Notas de la revista

La película de Alario

Fue el refuerzo con menos glamour y el que más sorprendió: la rompió en los tramos decisivos de la Libertadores y se erigió en indispensable en un puñado de partidos. Historia y pensamiento de un muchacho que todavía no lo puede creer.

El Pipa, en la soledad de un Monumental que lo aplaudió desde el primer día. Tiene 23 años.

¡¿Alario?!

Sí, Alario. Lucas Alario.

¿Y quién lo juna?

Gallardo. Y la dirigencia de River también.

El 20 de agosto de 2014, en San Luis, el Muñeco dirigía su cuarto partido como DT de River. Empataba 0-0 con Colón y luego se imponía 4-2 por penales. Allí le echó el ojo. Uno se pregunta: ¿cómo puede un entrenador, en medio de un partido, mientras analiza a su equipo y piensa los cambios, darse tiempo para mirar a los futbolistas rivales? Bueno, no es tan así. La realidad es que en el cuerpo técnico del Muñeco hay un videoanalista que procesa los últimos 6 encuentros del rival de turno. Y en esa observación previa del editado de esos últimos 6 encuentros, en la que se destacan virtudes y defectos del adversario, tanto a nivel colectivo como individual, a Gallardo le llamó la atención ese delantero que jugaba muy bien de espaldas y se bancaba solito, allá arriba, ser la única carta ofensiva de Colón. Venía de un campañón con Diego Osella y aunque no lograra finalmente conservar la categoría, a ese flaco parecía no pesarle la responsabilidad de tener que mantener a un histórico como Colón en la A. A partir de ese 0-0 comenzó a seguirlo junto a su cuerpo técnico. No in situ, porque tiempo no le sobraba, pero sí buscando información entre conocidos: entrenadores que lo hubieran dirigido, compañeros, gente de confianza en el ambiente. Todo se sabe en el fútbol. Si un futbolista se entrena bien, si es presa fácil de las tentaciones. Con ese combo, luego se inician las conversaciones. Y, para Gallardo, es clave el cara a cara. Mirarlo a los ojos mientras le plantea su idea de juego, sus pautas de convivencia.

Por otro lado, Matías Patanian, el vicepresidente de River encargado del fútbol profesional, es amigo de César Luis Menotti desde los tiempos en que compartieron la gerencia de América TV. Y el Flaco, en alguna comida, le recalcó: “El mejor jugador del fútbol argentino es Lucas Alario. Es ideal para River”. Menotti tendrá sus Musladinis en el placard, pero ni su más acérrimo crítico podrá negar que sabe de fútbol. Y de futbolistas. Y en algún momento, entonces, coincidieron Gallardo, Patanian y la necesidad de River de contar con una característica de la que carecía el plantel (un 9 de referencia) y entonces fueron a buscar al delantero de Colón.

En Colón debutó en junio de 2011 y recién tuvo continuidad con Diego Osella en 2014. Metió 12 goles en 60 partidos.

¡¿Alario?!

Sí, Lucas Alario.

El 95% de los hinchas de River se hizo esa pregunta en las horas previas a la semifinal de ida de la Copa Libertadores ante Guaraní. La mayoría creyó que ese muchacho de 22 años llegaba al club como una apuesta a futuro. Era el de apellido con menos glamour de todos los refuerzos. La tarde anterior a la semi de ida, Alario merendaba en la concentración del club antes de la práctica vespertina. Gallardo se acercó, se sentó al lado, le preguntó cómo andaba, y sin mucho preámbulo lo miró a los ojos y le lanzó el anzuelo.

-Si te tengo que poner mañana, ¿qué me decís? ¿Cómo estás?

-Bien, Marcelo, ¿para eso me trajiste, no?

El Muñeco contaría un tiempo después que Lucas le respondió con una naturalidad sorprendente y que esa confianza y determinación que le notó en su contestación lo terminó de decidir.

Si Poy tiene su palomita, Alario también: el 1-0 para abrir la final con Tigres, con el 13 de la buena suerte.

