Notas de la revista

Federico Grabich, sacrificio mundial

“Odio la pileta todas las mañanas”, confiesa, pero tanta voluntad para tirarse al agua una y otra vez tuvo premio: tras brillar en los Juegos Panamericanos, el nadador de Casilda ganó una histórica medalla de bronce en Rusia. Ya se ilusiona con su gran objetivo: llegar a una final en los Juegos Olímpicos de 2016.

En Londres 2012, Grabich compitió en 100 metros libre: terminó en el puesto 41 entre 43 participantes. En Río de Janeiro tendrá revancha.

“Me pasa todos los días. Especialmente en invierno. Me paro enfrente de la pileta y pienso: ‘Estoy tan calentito acá, adentro del buzo. ¿Por qué me tengo que tirar?’. Me cuesta mucho. Odio la pileta todas las mañanas”.

-¿Alguna vez dijiste “hoy no me entreno” y no te entrenaste?
-Sí, sí... Hay días en los que directamente no me levanto de la cama. Por suerte, puedo decirle a mi entrenadora: “Moni, no me puedo levantar”. Ella siempre trata de convencerme, pero cuando digo no es no.

El que habla es uno de los tipos que nada más rápido en el planeta. Se llama Federico Grabich, tiene 25 años y está viviendo el mejor año de su carrera: brilló en los Juegos Panamericanos de Toronto y en el Mundial de Kazán, Rusia, donde consiguió la primera medalla en pileta olímpica de la historia argentina, y nada menos que en la principal  prueba: 100 metros libre.

-Pasaste tu infancia en Casilda, Santa Fe. ¿Con quién vivías allá?
-Con mis viejos y mi hermano, en un departamento. Después nos mudamos a una casa. Mi viejo es gerente de una empresa de autos; y mi vieja, directora del colegio Michelángelo Buonarroti, el mismo al que iba yo. En Casilda se usa mucho hacer algún deporte, porque no hay otra opción. No tenés escuela de teatro, ni de baile. De esas cosas no hay nada. Sólo existe fútbol, y un poco el básquet y el tenis. Ni siquiera natación existía en esa época.

-¿Es más de clubes que de plazas?
-La plaza se usa como centro para reunirse, pero no hay potreros. Me acuerdo de que nos juntábamos a tomar coca y comer semillitas, las pipas. Era comprar cinco o seis paquetes y comer, comer, comer desde las dos de la tarde hasta las diez de la noche. Y, cuando era más grande, volver a la noche y seguir comiendo semillitas. Tuve una vida muy tranquila de chico, soy muy familiero. Por ahí, en el verano me iba dos meses a la casa de mi abuela.

-¿Te cargaban por ser hijo de la directora?
-Sí, sí. Mucho. Me decían “estás acomodado”, o se enojaban cuando en un examen me iba bien; o si me iba más o menos, y a ellos mal. Algunos compañeros me hicieron sentir mal, pero ahora tengo una excelente relación con ellos.

-¿Tu vieja te hinchaba mucho pidiéndote que estudiaras?
-Sí, siempre me rompió. Y siempre fue al que más exigió dentro de mi curso. Muy lejos de estar acomodado, era el que más presión recibía, el que tenía que dar el ejemplo. Incluso, cuando tenía 18 años y tuve que tomar la decisión de seguir estudiando o dedicarme de lleno a la natación, fue difícil decirle “mirá, vieja, me quiero dedicar a esto, mi objetivo es ir a un Juego Olímpico”. Ella no me veía completamente convencido de seguir con natación, por eso me decía “el estudio es importante”. Yo creo que, hasta el día de hoy, interiormente lo piensa, pero ya no me lo dice.

-Esperá a que te retires…
-Sí, voy a tener 30 años y me va a decir: “Bueno, te toca estudiar” (risas). Mi viejo también me inculcó el estudio, pero él vio mi seguridad al momento de tomar la decisión.

-¿Hasta qué edad jugaste al básquet?
-Hasta los 15, era pivote. Medía 1,87, así que de otra cosa no podía jugar, porque además no era hábil y no tiraba bien los triples. Me gustaba más que la natación, porque era un juego en equipo. Eramos como veinte, nos llevábamos bárbaro: cada vez que era el cumpleaños de alguno, íbamos todos. Jugábamos al básquet todo el día. Con algunos seguí teniendo relación, pero al dejar, ya no fue lo mismo. Es un deporte hermoso, y encima después pasé a algo que es todo lo contrario. En natación estoy solo. Solo. Sin posibilidad de tener algún diálogo mientras practico, porque es con la cabeza abajo del agua. Fue difícil la transición, pero de todo el sacrificio y el empeño que yo pongo en el día a día, el resultado es todo para mí, sea el éxito o el fracaso.

