LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Diego Vera y el quiebre necesario

- por Darío Gurevich: 05/10/2015 -

Su doping positivo en 2007 le perforó el alma, pero también contribuyó para darle un giro a su carrera. El uruguayo repasa sus orígenes, sus días claros y oscuros, sus anécdotas por el mundo, y asegura que dio el salto de calidad en 2012. La historia del 9 que sueña con ser campeón en el Rojo.

A los 30 años, le aporta sacrificio, sapiencia, juego aéreo y profesionalismo a Independiente, además de la fuerza del gol.

-¿De dónde lo sacaste a Vera?
-Ustedes sólo miran el fútbol de los famosos y el local.

Sagaz, Jorge Burruchaga respondió la pregunta en la época que dirigía a Atlético de Rafaela. El entrenador tenía visto los movimientos y los goles del uruguayo que, en la actualidad, disfruta Independiente. Sabía que había jugado en Bella Vista (2004/06), Nacional (2007/09 y 2010), Defensor Sporting (2009), Liverpool (2010 y 2012), Nanchang Hengyuan (2011), Deportivo Pereira (2011) y Querétaro (2012). Advertía, entonces, que la experiencia del centrodelantero en Uruguay, China, Colombia y México sumaría para la Crema en búsqueda de la permanencia. Sin embargo, el ex campeón del mundo desconocía en profundidad la historia de este tipo de 30 años, en la que hubo reveses, como aquel doping positivo a fines de abril de 2007. Pero a no adelantarse, porque la línea de tiempo de Diego comienza el 5 de enero de 1985, en Montevideo.

“No era muy inquieto de chico. Había un campito en Palermo e iba seguido para ahí porque me gustaba jugar a la pelota. Fui socio de Defensor Sporting, y en el club practiqué atletismo y handball. Hice un popurrí de disciplinas -se ríe-: salto en largo y en alto, y carreras de 100 y 400 metros. Nunca competí en un torneo, sólo me entrenaba. Igualmente, me encantaba el fútbol. En los veranos, me iba desde diciembre hasta principios de marzo para la casa de mi abuela, Mary, que quedaba en Atlántida, que es un balneario, y estaba buenísimo. Tenía a siete u ocho cuadras la playa, y me juntaba a patear con mi tío, Fernando, y sus amigos, que son más grandes que yo. Me divertía mucho”, admite con un mate en la mano, tras entrenarse un nublado y frío miércoles de agosto en Villa Domínico.

-¿Qué es Palermo?
-El barrio en el que nací; el barrio es fútbol y tambores. Se extraña estar ahí, en la placita donde me crié… Cuando paso con el auto, me gusta ver la canchita en la que jugaba y las rocas de minas donde me bañaba.

-¿Qué clase de familia eran los Vera?
-Humilde, y el apellido es por parte de mi abuela paterna. Mi padre, Daniel, trabajó de sereno, y mi madre, Cristina, hizo de todo: se desempeñó en Defensor, en el Ministerio de Defensa… Ellos me transmitieron valores, como el compañerismo y el respeto por aquel que tenga al lado, sea joven o adulto, porque somos todos iguales, más allá de las diferentes clases sociales.

-¿Ya desde chico te apodaron Viruta?
-Sí, y fue por una estupidez. Cuando tenía cinco o seis años, andaba con una colita en la nuca. A un señor grande, que me conocía del baby fútbol, le pareció que eso era una viruta de aserrín y me quedó.

Un tanto introvertido, el protagonista se suelta a medida que transcurre la conversación. Reconoce que siempre se paró de 9, pero no argumenta por qué. “Es que no lo sé. Desde chico, me pusieron arriba y trataba de hacer goles”, sintetiza. A los cinco años, empezó en cancha de siete en Mar de Fondo, que luego se llamó Estrella del Sur. Después, pasó por Don Bosco y Maeso, institución en la que afrontó sus últimos años en el baby. No obstante, cuando esa etapa se cerró, arrancó el baile.

“Me fui para Defensor Sporting, pero no resultó. En la prueba, había una pila de chiquilines; éramos como 40 y yo, el 42. El técnico no sabía ni cómo me paraba en la cancha, porque nunca me dio la chance. Pasé dos tardes ahí, no me puso, me cansé y no fui más -afirma-. Después, me probé en Nacional y quedé. Pero, como desaparecí todo el verano por haberme ido a Atlántida, me mandaron para casa al volver a los entrenamientos. ‘¿Qué hacés acá? Hace como dos meses que no venís’, me dijeron. Todavía no tenía incorporado ese profesionalismo a los 13 o 14 años. Bueno, al rato, me buscaron de Nacional, fui a entrenarme, pero dejé porque me aburría. Cuando era chico, deseaba ser futbolista. Pero en mi adolescencia perdí las ganas, no sentía el fútbol, no me gustaba estar forzado a entrenarme todos los días. Sólo quería jugar para divertirme, y chau”.