-¿Y vos intuías que podías llegar a ser titular en esa semifinal?
-Lo único que pensaba era tratar de entrar entre los concentrados, ese era mi objetivo, no quedarme afuera. Había ido temprano al club, generalmente voy temprano, y estaba solo. Cuando Marcelo me preguntó eso, la primera reacción fue una sonrisa que no pude disimular, ja, ja, y después contestarle así. Me salió, yo qué sé. Por más que mi meta era estar entre los 18 en ese momento, y que siempre supe que iba a River para pelearla en un plantel de grandes jugadores. Me parece que con esa respuesta le transmití confianza y seguridad. “Eso quería escuchar”, me contestó. Y después me confirmó en el equipo.

Al día siguiente, en su estreno como titular (había jugado 30 minutos frente a Temperley), Alario sería una de las grandes figuras de la noche, bajándosela de cabeza a Mercado para que fusilara al arquero en el 1-0, y habilitando de espaldas a Mora para que luego el uruguayo la picara magistralmente en el 2-0 y más tarde dejando a Ponzio mano a mano para el 3-0 que no fue. Una semana después, metió el 1-1 en Asunción, cuando River la pasaba muy mal, para sacar el pasaporte a la final. Y dos semanas más tarde, en el Monumental, abría de palomita el choque decisivo con Tigres.

¡¿Alario?!

Sí. Lucas Alario.

Hacía muchísimo tiempo que un futbolista no se ganaba en River el rótulo de indispensable en tan poquitos partidos. Sobre todo ahora, que su presencia en el Mundial de Clubes pende de un hombro.

El abrazo con Gallardo en el podio.

A Lucas le sobran goles y sonrisas. Se percibe apenas uno entra en contacto con él para la entrevista. Un par de preguntas y enseguida saldrán respuestas cortas y concisas, sin firulete, yendo a los bifes como buen goleador. Y acompañadas por un chistecito y una sonrisa que lo celebra. Se advierte fácilmente que este muchacho conserva el espíritu campechano del pueblo de origen, que aún no ha sido contaminado por el vértigo de la gran ciudad, que ya viene de cinco años en Santa Fe capital.

Lucas nació en Tostado, en el norte de la provincia de Santa Fe, pero se crió en Cuatro Bocas, un pueblo de Santiago del Estero de 9 manzanas y 115 habitantes, que no tenía maternidad y por eso obligó a la familia a viajar 45 kilómetros para tenerlo. Hoy, su familia vive en Tostado, pero tiene campo en las afueras de Cuatro Bocas. Van y vienen.

-Y… Cuatro Bocas creo que es más chico que este predio de River de Ezeiza, ja, ja.

-¿Te considerás santafesino o santiagueño?
-Y… podríamos decir que mitad y mitad.

-¿Siestas largas?
-No, no mucho, por eso mismo no me considero tan santiagueño, ja, ja. En el norte la siesta es fundamental, en el verano no baja de los 40 grados, por eso se duerme mucha siesta. En vacaciones siempre voy para allá y aprovecho para estar con mis amigos, en la pileta, no los veo nunca así que no duermo la siesta ni en pedo.

Levantando la Copa con Funes Mori. Gesto de incredulidad.

-¿Es cierto que jugabas descalzo de pibe?
-No es que jugaba descalzo, ¡vivía descalzo! Me despertaba y andaba descalzo, o cuando volvía del colegio llegaba a casa y me descalzaba y andaba así, en la calle, jugando al fútbol con mis hermanos y mis primos, que son un montón. Sin zapatillas me sentía más rápido.

-¿Jugabas en canchas de pasto?
-¿Qué pasto? Si allá el pasto no crece, con la sequía que hay no crece nada, ja, ja.

-¿No te lastimabas los pies?
-Y… algún que otro vidrio y alguna espina me habré clavado, pero el pie se iba acostumbrando. Ahora, ya por campeonato, en San Lorenzo de Tostado, ahí sí jugaba con botines, tan loco no soy. Cuando jugaba en el barrio, siempre lo hacía con gente más grande. Diego y Gonzalo, mis hermanos, me llevan 11 y 9 años. Mucha diferencia. Es que yo supuestamente iba a ser la nena y apareció otra cosa, ja, ja. Me crié con gente mayor desde los 7 u 8 años y jugaba con ellos, entonces ahí me curtí bastante.

-Cuentan que tu hermano mayor era el mejor de todos…
-Diego, sí, jugaba muy bien, pero lo cagó la novia, ja, ja. Prefería estar todo el tiempo con la novia. Yo no, yo me la pasaba jugando a la pelota y a la pelota.

