Notas de la revista

Daniel Hourcade, el hombre detrás de la revolución Puma

El tucumano le cambió el juego al seleccionado que, tras arriesgar y ser más ofensivo, sacudió a dos pesados del hemisferio sur y se fortaleció de cara al Mundial. Charla íntima con un innovador que describe su proceso de trabajo y afirma: “Llegaremos a la altura de las potencias en dos o tres años”.

El head coach fijó el objetivo para la Copa del Mundo: "El de mínima es clasificarnos para la segunda ronda".

“No desistir jamás”.
Daniel Hourcade no sólo dice este mensaje cada vez que amerita, sino que también lo aplica. Al tucumano lo presentaron como entrenador de Los Pumas a fines de octubre de 2013. Puertas adentro de la Unión Argentina de Rugby, se hablaba de un secreto a voces: un interinato para que luego condujera un head coach extranjero. Pero a este hombre de convicciones de acero no le importó y nunca claudicó. Confió en su proyecto a corto, mediano y largo plazo -ambicioso por cierto-, bajó la innovadora línea de juego, y sabía que si lo respaldaban, dirigiría al seleccionado en el Mundial de Inglaterra de este año.

Al mes y medio de aquel anuncio, y tras la positiva gira europea, la dirigencia dejó la tibieza a un costado y lo confirmó en el cargo. “Era un sueño dirigir a Los Pumas, no un objetivo. Porque si te ponés uno muy alto y no lo cumplís, te frustrás. Venía de entrenar a los Pampas XV, el segundo equipo de Argentina, y me sentía un privilegiado. Los Pampas son parte de mi vida, como un hijo, porque arrancamos juntos en 2010. Fue el inicio de algo importante, que me marcó por volver a dirigir en mi país y a una selección nacional. Por eso, estarán en mi corazón toda la vida -afirma el protagonista de 57 años-. Creo que de alguna manera me fui preparando para ser el head coach de Los Pumas. Cuando me dieron la oportunidad, estaba listo para afrontar el desafío. No podía desaprovechar la chance”.

El tipo, que sacó campeón invicto a los Pampas de la Vodacom Cup 2011 -histórico al tratarse del primer equipo argentino en ganar un torneo profesional-, debía defender en el campo de juego su proyecto y no falló. Se inclinó por sus ideales y tomó decisiones trascendentes: propuso que Los Pumas jugaran un rugby muy ofensivo ante quien se plantara, sorprendió al nombrar capitán a Agustín Creevy (el hombre de la cinta en aquellos Pampas), sacó del grupo a experimentados como Patricio Albacete, y promovió a jóvenes que asoman como realidades. A días de competir en la Copa del Mundo, que se disputa desde el 18 de este mes hasta el 31 de octubre, el tiempo le dio la razón tras casi dos años de trabajo. Porque, además de la intención de protagonizar, se lograron resultados en el difícil Rugby Championship. Los triunfazos ante los Wallabies (21-17, en 2014) y los Springboks (37-25 en 2015; primera victoria frente a Sudáfrica en 50 años y como visitante) jamás pasarán inadvertidos.

“Somos capaces de hacer muy buenos partidos, de lograr resultados, pero todavía no estamos a la altura de esos grandes equipos. Más allá de los triunfos, se valora la forma en la que se consiguieron, por el tipo de juego que desplegamos y la convicción que tenemos sobre el camino elegido”, destaca. 

-¿Les cambiaste la mentalidad de juego a Los Pumas?
-La idea estuvo siempre, incluso con Tati Phelan como entrenador (su antecesor en Los Pumas), porque es la continuidad de un proceso. Cuando empezamos a trabajar en el plan de alto rendimiento, nos enfocamos en desarrollar las destrezas de nuestros jugadores y les inculcamos una idea diferente de juego, parecida a la del hemisferio sur. Ahí se juega con muchísima dinámica y debíamos prepararnos. Entonces, arrancamos con los Pampas en la Vodacom, y los equipos nacionales intentaban ser más ofensivos. La primera parte del proceso fue la más dura al comenzar a competir en el Rugby Championship. La realidad nos desnudó y se vieron las falencias del rugby argentino. La falta de destrezas individuales, por ejemplo, no nos permitía jugar pelotas rápidas como se necesita y éramos previsibles. Pero, al mejorar las destrezas después de dos años, estábamos en condiciones de intentar un poco más, y ese momento coincidió con mi llegada a Los Pumas. Ahí sí, junto al staff le pusimos nuestra impronta al equipo: arriesgar. Al hacerlo, sabíamos que nos expondríamos al error, que nos equivocaríamos, que perderíamos puntos en los partidos… Pero entendíamos también que era parte del crecimiento.

