumarme al insulto colectivo. Una sola vez insulté y es una de las grandes vergüenzas de mi vida. Fue en un Boca-Vélez, en nuestra cancha. Yo estaba en la tribuna de socios cuando Chilavert rechazó la pelota y Guillermo Barros Schellotto se le acercó y sin abrir la boca lo miró con esa cara de nada tan rara que sabía poner, que no sabés si sonríe o no, como La Gioconda. Lo miró mientras le pasaba por delante trotando. Ahí Chilavert le tiró una patada. No llegó a tocarlo. Tampoco fue como para quebrarlo, sino como diciendo “salí de acá”. Yo, que soy una nada, un profesor de Literatura, con una formación en estudios culturales y esas cosas, me colgué del alambrado y le grité “¡paraguayo hijo de puta!”. Enseguida me dije “¿qué hice? ¿cómo voy a decir eso?”. Fue mi momento salvaje en 40 años de ir a la cancha, donde tengo niveles de euforia o mortificación que no muestro en otra actividad.

-¿La pasión te sigue en la semana o mengua un poco?
-Para mí no es solo el día del partido. Es raro que pase un día sin pensar en el fútbol, que me permite ser distinto a como soy siempre. La literatura es mi pasión y mi empleo: tengo una formación racional. Todas mis decisiones, hasta las más equivocadas, que son muchas, las puedo explicar. ¡Todas! La del fútbol es la única zona completamente inexplicable en mi vida. La única zona en la que me libero totalmente. Hoy tengo un día de clases, estoy leyendo un libro de poemas de Cesare Pavese y tengo que ir a la facultad a entregar notas, pero si pasa algo relacionado con Boca o Defensores de Belgrano ya no soy el mismo. Me hace bien tener una zona que no encaja.

-¿A defensores de Belgrano sí llegás por el barrio?
-Claro. Ser de Boca en la zona de River es como estar infiltrado en el bando enemigo. Aprendí a andar en bici en el playón de River, donde había mucho espacio y cuando no le tenía el nivel de rencor que le tengo hoy. Creo que como le tengo mucho cariño a mi barrio, Defensores me permitió ser hincha del club de la zona. A La Boca, por el contrario, voy poco. A la cancha y poco más. O sea, no tengo identificación barrial. Conozco apenas algunas calles, pero no más.

-¿A qué te remite defensores?
-La infancia en la cancha del barrio. A veces iba a ver a Armenio, que jugaba ahí. También a Platense, porque me gustaba ver fútbol. Una vez fui a un Platense-Independiente, cuando jugaba Bochini. Inclusive hubo una época en la que iba a la cancha de River pero a la tribuna visitante y cantaba para los otros. En un partido contra Loma Negra hice eso. Era un equipazo en el que jugaban Squeo, Husillos y Orte. Me gustaba esa reparación de mi identidad futbolera con el barrio.

-¿Nunca te confundiste entre Boca y Defensores?
-No. Hay temperamentos distintos. En Defensores me gusta tener ídolos fuertes como Banana Galván, que le tengo que explicar a cualquiera quién es. En cambio, no tengo que explicar quiénes son Riquelme o Gatti. Eso del ídolo más local también me gusta. Iba mucho a ver los entrenamientos de Defe. Una vez lo encontré a Gatti en un amistoso entre ambos equipos, antes del 82, y no lo podía creer. Me fui detrás de su arco. Alguien tiró la pelota a la tribuna y se la devolví. ¿Sabés lo que era para mí devolverle la pelota a Gatti? “Quedate ahí que van a ir muchas más”, me dijo. Así fue. Le alcancé varias. Fue un día muy especial. Estaban mis ídolos de los dos equipos. Pero para mí  fue el día en el que hablé con “el Gatti jugador”. El Loco es el ídolo más grande. Nadie como él. Aún hoy.

Un amor loco
-¿Qué sentiste cuando Pastoriza lo sacó del equipo?

-Lo viví muy mal. En aquel partido contra Armenio en el que el Loco se equivocó, además había una mala defensa. Pagó los errores ajenos. Yo tenía 22 años, pero el mismo fervor que a mis 9 o 10, cuando era el arquero del Boca campeón del mundo, en el 77. Cuando me tocaba atajar, lo copiaba: vincha y bermudas.