Con Rodrigo Mora, compañero de ataque, luciendo los productos de la nueva línea Originals River.

Bien, ya lo vamos descubriendo. Lucas no escatima sonrisas, aunque por dentro, desde esa maldita jugada del final contra Liga de Quito, lo carcomen la angustia y la incertidumbre. Hoy acaba de hacer su primera práctica de fútbol con sus compañeros. “Largá la cartera”, le gritan, porque lleva el brazo derecho apoyado sobre el cuerpo, como si allí transportara los papeles de una herencia familiar en el subte a las 7 de la tarde. Aunque es optimista y afronta la recuperación con entusiasmo, sobre todo después de haber hablado con Francescoli, quien sufrió el mismo problema en el segundo semestre de 1995 y fue tratado por Jorge Bombicino, el mismo kinesiólogo que integra hoy el cuerpo técnico de Gallardo, sabe que la primera reincidencia lo manda al quirófano y lo baja de Japón, que es lo que más le importa.

Si Alario ya venía curtido de su pueblo por jugar con rivales y compañeros 10 años mayor, en Colón completó un curso acelerado tratando de esquivar el descenso. Y, luego, haciéndose cargo de un penal a los 35 minutos del segundo tiempo, en la última fecha contra Boca Unidos, con el partido 0-0. En ese momento, Colón no subía. Tenía que convertirlo y el que se hizo cargo fue el pibe de 22 años. “Me aislé bastante. El arquero me vino a hablar, traté de concentrarme en la pelota”, cuenta. La clavó en un ángulo.

Metió 2 goles en 4 partidos de Libertadores, como Juan Gilberto Funes en la de 1986.

Cuando el resabio de una vieja operación de meniscos en la rodilla puso en duda la transferencia porque River pretendía renegociar las condiciones de compra y Colón no (recordemos que Alario no estuvo en la presentación oficial con el resto de los refuerzos), Gallardo llevó a Lucas a un aparte, en el hotel Sofitel de Cardales, donde River hacía la pretemporada, y le habló. El pibe salió como uno de esos fanáticos religiosos que siguen a su gurú. “Yo de acá no me voy, si es necesario me armo una carpa en los jardines”, le dijo Lucas a Pedro Aldave, su representante. Su firmeza resultó clave para que la operación llegara a buen puerto. “Marcelo ya me había dado mucha confianza cuando hablamos por teléfono. Que le gustaba cómo jugaba, que me venía siguiendo desde hacía un tiempo, y a mí no me conocía nadie. Eso lo valoré muchísimo. Y después me dijo que me seguía bancando a pesar de la rodilla. Le dije a mi representante: arreglalo como puedas, pero yo de acá no me voy”, recuerda Lucas. Y también dice...

- “Cuando en la final con Tigres le di esa patada a Guido Pizarro a los 10 minutos de partido, vi que el árbitro venía corriendo hacia mí y pensé: ‘Me echa y me muero’. Por suerte fue sólo una amarilla”.

- “La palomita la vi un montón de veces. Metí el gol y no sabía qué hacer, si tirarme de cabeza entre la hinchada, si buscar a mi familia que había venido por primera vez a la cancha. El gol lo metí esguinzado. Me había doblado el tobillo solito, a los 30 del primer tiempo, pero en ese momento, ni me acordaba del tobillo. En el entretiempo me enfrié y por eso tuve que salir en la segunda parte”.

- “Marcelo me pide que sea el finalizador de las jugadas, que no baje. Antes del partido con Chicago, Biscay y Bujan me mostraron un video que habían preparado sobre Lewandowski para que viera movimientos y definiciones. Vamos a seguir mirando, a ver si la próxima puedo llegar a meter 5 goles, ja, ja”.

- “Lo que me pasó en estos meses es increíble. Si lo pensaba o lo quería escribir en un libro, no me hubiera salido tan redondo como me salió. Gracias a Dios pude entrar con el pie derecho, que para mí fue importantísimo. Ahora, a tratar de seguir aprendiendo”.

Lucas Alario, el chico de la película. Como buen santafesino se come todas las eses. Pero si le pasa a Messi, ¿por qué se va a hacer problemas? Además, claro, lo único importante es que no se coma los goles.

Por Diego Borinsky / Fotos: Federico López Claro

Nota publicada en la edición de noviembre de 2015 de El Gráfico