CONFIESO QUE HE APRENDIDO

Tito Pompei, en primera persona

- por Darío Gurevich: 10/03/2016 -

Campeón de América y del Mundo con Vélez en 1994, nos trae sus recuerdos de esa época y su paso por otros importantes clubes, como Racing, Boca y Estudiantes.

Pasional, se expresa con soltura en el Pablos, de Devoto.

NO QUISE ESTUDIAR MAS en tercer año de la secundaria, en 1986. “¿Qué problema hay? Empezás a trabajar en el taller de electricidad del automóvil de Juan Carlos”, me dijo mi viejo. Como Juan Carlos no necesitaba un empleado, Roberto -mi papá- me pagaba el sueldo. Por la mañana, me entrenaba en Vélez; y de 14 a 20, le metía en el taller. En esa época había resurgido la democracia, y yo paraba en una esquina de Liniers con unos pibes y unas pibas. Si mi viejo no me hubiera rescatado de ahí, no sé si habría llegado a Primera.

LA PRIMERA NOCHE caí todo engrasado y un poco raspado en casa. Salí del taller y pasé así por la esquina en la que ese grupito de chicos se juntaba. No sabés lo humillante que fue… Ellos estaban todos cambiaditos, y yo… Apenas tenía 16 años. “Asesino”, le gritaban mi vieja, Fina, y mis hermanas a mi viejo. Esa noche lo odié con toda mi alma. Pero, por suerte, le pude decir después y en la cara que tenía razón. Me salvó la vida.

MI VIEJO ME DIO un apellido, inmaculado; y yo le prometí mantenerlo así. Hubo momentos en los que lo podría haber manchado por situaciones, por tentaciones, porque a veces querés matar a uno. Pero me contuve. Roberto nos dio todo como familia, y respetó a mi vieja, a mis hermanas, a mí, a mi señora, a sus nietos, y hasta mis decisiones. Me fui a jugar al Oviedo, en España, entre el 97 y el 2000, y le saqué a los nietos. Cuando me llamaba, primero me puteaba y después hablábamos con tranquilidad. Ahora, soy abuelo y lo entiendo.

Cara de nene en 1991, año en que debutó en Vélez.

ACOMPAÑAR A MIS HIJOS. Mi viejo me dejó eso, porque me siguió siempre. Hace un año y medio que no lo tengo, y no me olvido de que estaban firmes junto a mi vieja hasta que le pasaron la posta a mi mujer. Esto mismo, entonces, yo hago con mis hijos. Juan Cruz se dedica al thrash metal. ¿Sabés lo que es para mí? Y voy a verlo con gusto. Lucila hacía danza y patín, e iba. Julián jugaba al rugby, y lo acompañaba. Ahora, está con la guitarra. “¿Qué hacés viendo rugby, Tito; por qué tu pibe no juega al fútbol?”, me dijeron. “Si yo hubiera hecho lo de mi viejo, habría vendido aires acondicionados”, respondí. Mis hijos pueden hacer lo que quieran, y los voy a bancar. Eso es lo importante.

EN VELEZ, Roberto Rogel me promovió a la Primera; debuté de enganche en el 91, pero jugué casi toda mi carrera de volante por izquierda. En ese año, el Bambino Veira, que era el técnico, me explicó cómo quería que jugara. Bueno, de última, firmaron el Beto Ortega Sánchez y el Gallego Vázquez, y soné. Eso sí, la rompía en la Reserva: jugué como 1500 partidos; me dieron una plaqueta (risas). No me había ido a Talleres, de Remedios de Escalada, por las intenciones del Bambi. En 1992, me vinieron a buscar y me tiré de cabeza.

TALLERES es el club más importante de mi carrera, por lo que significa. Ahí corearon mi nombre por primera vez, y jugué 42 partidos de titular. Haber ido al Nacional B fue como haberme encontrado con una tumba cavada que tenía una escalerita. Vos te metías, y si te iba bien, reflotabas. Desde allí, volví a un Vélez campeón y Bianchi me mantuvo en el plantel por lo hecho en Talleres y por lo que vio en los entrenamientos.