-¿Alguna otra vez estuviste con él?
-A mis 10 años, cuando me firmó el primer autógrafo en la que fue una de las grandes noches de mi vida. Estaba con mi papá. Gatti había sacado un libro y se hizo una cena de presentación. Mi viejo compró dos tarjetas y me llevó. Creo que éramos los únicos invitados en esa cantina en La Boca. No había ubicación, así que nos podíamos sentar donde quisiéramos, según nos dijo el portero. Lo tomé literal y me senté donde yo quería: al lado de Gatti. Estaban Nacha, él y yo. Incluso salí en la foto de la revista Siete días . Mi viejo se había quedado a unos metros, solo. ¡Esa noche tomé vino! Pancho Sá me preguntó si quería vino y le dije que sí: ¿cómo iba a decir que no a ellos: Sá, Veglio, Gatti? En un momento mi papá se acercó y me vio tomando: fue la única vez en mi vida que tomé vino. Yo no tomo. Ni siquiera hoy. Al final me fui con el libro firmado. En cuanto al fútbol, fue la noche más feliz. Después me tocó entrevistarlo.

-¿Cómo fue eso?
-Lo entrevisté en un vestuario, en cancha de River, cuando laburaba como periodista deportivo. No recuerdo qué partido era. Yo trabajaba en una radio para Carlos Parnisari, no me acuerdo si Colonia, Belgrano o América, y fui con un grabador de esos a casete y él me contestaba la entrevista sin apagar el secador de pelo. Parecía que estábamos en un avión. Alguna vez me tocó entrevistar a Mario Vargas Llosa o dar conferencias en la Universidad de Princeton o en La Sorbona y no me puse nervioso. Pero hablarle a Gatti me da nervios. Porque lo admiro mucho. Hasta hace poco lo veía también en un bar de la zona de Colegiales y sentía la misma admiración. Te hablo de hace unos años, cuando compré en Parque Rivadavia una revista El Gráfico de fines de los setenta en la que él estaba en la tapa y se la llevé para que me la firmara. O sea, te cuento sensaciones que tengo a mis 49, que son las mismas que tenía a mis 10.

-¿Qué sentís por el Maradona boquense?
-Lo quiero. Hizo uno de los goles de mi vida: un 3-0 a River, cuando Tarantini, un traidor, quedó en el suelo. Se lo anotó a Fillol, la contra de Gatti. ¡Ese es el gol! No lo tengo ni que pensar si me lo comparás con el que Diego les hizo a los ingleses en el Mundial del 86. También tiene otro, en un 2-2, de tiro libre al ángulo a Fillol: el gol perfecto. Esa bestia que era Fillol voló de palo a palo y casi la saca. Esos goles son insuperables. Porque lo quiero, y con el tipo de dolor que proviene de aquello que queremos, lo que pasó en el 95-96 me lastimó, cuando en un partido definitorio contra Estudiantes en cancha de Independiente no jugó. Boca estaba en carrera. Había perdido la punta pero podía dar pelea. Caminando a la cancha escuchaba por radio que no jugaba. Después esas cosas de que la camiseta con raya blanca no, que las nenas me dicen que no juegue, llego con el Scania al entrenamiento, el doping positivo... y mientras tanto River salía campeón. Eso me lastimó. Como Caniggia me hirió también: un jugador debe estar en la Selección con la expectativa de llegar a Boca y no jugar en Boca para ir a la Selección.

El ídolo de Kohan es el Loco Gatti. Pasan los años, pero la admiración no disminuye.

-O sea, querés a diego pero también te sentís herido.
-Mucha vuelta. Mucha vuelta para algo que funciona en base a la entrega total. Así tiene que vivirse. Con tanto “pero” hay algo que se daña. Eso lo viví como un conflicto muy grande. Porque no se sabía si jugaba pero después hacía un golazo y uno se emocionaba y lloraba porque sentía que se perdía algo en manos del propio Maradona. Esa mezcla en torno al cariño. Pero no está, en cuanto a ídolo, a la altura de Gatti. Incluso alguna vez dañó a Boca, cuando le hizo 4 goles a Gatti. ¡Había dañado además al Loco! Riquelme, Márcico y Palermo también están en otra escala superior. Además, Maradona es de Independiente. Lo adoro. Pero admiro más el tipo de fervor de Tevez.

