LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Oscar Romero, diez de copas

- por Martín Estévez: 31/01/2016 -

Llegó desde Paraguay con la tarea de usar una camiseta pesada, pero mostró personalidad y metió un gol clave contra Independiente para clasificar a Racing a la Libertadores. La historia del enganche que vivió en la pensión de Boca, tiene un gemelo goleador y una madre que vale por dos.

Sentado en la platea del Cilindro, un estadio que le encantaba cuando lo miraba por televisión en Paraguay.

“¡Son esos, son esos! ¡Esos son mis hijos, mírelos!”, grita María Lucía, que trabaja doce horas por día como obrera de la industria de las cañas, pero igual está ahí. “Hay muchos chicos jugando, señora, trato de ver a todos”, le responde Adolfino Cañete, uno de los principales futbolistas paraguayos de la historia, veedor de su propia academia de futbolistas. Pero ella le insiste: “¡Son muy buenos, mire cómo juegan, mírelos!”. Y por fin, después de un rato, Adolfino los mira con atención: Oscar y Angel Romero, dos hermanitos gemelos de 11 años, la estaban rompiendo. El hombre sacó un papel, anotó una dirección y le dijo: “Llévelos acá la semana que viene”.

María Lucía los llevó y, cuando llegó al club, supo que el entrenamiento era para futbolistas de 15 y 16 años. “No, ¡acá imposible! ¡Los van a romper todos!”, les dijo. Pero los hermanitos la agarraban de la ropa. “Vos dejanos, mamá, vos dejanos”, le decían. Ella aceptó y, a diez minutos del final del entrenamiento de fútbol, los hicieron entrar juntos. Empezaron a tocar y tocar ante la mirada de los entrenadores. Y Angel remató el show con un gol ¡de chilena! Los hermanos Romero se habían ganado el boleto de entrada al mundo del fútbol.

El protagonista, esta vez, es uno solo: Oscar, el más tranquilo y callado. Su gemelo, Angel (“el loquito de la familia”, dice su hermano) está en Brasil, porque juega para el Corinthians. Oscar, en cambio, está en Avellaneda, porque tiene que ponerse la legendaria camiseta 10 de Racing y conducir a un equipo que, en 2016, buscará con furia la Copa Libertadores.

-Naciste y creciste en Fernando de La Mora, ¿qué podés contar de ese lugar?
-Es una ciudad que está a cinco, diez minutos de Asunción. Yo nací en Fernando, y toda mi familia, hasta hoy, vive ahí.

-¿Qué hacías allá cuando eras chico?
-Jugar a la pelota, siempre. Somos cuatro hermanos: una mujer y tres varones. Nos íbamos todos a la canchita, a la vuelta de casa, y jugábamos a la pelota.

-Con tu hermano gemelo, Angel, ¿eran de estar muy pegados, o no tanto?
-Sí, sí. Incluso íbamos juntos a la escuela, estábamos en la misma clase. Y cuando nos íbamos a probar a un club, siempre íbamos los dos al mismo, siempre juntos. Ahora, que él se fue a Brasil y yo vine a Racing, es la primera vez que nos toca separarnos. Al principio, yo sentía que lo extrañaba un poco, pero después me fui acostumbrando. Igual hablamos todos los días, tenemos un grupo de conversación entre hermanos, así que siempre nos jodemos por ahí.

-¿Y tus otros dos hermanos?
-Mi hermano mayor, Fernando, también es futbolista, juega en Sol de América de Paraguay. Mi hermana ya está casada, tiene hijos y estudia administración de empresas.

-Se criaron con tu mamá, María Lucía…
-Sí. Cuando ella estaba embarazada de siete meses, mi papá se fue. Así que Angel y yo ni lo conocimos. Nos criamos sin él, sin saber, por ahí, lo que es tener un papá. La primera vez que le vi, yo tenía 10 años, y después no le vi nunca más.

-Además de con tus hermanos y tu mamá, ¿vivías con alguien más?
-Sí, con mi abuela Dora y mi tía Margarita, que siempre estuvieron ayudando. En realidad, vivíamos con ellas y también con mis primos, todos juntos en una misma casa. Con ellos también jugábamos en la canchita.

