LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Washington Camacho, el que cantaba en el colectivo

- por Martín Estévez: 13/10/2015 -
Camacho ascendió con Defensa y Justicia, pero aún sueña con su primer título.

Cuando ya era futbolista profesional, tuvo que trabajar arriba del “ómnibus”, como dicen los uruguayos, por algunas monedas. Después ayudó a su suegro revocando paredes, jugó poco en Godoy Cruz y renació en Defensa y Justicia. La historia del volante zurdo que le aporta vértigo al ataque de Racing.

El entrenador de Godoy Cruz, Martín Palermo, menciona a los jugadores que quedarán concentrados para el siguiente partido. Y cuando se da cuenta de que otra vez, como en los últimos meses, no está en esa lista, a Washington Fernando Camacho se le llenan los ojos de lágrimas. Las contiene, disimula, pero el golpe es brutal. “Esa semana estaba ilusionado con que iba a jugar -recuerda-. Mi hija, que tenía 4 años, siempre me preguntaba por qué no jugaba, cuándo iba a jugar, y yo le decía que no sabía. Esa semana me había preguntado otra vez y, como se había abierto un lugar en el equipo, yo le había dicho que sí, que iba a jugar. ‘¡Te voy a ver jugar, papá!’, me dijo. Entonces, cuando me enteré de que no jugaba, me acordé de eso y se me caían las lágrimas. Cuando le conté, me dijo: ‘No importa, tenés que hacer mucho esfuerzo, papá’”.

Camacho nació el 8 de abril de 1986 en Paso de los Toros, Uruguay, y su vida tuvo mucho más sacrificio que lujos. Hoy es un volante rompelíneas titular en el Racing que defiende el título. Llegó para reemplazar la desfachatez de Ricardo Centurión, y lo está haciendo más que correctamente. Sin embargo, no fue hasta hace muy poco tiempo, apenas dos años, cuando su vida se estabilizó y la angustia aflojó el nudo.

-¿Cómo es Paso de los Toros?
-Es una ciudad, pero nosotros decimos que es un pueblo. Es chiquito, tiene 10.000 habitantes. Para jugar al fútbol, sí o sí tenías que ir a Montevideo, porque no había clubes profesionales. Y salir del pueblo era muy difícil. Para nosotros, la ciudad era “la gran ciudad”.

-¿Qué había para divertirse en Paso de los Toros cuando eras chico? ¿Sólo ir a la plaza, o había un cine, por ejemplo?
-¡Una vez sola pasaron una película! No me olvido más: fue Titanic. Era un furor, la quería ver todo el mundo, entonces organizaron para pasarla en el pueblo. Era rarísimo, porque nunca había entrado en una sala así. Era de teatro, pero la habían adaptado para pasar cine esa vez. Estuvo buenísimo. Después era todo típico: el centro, donde estaban la plaza, la iglesia, la policía, había una plazoleta… La gente, los fines de semana, decía “voy al centro”, ¡pero el centro eran dos cuadras! Terminabas dando vueltas, saludabas cinco veces a los que pasaban y volvías.

-¿Con quién vivías?
-Con mis padres y mis dos hermanos varones. Familia muy futbolera, a mi viejo siempre le gustó el fútbol. Desde que tengo uso de razón estaba con la pelota abajo del pie.

-¿Uno de tus hermanos es futbolista y el otro es kinesiólogo, no?
-Sí, yo soy el del medio. El más chico juega al fútbol. Llegó a debutar en Primera; pero en el fútbol uruguayo, aparte de jugar bien, tenés que tener mucha suerte. A él no le tocó continuar como profesional y ahora juega en un equipo del interior de Uruguay: Nacional de Florida. Por suerte le está yendo bien, así que los días de semana tiene su trabajo, y los fines de semana juega. El otro es kinesiólogo, y hasta estuvimos juntos en el club Juventud Las Piedras.

