¡HABLA MEMORIA!

Boca, el favorito

- por Elías Perugino: 20/02/2016 -

Armó el plantel más poderoso del fútbol argentino. Luego del bicampeonato de 2015, su prioridad será la Libertadores. Luchará contra sus rivales y contra sus deslices disciplinarios. ¿Podrá?

Habrá obstáculos. Habrá dudas. Habrá errores. Pero con trabajo duro no habrá límites”.

La frase, acompañando a una foto en la que Tevez besa el escudo tras convertir un gol, estuvo pegada en las paredes del comedor del bunker que Boca armó en el hotel Sofitel de Cardarles para sobrellevar el tramo más exigente de la pretemporada. El cimiento físico para un 2016 que, por jerarquía futbolística y prepotencia histórica, lo perfila como el principal candidato para ganar todas las competencias en las que va a participar.

No fue la única frase ni la única foto. Todo ese espacio de uso en común fue regado con imágenes de la doble conquista del último semestre de 2015 –el torneo de 30 y la Copa Argentina– y sentencias motivacionales. Como si el cuerpo técnico del Vasco Arruabarrena hubiera evaluado que la batalla contra la relajación debía librarse desde el primer día de la nueva temporada. Sin dejarle el mínimo resquicio al exceso de confianza. A la perjudicial embriaguez que suele crucificar a los futbolistas cuando el entorno los decreta ganadores por adelantado.

Quien levantara la vista en cualquiera de las cuatro mesas redondas para ocho comensales no tendría otra opción que toparse con un doble mensaje. Con una postal del éxito anudada a una exhortación al sacrificio. Se mirara hacia donde se mirara. Aquí y allá.

Aquí, Gago festejando y “La distancia entre los sueños y la realidad se llama disciplina”.

Allá, Lodeiro levantando la Copa Argentina y “Cuando pierdo todas mis excusas es cuando empiezo a encontrar mis resultados”.

Aquí, Orion gritando un gol y “La vida está destinada a ser un reto porque los desafíos te hacen crecer”.

Allá, Gago abrazado a Osvaldo y “La calidad nunca es un accidente. Siempre es el resultado del esfuerzo de la inteligencia”.

Aquí, un abrazo grupal y “Trabajo, cooperación y sacrificio son imprescindibles para que haya trabajo en equipo”.

Allá, Tevez celebrando con Lodeiro y “Los retos hacen que la vida sea interesante. Superarlos es lo que hace que la vida tenga sentido”.

Aquí, Cata Díaz, Chávez y Pavón con la Copa Argentina y “Ganar no lo es todo. Pero sí esforzarse para ganar”.

Y si no era suficiente con esas declamaciones, encontrarían más en sus habitaciones, acondicionadas con un cabezal de cama personalizado: foto propia y frase-flechazo, directa al corazón del involucrado. Vale el ejemplo de la doble que compartieron Tobio y Tevez. “No se fracasa hasta que se deja de intentar”, leyó el marcador central. “La excelencia es el resultado gradual de luchar siempre por ser el mejor”, le tocó a Carlitos.

Mensajes. Consignas. Herramientas que aportan su valor accesorio para edificar el objetivo sustancial: el éxito deportivo. Un horizonte que en 2016 tiene un faro lógico y reconocible: la Copa Libertadores. Después, lo que sume será bienvenido. Pero primero, la Libertadores. Como lo exige el Mundo Boca desde que empezó el milenio.

El efecto Tevez revirtió la espiral desgraciada de mediados de 2015, cuando el “gas pimienta” fumigó a Boca de una Libertadores que, para colmo, levantó River. En ese escenario de desprestigio y tierra arrasada, con el equipo primero en el torneo local pero con el alma acribillada por una eliminación que ni siquiera pudo pelear en 90 minutos reglamentarios, el presidente Angelici mostró la velocidad de reflejos que antes pareció faltarle. Jugó su última carta. La bala de plata que quedaba en la recámara de su futuro político. Y Tevez le devolvió un guiño divino. En parte, Angelici había trabajado para obtener esa recompensa. Hacia un par de años que venía sembrando para concretar la utopía. Se había asegurado un sí a plazo fijo: “Cuando vuelva, vuelvo a Boca y nada más”.

Pablo Pérez es una pieza clave para Arruabarrena. Deberá controlar sus arrebatos temperamentales.

Carlitos regresó movilizado por dos impulsos. Resuelto el futuro económico, el eje prioritario se concentró en la planificación familiar. En el decorado afectivo que su mujer y sus tres hijos necesitaban para abrazarse a la plena felicidad, que también sería la suya. Pero en sus entrañas bullía el deseo de inmiscuirse en un Boca herido. De involucrarse como nunca: “A los 20 años las cosas se ven diferente que a los 31. A mí, el Mundo Boca me devoró. Pero ahora es distinto. Estoy listo para aportar cosas desde otro lugar. Sé que soy una referencia y mi obligación es mostrar un camino. Servir de ejemplo para los chicos, como otros jugadores lo hicieron conmigo”.

