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Ermindo Onega, el ídolo que llegó tarde

- por Redacción EG: 26/02/2016 -

El Ronco dividió las opiniones en el fútbol argentino de los sesenta y fue uno de los grandes talentos de la época, pero ni en River ni en el exitoso Peñarol pudo gritar campeón. Con la Selección ganó la Copa de las Naciones en 1964. La historia de un crack inoportuno.

El Ronco en el arco Monumental. Fue ídolo pero no logró el título.

La tarde del 15 de diciembre de 1957 River, ya consagrado campeón, enfrentó a San Lorenzo. Era el cierre de otra temporada inolvidable, que había decretado el tricampeonato del equipo y había depositado en las arcas del club el quinto título en seis años. Esa tarde de festejo contó con todos los protagonistas millonarios salvo uno, Angel Labruna, quien, por una lesión, había sido reemplazado por el debutante Ermindo Onega. Esa tarde, también, River perdió 5-1 e inició, sin saberlo, la etapa más oscura de su historia. Un interregno maldito que lo tendría 18 años sin poder conquistar un título, y que marcaría a fuego la carrera del Ronco.

Onega nació en Las Parejas, Santa Fe, en 1940. Se inició en la liga local y a los 17 años llegó a River para jugar en Reserva a las órdenes de Renato Cesarini. “Onega arranca y hace un surco en la cancha”, decía el maestro. Luego del frustrado debut, el Ronco jugó poco en las temporadas siguientes y con la llegada del brasileño Delém, en 1961, perdió su lugar como centrodelantero y tuvo que correrse a la derecha.

Para entonces, el estilo de juego de Onega ya era materia de encarnizadas discusiones. Sumado a ello, a él le jugaba en contra su pasado en las inferiores del club, que se habían devaluado mucho tras el Desastre de Suecia y las salidas de Pipo Rossi y Labruna. El fútbol argentino, en su febril obsesión por la extranjería, buscaba esconder los fracasos detrás de contrataciones altisonantes de figuras de otros países. “Al jugador de afuera se le tolera todo –declaraba por aquellos años–, y se lo aguanta una temporada íntegra aunque juegue mal. Hay que justificar la inversión, y entonces hay que esperarlo porque el hombre debe pagar el derecho de piso. Al jugador de la casa no se lo espera. No le perdonan la menor falla”.

Con Enrique Omar Sívori, quien se fue a jugar a la Juventus de Italia apenas Onega debutó en Primera.

Juvenal, pluma excepcional de El Gráfico, fue uno de los defensores del Ronco en esa guerra sin cuartel que enfrentó a oneguistas y antioneguistas, aunque tuvo la lucidez de ser, al mismo tiempo, crítico con el delantero, en quien creyó encontrar la encarnación de un clima de época: “Tomamos a Ermindo Onega como un símbolo de todo lo que nuestro fútbol puede ser y todo lo que no es. Lo tiene todo para ser un triunfador sin discusiones, como el fútbol argentino. Pero, del mismo modo, como se renuevan las frustraciones para este fútbol nuestro tan rico que nunca sale de pobre, cuando todo parece indicar que Ermindo ‘pasó al frente’, ocurre algo que lo frena, que lo aplasta y que lo voltea”.

Juvenal dedicó muchas columnas al “Caso Onega”, como llamaba a la disputa que generaba el delantero, e incluso en una oportunidad, en 1963, cuando por fin el Ronco se había ganado la titularidad en River, publicó en El Gráfico un decálogo de “lo que debe hacer Ermindo” y otro de “lo que no puede hacer Ermindo”. En ellos, además de destacar la potencia, buena pegada y el letal pique corto del delantero, intentaba explicar que sus detractores veían en él una falencia: no podía sentirse ganador. Eso lo convertía en un jugador de rachas, con lagunas y altibajos que polarizaban las posturas del público. “Su caso es tan contradictorio –escribió– que para él no existen términos medios. Es un crack o un desastre. Cuando anda bien es el más talentoso de Argentina. Cuando le toca andar mal es considerado ‘el cáncer de River’”.