-¿Te trataba bien, o no tanto?
-Sí, pero no me gustan mucho los masajes. El me quería cuidar, porque hacíamos trabajos fuertes, pero yo trato de evitar esas cosas. Fue una experiencia muy linda, distinta. En los partidos, cuando me lastimaba, entraba corriendo desesperado para ver si me había pasado algo. Mis compañeros lo cargaban.

-Y con tu otro hermano jugaron juntos...
-Sí, en las inferiores de Villa Española. También es zurdo, jugamos casi en la misma posición. Haber compartido algunos partidos con él es un recuerdo inolvidable.

En su país, Camacho saltó de equipo en equipo. Debutó en Villa Española a fines de 2003, cuando tenía 17 años, y pasó por seis clubes distintos en apenas ocho temporadas. “Cuando debuté, el equipo jugaba en Primera, pero ya estaba descendido; eran las últimas cuatro fechas. Después jugué un año en Segunda y estuvimos cerca de ascender. Es un club muy humilde, de barrio, y como estaba con deudas, terminamos quedando todos libres, y el club quedó desafiliado.

-¿En qué se parecen y en qué son muy diferentes la Segunda División de Uruguay y la Copa Libertadores?
-En lo único que se parecen es en que está la pelota en la cancha (risas). Después, nada. Pero eso es lo lindo del fútbol: hoy te toca estar en un club grande, pero no sabés qué puede pasar mañana. Por eso siempre disfruté, también cuando estaba en la Segunda de Uruguay, aunque fue una etapa muy dura, muy difícil. Porque hay algo que sí es igual: la felicidad de estar adentro de la cancha.

-¿A qué te referís cuando decís que esa etapa en Segunda fue muy difícil?
-Jugar era complicado. Las canchas son bastante feas y se jugaba muy fuerte, te tenías que acostumbrar a las patadas. A veces nos juntamos con Ezequiel Videla, que también jugó en Uruguay, y decimos: “¡Si estos supieran lo que son las canchas de allá!” (risas). Y en cuanto a lo económico, era una realidad terrible. Llegaba el día de cobrar y por ahí no tenías ni ganas de ir, porque sabías que pagabas todo lo que debías y al otro día ya te quedabas sin plata. Tuve la suerte de que, en ese momento, estaba viviendo en la casa de mis suegros; pero ya estaba casado, tenía a mi hija. Ellos son excelentes personas y me ayudaron un montón, pero era difícil porque yo quería tener mi casa, un lugar para mi familia. Y había que esperar el ómnibus para que me llevara a la práctica, que me quedaba bastante lejos, y a veces no tenía ni para el boleto. Tenía que pedir en algún lado, a algún vecino.

-Te casaste cuando eras muy joven…
-Sí, a los 22. Y hace ya once años que estoy con mi señora, otra luchadora más que me ha acompañado en todo este recorrido. La conozco desde el colegio. Es mi cable a tierra, la que me hace bajar cuando empiezo a ver otras cosas. Tenemos una nena de 6 años, que nació en un momento difícil para nosotros. Siempre se dice que los hijos llegan con un pan bajo el brazo, pero creo que ella fue la excepción, porque llegó y yo estaba sin club. Estuve seis meses sin jugar. Nació y a los tres días se enfermó. Estuvo internada dos semanas, bastante grave, y al menos estar sin club me permitió acompañar a mi señora todos los días en el hospital.

-¿Entre qué clubes estuviste sin jugar?
-Entre Bella Vista, donde estuve hasta 2008, y Juventud Las Piedras. En ese momento, hice de todo un poco. Iba a laburar con mi suegro, trataba de hacer algo para ayudar en la casa. Más allá de que él nos ayudaba con el tema de la comida, a mí me daba vergüenza estar ahí y no aportar nada. El labura en construcciones, así que trataba de acompañarlo, que por lo menos viera que quería ayudar y aportar algo.