-Cuando viajás con otros nadadores, ¿se parece en algo a un deporte en equipo?
-Eso pasa cuando en un campeonato hay muchos en el equipo. En el Mundial, que éramos seis, cada uno estaba un poquito por su lado. Pero a los Juegos Panamericanos fuimos veinte y éramos un bloque. Yo estaba solo en el cubo, pero había 19 que estaban alentándome, y yo siento ese apoyo. Es fuerte para mí representar a la Argentina y que estén mis compañeros o público argentino alentándome. En esos momentos, siento que se hace un poquito más colectivo, pero una vez que toco el agua, sé que ninguno va a nadar por mí.

-De afuera, pareciera que los deportes cronometrados son muy científicos y lo único que importa es la evolución física. Sin embargo, a vos te dio resultado volver a entrenarte en donde te sentías cómodo.
-Sí, estuve un año entrenando en Barcelona, después de Londres 2012. Esos Juegos Olímpicos fueron mi peor torneo en tiempo y en sensación. Si bien fue una experiencia magnífica, deportivamente fue lo peor; y me propuse que no volviera a pasarme eso. La federación me acercó un plan que consistía en ir a entrenarme un año a Barcelona, con vistas a Río 2016. La idea era que después siguiera. Fui el primer año y me sirvió mucho. Estuve con un entrenador duro, un plan distinto a lo que hacía acá, pero yo estaba lejos de mi casa. No es que necesite estar todo el día con mi viejo, pero necesito saber que a media hora, una hora de viaje, puedo ver a alguien, a mis abuelos, a mis amigos. Si bien en España tenía algunos amigos argentinos, no podía sentirme como en Casilda. Así que me volví pensando que acá iba a ser mejor. Allá tenía mejores condiciones de infraestructura, pero a veces la infraestructura no te sirve para mejorar si el afecto de tu familia y de tus amigos no está. Por eso volví a mi casa, con la entrenadora que me conoce, que hace trece años me entrena y que iba a buscar lo mejor para mí, como lo había hecho en toda mi carrera. Y fue fundamental volver. Si bien las condiciones no eran las mismas, estar bien por dentro me generó un cambio grande.

-¿Qué es lo que Mónica Gherardi te aporta, lo que no pudiste encontrar en Barcelona?
-La diferencia es la especificidad en el trabajo. Ella, cada metro, lo planifica pensando en mí como persona, en cómo lo voy a poder afrontar según el día en que esté. Y la contención emocional que me brinda. Ella es amiga de mi mamá, estuvo el día del parto en el hospital. Eso ya es demasiado: es una persona que me conoce desde que nací. Tiene un peso diferente a un entrenador que me conoció como un pibe de 23 años que venía a mejorar. Ella realmente se preocupa. Por demás, a veces. De mi bienestar, de mi mejor entrenamiento. Un día que estoy fusilado, que llego reventado al entrenamiento, sabe qué hacer, qué trabajo darme para que ese día sirva para algo. Y de eso se trata mi deporte: que todos los días sirvan para algo. Seguramente, con otro entrenador no podría juntar todas las cosas que puedo juntar con Moni.

-Las piletas de Alumni de Casilda, donde te entrenás, ¿se adaptaron a vos o tienen la temperatura alta habitual?
-No, están igual. El agua está puesta para el común del socio. Por ahí la bajan, tienen frío todos los que están en la pileta, y yo sigo teniendo calor. Necesito un ambiente diferente al de la mayoría. Entro en calor muy rápido, como cualquier nadador, y ni siquiera el agua fría me alcanza. Pero soy consciente de que el que le da la plata al club no soy yo, son todos los socios. También me entreno en el club Náutico. Ahí el agua está más moderada, porque es una pile muy grande, es más difícil climatizarla, y la gente se acostumbró a esa temperatura. Es cuestión de acostumbrarse. Si vos estás todo el día con el agua a 32°, el día que te la pongan a 30°, te vas a morir de frío. Pero si arrancaste desde el primer día con el agua en 30°, vas a estar bien siempre. Les voy a pedir que la bajen por lo menos un grado. Para mí, un grado es mucha diferencia.