Tevez asumió una gerencia tácita. Un cargo intangible. Dentro de la cancha, puso todas las presiones en su mochila y descomprimió al plantel para que obtuviera el bicampeonato. “Se llevó todas las marcas”, lo graficó Angelici en el brindis de Navidad. Y desde su perfil superprofesional marcó pautas de todo tipo. Aportó su visión crítica en cada arista del fútbol del club. Aconsejó a los más chicos hasta en tips relacionados con los tiempos de descanso y los hábitos de alimentación. Sugirió, propuso, avaló. No desde la soberbia y el engreimiento, sino desde ese conocimiento sin boletín académico que pudo absorber cuando abrió su mente mientras competía en la elite del fútbol europeo.

El Boca 2016 crece al influjo del eje Angelici-Arruabarrena-Tevez. Hay roles, espacios y lugares que se respetan y no se trastocan. Pero ese triunvirato decanta las decisiones. Traza caminos y objetivos. El regreso de Daniel Osvaldo no se hubiera concretado sin las visiones afirmativas de los tres. A su modo y en su medida, cada uno se lo hizo saber al fanático de La 25. Volvió por su jerarquía. Volvió porque su conducta profesional fue la adecuada en el primer semestre, aunque en su vida privada campearan las tempestades que lo llevaron a huir al Porto. Volvió porque en ese breve exilio se mantuvo en comunicación con el grupo como si todavía lo estuviera integrando, al punto que todos se acordaron de él a la hora de la celebración. Pero también volvió porque escuchó y aceptó las observaciones del triunvirato.

“Es un pibe bárbaro, me respondió siempre”, dijo el Vasco, que igual le ajustó las clavijas de la exposición mediática. Carlitos le recordó aquellas madrugadas en Turín, cuando se juntaban a ver los partidos de Boca por la tele; cuando fantaseaban con lo lindo que sería jugar juntos en la Bombonera y en una Libertadores. Fue una manera de decirle sin decir que no puede fallar. Que es ahora o nunca. A Tevez se le atribuyó una frase cuando estalló la oferta que se llevó a Calleri y antes de que se confirmara el regreso de su compinche: “Para ganar la Copa necesitamos un nueve de jerarquía, un nueve como Dani”.

El presidente también le dio una charla técnica. En medio de la pretemporada en Cardales, el grupo tuvo un fin de semana libre. Se fueron todos menos Osvaldo. El Loco, como le dice el Vasco, se quedó entrenando para igualar el nivel físico de sus compañeros, aunque la evaluación del cuerpo técnico es que regresó más fuerte y potente que cuando se fue. Durante ese fin de semana de concentración exclusiva recibió la visita de Angelici. Charlaron y rieron. Al fin de cuentas, Osvaldo está feliz. “Es como si nunca me hubiera ido”, se le escuchó. Pero el presidente no se fue sin decirle lo que quería transmitirle: “A muy pocos jugadores se les presenta la oportunidad de volver a Boca. No la desaproveches”. Con lo fijo que lo miraba ya no era necesario agregar nada más…

Desde la primera semana de noviembre, cuando se terminó la competencia oficial de 2015, la prioridad para los objetivos de 2016 fue respetar la ecuación dos por once. Dos jugadores con estatura de titular para cada una de las once posiciones en la cancha. ¿Rotación sí o rotación no? Ya se verá, aunque las conclusiones de la temporada pasada indicarían que no se recurriría a esta posibilidad de manera constante.

Para respetar la ecuación el club mantuvo al plantel, salvo contadas excepciones: Monzón, Fuenzalida y el negoción de Calleri. La economía saludable le permitió incorporar a los tres sustitutos para el arranque de la pretemporada, que incluyó análisis médicos y evaluaciones físicas con tecnología de última generación en el laboratorio del club. Recordemos los ingresos: Osvaldo, un polifuncional como Leonardo Jara (lateral derecho, volante externo, doble cinco y hasta central en caso de necesidad extrema) y un lateral izquierdo sin opción de compra como Jonathan Silva, rol en el que luego se sumó el internacional colombiano Frank Fabra previendo la salida del ex Estudiantes en el mercado de invierno. El Waterloo de Magallán y Rolín en el 2-4 frente a Racing, por el Torneo de Verano, aceleró las gestiones por el central que Arruabarrena había sugerido en su pedido inicial y que Angelici prefería no satisfacer. Y entonces desembarcó un conocido de la casa, el Chaco Insaurralde.

El profe Roberti activa la preparación de Osvaldo. Un regreso picante.

