JUGADORAZOS

Angel Perucca, de guante blanco

- por Redacción EG: 28/12/2015 -

Fino en el toque, elegante en la salida y certero en el quite. Desde Newell’s, fue una de las primeras grandes referencias del fútbol rosarino. También jugó en San Lorenzo y en Colombia. Su habilidad en la recuperación lo convirtió en El Portón de América.

Con la Selección ganó dos Sudamericanos y el apodo de Portón de América.

Angel Perucca, como casi todos los jugadores destacados de su tiempo, fue un adelantado. Cuando aún no se hablaba de control orientado, él ya hacía gala de aquello de recibir perfilado para enhebrar el juego. Cuando el timing sólo se utilizaba al hablar de arte o literatura, él sabía cómo y en qué momento anticipar el pase rival. Y cuando cada futbolista ocupaba exclusivamente su sector, él se proyectaba, intercalaba posiciones y cambiaba de frente con total naturalidad. Enfundado en la camiseta de Newell’s, con aspecto tanguero y sonrisa socarrona, en Rosario, para todos, Perucca fue Gardel.

Nacido en San Martín en 1918, se trasladó de pequeño con su familia a Rosario y allí plantó bandera. Hizo las divisiones inferiores en Newell’s y debutó en Primera a los 20 años. En 1939, cuando los equipos rosarinos vencieron el centralismo porteño y lograron afiliarse directamente a la AFA, Newell’s fue una de las grandes revelaciones del Campeonato (finalizó cuarto, sólo detrás de Independiente, River y Huracán), y Perucca fue una referencia ineludible para entender el éxito rojinegro.

En Buenos Aires las mesas de café hablaban de ese centrojás espigado de bigote y pelo a la gomina que marcaba el ritmo sin alzar la voz. El temple de Perucca radicaba en su presencia, y no necesitaba gritar ni pegar para hacerse notar. Le alcanzaba con recorrer bien la cancha, desdoblarse y manejar la pelota para que por su zona no pasara ningún rival ni nadie interrumpiese la gestación de su juego, que era, a su vez, el de todo Newell’s. Cuando El León del Parque, como lo apodaron en Rosario, tomaba la batuta, el otro equipo se replegaba y esperaba las ocurrencias del crack, que lo mismo pisaba su área como la contraria. La pelota bajo su suela le colgaba un imaginario cartel en el cuello: ‘Genio trabajando, no molestar’. Y nadie molestaba.

“La pelota es mi novia –decía–. ¿Cómo querés que te la preste?”. En tiempos en los que los volantes centrales cumplían la función de titiriteros, Perucca fue uno de los mejores en lo suyo, y detrás de los cinco delanteros de la tradicional formación de la época, brillaba su estampa de equilibrista.

La línea media del seleccionado rosarino, en 1942: Casalini, Perucca y Fogel.

El Campeonato de 1939 lo posicionó en la esfera de la Selección Argentina e hizo su debut en 1940. Ese año Newell’s bajó su nivel y fue octavo, pero Perucca se convirtió en un habitué en las convocatorias de la albiceleste.

En 1941 Newell’s volvió a sorprender: fue tercero (detrás de River y de San Lorenzo) y fue también el equipo que más goles convirtió en el campeonato, 78 en total, con 30 conquistas de José Canteli, goleador del certamen. Esa temporada, además, Rosario Central finalizó último y perdió la categoría.

En 1942 Newell’s sumó un nuevo cuarto puesto, y Perucca disputó el Sudamericano de Uruguay, que el local ganó de punta a punta. Argentina terminó en el segundo lugar, y el volante contribuyó con el gol del triunfo en el 4-3 frente a Paraguay.