-¿Qué opinás de la salida de Riquelme del club?
-Tengo un tipo de incondicionalidad con los ídolos que me enorgullece. Es otro contraste con los hinchas de River, que han puteado a sus ídolos, como al Beto Alonso. ¡Putearon al Beto Alonso! Lo tuve que entrevistar también, tras un Ferro 0-River 1, porque hizo el gol. Fue tremendo para mí. Con Riquelme, lo que me plantea discordancia es un estilo dirigencial que se mete en Boca vía Macri y que introduce algo que no me gusta. Discuto la exitosa gestión de Macri en Boca. ¿Qué jugadores trajo Macri y cuáles Pompillo? Macri trajo a La Volpe, no a Bianchi. Trajo a Takahara, no a Palacio. ¿El eligió a Bianchi?, ¿él lo propuso? Lo asocio más a algo infantil, del tipo México le hace partido a la Selección y entonces quiere a La Volpe, sin saber cómo dirige.

-¿Cuáles fueron ideas de él y cuáles de una comisión directiva?
-Quería traer un jugador de Georgia y mientras boludeaban, alguien que sabe de fútbol dijo “Rodrigo Palacio”. Aquel gesto del Topo Gigio, Riquelme se lo hizo a Macri. Recuerdo cómo se peleó con Bianchi, que se levantó y se fue en una conferencia de prensa. Hay algo ahí que no comparto. Además, Riquelme le hizo un caño a Yepes. Solo por eso, y porque hizo los goles en la Libertadores, tenían que resolver su situación. Es el trabajo de los dirigentes. ¡Porque es Riquelme! Si no sabés hacer eso, como dirigente de Boca, me defraudás. Hay que quererlo. ¿Es complicado?: hay que resolverlo igual.

-¿Qué es Boca, a tus 49 años?
-Boca es una de las zonas de fervor más intensas que tengo. Hay pocas cosa que me importan. Soy muy acotado. Casi todo lo que me interesa o me gusta está desde chico. Los músicos no cambiaron tanto. Después, la literatura, Buenos Aires. Un puñado de cosas que vivo con intensidad. Cuando viajo extraño mucho la ciudad. Inclusive este bar: estoy en Londres y me pregunto cómo estará La Orquídea. Con Boca tengo una intensidad muy particular. Está en ese puñado de cosas que me importan muchísimo. Boca pierde y me amarga aunque acabe de sacar un libro. Como te dije, el día que me recibí River salió campeón, fue un día malísimo. Y su descenso lo vi con mi hijo por la tele. No podía creerlo. Pensé que iban a querer jugar los tres minutos que faltaban. “¿Sabés qué cara tenía el día que naciste?”, le pregunté a Agustín. Y con mi mejor sonrisa, le dije: “¡Esta!”.

Un escritor bostero
Nacido el 24 de enero de 1967 en la ciudad de Buenos Aires, Martín Kohan es uno de los escritores de mayor reconocimiento de las últimas décadas. Enseña Teoría Literaria en las universidades de Buenos Aires y en la de La Patagonia.

Sus libros se han publicado en diversos países, como Italia, Reino Unido, Francia y Alemania. Fue ganador del Premio Herralde de Novela 2007 por Ciencias morales y en 2014 recibió el Premio Konex por ser considerado uno de los cinco mejores novelistas de 2008-2010. Publicó ensayos como Narrar a San Martín y libros de cuentos como Muero contento, Una pena extraordinaria y Cuerpo a tierra. Entre sus novelas, algunas son La pérdida de Laura, Los cautivos, Segundos afuera, la ya mencionada Ciencias morales, Cuentas pendientes y Bahía Blanca.

También participó de la antología Con el corazón en la Boca - relatos de una pasión, que reúne a escritores xeneizes, como Martín Caparrós, Sergio Olguín y Juan Sasturain, entre otros.

En el suyo, titulado “Ensayo de autobiografía: padre e hijo”, escribe que “hay dos clases de textos que pensé que nunca me dispondría a escribir: textos de autobiografía y textos sobre Boca. Lo primero porque mi autobiografía no me interesa lo suficiente, y la escritura requiere empatía. Lo segundo porque Boca me importa demasiado, y me falta la distancia que la escritura requiere. Pero ahora vengo a descubrir que ambas cosas son, en el fondo, la misma: que sólo puedo escribir sobre Boca si escribo en formato autobiográfico, y que la única de todas mis vidas que estoy en condiciones de narrar es mi vida de hincha de Boca”. En cuanto a Cuerpo a tierra (publicado recientemente por Eterna Cadencia, foto), se trata de diez textos cortos que sirven como una buena llave para ingresar al mundo literario de Martín Kohan.

Por Alejandro Duchini / Fotos: Maxi Didari

Nota publicada en la edición de febrero de 2016 de El Gráfico

Por Redacción EG: 21/03/2016

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