-¿Sabías algo sobre construcción?
-Fui aprendiendo a pintar, a revocar, lijar paredes… Por ahí me tocaba el laburo más fuerte, porque él sabía lo demás, entonces yo hacía eso, que era lo que podía. Pero en mi casa, desde chico, me acostumbraron a que había que ganarse el pan. Así que, si bien no tuve una vida tan dura, laburé desde chico, ayudaba en mi casa, hacíamos feria con mis viejos… Hice bastantes cosas. Hasta canté arriba de los micros.

-Contá eso, por favor.
-Había venido desde Paso de los Toros a Montevideo. En el pueblo, vos estabas acostumbrado a tener la libreta: en la carnicería, en el súper, te anotaban lo que llevabas y lo pagabas después, así que siempre comías. Quedabas endeudado, pero nunca te faltaba nada. Claro: llegamos a la capital y se manejaba todo con plata, así que al principio nos costó. Yo recién había debutado en Villa Española y un día me había quedado sin plata, no tenía nada. Mi viejo laburaba, pero lo gastaba todo en el alquiler de la casa. Mi hermano, el kinesiólogo, sabe tocar la guitarra y ese día me dijo: “Vamos a salir y vamos a tocar en el ómnibus”. ¡Yo me moría de vergüenza! Ya había jugado en Primera División...

Camacho cubre la pelota en el partido contra Belgrano. En el fútbol es Washington; en su casa, Fernando; y en Racing, "el Uru".

-¿Pero vos cantás más o menos bien?
-¡Nooo! ¡Casi no sabía la letra! Era un manotazo de ahogado. Practicamos un poco a la tarde, aprendí la letra y nos mandamos arriba del ómnibus. Yo pensaba: “Si me llega a ver alguien del fútbol o del pueblo, se entera de que vine a jugar y terminé cantando arriba del ómnibus…”. Son cosas que, a la larga, uno valora. Hoy, si me tocara hacer algo así, no me daría vergüenza para nada. Muchos me preguntaron cómo hice para adaptarme tan rápido a Racing. ¡Imaginate! Después de cantar arriba de un ómnibus, esto es algo hermoso para mí. Presión no tengo ninguna.

-¿Te acordás qué canción cantabas?
-Jajaja… Sí, soy un desastre para los nombres, pero me acuerdo la letra. (Empieza a cantar). “Pare, primo, la canoa, que me parece que llora el pescador allá en la orilla…”. Fue hermoso. La verdad es que me subí arriba de los ómnibus y me terminó gustando. Nosotros lo hicimos algunas veces para comer, para tener alguna plata, pero mi hermano después siguió porque le gustó la onda. La gente te aplaudía, estaba bueno. En una época él componía, y justo antes de los partidos, armaba una canción y me la tocaba. Y a mí me llenaba, porque pegaba las palabras justas, y entraba a la cancha enloquecido.

-¿Cómo volviste a conseguir club?
-Gracias a Edgardo Arias, un técnico que me ayudó mucho y me llevó a Juventud Las Piedras. Me enseñaron a ser agradecido, así que es bueno decir que a él le debo mucho. Incluso, una vez que yo estaba con problemas, me sacó del equipo y me dijo: “Lo hago por vos. Si te pongo, vas a andar mal y va a ser peor; cuando estés mejor, voy a volver a ponerte”. Es como un padre del fútbol para mí. Siempre lo llamo y le mando mensajes.

-¿Tus viejos siguen en Uruguay?
-Sí, siguen luchándola. Para ellos debe ser una satisfacción ver que sus hijos progresan. Cuando terminan los torneos, voy siempre a verlos. Para que yo pudiera empezar a jugar al fútbol, ellos se fueron del pueblo, mi padre tuvo que pedir el traslado en su trabajo, mi madre dejó el suyo, hicieron el sacrificio de mudarse. Todas las posibilidades que tengo ahora son gracias a ellos.

