Notas de la revista

Ser un Carlitos

La frase del título es una definición popular asociada a un supuesto tipo de inferioridad que detona la lástima de quienes se creen dueños de superioridades incomprobables. Por suerte, hace un tiempo apareció un Quijote de la manada sacando el pecho por todos para revertir esa fama.

Cuando mi ciudad era un pueblo, yo era chiquito. Si no estábamos en la escuela, los chicos vivíamos en la vereda de la cuadra. Andábamos en bicicleta, jugábamos a la bolita y al poli-ladron, cambiábamos figuritas y pateábamos en un campito de la vuelta hasta que nos llamaban para cenar. Antes de ser ciudad, nuestro pueblo tenía todo lo que debía tener un pueblo: una estación, una plaza, la intendencia, una escuela, la comisaría, el hospital y un loco. El loco del pueblo. En ese tiempo, todos los pueblos tenían un loco, decía la gente grande. Nuestro loco se llamaba Carlitos. Tenía el físico de un adolescente, pero la cara de un treintañero. Usaba el pelo corto como los policías, un bigotito igual al del Sargento García [1] y trajes muy antiguos, grises y a rayas, como los que mi viejo arrumbaba en el ropero para donarlos algún día a la iglesia.

Nadie sabía cuál era la casa de Carlitos, pero quien quisiera verlo debía rumbear para la estación. El loco siempre merodeaba por ahí, yendo y viniendo, apurado por llegar a ninguna parte. Siempre andaba solo. Sin padre, ni madre, ni hermanos, ni nada. Sus parientes éramos todos los del pueblo. Sus tíos. Al menos eso nos hacía sentir él cada vez que hablaba. “Hola, tío”, “Buen día, tío”, “¿Qué hora tenés, tío?”. Vivía de la caridad, pero no pedía, la gente le daba. Y aunque lo tildaban de loco, en mi dulce ignorancia de pibe no me parecía que Carlitos hiciera cosas de locos. Carlitos saludaba a la viejitas y las ayudaba a cruzar la avenida, acariciaba a los chicos y cantaba bien el Himno en los actos patrios que organizaba la municipalidad. Nunca se desubicaba, Carlitos.

Cuando mi pueblo se volvió ciudad, yo ya era grande. Pero Carlitos permanecía inalterable. Habían pasado varios años y él estaba idéntico, era el mismo Carlitos que cuando yo tenía 8 años, como si se hubiera escapado del celuloide de una película para caminar por nuestro pueblo. Como si tuviese el don de detener el tiempo solamente para él. Los locos nunca envejecen, conjeturaban las abuelas, hartas de sumar arrugas mientras Carlitos conservaba su mágica lozanía.

Así como lo ayudaba generosamente, la gente del pueblo también era cruel con Carlitos. Se burlaban a sus espaldas. Le facturaban sin piedad los frecuentes tropiezos de su intelecto, esa facilidad innata para comprar buzones más grandes que el tanque de agua de la estación. En nuestro pueblerino delirio de grandeza, con los pibes creíamos que cuando la gente de cualquier parte del país decía “este es un Carlitos” [2], “Fulano es un Carlitos”, “aquel cayó como un Carlitos”, le hacían una suerte de homenaje a nuestro Carlitos, al que suponíamos famoso más allá del último alambrado donde se terminaba el pueblo y empezaba un campo infinito.