Un paréntesis. Historia rara la de Boca y los centrales, ¿eh? Pasó de vender a tres de su propia cantera en poco tiempo (Juan Forlín, Ezequiel Muñoz y Facundo Roncaglia) a utilizar 17 zagueros entre 2011 y 2016. La nómina abarca desde jugadores que se consagraron a emergentes de las inferiores y a otros que llegaron y se fueron sin pena ni gloria: el Flaco Schiavi, Juan Insaurralde, Matías Caruzzo, Gastón Sauro, Enzo Ruiz, David Achucarro, Juan Cruz Komar, Dino Castagno, Christian Cellay, Guillermo Burdisso, Marco Torsiglieri, Mariano Echeverría, Chiqui Pérez, un volante readaptado a central como Ribair Rodríguez, Cata Díaz, Lisandro Magallán y Alexis Rolín. Un desquicio.

Retomamos aquello de la ecuación dos por once. De arranque, el equipo ideal que ronda la cabeza del Vasco es el que puso contra River en la batalla de Mar del Plata: Orion; Peruzzi, Tobio, Cata Díaz, Silva; Meli, Cubas, Pablo Pérez; Lodeiro; Tevez, Osvaldo. Un flexible 4-3-1-2 que permite inferir cierta libertad para que Tevez y Lodeiro floten por zonas de ataque que les resulten más fructíferas, mucho juego interno (incluso con la asociación de Osvaldo en ese tejido) y una exigencia máxima para que los laterales y los volantes externos le den juego por afuera, ya que Palacios y Pavón, los wines naturales del plantel, están pensados como alternativas y no como recursos desde el minuto uno.

Así como sobre Osvaldo pesa el compromiso de no fallar en la segunda chance, a Pachi Carrizo no le cabe el lujo de desentonar. Desde el frente interno le remarcaron que es el único que volvió de un préstamo y se quedó en el plantel por convicción del entrenador. La breve expedición por Cruz Azul le sirvió para valorar el Mundo Boca. Lo que ofrece y, también, lo que exige. Acaso mal aconsejado, en la etapa anterior pareció despreciarlo. Creyó que ya portaba credenciales para solidificarse como titular, se sintió desplazado y marchó hacia el DF en busca de un triunfo personal que no consiguió. Aunque entonces lo dejaron volar, la actitud no agradó. Esperaban el gesto altruista del Negro Chávez, uno que se siente titular, apoya desde afuera con generosidad y cuando entra casi nunca defrauda, así le den un mísero cuarto de hora en cancha. Ah… Pachi también recibió charla técnica de un dirigente que desde 2016 retomó un vínculo más intenso y cercano con el plantel: Juan Carlos Crespi. Esta temporada arranca un paso más atrás que donde estaba parado cuando se fue, pero no se queja.

A partir de la elección del volante central, el Vasco podrá accionar cierto maquillaje táctico de acuerdo a las necesidades del equipo. Con Pichi Erbes enfocado en la tortuosa rehabilitación de su tendinitis rotuliana, Cubas aporta timing para el anticipo, equilibrio y un buen primer pase. Poco a poco se va animando a meter estocadas entre líneas, el fuerte que podrá aportar próximamente Fernando Gago, recuperado en tiempo récord (cuatro meses) de la desinserción del tendón de Aquiles izquierdo. Aunque el ambiente futbolero le critica sus gestos de fastidio durante el juego, y pese a que también tiene pocas pulgas si le disgustan actitudes puertas para adentro (recordar la frase “Acá hubo muchos que hablaron boludeces” en el festejo íntimo del campeonato), Gago es un profesional mil por mil. Un obsesivo de los cuidados que un futbolista debe observar para rendir al máximo. Más allá de valorarlo futbolísticamente, al cuerpo técnico le fascinó el empeño que puso en esta rehabilitación. El ejemplo que irradió para los más pibes. Gago volverá de a poco. En los deseos más optimistas lo imaginan a pleno para los eventuales mata-mata de la Libertadores, si Boca salta la exigente valla del Grupo 3, que compartirá con Deportivo Cali, Bolívar y el ganador de la llave entre Racing y Puebla.

Hablando de pibes, Alexis Messidoro es una alternativa para un doble cinco. Arruabarrena lo definió como “un enganchecito”, pero sin querer ser despectivo. El chico tiene panorama. En inferiores se destacó como un notable asistidor. Hoy el Vasco lo prefiere al lado de otro volante central, sin tantas obligaciones de marca, con la cancha de frente para meter sus puñaladas. Pero su mejor versión es quince metros más adelante, ahí donde se mueven Lodeiro o Bentancur. Seguramente tendrá rodaje en el torneo local. Pero la consigna es aislarlo del ruido mediático y de “los amigos del campeón”. Que no se crea los juegos periodísticos con su apellido. Messidoro es de la misma camada que Guido Vadalá: la 97. En inferiores hicieron destrozos. Eran una dupla imparable. A fuerza de goles, Vadalá llegó antes a Primera, pero entre los grandes le costó explotar. Hoy la pelea en la Reserva de Juventus, que lo reclutó durante la operación de Tevez. En cierto modo, Vadalá se chocó contra una pared. La idea es que Messidoro llegue mejor armado para saltarla.