“LA PUTA QUE TE PARIO”, me gritó una persona en la cancha de Villa Dálmine. Jugaba para Talleres y había errado una pelota que era gol. “Señora, a Tito no se lo putea”, le dijeron. “Ustedes no lo insultan, pero yo sí: soy la madre”, respondió mi vieja (risas).

Tito la cruza arriba, y Zetti no llega: Vélez es campeón de América por primera y única vez. "Sabía que ese penal marcaba mi carrera", admite.

NECESITABA TRABAJAR mientras empezaba en Primera. Eduardo Slutzky, que me conocía de Vélez y que tenía una amistad con mi viejo, era el dueño de Deportes Oeste, y me dio trabajo ahí. Yo abría uno de los locales temprano, me iba a entrenar y volvía a la tarde. Antes y después de los partidos, no iba. Así estuve cuatro años. Previo a casarme en diciembre del 92, me llamó: “Tampoco venís los jueves y los viernes… Acá, no podés laburar más. Igual, te voy a pagar el sueldo hasta junio del 93, y el regalo de casamiento elegilo vos”. Me dio una mano terrible. Se portó como un padre.

HABIA HAMBRE y sentido de pertenencia en ese Vélez campeón de América y del mundo. Eramos los jugadores del club, más Chilavert, Sotomayor, Trotta, Pepe Basualdo y Zandoná. Cuando Carlos Bianchi asumió, cambió la mentalidad. Además, tocó el plantel y optó por gente menos experimentada. El Negro Gómez, por ejemplo, reemplazó a Mancuso. Carlos es un técnico que transmite un mensaje simple, y estaba identificado con la casa. Porque Bianchi es Vélez. Todo era muy arraigado.

“NO TE BAJONEES. La Copa Libertadores es muy larga y vas a ser importante”, me había dicho Bianchi después de haberme dejado afuera del primer partido ante Boca. Carlos no es adivino, pero… En las últimas seis fechas del campeonato local, empecé a meter goles y a tener buenas actuaciones. Y, en uno de esos partidos, la rompí contra un Platense que venía segundo. “Andá a tu casa y agarrá la ropa, porque volvés a concentrar para la Copa”, me dijo Carlos Ischia. A partir de ahí, no paré: jugué de titular las semifinales, el partido de ida de la final ante el San Pablo, y en la vuelta, pateé el último penal. Porque Bianchi lo decidió; me miró y le dije: “Sí, Carlos”. Fue una demostración que me haya puesto quinto. Yo sabía que ese penal marcaba mi carrera. Andá a saber dónde terminaba si la pelota pegaba en el travesaño y se iba. Creo que habría ido a San Lorenzo; estaba arreglado. Y eso demuestra cómo es Carlos: dio marcha atrás su decisión de dejarme ir, en el avión de regreso desde San Pablo. Después, le ganamos la Intercontinental al Milan.

¡Qué banda! El grupo, encabezado por Pompei en la foto, acaricia la Copa Libertadores 1994.

LA RONDA DE PENALES empezó, y Trotta me hablaba al oído: “Vas a salir en todos los diarios; vas a patear el último penal; vas a ser figura; nosotros nos rompimos el alma durante la Copa y vos…”. Me volvió loco. En ese momento, no lo entendí. Pero sí con los años. El Cabezón paró de hablarme cuando debía ir a patear, y nunca me dejó pensar, jamás me dio tiempo para que razonara dónde patearía. Porque eso es lo que te confunde. Caminé 50 metros en un Morumbí en silencio y tenía la decisión tomada: la cruzo arriba. Zetti era altísimo, y me dije: “Si lo pateo abajo, la saca con los pies. Bueno, le pego arriba”. Cuando apoyé la pelota, era una foto: 100.000 personas calladas, solo veía saltar a los 4500 de Vélez. No lo podía creer. Y la crucé arriba y se terminó. Si esa pelota pegaba en el travesaño y salía, todavía estoy enterrado en el Morumbí. ¡Me muero!