-En Uruguay jugaste en muchos clubes y poco tiempo en cada uno. ¿Por qué?
-Allá es difícil que te hagan un contrato largo. Por lo general, son de un año, o un año y medio. Los clubes tratan de no quedarse con muchos jugadores y, si sos caro, traen después a un jugador que cobre menos.

-¿En qué club uruguayo la pasaste mejor y en cuál la pasaste mal?
-Tuve de todo en todos los equipos. En Rentistas viví momentos muy buenos, peleamos el torneo y estuvimos cerca de entrar a una copa; pero al otro año terminamos descendiendo. Con el resto me fue bastante bien, con todos peleamos arriba. No me arrepiento de haber jugado en ninguno.

-¿Cómo llegaste a Godoy Cruz?
-Hay una persona que trabaja en Uruguay para Christian Bragarnik, que ahora es mi representante. Yo había estado mucho tiempo con un representante allá, que me hizo muchas promesas, pero nunca tuve la posibilidad de salir del país. Cuando me ofrecieron cambiar de representante tenía miedo, así que acepté pero sólo durante ocho meses. Y antes de los ocho meses ya estaba en Godoy Cruz. No lo podía creer. Cuando le dije a mi señora que había firmado, se emocionó. Salvo el amor, nos faltaba todo, pero eso nos mantuvo juntos. Pasamos muchas necesidades. Cuando ella y mi hija llegaron a Mendoza y vieron el departamento en el que íbamos a vivir, no lo podían creer. Era hermoso. Nos costó adaptarnos a eso; era otro nivel de vida pero estábamos lejos de Uruguay.

-Qué difícil debe ser no perder la cabeza cuando la vida te cambia tanto y empezás a tener más plata y popularidad, ¿no?
-Tal cual. Yo hablo con los muchachos y les comento cuál es la realidad de Uruguay, porque en la Argentina los jugadores vivimos en una burbuja. Querés hacer un trámite, o ir a algún lado, y siempre tenés un conocido que lo hace por vos. Vas al banco y no te comés una cola de dos horas. Nuestro entorno nos hace vivir otra realidad; y está bueno que, cuando llegás a tu casa, esa realidad la dejes afuera, que seas el mismo tipo que eras antes. A mí me tocó vivirlo, me había afectado ese cambio, pero mi señora me lo hizo ver, me dijo que ya no era la misma persona, y eso me hizo muy bien. Después estuve esos seis meses sin jugar en Godoy Cruz, y ella me acompañaba siempre a la cancha, con frío, con lluvia, y tomábamos mate juntos. Ahí me demostró quién era ella, y que yo no me tenía que desviar del camino.

-¿Te hiciste un tatuaje para ella y tu hija?
-Sí, quería tatuarme una dedicatoria para ellas. Dolió bastante por la zona (cerca de las costillas), pero me gusta cómo quedó. Ella se había ido a Uruguay y quería darle una sorpresa. Cuando lo vio, no lo podía creer.

-En Defensa y Justicia saldaste la deuda con tu hija: te vio jugar...
-¡Sí! Mi mujer iba a la cancha y me decía: “No puedo creer que te vemos jugar todos los partidos”. Era otra realidad. Diego Cocca me hizo sentir otra vez jugador, y además logramos el objetivo del ascenso, que fue algo muy lindo. Cuando me habían ofrecido jugar en Defensa, mi señora tenía un poco de miedo. Los dos sabíamos que podía ser una de las últimas posibilidades en la Argentina. Yo tenía 27 años: si no andaba bien ahí, me tenía que volver a Uruguay.

-¿Cuál fue tu día más feliz como futbolista?
-Por haberlo disfrutado con mi nena y con mi señora, el día que ascendimos. Sentí que había conseguido algo y que ellas estaban al lado mío. Hasta el día de hoy lo siguen recordando.

