JUGADORAZOS

Rinaldo Martino, el golazo de América

- por Martín Estévez: 30/10/2015 -

Mamucho es un gran ídolo de San Lorenzo. No sólo fue campeón en el Ciclón, donde brilló con Pontoni y Farro, sino también en Italia y Uruguay. Definió el Sudamericano del 45 con un gol que entonces fue aclamado como el mejor del continente.

El terceto de oro: Farro, Martino y Pontoni, vitales en el título de 1946.

“Condiciones físicas, funcionales y mentales excelentes y adecuadas a la práctica del fútbol. Llamamos la atención sobre el extraordinario perímetro de sus muslos, que no son resultante de su actividad deportiva, sino constitucional”. Así decía el certificado del análisis físico que, en 1945, Rinaldo Martino se realizó para una nota de El Gráfico en la que se destacaba a los deportistas con mejores cualidades corporales. Quienes lo vieron jugar, dirían que no hacía falta ningún análisis para saberlo: Mamucho fue uno de los 50 mejores futbolistas argentinos.

Nació en Rosario en 1921. En sus primeros años anduvo en manos de su mamá, María, y de su papá, Benito, un italiano que imaginaba para su hijo un trabajo “serio”. Manos ocupadas, porque ya habían tenido cinco varones y tres mujeres: Rinaldo fue el noveno y último hijo de la pareja.

“Yo sólo quería jugar al fútbol –recordó Martino sobre su infancia-. La escuela no me interesaba. Lo mío era fútbol, fútbol, fútbol. Con pelotas de trapo o de goma, en el club o en la calle. Mis hermanas se enojaban, porque les robaba medias para armar la pelota. Hasta con piedras jugábamos”. Sus hermanas no eran las únicas molestas: cada vez que volvía a casa, Benito lo retaba porque rompía las zapatillas y se la pasaba “perdiendo el tiempo” con la pelota. Entonces, cuando comenzó a jugar en las infantiles del Peñarol rosarino, lo llevaba su mamá, a veces a escondidas y a veces después de convencer durante largo rato a Benito.

Hizo dos pruebas en Newell´s, pero lo rechazaron. ¿Cómo era posible? Tal vez el inconsciente hizo lo suyo, porque Rinaldo era fanático de Rosario Central. Comenzó a disputar la Liga Rosarina para Belgrano, entre 1937 y 1940. Ese año, cazatalentos de San Lorenzo viajaron para ver a Waldino Aguirre, de Central Córdoba, cuyo pase valía 40.000 pesos. Pero ese partido se suspendió, así que por casualidad terminaron viendo a Belgrano. Quedaron maravillados con Rinaldo, averiguaron cuánto valía el pase y, cuando les pidieron 13.000 no dudaron: había que comprarlo.

Campeones sudamericanos del 45: Tucho Méndez, Martino, Labruna y De la Mata.

En su ciudad se ubicaba de entreala derecho. En aquellos tiempos, los equipos tenían cinco atacantes y los entrealas se movían entre el puntero y el centrodelantero. Pero, en San Lorenzo, el director técnico húngaro Emérico Hirschl lo movió a la izquierda. Debutó en marzo de 1941 con un gol en la derrota 5-1, justo ante Newell’s, justo en Rosario. “Me asustaba Buenos Aires –reconoció-, pero tuve la suerte de encontrar en casa de doña Clementina de Fiasche el mismo afecto que si estuviera en la mía. Su hijo Vicente fue un cabal hermano, inseparable”.

El equipo era irregular. El 17 de agosto arrancó perdiendo 3-0 de local ante Platense. Los hinchas hervían. Entonces apareció la primera gran ráfaga de Martino, que metió tres goles para el 3-3. “A partir de ese momento, nunca más dejé la Primera de San Lorenzo”, contó. Pronto nació su apodo. “Después de un partido, me hicieron un reportaje por radio. Quise decir que el equipo había mejorado en el segundo tiempo, pero me salió: ‘Jugamos más mucho en el segundo tiempo que en el primero’ ”. Por eso, su compañero Bartolomé Colombo lo bautizó “Mamucho”.

¿Cuáles eran sus virtudes? Llevaba la pelota cerquita del pie, pateaba a colocar, gambeteaba hacia adelante y cabeceaba bien. Su gran campeonato en 1942 (goleador del torneo, con 25 gritos) lo llevó a la Selección. Y ahí consiguió su primer título: el Sudamericano 1945, jugado en Chile.

Con Muñoz, Méndez, Pontoni, Martino y Loustau en la delantera, Argentina goleó 4-0 a Bolivia con dos de Mamucho. Luego fue 4-2 a Ecuador (uno suyo), 9-1 a Colombia (un gol), 1-1 con Chile y 3-1 a Brasil.