Dos campañas poco fructíferas se saldaron en 1945 con la consagración de Perucca a nivel internacional. En el Sudamericano de Santiago de Chile, la Argentina se consagró de manera invicta, al derrotar en el último partido 1-0 a Uruguay con el recordado gol de Rinaldo Martino, que tras gambetear a tres rivales, amagó con dar el pase y, de emboquillada, colocó la pelota por encima del arquero Roque Máspoli. Ese gol, que fue el Gol de América, fue también el tesoro que defendió Perucca con uñas y dientes en una actuación memorable. Ese día, en Santiago, todos comprendieron que donde estaba Perucca la pelota no pasaba, porque era capaz de extirpársela al rival con precisión quirúrgica, y así se convirtió en El Portón de América.

Aquí posa con Pipo Rossi, en la previa de un River-San Lorenzo. Ambos luchaban por el mismo puesto en la Selección.

Al regreso del Sudamericano, el River de La Máquina lo tentó con una oferta que pocos hubieran podido rechazar, y Perucca, que ya estaba cruzado con algunos dirigentes de Newell’s, analizó su partida, pero una espontánea movilización de los hinchas leprosos, que peregrinaron hasta su casa para suplicarle que se quedase, lo hizo desistir. “¡Viva Ñubel!”, fue el grito de guerra que eligió para comunicarles a sus compañeros su pertenencia rojinegra.

En 1946 Newell’s alcanzó un olvidable décimo puesto y un año después cumplió la que fue, hasta entonces, su peor campaña en Primera División: finalizó duodécimo. Perucca estaba cerrando un ciclo muy importante en su carrera, pero antes se dio el lujo de formar parte de la Selección Argentina en el Sudamericano de Guayaquil de 1947, un campeonato al que la albiceleste concurrió con un equipo titular de gala. El arquero era Julio Cozzi, los defensores José Marante y Nicolás Palma, en el medio se alistaban Antonio Sastre, Perucca y el Leoncito Natalio Pescia, y como delanteros figuraban Mario Boyé, Norberto Méndez, René Pontoni, Rinaldo Martino y Félix Loustau. En el banco estaban Alfredo Di Stéfano, José Manuel Moreno y Néstor Rossi, suplente del Portón de América. Argentina arrasó con todo a su paso: goleó a Paraguay, Bolivia y Colombia, derrotó a Perú, Ecuador y a Uruguay y sólo empató con Chile. Ganó seis de siete partidos disputados, con 28 goles a favor y sólo cuatro en contra. Una aplanadora de fútbol.

Ese Sudamericano sería, no obstante, la última oportunidad de Perucca de jugar en la Selección. La alternancia de nombres (Pipo Rossi ocupó el puesto durante varios partidos) y las circunstancias políticas y futbolísticas que acabaron con el éxodo de jugadores argentinos a Colombia determinaron el punto final de su trayectoria internacional, con un saldo de 26 partidos disputados y dos goles.

En 1948 los problemas de Perucca con los dirigentes de Newell’s se acentuaron y la salida fue inevitable. Con 30 años, el León del Parque dejó Rosario tras 240 encuentros y veinte tantos como futbolista de Newell’s y enfiló hacia Buenos Aires, buscando reflotar alguno de los ofrecimientos que se había encargado de rechazar anteriormente. La propuesta que más lo sedujo llegó a través de su amigo Martino, quien lo invitó a sumarse a San Lorenzo, un convite que fue aceptado con un poco de ilusión y mucho de resignación.

El comienzo de la aventura no fue alentador. San Lorenzo acumuló un puñado de derrotas en un flojo arranque en el Campeonato de 1948 (en el debut cayó como local, ante Huracán), y las palmas con las que el público había recibido a Perucca pronto se transformaron en murmullos. “La verdad es que no engranaba –reconoció tiempo después–. Era distinto el sistema de marcación, me faltaba estado físico y qué sé yo... me fui desarmando. Veía cómo la fama se deshacía y la confianza que siempre me acompañaba en cada acto me abandonaba”. El León del Parque se había convertido en una sombra en el Gasómetro, y estaba en crisis con su fútbol. Sin embargo, una tarde en La Bombonera recuperó toda su aura y jugó uno de los mejores partidos de su vida. San Lorenzo empató 1-1 con Boca y a partir de ahí los hinchas convirtieron a Perucca en un ídolo temporal dentro del equipo, pero un levantamiento de jugadores que venía tomando fuerza irrumpió en los últimos meses del año.