HABER SIDO CAMPEON de América y del mundo fue parte de mi carrera, que se dividió en alegrías y tristezas. Ganar títulos es una satisfacción que, además, sirve para que te recuerden con cariño; y descender, como me pasó en Chacarita, resulta una frustración; y también se acuerdan de uno por eso.

LOS PROCESOS son resultado de las buenas decisiones y gestiones. Entre el 93 y el 94, Vélez ganó un título local, la Libertadores y la Copa Intercontinental porque la dirigencia había contratado en el 86 al Piojo Yudica para dirigir a la Primera, a Hugo Tocalli para hacerse cargo del selectivo, y a Alberto Fanesi para entrenar a la Cuarta, Quinta y Sexta. Después, llegó Bianchi, que sumó a Carlos Ischia y al profe Santella.

EN RACING TUVE una gran temporada. ¿Cómo no iba a jugar bien en ese equipo del 95-96? Si estaban el Mago Capria, Costas y Ubeda en el fondo, Sergio Zanetti de 3, el Chelo Delgado y el Piojo López adelante… A veces, Carrario jugaba. Después, se sumó el Tano Facciuto; también jugó Mauro Navas. En el arco, el fastidioso de Nacho González se paraba (risas)… Es un tipazo. Armamos un equipo adentro de la cancha y una banda fuerte afuera, bajo la muy buena conducción de Miguel Brindisi. Si Miguel es un gran técnico, mucho más lo es como persona. En aquel momento, los problemas sobraban en el club. Llegábamos a entrenarnos a Hindú, y estaba cerrado porque no se había pagado. Y esperábamos una hora y media a que alguien trajera un cheque. Pero siempre le seguimos dando, ¡y salimos segundos!

La gastó en Racing, en 1995/96.

COMO UN VENDIDO. Así podría haber quedado. Mi pase a Boca ya estaba hecho en agosto del 96. Pero, antes de firmar, tenía que enfrentarlo con Racing. Me acuerdo de que Maradona me abrazó en la mitad de la cancha y me dijo: “Eh, mirá que el martes venís con nosotros”. Para colmo, en la primera pelota, la quise bajar y se la dejé servida al Pepe Basualdo. Menos mal que Nacho González la tapó. Si no, ¿cómo explicó que la quise bajar y me salió mal? Fue raro: al principio, me puteaban los de Racing; después, pateé dos veces al arco y me insultaban los de Boca. Yo tenía que responderles a ese grupo, a Brindisi y a la gente de Racing hasta el último minuto. Así lo hice, y ganamos 1-0.

EN BOCA, el equipo del 96-97 no se afianzó. Había una base bárbara: Maradona, Caniggia, Fabbri, Navarro Montoya, Lorenzo, Vivas… Y en junio del 96, se sumaron Latorre, Pineda, Cedrés, Toresani, Cagna, Rambert, Dollberg... Pero no formamos un equipo, y la culpa no fue del técnico. Porque Carlos no nos pidió nada distinto que a la Selección del 86 y del 90, o al Boca anterior. Nosotros no pudimos darle a Carlos desde adentro lo que él buscaba desde afuera.

LE AGRADEZCO A BILARDO. Carlos me llevó a Boca y al año me fui para España; me eligió para ir a Estudiantes. Era diez puntos en la obsesión por el trabajo, en tener las cosas organizadas, en saber qué pretendía… Más allá de que si estaba para hacer fútbol, quizá decía: “Hoy corremos”. Porque le pintaba… Me hizo jugar de carrilero, y cuando llegué a España eso me sirvió. Porque me supe mover como volante por izquierda, enganche y doble cinco.

Jugó en Boca con Maradona, y Bilardo lo dirigió por primera vez.