En Uruguay lo adoran. Brilló en Nacional, donde ganó dos títulos.

Llegó la última fecha, contra el campeón Uruguay, y había que ganar para llevarse el título. Esto contaron las crónicas: “Habían transcurrido 15 minutos del segundo tiempo, y las tablas mantenían un inquietante cero a cero. De pronto, ocurrió lo tan fervorosamente anhelado. Perucca puso en juego a Martino. Sarro y Obdulio Varela le salieron al encuentro, pero los eludió habitualmente. Lo mismo hizo enseguida con Prado y luego con Tejera. Sólo le restaba el arquero. Y a este lo dejó sin chance con un tiro alto, en el ángulo, que le pasó por encima. Fue una jugada impecable y hermosa”. Con ese tanto, Argentina ganó 1-0 y fue campeón. Y Martino pasó a la historia como el autor de, hasta ese momento, la mejor jugada de la historia. Lo llamaron “el gol de América”.

Los hinchas chilenos lo llevaron en andas. Lo mismo pasó en nuestro país. “Una densa muchedumbre apiñábase en la estación Retiro –dice una crónica-, riendo y gritando, uniéndose en fervorosos ¡hurras! o agitando sus manos y pañuelos en cálido y estremecido saludo. Entre la multitud, balanceado sobre ella, sostenido por muchas manos solícitas, veíase un cuerpo humano. Tenía la camisa desabrochada, con los botones arrancados por los excesivamente calurosos admiradores. Era Rinaldo Martino”.

Volvió a ser campeón sudamericano en 1946 (un gol en su único partido), pero festejar en San Lorenzo era mucho más difícil: llevaba 13 años sin títulos. En 1946, Martino se juntó con René Pontoni y Armando Farro, y la rompieron. El “terceto de oro” impulsó los 90 goles en 30 partidos del Ciclón, que ganó el torneo con cuatro puntos de ventaja. Fue el único campeonato del club en 26 años.

“Cuando se habla del equipo del 46 –decía siempre- se recuerda al terceto central de ataque, que integrábamos con Farro y Pontoni, y muchos se olvidan de otros grandes jugadores: Oscar Basso, Zubieta, el Tano Grecco… Teníamos un buen cuerpo técnico, integrado por Pedro Omar y Diego García, secundados por un excelente preparador físico, Francisco Mura. Ese equipo tenía todo: jugadores técnicamente bien dotados, respeto por la pelota, habilidad, inteligencia y velocidad. Actuábamos con punteros bien abiertos y más adelantados. Los demás arrancábamos de atrás e intercambiábamos posiciones. Yo, por ejemplo, iba a buscar la pelota a nuestra área y llegaba para definir en el arco de enfrente. Avanzábamos en base a pases cortos, sorprendiendo con habilitaciones a los punteros. Ese era uno de nuestros secretos, llegábamos con facilidad por las puntas”.

Volvió a la Argentina porque extrañaba el hipódromo, pero en Boca no le fue bien y jugó sólo una rueda en 1952.

En diciembre del 46, el Ciclón se fue de gira por la Península Ibérica, donde perdió sólo un partido (1-4 ante Real Madrid), derrotó dos veces a España y goleó 10-4 a Portugal. Martino, que metió 17 goles en los 10 partidos en Europa, explicó: “Deslumbramos por nuestro juego. Además de intentar ganar, adornábamos el espectáculo. La gente, pese a la paliza que les dimos a los españoles y portugueses, realmente gozaba con nuestro juego”. Y reveló una historia oculta: “En Lisboa hacía un frío terrible y yo veía que mis compañeros iban al lateral y le pedían la bolsa de agua al aguatero. Pensaba: ‘¡Están locos, con el frío que hace!’. Hasta que me di cuenta de que iban dos o tres veces los mismos jugadores; entonces fui yo también. Pedí la bolsa y tomé… ¡cognac! En lugar de agua, habían puesto cognac. ¡Por eso iban!”.

Su gran paso por el Ciclón incluyó 233 partidos y 142 goles; el título y dos subcampeonatos (1941 y 1942). “En San Lorenzo crecí futbolística y humanamente. Llegué a todo lo que podía aspirar. Jugué con Pontoni, un genio, un grande de todas las épocas. Dúctil, fino, inteligente, goleador. Ese San Lorenzo está a la altura de los mejores equipos, con el Independiente del 38, Boca del 41, La Máquina de River, el Santos de Pelé y el Brasil del 70. Eso sí: Pelé era inferior a Moreno, Sastre y Loustau”.