Junto al zaguero Jorge Alberti, antes de Huracán-Newell´s, también en 1942. Fueron amigos y compañeros en la Selección.

El conflicto, que fue gremial y político, significó un sismo para el fútbol argentino. Los jugadores entraron en crisis con los clubes y con el Gobierno peronista. Exigían una mejor regulación salarial y ciertas condiciones de trabajo que no eran respetadas, pero un decreto del presidente que estableció el sueldo de los futbolistas en $1500 echó por tierra las negociaciones. Las protestas se abrieron paso, y los jugadores abandonaron el país en masa: unos pocos se marcharon a Europa o México (no eran mercados demasiado explorados aún) y la mayoría partió rumbo a Colombia, El Dorado que aseguraba un salario en dólares y el calor del show en una liga pirata, según la consideración de la FIFA.

Perucca fue alcanzado por las ofertas de los clubes colombianos y viajó junto a Héctor Rial, René Pontoni y Mario Fernández para sumarse a Independiente Santa Fe de Bogotá, que por aquellos años sobrevivió a la sombra del Millonarios de Di Stéfano que terminó siendo una referencia mundial. “Calcule –dijo entonces– que me dan $250.000 de prima, $4500 de sueldo y los premios, que son de $450 pesos por partido ganado”. Ofreciendo cifras imposibles de rechazar, Colombia inundó sus estadios de figuras argentinas, y glorias como Perucca, que estaban dando sus últimos pasos, tuvieron la oportunidad de forjarse un futuro económico en El Dorado. Fueron dos las temporadas que El Portón de América pasó en Bogotá, hasta su retiro definitivo en 1951.

Su estampa en los tiempos de entrenador.

De Colombia regresó a la Argentina en 1953 e inició una carrera como entrenador. Dirigió Vélez en 1954, Ferro en 1956, Lanús en 1960 y su querido Newell’s en 1962. También tuvo pasos por Almagro y Comunicaciones, y en 1969 condujo a América de Cali, con el que obtuvo el segundo puesto en el fútbol colombiano y la clasificación para la Copa Libertadores de 1970.

Los últimos años de su vida los transcurrió en un nuevo emprendimiento como fabricante de muebles y también entre protestas como técnico y como declarante. Toda la templanza que había amasado en su época de jugador la perdió cuando le tocó dirigir. No lo conformaban los nuevos estilos de juego ni la forma de vivir el fútbol de algunos dirigentes. “Aclaremos bien –dijo en 1967–, no acuso a nadie, pero en esto hay muchos aventureros”.

Alejado ya del fútbol, falleció de un paro cardíaco en La Plata el 12 de septiembre de 1981. Tenía 63 años. Su última voluntad fue ser enterrado en Rosario, la patria que muchos le endilgaron a pesar de su condición de porteño.

Perucca fue un bastión en su época. Un autodidacta que sin demasiadas referencias que imitar transformó, a su manera, el concepto del puesto de volante central. Sin un sólo grito de más y sin la necesidad de golpear a los rivales, fue el Portón de América durante todo el tiempo que duró su fructífera carrera, y tanta fue su distinción a la hora de la marca que en 1946, año en el que jugó muy pocos partidos por una lesión en su rodilla derecha, fue condecorado con un trofeo y una leyenda alusiva: “A Angel Perucca, caballero del deporte”.

Por Matías Rodríguez / Fotos: Archivo El Gráfico 

Nota publicada en la edición de noviembre de 2015 de El Gráfico

 

Por Redacción EG: 28/12/2015

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