-¿Cómo te llevás con tu hermano?
-Tiene un año y medio menos que yo, somos muy compañeros, compartimos casi todo. A él le gusta mucho mi deporte, aunque en cada viaje que hago, por la facultad, es el único que no puede ir. Estudia marketing, y nunca se quiso atrasar en la carrera. Nunca me acompañó: ni Juego Olímpico, ni Mundiales ni Panamericanos. Así que lo obligué a venir a Río. Le dije: “Venís como sea; si te tenés que atrasar diez años en la facu, me da igual”.

Grabich es el principal nadador argentino de la última década. En el Sudamericano de natación 2014 ganó cinco medallas de oro.

-En el primer torneo en el que participaste, te fue perfectamente… mal.
-Muy mal. Ahora es un chiste, pero en ese momento fue un poco traumático. Menos en una carrera, en la que terminé sexto.

-¿Sexto entre cuántos?
-No sé, habrán sido ocho. Pero dije: “Bueno, la próxima vez, en la peor voy a quedar sexto, y en la mejor voy a subirme al podio”. No me salió, pero lo intentaba. Así que sí: el primer torneo general fue un desastre. En la primera carrera terminé último. ¡Y había entrenado relativamente bien! Lo que pasa es que competía contra pibes que se entrenaban por lo menos cuatro veces más que yo. Para mí era todo nuevo, había ido solo, con mi entrenadora y mi mamá. Peor que eso, imposible. ¡Tenía un mal humor! No hablaba con nadie, estaba quieto en una silla. No me voy a olvidar nunca de que mi entrenadora siempre me calmaba y me decía: “Tranquilo, dentro de poco les vas a ganar a todos estos chicos”. Ella siempre me adelantó lo que iba a pasar. A los 10 años, me adelantó que iba a ir a un Juego Olímpico y que iba a ganar una medalla en un Mundial.

-Gonzalo Peillat, de Los Leones, dijo que los Juegos Olímpicos fueron el torneo en el que peor le fue deportivamente, pero el que más disfrutó. ¿A vos también te pasó eso?
-La verdad es que en un Juego Olímpico no te queda otra que disfrutar. ¡Tenés a los mejores del mundo de todos los deportes! Si podés dejar de lado una mala actuación, es fantástico. A mí se me hizo difícil ir a ver otra competencia y disfrutar sabiendo que yo no lo había hecho bien. Fue un gran aprendizaje para mí. Esas cosas te hacen madurar aceleradamente, porque son cachetazos bastante fuertes.

-En 2012, eras de los que miraban a los demás. En Río, muchos te van a mirar a vos.
-Yo me siento el mismo, voy a seguir mirando asombrado. Incluso me pasó en el Mundial de natación. Miraba a tipos a los que ya les había ganado, y decía: “Pensar que este tipo para mí, hace una semana, era un grosso, un animal”. A Phelps le gané en Estados Unidos en los 100 metros libre, pero para mí sigue siendo un animal, una figura gigante.

-¿En qué momento te diste cuenta de que ibas a vivir de la natación?
-¡Ni ahora sé si voy a vivir de la natación! (risas). Pero cuando empecé a viajar al exterior y a obtener buenos resultados, me di cuenta de que había encontrado un camino. Empecé a sentirme más seguro a partir de un torneo malo, en 2009, cuando me quedé afuera de un Mundial. Era la etapa en la que se retiraba Meolans, yo tenía 19 años. Me entrené durante seis meses con una bronca terrible, fui al campeonato argentino y la rompí. Bajé el récord en las cinco carreras que corrí. Y si hubiera hecho esas marcas antes, quedaba entre los quince mejores del Mundial. A partir de ese torneo, dije: “De ahora en más, tiene que ser todo para arriba, todo mejorar”.

-¿Tenés relación con Meolans?
-Lo que se ve por las redes sociales y algún mensaje privado. Lo vi en persona varias veces, pero somos de dos generaciones diferentes. Yo estoy en las competencias y él, dando clínicas. Pero me ha felicitado incluso cuando le batí algún récord, con todo lo que eso significa. Un tipo muy piola, correcto, y un referente de la natación argentina.

-¿Algún recuerdo de los Odesur 2010?
-Ahí fue mi primera carrera internacional ganada, en 200 metros libre. Fue un torneo bárbaro, mejor de lo que esperaba. Justo antes habían prohibido aquellos trajes de goma que permitían bajar las marcas. Pero yo, sin el traje, repetí las marcas que había hecho. Me dio una motivación extra para enfrentar lo que venía. Gané la carrera justo el día de mi cumpleaños, y fue la primera vez que me hicieron el antidoping. Salí y fui al baño, así que tuve que esperar un montón. Encima estaba nervioso, me quería ir, tomé como tres litros de agua. Fue un bajón, me quería matar. Llegué a las doce de la noche al hotel, me habían hecho una torta, estaba toda derretida y no había nadie para recibirme. Como al otro día corrían, todos se habían ido a dormir.