BILARDO ERA DIVERTIDO, por su cábalas. Cuento una: cuando no ganábamos los últimos dos o tres partidos, salía a la calle con una cupé fuego; él la llevaba a los entrenamientos, a todos lados. Digo otra: un día fuimos a caminar a la mañana por Palermo, porque jugábamos a la noche; y ganamos. Después, otro día pero de lluvia torrencial tuvimos que ir a caminar por Palermo… “¿Ese micro es para nosotros?”, nos preguntábamos antes de salir. Y sí: pisamos Palermo y nos volvimos; y ganamos. De esas hay muchas (risas). Carlos, por ejemplo, daba la charla técnica en el hotel, y, de golpe, sonó el teléfono y respondió: “No, Pumpido no está”. “¡Pum!”, se escuchó cuando colgó. Y siguió con lo que explicaba. Bueno, ganamos. A la otra charla, la misma secuencia y… “No, Pumpido no está”, repitió, y ¡pum! Cuando sonó el teléfono, nosotros ya nos empezamos a reír. “No, muchachos, tranquilos, yo mandé a llamar”, reconoció. Carlos no es Carlos por esto. Solo se trata de un toque de color.  

HAY UNA ANÉCDOTA BUENISIMA de Bilardo. Estábamos de pretemporada, creo que en Necochea. Matellán se paraba a mi izquierda, y yo tenía que tirarla larga y Matellán pasar al ataque. “Pasá, Matellán”, gritó Bilardo. Y Aníbal pasó. “¡Nooo, pibe! Cuando te digo ‘pasá’, no pasés”, se enojó Carlos. Entonces, en la próxima, gritó: “Pasá, Matellán”. Y Matellán no pasó, lógico. “¡Nooo, pibe! En esta te lo dije en serio”, le aseguró Bilardo (risas).

HABER JUGADO CON DIEGO fue un regalo. El fútbol me dio tres meses al lado de ¡Maradona! La Tota Fabbri, Hugo Romeo Guerra, Toresani y yo llegábamos a las prácticas una hora y media antes para jugar al fútboltenis en el vestuario. Diego se cambiaba, y nosotros lo matábamos a pelotazos y se la aguantaba. Tenía una humildad… “¿Qué aprendiste de Maradona?”, me preguntaron en España. “De Maradona no se aprende, se lo disfruta”, respondí. Era imposible imitarlo.

NO SE BORRAN los tres años que pasé en Estudiantes. Había una viejita que nos venía a ver los viernes a la noche, y me traía unos budines… “Abuela, no venga con este frío. Mírelo por televisión”, le dije. “No, Tito; desde acá, me voy a abrir el puesto de diarios”, me tiró. ¡Tenía 80 años! Estudiantes era eso, el Country en el que hablábamos por teléfono con la cabeza afuera de la ventana, los pibes que dormían en las cuchetas, los hinchas que copaban la concentración antes de un clásico, el estadio de 1 y 57… Era un Estudiantes de mucho esfuerzo. Cuando me sumé, estábamos en zona de descenso y, en esos años, hicimos como 50 puntos por temporada. Viví cosas espectaculares; es un club que me quedó grabado. De hecho, es el equipo en el que más partidos jugué en la Argentina.

Su única experiencia en el exterior, en el Oviedo, de España, entre 1997 y 2000.

“ESTA ES TU OPORTUNIDAD”, le comenté al Principito Sosa antes de enfrentar a Chicago, el día que me reemplazó. “Te dan la 10, no la largues más”, la seguí. Y se lo decía yo, que era el 10 de ese Estudiantes. Lo encaré porque lo sentí. Siempre jugué en equipo; nunca me importó lo individual, ni tener que correrla después desde atrás. Ese grupo del Pincha, liderado por Azconzábal, Quatrocchi, Cascini, Pepi Zapata y quien habla, les dio muchos elementos a los buenos jugadores que venían de las inferiores.

JUGUE LLORANDO los últimos minutos de mi carrera. Tenía una idea de mi retiro: mis hijos entrando a la cancha y sacándome; besos y aplausos. Pero nada de eso sucedió. Estaba distanciado de mi mujer y lejos de mi familia porque jugábamos en Córdoba; y encima no ascendíamos, ni ascendimos, con Huracán, y yo que soy hincha del club… Fue un combo letal. Llegué al vestuario y supe que se había terminado. Saludé a mis compañeros, a los dirigentes, al cuerpo técnico, y al Turco Mohamed, que se portó de diez conmigo, en especial por ese tema personal. Y me fui.