-Antes de que los refuerzos firmen su contrato, Cocca los llama para explicarles qué quiere de ellos. ¿Con vos hizo falta eso?
-Sí, me llamó, me llamó. Me dijo: “Uru, no te voy a pedir nada raro, quiero que hagas lo mismo que hiciste en Defensa. No quiero que, por estar en un club grande, inventes cosas”. Yo sólo traté de llegar un poco más al gol, porque con él no había hecho muchos.

-¿Qué se siente al jugar en Racing?
-Es un equipo grande, todo es distinto. Me pude adaptar muy bien, me sentí muy cómodo. Los referentes del plantel son muy humildes, y Cocca me dio la confianza de jugar prácticamente desde que llegué. Trato de disfrutar todos los días, de quedarme a tomar mate, de saber de los demás. En Racing valoran el sacrificio, más allá de que consigas o no las cosas, como pasó en la Copa Libertadores. Todos estábamos muy ilusionados, pensábamos que podíamos llegar más lejos, y encima la gente nos aplaudió al quedar eliminados. Ahí decís: “Puta madre, cómo se nos escapó esto”.

Camacho llegó a Racing en enero. Cocca, que lo había dirigido en Defensa y Justicia, lo pidió.

-Adentro de la cancha, ¿qué es lo que sabés que hacés bien; y cuándo decís “esto no lo tengo que hacer más”?
-Lo que no tengo que hacer es apurarme. Por ahí leo bien las jugadas, pero las resuelvo mal. Diego me dice: jugá a dos toques y frená, esperá, no te apures. Y yo soy de meterle vértigo. Pero está bueno equivocarse, sirve para aprender. Y lo que más me sale es cuando desbordo y tiro el centro, creo que es una de mis virtudes.

-¿Cuál es el mejor gol que hiciste?
-Lindos no tengo muchos (risas). Mis compañeros no lo pueden creer, porque siempre meto goles de segunda jugada. El que hice contra Vélez, de cabeza, creo que fue lindo, porque pude anticipar y ganar en el primer palo. En Uruguay, hice otro para Juventud Las Piedras, en una semifinal por el ascenso, desde afuera del área. Pero por lo general hago goles feos.

-Cocca te llamó. ¿Y si un día suena el teléfono y es el Maestro Tabárez?
-Me emociona pensarlo, pero tengo bien claro que para llegar a la selección tengo que hacer las cosas muy bien en mi club. Por eso trato de mejorar cada vez más. Ya tengo 29 años, no soy joven, pero a Carlos Sánchez le tocó la posibilidad, y eso me demostró que también están observando el fútbol argentino. Yo siempre miraba el Estadio Centenario y me parecía un museo. Jugar ahí con la camiseta de Uruguay… ¡me puedo llegar a morir!

No se olvida de Peñarol
“Soy hincha de Peñarol -cuenta Camacho con naturalidad-. Ahora que no juego en Uruguay, lo puedo decir sin problemas. De chico iba mucho a la cancha. Incluso cuando ya estaba en Primera División, con mis amigos nos juntábamos en la esquina y nos íbamos a verlo como sea. A veces caminábamos 7, 8 kilómetros, o íbamos debajo de la lluvia. Hasta hicimos una bandera grande. Cuando jugaba en Rentistas, el técnico me decía: ‘Vos no podés irte a ver a Peñarol’, pero yo era chico y tenía otras cosas en la cabeza. Esa parte de la vida la disfruté bastante”.

-¿Te imaginás terminando tu carrera en Peñarol?
-No pienso mucho a largo plazo, pero cada vez que juega Peñarol, lo sigo. Y sigo queriendo que salga campeón. Hay amigos que me dicen que vaya a Peñarol, porque saben que soy hincha. Jugar ahí es uno de los sueños que me quedaron sin cumplir, y ojalá en algún momento pueda cumplirlo.

Por Martín Estévez / Fotos: Federico López Claro

Nota publicada en la edición de septiembre de 2015 de El Gráfico

Por Martín Estévez: 13/10/2015

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