En 1948 se produjo una famosa huelga de jugadores y las figuras se fueron al exterior. El destino de Martino fue la Juventus.

En Italia jugó sólo una temporada, pero magnífica. Integró una importante delantera: Muchinelli, él, Boniperti, Hansen y Pret. Metió 18 goles, ganó la liga 49/50 y lo apodaron “pie de terciopelo”. ¿Hace falta explicar por qué? Lo convocaron para la selección italiana (en una derrota contra Inglaterra) y casi juega el Mundial 50, pero se quedó afuera. Aunque ese año lo quiso Boca, cerró el libro de pases y se fue a Nacional. En Uruguay también fue campeón, ya como centrodelantero. El pase a Boca se hizo en 1951, a cambio de 280.000 pesos. ¿Por qué retornó al país? Porque extrañaba apostar en el hipódromo. En el Xeneize le fue mal: sólo hizo tres goles y, encima, uno fue contra San Lorenzo.

Ya con 31 años, edad alta para un futbolista en esa época, volvió a ser campeón con Nacional en 1952. Brilló en un 3-2 a Peñarol, con tres goles suyos. Fue el sexto título de su carrera. Sus últimos clubes fueron el Cerro uruguayo y Deportivo Riestra. En 1954 anunció su retiro.

Su vida, claro, siguió. Tenía dos hijas (Marcela y Paula) y una esposa (Nilda). Entre el 54 y el 62 puso una mueblería con otro futbolista, Angel Perucca. En 1962 nació su sobrino, Gerardo. ¡El Tata, técnico de la Selección! Un año después abrió sus puertas “Caño 14”, tanguería de la que fue dueño. Le encantaba el tango; hasta tuvo buena relación con Aníbal Troilo y Juan D’Arienzo. “Si no hubiera sido futbolista, me hubiera gustado ser cantor. Debe ser algo sensacional pararse frente al público y entretenerlo con una canción”, imaginaba. Contaba que a Troilo lo conoció en un cabaret de los que había en los años 40, lugar que frecuentaba. Y, aunque suene antipático, hay que reprochar esa parte de su vida y de su relato: la prostitución es una forma de opresión hacia la mujer. Los futbolistas lo hacían por diversión; las mujeres, por obligación.

Caño 14 funcionó hasta 1982. Luego, Martino abrió una agencia de Prode. Los reconocimientos fueron permanentes y permitieron seguir escuchando sus palabras: “Sin punteros no se puede jugar. Cuando el rival espera con mucha gente, no existe mejor fórmula que desbordar por las puntas”. En 1979 contó sus problemas físicos: “Sufro artrosis de cadera. Fui operado tres veces, me colocaron una prótesis y no dio resultado, así que ahora debo caminar apoyado en un bastón”. En 1981 mostró su dolor: “¿Cómo puede ser que San Lorenzo haya perdido mansamente su cancha sin pelear hasta las últimas consecuencias? ¿Quién hubiese pensado esta vergüenza? Ni en chiste a alguien se le hubiera ocurrido ver a San Lorenzo en Primera B. Vi a mucha gente llorando por esta amargura que nos dieron los dirigentes, únicos culpables”.

En otro contexto: posando con su auto en Buenos Aires.

Siguió yendo a ver a San Lorenzo, y fue presidente de la mutual de veteranos del club. Antes del Mundial 86, declaró: “Maradona es un buen jugador, pero no un fenómeno como dicen. No creo en esta Selección”. Y en el 87 miró con tristeza los cambios tácticos. “Los técnicos son cada vez más defensivos, cada vez juegan con más gente atrás. Entonces, las posibilidades de gol también son menores. Eso hace más aburrido el juego”.

En su última nota para El Gráfico, le preguntaron si pensaba en la muerte: “Un poco –respondió-. Pero esas no son cosas para pensar. Hay que dejar que llegue, nomás”. Y llegó el 15 de noviembre de 2000, cuando tenía 79 años. “Verlo jugar era un placer”, dijo Ernesto Duchini. “Fue uno de los mejores de la historia”, agregó Amadeo Carrizo. “Indiscutido en una época de grandes cracks”, aseguró Juan José Pizzuti. Semanas antes de su muerte, había contado: “Extraño hacer una jugadita”. Jugadita. Así le decía a esas maravillas que hacía con la pelota en el pie, jugaditas que le dieron gloria a San Lorenzo. Jugaditas como la del golazo de América.

Por Martín Estévez / Fotos: Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de septiembre de 2015 de El Gráfico

Por Martín Estévez: 30/10/2015

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