LO UNICO QUE ME FALTO fue haber jugado en la Selección. Pero no me reprocho nada, yo hice todo para que me convocaran: me dormía temprano, me entrenaba, me cuidaba. ¿Por qué no me llamaron? Porque había mejores. Cuando metí 16 goles en España en el 98, jugaban el Burrito Ortega y Gallardo. ¿Qué iba a hacer? Yo no fui porque no me dio. Entonces, estoy tranquilo.

Vivió momentos inolvidables en Estudiantes, entre 2000 y 2003. Es el equipo en el que más partidos disputó en el país.

DIRIGI A BOCA, A HURACAN; en Bolivia, Paraguay y Perú en los últimos tres años, y tengo que trabajar. Todavía no puedo elegir dónde. Sé que debo gastar botines en el campo, y a medida que avanzás, porque ya llevo como 100 partidos como entrenador, mirás mejor las situaciones que pasan.

EL PASO POR LA PRIMERA DE BOCA me dejó el orgullo de haberme sentado en ese banco con 40 años; encontré un grupo que tenía un ADN ganador y que, adentro de la cancha, se defendía como si los integrantes fueran hermanos. Eso, justamente, hicieron Riquelme y Palermo. Estuve 11 partidos adentro de ese círculo, y nunca hubo un problema entre ellos. Lo que pasa es que no se puede ser amigo de todo el mundo, porque hay diferencias de criterios, de formas… Ellos eran dos profesionales extraordinarios.

EN SOL DE AMERICA, de Paraguay, me hubiera quedado a vivir por la dirigencia, por el club, por el trato de la gente. La verdad, es como el Real Madrid. Porque está bien manejado desde lo económico, ordenado en infraestructura, y tiene una buena base. Cuando llegamos, habían salido campeones en la Sub 20 y en la Reserva; y nosotros lo aprovechamos en 2014.

Dirigió a Boca en 2010, su estreno en Primera; y la siguió en Huracán y por Sudamérica.

FERNANDA, MI MUJER, se la bancó. No me conoció campeón del mundo, sino en la Cuarta de Vélez. Teníamos tres monedas, y juntábamos para ir a comer dos porciones de pizza a El Cedrón. Yo vengo de una familia de clase media, pero mi viejo siempre me mantuvo ahí, para que me ganara las cosas. La vida puso a mi señora en un quiosco a la vuelta de mi casa. Más allá de las idas y venidas, estamos juntos hace 28 años, tenemos tres hijos, y la seguimos peleando. Mirá, cuando no me fue bien en lo económico por algunos desmanejos, nuestros pibes apoyaron. Ahí está la mano de la madre, y lo que les transmitimos a los chicos como padres. Y eso es lo que yo armé, la misma familia sólida que mi viejo había armado.

PUEDO DESCRIBIR EL AMOR que le tengo a mi viejo, a mi vieja, a mis hermanas, a mi mujer, a mis hijos, y a mis amigos. Hace poco más de un año que soy abuelo, y no puedo describir lo que es. Se trata del hijo de un hijo… Es una felicidad enorme. Thiago nació en diciembre de 2014, y lo veía a cuentagotas hasta septiembre del año pasado porque trabajaba en el exterior. Ahora lo tengo conmigo todos los días, y ves lo que hace, lo que te conoce; cómo crece. Esto es el amor a mi hija multiplicado. No se puede amar a un nieto, sin amar a un hijo.

A los 45 años, Roberto espera propuestas para seguir desarrollándose como director técnico.

CUANDO MIRAS AL COSTADO siempre están la familia y tus verdaderos amigos; por más que seas campeón del mundo o que hayas descendido. Con el tiempo, aprendés a no obnubilarte con aquellos que solo aparecen en situaciones felices.

Por Darío Gurevich / Fotos: Emiliano Lasalvia y Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de febrero de 2016 de El Gráfico

Por Darío Gurevich: 10/03/2016

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