Junto a otra figura de la historia millonaria, Oscar Mas.

La sentencia de los antioneguistas, en parte, era cierta. El Ronco, apuntado como el heredero de Enrique Omar Sívori, se había convertido por obligación en el abanderado de un River que poco a poco se transformaba en la cara de la derrota. Año tras año, el equipo peleaba hasta el final y se ahogaba en la orilla. En 1962 había perdido el título con Boca en el sprint definitivo. En 1963 sufrió algo similar, pero el verdugo fue Independiente. Y 1964 venía siendo un año para el olvido hasta que llegó la Copa de las Naciones, un cuadrangular organizado por Brasil, vigente campeón mundial.

Argentina ni siquiera iba a formar parte del torneo. El apuntado era Alemania, pero no pudo viajar y la baja de último momento obligó a los organizadores a convocar a la Selección. La AFA llamó a José María Minella, que eligió a los jugadores entre gallos y medianoche. El plantel combinó el fogueo internacional de figuras renovadas como Luis Artime o el propio Onega con el regreso de Amadeo Carrizo, José Varacka y José Ramos Delgado, integrantes del equipo de Suecia 1958.

El Ronco define ante la salida desesperada del arquero suizo en el Mundial de Inglaterra 1966.

Argentina llegó de punto a Brasil, y muestra de ello es que los jugadores habían intentado asegurarse un “premio” en caso de salir en el cuarto lugar, es decir, últimos. Sin embargo, la Selección tuvo un buen debut ante Portugal (que tenía entre sus estrellas a Eusébio) y ganó 2-0 con goles de Alfredo Rojas y Alberto Rendo. En la segunda fecha, el rival era el Brasil de Pelé, Gérson y el Lobo Zagallo. Argentina mejoró su actuación inicial y, contra todos los pronósticos, se puso en ventaja con un golazo del Ronco, tras una pared con Pedro Prospitti. Luego vino el doblete de Roberto Telch para sentenciar la historia con el 3-0, el penal de Gérson atajado por Carrizo y el codazo de Pelé que le fracturó el tabique a José Mesiano. En el último partido del cuadrangular, la Selección se impuso, en el Maracaná, 1-0 a Inglaterra con un tanto de Rojas, y se consagró con puntaje ideal y el arco invicto. Fue el máximo logro internacional de Argentina hasta la consecución del Mundial 1978. Y también el momento en el que Onega se sintió indiscutido.

La Copa de las Naciones parecía haber quebrado el maleficio del Ronco, pero en enero de 1965, en Chile, protagonizó una situación peligrosa. En un hexagonal amistoso, Onega chocó cabezas con Oscar Montalva, defensor de Colo Colo, y sufrió traumatismo de cráneo y fisura de peñasco. Estuvo diez días internado y se llegó a temer por su vida. Cuando su salud se estabilizó, un problema en un oído puso en riesgo su audición, y por último se especuló con que quizás no pudiese volver a jugar. Finalmente, Onega regresó tres meses después, pero la historia volvió a repetirse. River, dirigido por Cesarini, cedió ante la presión de Boca y cosechó un nuevo y doloroso subcampeonato.

Charla en el Monumental con Ángel Labruna, a quien tuvo de técnico en River, aunque hubiese preferido compartir delantera con Angelito durante sus años de gloria.