Plantel por plantel, Boca tiene uno de los más poderosos entre los 38 que disputarán la Copa Libertadores. Ni hablar entre los 30 del torneo relámpago de Primera, en el que además pareció caer en la zona con menos pretendientes al campeonato. Además, encara la temporada luego de quitarse un lastre. El 2015 le sirvió para cortar la sequía de tres temporadas sin títulos, oxígeno vital para el grupo y también para Angelici, que inicia sus últimos cuatro años de gestión (en Boca no hay re-reelección por estatuto) con la pretensión de ganarse el bronce. Es decir, quedar en la historia como un presidente que también cosechó títulos internacionales, que construyó la nueva Ciudad Deportiva en Ezeiza (pronto se acelerarán las obras que fueron suspendidas por un conflicto jurisdiccional) y que dio el debate histórico y resolvió en qué estadio jugará Boca como local en los próximos cincuenta años. Hitos que, de concretarse, le permitirían subirse a un podio imaginario con Alberto J. Armando y Mauricio Macri.

Luego de los títulos locales, el plantel y el Vasco van por la revancha en el plano internacional.

Boca es el candidato. Y tan potente es su postulación que ni siquiera lograron erosionarle ese status los despropósitos de los primeros partidos del verano. Ese segmento marplatense que abarcó la derrota por goleada con Racing y el cachetazo con escándalo frente a River, sazonados con la extravagancia de cinco defensores expulsados entre los dos partidos. Dicen que al Vasco le saltó la térmica como pocas veces. Estaba preparado para sobrellevar defecciones en el funcionamiento colectivo del equipo, pero no exabruptos de comportamiento. En Cardales había gastado demasiada saliva en recalcar que una de las patas para armar la mesa del éxito es terminar los partidos con once, una asignatura pendiente que complicó las campañas de 2015. Por eso se lo vio insultar y tirar puñetazos al aire en el trayecto del banco de suplentes al vestuario cuando terminó el primer superclásico del verano.

¿Quiénes serían los enemigos de Boca, el candidato? Varios de los jerarquizados rivales que se cruzará en el camino, pero también el propio Boca. Que deberá confirmar en la cancha lo que se presume en una pizarra. Cuyo entrenador, satisfecho por la dirigencia en todos sus requerimientos, deberá sortear el desafío de administrar más riqueza que ninguno y mantener en caja a la jauría de egos. Cuyos referentes de segunda línea, que hace rato dejaron de ser chiquilines inexpertos, deberán comportarse con el profesionalismo suficiente para guiar y no para avergonzar a los jóvenes que comparten con ellos el día a día.

Este último punto colmó la paciencia de los dirigentes de peso. Un minuto antes de arrancar el superclásico en Mar del Plata, el referente máximo, el Tevez del triunvirato, miró a sus compañeros y se llevó un dedo a la sien. El mensaje era inequívoco: “Pensemos”. Nadie lo hizo. Y menos aún dos de los otros tres líderes en cancha: Osvaldo y Cata Díaz. La planilla del nueve arrojó más faltas cometidas que pases bien realizados. Y las actitudes del zaguero –insulto al árbitro y reincidencia en gestos agraviantes para el público adversario– detonaron una charla interna sobre la conveniencia de que siga ejerciendo la capitanía. Era tema de debate intramuros al cierre de esta edición.

A una imagen del Cata, justamente, se le reservó un espacio de privilegio en aquel decorado esperanzador de Cardales. Enfundado en la camiseta alternativa blanca, se lo veía levantar el trofeo del torneo de 30 acompañado de la leyenda “Si eres capaz de llegar hasta aquí, eres capaz de seguir adelante”. Algo así como ir por más. Por sacarse de la piel el aguijón que les clavó Riquelme con esa maestría tan suya para incomodar a aquellos que le deben alguna cuenta: “En Boca, para demostrar que sos bueno, tenés que ganar una Libertadores”. Teléfono para Orion y para Angelici. O para cualquiera menos el Cata y Tevez, los únicos que levantaron una de las seis Copas que brillan en las vitrinas. Teléfono para todo Boca, el candidato.

Por Elías Perugino / Fotos: Photogamma

Nota publicada en la edición de febrero de 2016 de El Gráfico

Por Elías Perugino: 20/02/2016

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