-¿Cuántos rugbiers del plantel no compartían este concepto de arriesgar?
-Y… Bueno, parte de este trabajo fue convencerlos, hacerlos socios de la idea. A los jugadores les dijimos que arriesgaríamos más, que jugaríamos al límite, porque esa es la única manera de ganarles a Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica. Nosotros queremos ganar, no hacer partidos dignos… Obviamente que, como decía, esto nos traería consecuencias negativas, y nosotros, el staff, asumiríamos las responsabilidades por tomar riesgos. Entonces, les dimos tranquilidad a los jugadores para que intentaran. Si las cosas no salían, la culpa sería nuestra. Pero siempre creímos que eran capaces de hacerlo. Por suerte, se acoplaron rápido a la idea. Como a todos les gusta jugar con dinámica y variantes, no fue complicado. Lo único que no sabíamos era si podíamos aguantar 80 minutos intensos en este nivel, y dimos muestras de que se puede. Nos falta un montón, pero sé que podemos. Hoy, los chicos que se integran a Los Pumas tras pasar por el plan de alto rendimiento ya juegan con esta idea, porque es natural para ellos; y eso está bárbaro.

-Jugarles de igual a igual a las potencias generaba más dudas que certezas, y rompiste con eso en tu gestión. ¿Te considerás un revolucionario?
-No, soy parte de un proceso y de su continuidad. Creo en nuestros jugadores. Si los rugbiers argentinos son figuras en los mejores equipos del mundo, es porque la materia prima está. Nos faltaba generar esa convicción de que somos capaces y salirnos de una realidad jodida por tener al equipo repartido entre Europa y la Argentina, con calendarios y niveles de juego distintos. A partir del año que viene, con la participación en el Super Rugby, no tendremos ese problema y empezaremos a estar, de a poco, en igualdad deportiva con las potencias del sur.

-¿Cómo construiste esta idea revulsiva, sin dudas, en tu cabeza?
-La tuve siempre. Desde mi época como jugador, sentía este tipo de juego. Me gusta el rugby dinámico, ofensivo, con muchas variantes y circulación de pelota; me preocupo por la estética. Llevó más de 30 años ininterrumpidos como entrenador y siempre inculqué esta idea. Cuando se juega bien, los resultados llegan como consecuencia.

-“Los Pumas son más peligrosos que antes”, admitió Dan Carter, figura de los All Blacks que valora el juego argentino. ¿Esa frase es un triunfo invisible?
-Está bueno que piense así, porque es parte de la idea. Tenemos que seguir creciendo para ser un problema para los rivales. El rugby argentino está encaminado, competiremos todo el año que viene en el mismo torneo que casi todos los jugadores de las selecciones del hemisferio sur, y mejoraremos más todavía. Llegaremos a la altura de las potencias en dos o tres años.

-¿Dos o tres años?
-Sí, es un tiempo razonable para adaptarnos. Empezaremos a emparejarnos a partir de una continuidad de juego en ese nivel. Desde 2012 hasta acá, sólo jugábamos seis partidos por año de esa clase en el Rugby Championship, y a partir de 2016 sumaremos más de 30 por disputar también el Super Rugby.

-¿Vislumbrás, entonces, a Los Pumas como una de las potencias?
-Totalmente… El objetivo absoluto del rugby argentino no tiene que ver con las personas, sino con una idea. Apuntamos a que Los Pumas estén entre los cuatro mejores del mundo, como una potencia real, en el Mundial de Japón 2019. No tengo dudas de que se puede concretar.

-¿Qué enseñanza te dejó el Mundial 2007, en el que dirigiste a Portugal?
-Muchísimas... Clasificamos a la Copa del Mundo a un equipo 100% amateur, que vive el rugby de una manera social, y le cambiamos la mentalidad. Fue una revolución, grandioso. Llevamos adelante un proceso intenso, en el que aprendí a trabajar en equipo. Como éramos sólo dos entrenadores, y para el Mundial la exigencia es altísima, la Federación Internacional nos mandó entrenadores y colaboradores para organizarnos y trabajar mejor. Si bien no teníamos posibilidades de ganar ningún partido, nuestros objetivos eran ambiciosos y se hizo un Mundial muy digno. Imaginate: se le marcó un try histórico a los All Blacks. Toda esa experiencia me llevó a hacer un clic como entrenador.