-¿Es verdad que empezaron a llevarlos a jugar en clubes solo para que no rompieran más cosas en la casa?
-Sííí, rompíamos todo (risas). Si no estábamos todos a la vuelta, jugábamos en la casa. Armábamos una canchita entre sillas y poníamos un palo de escoba como red. Nosotros le decimos piqui vóley, acá le dicen fútbol tenis. Jugábamos con pelotitas de tenis, y siempre rompíamos una luz, o algo. Cuando mi mamá llegaba del trabajo, mi abuela le contaba todo lo que habíamos hecho, y ella siempre tenía que reponer algo de la casa. Una plantera, una luz, algo.

-¿Cómo hacía tu mamá para criar a cuatro hijos y además trabajar todos los días?
-Tenía un trabajo fijo en una empresa de cañas paraguayas que se llama Capasa. Era obrera, trabajaba desde las 7 de la mañana hasta las 7 de la tarde. Prácticamente no estaba con nosotros en todo el día, era un esfuerzo impresionante. Ella luchó mucho por nosotros cuatro. Como te dije, al nacer nosotros no tuvo un padre que la ayudara y se tuvo que bancar sola, junto a mi abuela y a mi tía. Fue todo muy sacrificado.

-¿Le regalaste alguna camiseta?
-Sí, siempre. Cuando debuté en Cerro Porteño le llevé la primera camiseta; también cuando debuté en la Copa Libertadores; en Racing; en la Selección… Todas. También les llevo a mi abuela y a mi tía. Son tres guerreras que siempre estuvieron con nosotros.

-¿Te duele hablar de la ausencia de tu papá?
-Muchas veces me preguntan eso, pero en realidad no, porque nunca tuve esa sensación de tener un padre. Sí me dolía, obviamente, cuando veía a otros chicos que tenían un padre… Yo, por ejemplo, en el día del padre, le regalo cosas a mi mamá, o a mi abuela. Pero no siento la ausencia de un padre porque nunca lo tuve.

-¿Cómo fue tu recorrido en inferiores?
-Antes de ir a la Academia de Adolfino Cañete, estuvimos en un equipo del barrio que se llama Sport Primavera, que contaba con canchas grandes y también de futsal. Teníamos 7, 8 años y jugábamos al papi, como le dicen acá. Competimos en un torneo que incluso salía en la tele, y fuimos campeones. ¿Viste que cuando sos chico jugás todo el tiempo? Bueno, nosotros los sábados a la noche jugábamos al futsal y el domingo en campo. Empezamos ahí. Adolfino era de esos que iban a mirar los partidos, y ya había llevado jugadores que se probaron en España y también acá en la Argentina. Una vez, mientras jugábamos, mi mamá lo vio y le fue a hablar sobre nosotros. ¡Para mi mamá éramos Messi! Y ahí entramos en la academia. Después, Adolfino gerenció a un club que se llama 29 de Septiembre, de la Primera de Ascenso de Paraguay. Y en las inferiores decidió crear un equipo Sub 14, así que a los 12 años empezamos a jugar ahí y nos fue muy bien. Angel se destacaba más: fue el goleador, hizo como 33 goles en un año. Yo jugaba más retrasado, pero hice 15.

Pelota al pie contra Independiente, el día que metió un golazo de media vuelta.

La ausencia de su papá no solo generó vacíos y el esfuerzo doble de su mamá: también le impidió jugar antes en el fútbol argentino. “Como Adolfino tenía contactos, salió la chance de probarnos en Boca -cuenta-. Me acuerdo bien. Viajamos y nos probaron una semana. A mí me seleccionaron primero, así que volví a Paraguay para arreglar todos los papeles. A Angel lo siguieron probando, pero una semana después, también le dijeron que quedaba en el club. Eso fue más o menos en octubre. Nos dijeron que teníamos que volver para la pretemporada, que era en enero. Pero, cuando volvimos, encontramos que había cambiado todo: el técnico de la categoría, los managers con los que hablaba Adolfino… Así que tuvimos que volver a probarnos. Me acuerdo de que el predio de Boca estaba en Ezeiza: nos probaron una semana y volvimos a quedar los dos. En ese momento nos dijeron que faltaba poco para empezar el torneo y que necesitaban rápido los papeles. Boca competía en liga y en AFA. En liga podíamos jugar sin estar fichados; y en AFA, no. El problema era que necesitaban la firma de mi padre para ficharnos. Y lo buscamos, lo buscamos, pero no lo pudimos ubicar. Se hizo difícil. Aguantamos un poco más jugando solo en liga y después decidimos volver, porque no íbamos a poder jugar. También estuvimos dos semanas en San Lorenzo, pero tuvimos el mismo problema. Así que volvimos a Paraguay, y Adolfino nos preguntó dónde queríamos probarnos. Como éramos hinchas, le dijimos que en Cerro Porteño. Y quedamos en la Sub 15.

