Notas de la revista

Luciano Aued y la ovación menos pensada

Durante más de dos años la pasó mal en Racing: no jugaba y sufrió duras lesiones. Cuando hasta él desconfiaba de su capacidad, renació y fue importante en el título de 2014. “Cuando escuché el primer ‘Luliii, Luliii’ no lo podía creer”, recuerda.

"No me gustan las excusas: si estuve tanto tiempo sin jugar fue porque no lo merecía. No estaba preparado para jugar en Racing".

Termina el entrenamiento de Racing y decenas de personas esperan afuera del estadio para pedirles autógrafos a los jugadores, que comienzan a salir. Uno de ellos agarra su bolsito y aparece, pero nadie lo frena. “¿Quién es ese?”, pregunta un chico. “No sé...”, responde su mamá. Ese jugador, Luciano Aued, escucha la conversación y sigue su camino. Ya escuchó lo mismo ayer, y tal vez lo escuche mañana.

Durante 2012 y 2013, esta escena se repitió. De los más de 80 partidos de Racing en ese período, Aued fue titular en 10. Por lesiones, gusto de los entrenadores y especialmente por su bajo nivel (como él mismo reconoce con honestidad), el volante se convirtió casi en el último recurso de planteles numerosos.

Sin embargo, desde el 24 de mayo de este año, cada vez que juega en Avellaneda, escucha lo que nunca pensó que escucharía: “Olé, olé, olé, olé... Luliii, Luliii...”, gritan los hinchas de Racing. Lo mejor es que sea el propio Aued quien cuente todo su recorrido.

“Nací y crecí en Berisso, muy cerca de La Plata. Vivía con mi mamá, mi papá, tres hermanas y un hermano. Soy el más chico de los cinco. Tuve una infancia muy feliz. Hoy, mi viejo sigue viviendo en Berisso; y mi vieja, en City Bell. Los dos me acompañan mucho. En el barrio había un potrero, donde jugábamos con mis amigos, que tenía un canal de agua en el medio: cuando se caía la pelota, era muy difícil rescatarla. Teníamos que andar con un palo tratando de agarrarla. ¡En un momento hasta tuvimos una perra que nos iba a buscar la pelota!”.

-¿En la escuela cómo te iba?
-Bien, no me llevaba materias. Iba a la Escuela N° 3 de Berisso. El único problema fue cuando empecé primer grado. Yo tenía el pelo por la cintura y siempre me cargaban, me decían que parecía una nena. Entonces, mi mamá me dio un consejo: que al que me dijera que era una nena, le mostrara que no era una nena (risas). El primer día entro al colegio y la directora me dice: “Tenés el pelo largo, ¿qué sos, una nena?”. Y yo me bajé el pantalón y le mostré que no era una nena (risas). Llamaron a mi mamá y tuvo que explicar todo.

-A los hinchas de Racing no les gustaría saber que arrancaste en Independiente...
-Sí, en Independiente de La Plata (sonríe). Arranqué muy chiquito, a los 3 años. Mi hermano es dos años más grande, así que empecé en la categoría de él, con chicos más grandes. Cuando yo tenía 8 años, Independiente se mudó y me fui a Las Malvinas, un club al que le tengo un aprecio bárbaro. Me ayudó muchísimo, me formó y ahí pasé los momentos más felices de la infancia. Salimos campeones cuatro veces consecutivas; cinco veces campeones regionales; ganamos mundialitos… Del club surgieron Pablo Lugüercio y Marcos Rojo. Mi hermano jugó hasta los 16, 17 años, porque mis viejos se habían separado, y empezó a trabajar para no depender de nadie. Jugaba de 9, tenía unas condiciones bárbaras.

-¿Vos también tuviste otro trabajo, no?
-Sí, con mi hermano. Desde los 18 años hasta los 20 trabajé en una panadería que es de los padres de mi cuñado, más que nada para tener mi plata, para comprarme botines.

-¿Cómo era un día tuyo?
-Me entrenaba a la mañana en Estancia Chica, volvía al mediodía, comía y a la tarde iba a la panadería, de cuatro a diez de la noche. Hacíamos pan, facturas. Yo era un ayudante, no puedo decir que aprendí el oficio, pero daba una mano y me sirvió para valorar el esfuerzo de conseguirse la plata uno mismo. Recién dejé la panadería cuando me tocó hacer pretemporada en Primera.