-Regresemos a Los Pumas. ¿Qué objetivo se pusieron para este Mundial?
-El de mínima es clasificarnos a la segunda ronda de la competencia.

-Ahí se cruzaría ante Francia, que viene golpeado, o Irlanda, el campeón del Seis Naciones. ¿A qué seleccionado preferís?
-Sería un error pensar en Francia o Irlanda. Nosotros nos enfocamos en ganar los partidos del grupo para clasificarnos. Nos enfrentamos contra los All Blacks, Georgia que es durísimo, Tonga que hace grandes partidos en los Mundiales, y Namibia que se preparó muy bien. Igual, ojo: siempre dan por muerto a Francia, que es una potencia, y aparece… El objetivo inicial es pasar de ronda y no debemos movernos ni un milímetro más allá. Si lo logramos, se vendrán partidos a matar o morir y cualquier cosa puede ocurrir.

A los 57 años, dirigirá su segundo Mundial. Había sido coach de Portugal en Francia 2007.

-¿Cuál es la identidad de estos Pumas?
-La columna vertebral históricamente fue la defensa, y la tenemos que mantener al igual que el scrum. Pero con eso no alcanza. Entonces, le agregamos más aspectos a nuestro juego. Igualmente, atención: no es que le damos más importancia al ataque… Porque si descuidáramos la defensa, terminaríamos siempre goleados; y eso no se dio.

-¿Qué hace muy bien este equipo y qué debe mejorar?
-Destaco la intención de juego y el hecho de no caerse mentalmente. Pero todavía somos intermitentes y nos falta ajustar detalles, y esa es la diferencia entre los grandes equipos y los normales.

-¿Qué les aconsejás a los experimentados del plantel, que quizá jueguen su último Mundial, y a los debutantes?
-A los experimentados, nada en especial. Ellos son importantes para el grupo. A los jóvenes les decimos que jueguen tranquilos y que intenten, que seguramente se van a equivocar porque es parte del crecimiento. A todos, sean grandes o chicos, les repetimos la misma frase: “No desistir jamás”. Porque, pese a los momentos difíciles que podamos vivir en los partidos, hay que estar fuerte de la cabeza para seguir jugando.

-Tu contrato con la UAR se corta a fin de año. ¿Visualizás una continuidad en tu cargo, al margen del resultado en el Mundial?
-Nosotros trabajamos pensando que no nos vamos a fin de año. Queremos cumplir con nuestro objetivo y dejar no menos de tres o cuatro jugadores por puesto para ampliar la base del seleccionado. Por eso, hay tanto movimiento de jugadores. Más allá de si seguimos nosotros o no, la clave es la idea, que había que construirla y llevarla adelante. Ahora, tenemos que hacer el mejor Mundial posible. Pero es importante que, después de esto, dejemos algo formado.

Un hombre que creció de golpe
“Pasé una infancia feliz, rodeado de amigos, y el rugby siempre estuvo presente. Pero la muerte de mi padre, Juan Carlos, fue un momento difícil y delicado -sostiene Hourcade al comenzar a desempolvar su pasado-. Lo perdí desde muy chico y empecé a trabajar a los 12 años en un banco, en el que estuve casi toda mi vida. En esa época, trabajaba en el banco desde las 6.30 hasta las 13.30, entraba al colegio a las 14, cantaba en la lotería por la noche, y el sábado a la mañana me entrenaba en la Sexta de Universitario de Tucumán. Debía tener una vida ordenada para que me dieran los tiempos. Si bien aquello no es lo ideal para un chico, lo asumí con naturalidad porque era lo que se necesitaba en casa, y lo hice sin darme cuenta. Soy el tercero de cuatro hermanos, y resultaba un placer colaborar con mi madre, Lucía, que se había quedado sola y debía criar a sus hijos. Esta experiencia me marcó muchísimo, fue un clic enorme, por las responsabilidades que afronté siendo tan pibe”.

Por Darío Gurevich / Fotos: Alejandro Del Bosco

Nota publicada en la edición de septiembre de 2015 de El Gráfico