-¿En la Argentina dónde vivieron?
-Primero, en una pensión. Y después, en Casa Amarilla. Estaban Leandro Marín y Sergio Araujo, que después se fue a España. La pasamos bien, teníamos la ilusión de quedarnos, pero nos dolió cuando no se dieron las cosas. Nos fuimos un poco cabizbajos. Lo que más dolía era que nosotros habíamos quedado, que el problema eran los papeles. Nos quedamos tristes.

-Cuando volviste, conociste a tu novia.
-Sí, salgo con Yanina desde chiquito, hace casi siete años. La conocí en esa época.

-Cuando jugaron la Copa Libertadores Sub 20, en 2012, tuvieron revancha: le ganaron 2-1 a Boca.
-Sí, era un partido especial para nosotros, porque jugamos contra los que habían sido mis compañeros. Incluso estuvimos en el mismo hotel que Boca. Se acercó un dirigente y nos preguntó si no éramos los que nos habíamos probado en el club. Le dijimos que sí y, cuando terminamos de hablar, Angel le dijo: “Les vamos a ganar”. Y ganamos.

-Debutaron casi juntos en Cerro. Primero Angel y, una semana después, vos.
-Sí, él debutó contra Libertad; y en la siguiente fecha, debuté yo. No me molestó que jugara primero, estaba contento por él. Nosotros nos divertíamos con eso, con quién iba a debutar primero. Y él me cargó un poco. El jueves siguiente, me agarró el técnico y me dijo: “Tranquilo que vos también vas a tener la oportunidad”. Y ese domingo me metió en el segundo tiempo.

-En Cerro ganaste dos títulos, uno en 2012 y otro en 2013. ¿Cuán importante te sentías en esos equipos?
-En el 2012 alternábamos mucho. Por ahí nos tocaba concentrar dos partidos seguidos, y después al tercero y cuarto, no. Habremos jugado cuatro o cinco partidos cada uno, yo jugué dos de titular. El torneo de 2013 ya sí lo jugamos completo. Eran 22 fechas y las jugamos todas.

-¿Qué sentiste cuando Angel se fue a Corinthians y vos quedaste en Paraguay?
-Nuestra intención, siempre, fue tratar de jugar juntos. Decíamos que si venía un club, nos tenía que llevar a los dos. En un momento estuvimos cerca de ir juntos al Castilla, de España, pero no se dio. Después el Corinthians necesitaba un delantero y fue a buscar a Angel. El jugó un domingo para Cerro, y el martes siguiente ya viajó a San Pablo. Fue medio chocante, porque a los pocos días tuvimos que jugar y él ya no estaba. Después, yo jugué bien contra Lanús, por la Copa Sudamericana, y me llamaron de Corinthians para decirme que en seis meses me iban a contratar. Pero hubo cambio de dirigentes, problemas, no se daba, me pedían que esperara un poco más… Entonces aparecieron ofertas de Lanús y de Racing. Y Racing se portó muy bien: preguntaron por mí, hicieron una oferta concreta y siempre mostraron interés. Se dio todo muy rápido y vine para acá.

-¿Te imaginás con Angel en Racing?
-¡Ojalá, ojalá! Si un día falta un delantero, le digo al presidente que llame a mi hermano (risas). Y si no nos juntamos acá, por lo menos que sea en la Selección.

-En la Selección no solo jugaste, sino que hiciste un gol contra Camerún y una gambeta hermosa contra Dani Alves en cuartos de final de la Copa América.
-Aunque haya sido amistoso, hacer un gol con la camiseta de Paraguay siempre es especial. Eran mis primeros partidos y me puso muy contento. Y de la jugada contra Dani Alves… En el momento no te das cuenta de quién te marca… Vos querés pasarlo y tirar el centro. Cuando terminó el partido, me hablaban más de la jugada que de la clasificación. ¡Y habíamos eliminado a Brasil!

-En aquellas serie de la Sudamericana contra Lanús hiciste tres goles. ¿Fueron tus mejores partidos en Cerro?
-Sí, fueron de los mejores. También en el campeonato de 2013 tuvimos muchos partidos buenos con Angel. En un clásico, hubo una jugada en la que partí yo desde mitad de cancha, fui, fui, desbordé, tiré el centro y cabeceó Angel. Justo contra Olimpia, y ganamos 1-0 con ese gol. Ese partido también nos marcó mucho.