-Habías recibido ofertas de Gimnasia y Estudiantes desde muy chico, pero tardaste mucho en aceptar. ¿Por qué?
-Cuando jugaba en cancha de 7 ya me querían. Todos los años iban a casa y hablaban con mis viejos, pero ellos me dejaban decidir, y yo decía que no. No me gustaba saltear etapas. Otros habían empezado a jugar en Gimnasia o Estudiantes y habían perdido la tranquilidad de jugar para divertirse. Yo prefería ir de a poco. Esperé hasta el último año de baby fútbol, porque el padre de mi mejor amigo era conocido del coordinador de Gimnasia. Y yo soy hincha de Gimnasia, así que no tuve dudas.

-¿Es cierto que en tu primer día en Gimnasia renunciaste?
-Sí, sí (risas). Y otra vez por el pelo. Llegué al club, me dieron la ropa, los botines, todo, y el preparador físico me dijo que me tenía que cortar el pelo. Yo guardé la ropa, se la devolví y le dije que me iba. Que no me lo iba a cortar de ninguna manera. “Yo no juego con el pelo, juego con las piernas”, le dije.

-¿Cuántos años tenías?
-12.

-Hay que tener personalidad para decirlo…
-Siempre fui bastante rebelde, tuve una personalidad fuerte. Pero no me arrepiento, porque en ese momento el pelo era algo que valoraba mucho. Al final me dijeron que no había problemas y me dejaron jugar así. Dos años después, en Octava División, me lo corté, lo vendí y con esa plata me compré un par de botines: tenía 52 centímetros de largo.

-Fuiste parte de una categoría exitosa...
-Sí, estaban Ignacio Piatti; Stracqualursi; Rinaudo; Marcelo Cardozo, que está en Unión; Martinena, que está en Jujuy, y varios más. Ocho de nosotros llegamos a firmar el primer contrato. Fuimos campeones en Séptima; y hoy sigo manteniendo la amistad con muchos de los chicos.

-¿Cuándo supiste que serías fútbolista?
-Mi vieja me cuenta que desde los 7, 8 años, le decía que iba a ser jugador de fútbol. Nunca me imaginé haciendo otra cosa. Tenía claro lo que quería. En un momento había jugado 3 partidos en Reserva, y de repente Francisco Maturana, que era el técnico, me citó para un partido contra River. Debuté rápido, y ahí me di cuenta de que el sueño se iba a cumplir; pero desde chico pensé en ser futbolista.

-El día que debutaste perdieron 3-0 y los insultaron. ¿Qué sentías?
-Era una situación difícil. Muy feliz para mí y para mi familia, pero nos fuimos por el túnel insultados. Ahí empecé a entender lo que era la Primera, las presiones que había.

-¿Qué fue lo mejor que viviste en Gimnasia?
-Muchas cosas. La Promoción de 2009, en la que dimos vuelta un 0-3 contra Rafaela, con Madelón como técnico. Fue milagrosa, porque estábamos casi descendidos. Y nos tocó ganarle 3-1 a Estudiantes, en el Bosque, en 2010. Fue otro momento muy lindo.

-¿Tu familia es toda de Gimnasia?
-Sí, excepto dos sobrinos. Tengo doce sobrinos, y sólo dos salieron de Estudiantes, así que estamos bien distribuidos (risas).

Pelota al pie y cabeza levantada. Aued suele iniciar los ataques de la Academia.

El año 2011 fue intenso para Aued. Fue convocado para la Selección, descendió con Gimnasia y llegó a Racing, todo en cinco meses. “Cuando todavía estaba en Gimnasia, me citó Batista -recuerda-. Ahí conocí a varios que después fueron compañeros en Racing: Pillud, Yacob, Hauche… Fueron dos partidos y le hice un gol a Venezuela (el único en su carrera hasta 2015), pero lo disfruté poco porque Gimnasia estaba en un muy mal momento, que terminó en el descenso“.

-Ese fue un golpe duro para vos.
-Fue muy traumático. Hubiera cambiado la Selección y el gol por dejar a Gimnasia en Primera. Encima, en los últimos partidos no pude jugar porque estaba lesionado y me tuve que operar, eso lo hizo doblemente doloroso. Esa mochila me va a quedar para toda la vida. Al día de hoy, me pesa. Ojalá pueda volver a Gimnasia para saldar esa cuenta pendiente.

-¿Hiciste terapia en ese momento?
-No. Mi familia, mi novia, todos me decían que hiciera, pero yo soy un poco cabeza dura. La verdad es que nunca lo charlé. Debería, porque seguro que me ayudaría. Con el psicólogo de Racing alguna vez tocamos el tema. Pero no me gusta, me cuesta abrirme.

-¿Dónde estabas en 2013, cuando Gimnasia volvió a Primera?
-Viajé a Córdoba para ver el ascenso con unos amigos. Cuando estuvo en la B, iba seguido a la cancha, así que no podía faltar. Fue un momento feliz, pero la espina del descenso igual me va a quedar para toda la vida. Sólo cambiaría si puedo volver y ganar algo.

