Notas de la revista

Robert Carmona: “A veces me comparan con Riquelme”

A los 53 años, el uruguayo Robert Carmona recibió el Guinness World Records como el futbolista activo más longevo del mundo. Volante creativo como Román, juega en Pan de Azúcar, donde comparte el plantel con un defensor que es nieto de un ex compañero suyo de los años 80.

Carmona y el certificado que lo decreta como el futbolista más longevo en actividad.

“Yo no quería jugar en el mismo equipo que Maradona, sino en el contrario. Porque si jugaba con él, iba a pasar desapercibido. Entonces me pasé a los otros, así me prestaban atención. Recuerdo que Diego jugaba hermoso, que hacía una cosa y otra y otra... Quería que él se fijara en mí, así que en una jugada subí por la derecha y quise hacer una rabona. De los nervios se me enredaron las piernas y me caí. ¡Un papelón! ‘Dejá, uruguayo. Rajá para el Río de la Plata’, me gritaba él mientras se reía. Después la pasamos genial, comiendo y escuchando sus anécdotas”. Quien recuerda y protagonizó aquel blooper en un campo de Tristán Suárez, en la provincia de Buenos Aires, en 2007, es el uruguayo Robert Carmona, quien a sus 53 años ostenta el Guinness World Records como el jugador de fútbol activo de mayor edad del mundo. Volante por izquierda, nació el 30 de abril de 1962 y por herencia fue hincha de Peñarol. Ahora tiene simpatía por Nacional. “Soy medio vendido”, dice mientras sonríe y se dispone a hablar de su pasión: “No hay nada que me guste más que el fútbol”. Actualmente juega en la Institución Atlética Pan de Azúcar, de Maldonado, un equipo de la Liga de Zona Oeste de Uruguay, donde tiene un técnico de 34 años, Juan Julio. Los demás jugadores tienen edad como para ser sus hijos. Incluso, la cuestión generacional va más allá: “Hay un lateral izquierdo de 16 años que es nieto de alguien que jugaba conmigo en los 80. Tenés que ver la carita de los chicos cuando aparezco. No es sencillo jugar con una persona grande”.

Su orgullo personal y deportivo no es sólo el récord logrado. También haber superado al inglés Stanley Matthews, quien se retiró a los 50. Ahora, mate en mano, canoso y delgado, agrega: “Que me entreviste El Gráfico es otro sueño cumplido”. Ya no recuerda por cuántos clubes pasó. Hace memoria y suelta nombres, la mayoría desconocidos. También habla de su paso por el fútbol estadounidense a fines de los 90. Ahí es donde hizo la diferencia económica y aprendió el inglés. Hoy, además, habla italiano y portugués. “Allá me compré una casa, puse un restaurante y un servicio de taxis para una empresa de Queens, Nueva York. Ganaba lo suficiente como para viajar seguido a Uruguay”, recuerda. Luego se quedó definitivamente en su país.

“Hay Carmona para rato”, suelta para negar que piense en abandonar el fútbol. Para eso se entrena todos los días. La fórmula es bicicleta, trote de seis o siete kilómetros y pesas. “Cuando nos vamos de vacaciones, a mi esposa le digo que no puedo ir a tomar mate a la playa porque tengo que entrenar. Me siento mal si no entreno. Lo mismo las comidas: nada de frituras ni cosas que no sean sanas”, explica al resaltar la paciencia de la pediatra Edivia Rodríguez, con quien vive en la ciudad de Young, en el departamento de Río Negro. “Queda cerca de Gualeguaychú, a unos 40 kilómetros”, ubica él, tres veces padre: Alex (29 años), Agustina (14) y Santiago (10), por quien apuesta como su heredero: “Juega de 8 en San Lorenzo, de Young”.

Capitán de Pan de Azúcar.

Se vanagloria de que los más jóvenes lo respetan: “Siempre quieren ganarme la pelota, pero yo apuesto a mi rapidez mental. Me siento joven”. Cuando esta revista le pregunta qué puntaje se pondría como jugador, no duda: “De 1 a 10, con la experiencia que tengo, me pongo un 8”. Enseguida explica: “Soy tranquilo. Me gusta manejar la pelota, jugar por abajo y correr los 90 minutos. Aunque con los golpes se siente el paso de los años. Soy de ir a buscar la pared y hacer pases. También pateo los penales. Nunca protesto. Hablo con los rivales y con el árbitro, pero desde el respeto. Soy un pensador del partido, de esos que juegan de manera pausada para que el equipo se ordene. A veces me comparan con Riquelme”.

-¿Usted juega como Riquelme?
-Porque parecemos lentos, pero no lo somos. El y yo nos diferenciamos de Messi y Maradona, que son más rápidos.

“¿No ves que soy viejo?”
“Al que me pega le digo, con total tranquilidad: ‘No es necesario. ¿No ves que soy viejo?’”, cuenta Carmona mientras se ríe y prueba otro mate. Profesional a toda hora, evita los partidos amistosos: “Cuando en los asados o en los campitos se arma alguno, yo no juego. Lo mío es únicamente profesionalismo”.

Desde que se retiró Diego Maradona no tiene ídolos. “Fue lo más grande que hubo. Hoy soy hincha del jugador. Me gustan Neymar y Ronaldinho y a veces disfruto de ver al Boca de Carlitos Tevez”.

El volante uruguayo comparte equipo con futbolistas que podrían ser sus hijos.

Alguna vez incursionó como captador de talentos. Por esa función conoció al periodista Luis Ventura, al que considera un amigo y quien le abrió las puertas de la Argentina. Lo que no quiere es ser director técnico. “No me agrada”. Sí le gusta, en cambio, transmitir experiencias. “Tengo desde 2010 una asociación civil que se llama ‘Hacele un gol a la vida’. Empezó como una necesidad de hacer algo por los niños y la sociedad. Creo que puedo transmitir vivencias desde el fútbol basándome en mi experiencia. Transmito valores de vida sana: cero alcohol, no a la discriminación, sí al ejercicio físico. Doy charlas en escuelas, iglesias y cárceles. Así, recorrí todo el Uruguay. Me parece injusto guardar en un cajón los logros y experiencias que me dio la vida”.

“Háblenos de goles, Robert”, lo incita El Gráfico. Rápido de reflejos, toma su enésimo mate y suelta: “Tengo muchos. El más lindo e importante fue el primero que hice desde que me puse como objetivo llegar al Guinness. Jugaba en el Albión y con ese gol le ganamos 2-1 a Mar de fondo, en el ascenso uruguayo. Pateé desde 25 metros, de zurda y al ángulo. Tenía 49 años: fue el primero que anoté como hombre grande”.

Por Alejandro Duchini 

Nota publicada en la edición de noviembre de 2015 de El Gráfico