(Frenamos la entrevista para dar un consejo: busquen el gol contra Olimpia en youtube. Es un golazo. Continuamos...).

-Tus goles en Cerro y en Racing tienen, casi todos, una característica: terminan con un remate bajo y cruzado. ¿Lo practicás o te sale sin querer?
-Yo también me fijo: ¡siempre pateo cruzado! Siempre los mismos goles, todos parecidos. Se da así en el momento, ni lo pienso. “¡Nunca uno de cabeza!”, me dice Angel.

-¿Sabías algo de Racing antes de venir?
-Sí, sí. Con Angel siempre teníamos la ilusión de jugar en el fútbol argentino. Todos los fines de semana mirábamos fútbol argentino. Siempre. Y los clásicos, para nosotros, eran lo máximo. El clásico rosarino, el de Avellaneda… Nos encantaba la forma en que se vivía, la cancha llena, el “uuuh” cuando erran un gol… En Paraguay solo pasa en Cerro-Olimpia. Acá, en casi todos los partidos. Cuando jugamos contra Crucero del Norte, la cancha estaba que explotaba. Ahora es increíble estar acá.

-¿En qué momento empezaste a sentirte importante en Racing?
-Después de la Copa América vine muy confiado. Pensaba que ya había pasado el tiempo de adaptación y que me tenía que ganar la titularidad. Trabajé, trabajé, y hubo un gol contra Argentinos, con el que ganamos 1-0, que me sirvió para afianzarme.

Le costó ganarse la titularidad, pero terminó el 2015 como pieza clave de la Academia.

-¿Por qué, antes del gol a Independiente, aunque estabas lesionado, pediste quedarte unos minutos más?
-Porque tenía muchas ganas de jugar. Me había preparado mucho. Imaginate: era un clásico. Una vez me había lesionado el tobillo en Cerro, aguanté, probé y pude jugar un poco más. Entonces le dije a Diego (Cocca) que esperara un ratito, a ver cuánto aguantaba. Justo se dio la jugada del gol, entonces dije “ya está, ahora sí sacame”.

-¿Cuál fue el gol más lindo que hiciste?
-Uno contra Lanús, en Cerro. Definí al segundo palo. Pero me quedo con el que le hice a Independiente, por lo importante que fue. Ese día estaba toda mi familia reunida en Paraguay. Yo tengo una prima de 13 años que tiene capacidades especiales, tiene una enfermedad mental. Ella les dijo a todos, esa mañana, que Angel iba a perder en Brasil, pero que yo iba a ganar el clásico y que iba a meter un gol. Angel perdió ese día. Y, cuando hice el gol, más que festejar, todos la miraron a ella.

-¿Y tu mamá? ¿Qué fue lo primero que te dijo cuando hablaste después del gol?
-¡¿Cómo está tu tobillo, hijo, cómo está tu tobillo?! (risas).

Paraguayos en la Academia
Delfín Benítez Cáceres es el futbolista paraguayo que más alegrías les dio a los hinchas de Racing. Entre 1939 y 1941, jugó 84 partido y metió 65 goles, suficientes para ser considerado ídolo del club. Antes que él había jugado el mediocampista Manuel Fleitas Solich (3 partidos en 1931) y luego hubo algunos más, como Rubén Evaristo Fernández Real (fue parte del plantel de 1955, sin encuentros oficiales), Benicio Ferreira (13 partidos y un gol en 1965) y Luis Manuel David Machuca (también 13 y 1, pero en 1980). En las últimas décadas, el número aumentó. En 1992 llegaron juntos dos delanteros: Carlos y Félix Torres. Carlos la rompió: metió 17 goles en una temporada y media. Félix, fuera de estado físico, sólo hizo 1, pero a Independiente. Los siguientes fueron Estanislao Struway (1994-95), Roberto Amarilla (2003), Edison Torres Martínez (hizo inferiores y debutó en 2003), Angel Martínez (2004), Jorge Núñez (2005), Celso Esquivel (2006-07), José Domingo Salcedo (2007), Erwin Avalos (2007-08), Marcos Cáceres (2008-2012), Roberto Bonet (2008) y Federico Santander (2012).

Por Martín Estévez / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de enero de 2016 de El Gráfico

Por Martín Estévez: 31/01/2016

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