-Cuando eras chico, Gimnasia y Racing mantenían una gran amistad. ¿Eso ayudó para que sintieras cariño por el club?
-Sí, lo recuerdo mucho porque era una situación rara. Era el único partido en el que entraba toda la gente junta, la de Gimnasia y la de Racing. No pasaba nada, era como realmente se debería vivir el deporte. En 2011 tuve ofertas de Godoy Cruz y de Racing; y Racing tenía a favor que era un club grande y que me caía bien, así que vine para acá con el Pata Castro, que también estaba en Gimnasia.

-Cuando llegaste, estaba Simeone. ¿Por qué decís que es el mejor técnico que tuviste?
-Al Cholo lo veías en el entrenamiento, la intensidad que le ponía a cada cosa, y te dabas cuenta de que era distinto, de elite. Lo que más me sorprendió era que le prestaba atención hasta al último jugador. Por ahí el equipo jugaba a las cuatro de la tarde, a las diez entrenábamos los que no jugábamos, y el Cholo estaba siempre ahí.

-¿Qué fue lo que te resultó más difícil al llegar a Racing? Adaptarte al plantel, a la gente que trabaja en el club, a los hinchas…
-Llegué golpeado por lo de Gimnasia a un club grande, lleno de figuras, y fue difícil. La verdad es que la situación me sobrepasó. Me costó mucho sentirme cómodo. Es un lugar en el que no naciste, en el que sos un refuerzo, entonces te miran de una forma especial. También la masividad, la presión de la gente. En el primer torneo que jugué, íbamos segundos, aunque lejos de Boca, y la gente se impacientaba por un empate, quería ganar. Eso me impactaba. Cuando llegás a Racing, tenés que estar preparado, y yo no lo estaba.

-Se fue el Cholo y llegó lo peor: dos años con lesiones en los que jugaste muy poco.
-Sí, tuve la desgracia de tener dos lesiones graves. En un momento hasta parecía que no podría seguir jugando. Antes de la última operación, en 2013, me tenían que abrir la rodilla y no sabían qué se iban a encontrar. Fue uno de los momentos más duros de mi carrera. Sufrí mucho, y mi familia también. Por eso valoro tanto el presente que tengo.

-¿Llegaste a dudar de tu propia capacidad, a pensar “Racing me queda grande”?
-Sí. Dudás un poco de vos. Yo siempre fui muy exigente conmigo, nunca me gustó poner excusas o echarle la culpa a un técnico. Si no jugaba, era porque no lo merecía. Siempre lo hablaba mucho con Sebastián Saja, con el que somos amigos. El me decía: “Es que no te dieron la posibilidad todavía”. Y yo le respondía: “Pero ya pasaron muchos técnicos, el que está fallando soy yo”. Y era así. En ese momento no estaba pleno, la cabeza me jugaba una mala pasada, y dudaba si estaba preparado para jugar en Racing o no. Lo más lógico hubiera sido no tener revancha, que me hubieran dado salida antes, pero el club se comportó bien, valoró el esfuerzo que hacía, el cariño de mis compañeros, y me dio otra oportunidad.

-Es muy honesto de tu parte contar que te gustaba más el trabajo de Zubeldía que el de Merlo, pese a que con Zubeldía no jugabas y con Mostaza sí…
-Porque Luis, en el día a día, era del estilo del Cholo, le gustaba que se entrenara mucho, le daba lugar a los chicos de inferiores. En su momento tuve una charla muy fuerte con él, donde me explicó que yo merecía una oportunidad, pero que prefería a otros jugadores, que no era tan del gusto de él. Fue muy sincero. Yo le dije que la iba a seguir peleando, y él también valoró eso. Le estoy agradecido.

-Racing tuvo una gran temporada con Zubeldía y está teniendo una excelente con Cocca. En el medio, hubo un año pésimo, nefasto, en el que terminó último, con un plantel que tenía parte del de Zubeldía y parte del de Cocca. ¿Qué les pasó?
-Fueron campañas pésimas, muy muy malas. Hasta la fecha 11 teníamos dos puntos, salíamos últimos, anteúltimos. Pasaron muchos técnicos, muy rápido, y todos tenían diferentes estilos. Eso influye para mal. Hubo una crisis dirigencial grande. En un momento estábamos sin técnico, sin manager, sin presidente, sin vice… Era una situación difícil, porque tampoco se daban los resultados deportivos. Cuando todo está mal, siempre pasan esas cosas y todo repercute en el equipo. Nosotros la pasábamos mal. La culpa es algo muy grande que siente el jugador, se siente culpable, se siente mal. No podés salir, no podés ir a una fiesta. Por ahí tu familia espera a que tengas un buen resultado para festejar un cumpleaños. Es un poco duro.