-¿Qué diferencias sentiste entre los Juegos Panamericanos de 2011 y los de 2015?
-En el primero, era todo nuevo para mí. De lo único que me acuerdo bien es de haber estado tres días seguidos soñando con una medalla, hablando con los compañeros de los relevos sobre eso, y ganarla el último día. Nos volvimos locos. Saltábamos, llorábamos, estábamos como unos nenes. Para Argentina era algo histórico. Los de 2015 ya tuvieron un sabor diferente. Conseguí resultados individuales, que para mí tienen otro valor, y otro tipo de resultados: medalla de oro, de plata, récord argentino… Me agarró con más experiencia y mejor entrenado.

-¿Mónica te mete presión antes de los torneos?
-Más que presión, se pone un poco en rompebolas (risas). ¡Está más nerviosa que yo! Ella sabe que en los momentos en que tengo que competir soy muy especial. Intento estar solo, hacer la entrada en calor solo. Pero tanta presión no voy a tener en Río, porque busco un objetivo propio, que es entrar en la final.

-¿Tenés un carácter difícil?
-Sí, en el momento de competir soy jodido. Necesito que me dejen solo, concentrarme, que nadie me traiga problemas. Concentrarme en lo que quiero hacer. Después de correr, sí: charlamos y nos abrazamos, me vaya bien o mal. Pero antes de correr, necesito estar tranquilo y en silencio, que es lo que más le cuesta entender a la gente. No me hablen, déjenme piola que yo me arreglo. No me gusta ni el ruido del teléfono, siempre pongo la opción de que no suene.

Federico muestra el bronce del Mundial, mientras en su cuello cuelgan las medallas panamericanas.

-¿Te pasa desde chico o desde hace poco?
-A partir de todo esto del WhatsApp y esas cosas. Antes te llegaba un mensajito de texto cada muerte de obispo, hoy cualquiera te manda cualquier cosa a cualquier hora. Yo creo que el problema son los grupos de WhatsApp, porque siempre hay uno que está al pedo y rompe los huevos.

-Al twitter sí lo usás bastante…
-Me empecé a amigar porque es necesario para promocionarme, para que la gente sepa qué hago y también para los sponsors. No es lo que más me gusta, porque lo mío es tirarme a la pileta y competir, pero lo necesito.

-¿Qué es lo que la mayoría no sabe de vos?
-Que soy un enfermo de las pausas. Si tengo un trabajo con una pausa exacta, me vuelvo loco si me paso por un segundo. Es como si tuviera un TOC (trastorno obsesivo compulsivo): no puede pasar un segundo más ni un segundo menos de la pausa. Por ahí, cuando vamos a campeonatos nacionales, mis compañeros se tiran dos segundos antes, o pierden la pausa, y me vuelvo loco. Me da tanta bronca que termino peleándome con mi entrenadora. ¡No pueden tomar una pausa, que es algo simple! (risas).

-¿Es verdad que antes de dormir mirás videos de natación para motivarte?
-Todos los días. Y muchas veces miro el mismo. Finales de 100 metros de los Juegos Olímpicos, finales de 200, mis carreras, campeonatos importantes… Todos los días miro alguno. Por ahí estoy tomando un café con leche y busco un video.

-¿Y encontrás cosas nuevas en las mismas carreras que ya viste?
-Todo el tiempo, hasta en carreras que he mirado mil veces. No sólo miro natación: también atletismo. Y hace poco descubrí que existen otros deportes (risas), así que miro kayak, remo, arco y flecha. Me gusta ver cualquier tipo de deporte. Lo uso para motivarme. Eso me ayuda a sacarme el buzo y tirarme todas las mañanas para empezar a entrenar.

La nueva escuela
Desde hace algunos años, el sistema de entrenamiento cambió en la natación argentina. “Antes se usaba un método en el que el objetivo era sumar metros y metros de pileta. Se lograba mayor resistencia, pero no se trabajaban aspectos específicos”, explica Grabich. El Enard (Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo) contrató al prestigioso australiano Bill Sweetenham para que modernizara el sistema y lo compartiera con los entrenadores de cada nadador. “Esa vieja escuela ya no se usa más. Ahora, las carreras se segmentan por tramos, a veces metro a metro. Es mucho mejor”, detalla Federico.

Por Martín Estévez / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de septiembre de 2015 de El Gráfico