En 1966 River se dividió entre el Campeonato local y la Copa Libertadores. En el primer caso no pudo hacer mucho frente al imbatible Racing de Juan José Pizzuti que allí comenzaría su racha de 39 partidos invicto, pero en la Copa avanzó a paso firme hasta la final que lo enfrentó a Peñarol. En la instancia definitiva perdió en el Centenario (2-0), ganó en el Monumental (3-2) y definió en terreno neutral, en Santiago de Chile. En un partido increíble, River se adelantó con goles de Onega (fue el máximo anotador de esa edición con 17) y Jorge Solari, y cuando la historia parecía sentenciada, Cesarini, en vez de asegurar el resultado con un defensor, puso al delantero Juan Carlos Lallana. El equipo quedó descompensado y sin volante central, por lo que Onega, que ya compartía el plantel con su hermano Daniel, asumió las funciones de un centrojás. Ese fue el principio del fin para River. Peñarol resucitó y llegó al empate con tantos de Alberto Spencer y Julio César Abbadie. Sobre el final, el Ronco tuvo un claro mano a mano que mandó por encima del travesaño. Ese yerro volvió a tensar su relación con los hinchas millonarios, mucho más cuando en el tiempo suplementario otra vez Spencer y Pedro Rocha pusieron el 4-2 que consagró al Carbonero. Esa definición, además de dejar con las manos vacías a River, le legó eternamente el apodo de Gallina.

Con la Selección, jugó el Mundial de Inglaterra y fue la figura del equipo, que en el debut superó 2-1 a España. Volvió loco a Luis Suárez, ganador del Balón de Oro y referente del Inter de Helenio Herrera, y eso motivó a Helmut Schon, entrenador de Alemania, a sacrificar a un tal Franz Beckenbauer en la marca personal del Ronco. Ninguno de los dos pudo tocar la pelota en el segundo partido del Grupo 1 y el resultado terminó en un 0-0 inevitable. En el cierre de la primera ronda, Argentina se cruzó con Suiza, y Onega hizo el segundo gol en el 2-0 que había abierto Artime. Con ese triunfo, avanzó hacia los cuartos de final donde esperaba Inglaterra. La historia es conocida: la ingenuidad de la Selección fue aprovechada por un impresentable árbitro alemán que expulsó a Rattín, y con la ventaja numérica, los locales sacaron una mínima diferencia. Fue el amargo cierre para un equipo del que se esperaba poco y que sobre la marcha demostró que hubiese podido llegar más lejos.

En 1968 la sequía seguía asolando a River, que perdió la semifinal del Metropolitano contra el San Lorenzo de Los Matadores, y en el Nacional definió su suerte en un triangular con Racing y Vélez. Contra el Fortín, el árbitro Guillermo Nimo no vio una clarísima mano de Luis Gallo, que despejó sobre la línea un cabezazo de Jorge Recio que tenía destino de gol. Por derecha o por izquierda, River siempre se quedaba sin nada. Y Onega también.

Con su hermano Daniel y algunos trofeos de River.

En 1969 dejó River con un saldo de 222 partidos jugados y 98 goles convertidos y pasó a Peñarol. Allí acuñó su frase de cabecera: “Yo siempre llegué tarde”. Es que cuando debutó en River se estaban yendo Labruna, Loustau, Rossi y Vairo, y algo similar sucedió en el Carbonero, porque su llegada coincidió con las partidas del peruano Joya, de Abbadie y de Spencer. En Uruguay jugó hasta 1971 y tampoco pudo gritar campeón. En 1972 tuvo un fugaz paso por el Vélez de Osvaldo Zubeldía.

Tras su salida del Fortín dejó el profesionalismo y se dedicó a jugar partidos amistosos con el Equipo de las Estrellas. En 1975, no obstante, regresó al fútbol en Deportes La Serena de Chile, y se retiró definitivamente en 1977. Sus últimas fotos como futbolista son con la camiseta de Renato Cesarini, el club que fundó junto a Solari, Artime y su hermano Daniel. Viajaba una vez por semana a Rosario a reclutar promesas y conocía de memoria la Ruta 9, tanto que se confió y a la altura de Lima su auto volcó y él salió despedido. Murió pocas horas después en el hospital, a los 39 años, el 21 de diciembre de 1979.

Discutido, admirado, lagunero, inolvidable. Onega fue un crack inoportuno, un ídolo que cometió el error de llegar siempre tarde.

Por Matías Rodríguez / Fotos: Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de enero de 2016 de El Gráfico

Por Redacción EG: 26/02/2016

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