-Cuando llegó Cocca y trajo a sus dos “cinco”, Videla y Acevedo, ¿pensaste “otro año sin jugar”?
-Diego ya me había dirigido. Con él jugué mucho en Gimnasia, me conocía. Pero, cuando llegó, era claro que los volantes centrales eran ellos. Además estaba Pancho Cerro, así que había que correr de atrás. Pero, un poco por cabeza dura, seguí peleándola, tirando para adelante, apoyando al grupo.

-¿Cuándo volviste a sentirte futbolista?
-En el primer partido. No había llegado el transfer de Videla, me tocó jugar y me sentí muy bien. Después jugaron ellos, pero en la 6ª fecha entré contra Lanús, anduve bien y la gente me lo reconoció. Ese fue el partido clave. Después, contra Boca, fui titular, lo dimos vuelta y todo empezó a ir mejor.

-¿A partir de ahí te cambió la vida, o sólo cambió tu situación en el club?
-Me tocó salir del vestuario después de un entrenamiento y que la gente se preguntara: “¿Quién es ese?”. Por eso no hay que perder el eje, las cosas cambian, se dan vuelta. Claro que hoy estoy mejor, pero hay que lograr que Racing se acostumbre a ganar. El torneo nos dio cierta inmunidad, pero si nos tocara hacer una campaña mala-mala, eso se terminaría.

-¿Cuánto hace que no mirás los promedios?
-Uuuuh, ¡un montón! (sonríe). Me acuerdo bien. La última vez fue cuando nos dirigía Merlo, antes del partido contra Argentinos Juniors. Veníamos sufriendo, le habíamos ganado a Vélez y respiramos, pero hasta ese partido estábamos complicados. Ganamos con gol de De Paul y después, por suerte, ya no tuve que mirarla más. Desde que debuté había tenido que mirarla, así que espero no tener que verla por mucho tiempo.

Aued, con el estadio de fondo. Cambió su historia en Racing con esfuerzo y buen manejo de pelota.

-¿Cuál fue tu mejor partido?
-Contra Independiente, este año, cuando ganamos 1-0. Venía de una inactividad larga, no había hecho fútbol, pero Cocca me tuvo confianza y jugué muy bien. Lo recuerdo mucho. Este año tuve un nivel parejo.

-¿Lo creías cuando escuchaste el primer “Luliii, Luliii…” de la hinchada?
-Nooo, no lo podía creer. Fue en ese clásico. Traté de escucharlo de a poquito. Pensé: “Mirá si es para otro y levanto la mano”. Venía con la carga de no jugar, y en ese momento la gente me paraba en la calle para preguntarme cuándo volvía. Ya en el precalentamiento se había escuchado un poco tibio, pero cuando me reemplazaron se escuchó bien fuerte. La ovación me hizo poner la piel de gallina. Estaba toda mi famila en la cancha, era un premio para ellos.

-¿La Copa Libertadores es el gran objetivo que le falta a este plantel?
-Sí, un poco por la manera en que se dio la de este año. Contra Guaraní jugamos un partido completo con un hombre menos; tampoco tuvimos el recambio que deberíamos haber tenido. Son cosas para tener en cuenta si tenemos la chance de volver a jugarla.

-Si volvieras a Gimnasia, podrías ser un raro caso: jugar toda tu carrera en apenas dos clubes. ¿Te gustaría o preferís probar en otros equipos?
-No lo pienso mucho, porque acá estoy muy cómodo. A veces, cuando sos muy ambicioso, terminás pagándolo. Si se diera alguna transferencia, me gustaría, pero si no, no me desespera, porque en Racing estoy bien y feliz.

El taco y el gol
Durante largo tiempo, a Luciano Aued se lo relacionó con dos cosas: un pase de taco para Luciano Vietto que terminó en gol de Racing ante Vélez durante el Torneo Final 2014; y la falta de gol, ya que nunca había convertido en clubes (sólo en la Selección). Por suerte, dice él, eso va quedando en el olvido. “Después de ese partido contra Vélez me hicieron una entrevista y dije que no quería quedar en la historia de Racing sólo como un taco; y creo que con el título lo logré. Y este año metí mi primer gol (a San Lorenzo, por Copa Argentina), así que ya cumplí la otra deuda”, dice contento.

Por Martín Estévez / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de noviembre de 2015 de El Gráfico