Ser un Carlitos se volvió una condena hasta que apareció otro Carlitos para reivindicarlos: Carlitos Tevez. El Jugador del Pueblo, esa sentencia que abarca nuestro pueblo ya hecho ciudad, y también todos los pueblos y todas las ciudades del país. Desde que Tevez es Carlitos, nadie se puede burlar de los Carlitos. El Apache aprendió lecciones de vida y sentido común cuando era uno más del Fuerte. Y después de metabolizar las turbulencias provocadas por los primeros destellos de la fama, supo mantener el eje. Volar bajo, porque abajo está la verdad, como definió un poeta [3]. Genuino y espontáneo como siempre, pero directo y devastador como nunca, regresó del exilio económico que le propuso su profesión para iniciar un pontificado capaz de iluminarles el camino a los que menos tienen, esa napa social que comprende como pocos porque allí mantiene embebidas sus raíces. “No tengo amigos del campeón, no los dejé entrar a mi vida”, le confesó a Alejandro Fantino en una charla de medianoche [4] que sacudió las fibras del país para regocijo de todos los Carlitos. Habló con la autoridad de quien antes “vivía y era feliz con 10 pesos”, con la convicción de quien puede decir “hoy tengo millones en el banco, pero la esencia no me cambia”. Por eso le creen los Carlitos a Carlitos: porque no les miente. Cuando tuvo que decir que de pibe a veces no dormía bien porque lo despertaban los tiros, lo dijo. Y ahora que es millonario, que juega al golf y que maneja los mejores autos, no lo esconde, no la caretea. Puede dormir del lado del paredón donde la vida es de 5 estrellas sin perder de vista las necesidades de los que se cagan de hambre del otro lado. Y pedir por ellos, mal que le caiga al hígado de gobernadores y funcionarios a quienes los altera el relato de un “villerito europeizado” [5] y no la desfachatez de sus propias gestiones, única y verdadera razón del desbarranco social.

Un Carlitos como Tevez avisa que en diez días nadie se va a acordar de los inundados y entonces encabeza las colectas; les firma autógrafos sin hartarse a quienes sueñan lo que él ya soñó, rechaza cheques en blanco para priorizar que sus hijos crezcan cerca de la familia, defiende a su país aunque lo vea en llagas, repudia a los políticos que se le acercan para mendigar una foto con rédito mediático, les suplica a sus colegas “jugar más y protestar menos”, se involucra con cada sector de su club para aportar el aprendizaje de su experiencia en la elite del fútbol, pide para Messi [6] la tolerancia y la comprensión que jamás pidió para él mismo…

Un Carlitos como Tevez puede –incluso sin pretenderlo ni proponérselo– irradiar principios con cuatro frases: “Si sos un enamorado de lo que hacés, tenés muchas chances de que te vaya mejor”; “El valor de la palabra es fundamental” [7]; “El hambre de gloria es más motor que el enojo”; “Para ser mejores como sociedad, es básico que la gente disfrute de la familia, que es lo más importante de la vida”.

Hace tiempo que no veo a Carlitos en la ciudad que fue pueblo. No anda por la estación ni apareció en las fiestas patrias con su escarapela inmensa prendida a la solapa del más nuevo de sus viejos trajes grises y a rayas. Quizás haya vuelto a su mundo de celuloide, acaso se haya marchado con las abuelas que tanto se asombraban de su lozanía. O tal vez un día, apurado por llegar a ninguna parte, se aparezca por Casa Amarilla, se mezcle entre los hinchas apiñados a la salida del entrenamiento, y se quede cara a cara con el rey de los Carlitos. Y ahí sí, en el instante más emotivo de ese encuentro cumbre, nuestro Carlitos, tantas veces menospreciado, no fallará y dirá las palabras justas en el momento indicado: “Firmame un autógrafo, tío”.

Por Elías Perugino

Textos al pie

1- El querible personaje de la serie El Zorro fue interpretado por Henry Calvin (1918-1975), actor y cantante lírico. El verdadero nombre del personaje era Demetrio López García.

2- La raíz de esta definición popular está vinculada al perfil inocente de los personajes que interpretaba Charles Chaplin.

3- La canción “Vuele bajo” fue escrita por Facundo Cabral, poeta y cantante platense que fuera asesinado en Guatemala hace cuatro años.

4- La charla entre Fantino y Tevez en Animales sueltos midió 6.9 puntos de rating. Su contenido fue replicado por todos los medios nacionales. América repitió el programa tres días después y marcó 3.3 puntos.

5- Así definió a Tevez un tal Jorge Santander, impresentable asesor del Jefe de Gabinete de Formosa, provincia en la que el jugador de Boca apreció la desigualdad social que describió en la charla.

6- “Tenés que querer mucho a la camiseta para venir como hace Messi después de tantas críticas. No pueden asesinarlo de ese modo”, se solidarizó el Apache.

7- “Con mi representante (Adrián Ruoco) nunca firmé un contrato, siempre arreglamos de palabra y con un apretón de manos”, ejemplificó Carlitos.

Nota publicada en la edición de septiembre de 2015 de El Gráfico