-¿Cómo llegaste, entonces, a Bella Vista?
-A los 16 años, cuando jugaba con amigos en Montero, un equipo de barrio, de Punta Carretas, un señor, amigo de mi madre, me comentaba cada vez que me lo encontraba: “¿Qué hacés ahí perdiendo el tiempo?”. “Me divierto”, le respondía. Esa corta charla la tuvimos muchas veces en seis meses, y hubo un día que me sugirió probarme en Bella Vista, donde él tenía conocidos: “Andá, no perdés nada, si no vas recomendado. Si quedás, mejor”. Entonces, un lunes este tipo me acompañó hasta el ómnibus, fui con mi bolsito, me probé entre muchos y quedé. Arranqué a los 17, en Quinta, y estuve sólo tres años en las juveniles. Bella Vista me formó como jugador, y le estoy muy agradecido. Si no fuera por Fito Barán (ex goleador uruguayo), que es el entrenador que me vio, no estaría acá.

-¿Qué recordás de tu debut en Primera, allá por 2004?
-Estaba en Cuarta, el equipo de Primera no andaba bien y tenía lesionados. Un profesor vino al gimnasio y preguntó: “¿Quién juega de 9?”. Yo no dije nada, y un compañero me señaló. Entonces, me llevaron a practicar tres días y debuté contra Tacuarembó. Fue una locura porque el cuerpo técnico ni me conocía. Después nos enfrentamos ante Cerro y Defensor, al que le convertí; el fútbol uruguayo se paró un tiempo por unos problemas, e Ildo Maneiro, el entrenador que había asumido en el club, me bajó a Cuarta. El equipo perdió la categoría, y anduve bien en Segunda, con Maneiro, al meter 15 o 16 goles. Ascendimos, hice ocho o nueve goles en un año en Primera y me fui para Nacional.

-¿Qué te dejaron tus etapas en Nacional?
-Estar ahí es diferente, otra responsabilidad, porque jugás en un club grande, que llena la cancha, que disputa la Copa Libertadores, que tiene que ganar siempre. Soy hincha de Nacional, y cuando jugaba para Bella Vista, iba a la cancha a verlo con mis amigos.

-Tras el triunfo 3-0 de Peñarol sobre Nacional del 29 de abril de 2007, diste doping positivo. ¿Fue por cocaína?
-Salió cocaína, pero no consumí. Habría sido muy estúpido por hacerlo. Sí andaba con gente y en lugares que no debía. Era joven, salía a bailar con mis amigos, y así pasó. Al jefe del control antidoping le juré que no había consumido, por más que el daño ya estaba hecho. El tipo me contó cuáles eran las posibilidades para que la sustancia entrara en mi cuerpo… Si compartís la botella de otro, te puede pasar; y ahí me cerró. Fue un tiempo difícil: dejé malas compañías de lado y de ir a bailar, me mantuve fuerte cuando me gritaban de todo en los estadios de Uruguay, y me mentalicé en lo que quería: ser profesional. Igual, no le echo la culpa a nadie porque cada uno es responsable de sus actos. Aquel doping resultó un clic para ser profesional. Me tuve que dar de frente contra un camión para darme cuenta de dónde estaba parado y qué debía hacer. Fue un aprendizaje de vida.

-¿Cómo reaccionaste apenas te lo comunicaron?
-No lo creía. En esa época, otros colegas vivieron lo mismo, y era raro. Igual, por los demás no hablo… Yo la pasé mal, y encima a los meses fallecieron mi padre y mi abuela, Mary. Fueron momentos durísimos, pero estaba con la consciencia tranquila. Repito: no consumí nada.

Se incorporó a Independiente en julio pasado y metió dos goles en sus primeros cuatro partidos.

Momento. Aquel revés no sólo le perforó el alma, sino que también le cortó las alas. Diego Vera integró la selección uruguaya durante tres amistosos, en el amanecer del ciclo de Oscar Tabárez. “Estaba como un niño con juguete nuevo. Fue un paso corto, porque me ocurrió lo del doping y chau… Estuve mucho tiempo sin competencia, volví y jugué en la Reserva de Nacional, y me quedé afuera del circuito del seleccionado”, reconoce.

-Al estar habilitado, ¿te mandaron para la Reserva?
-No, yo lo decidí. Me había entrenado muchísimo para regresar bien. Pero había perdido mi lugar en Nacional, ni siquiera iba al banco, y pedí jugar en la Reserva. Ahí metí 13 goles, presioné al entrenador de la Primera para que me tuviera en cuenta, y terminé jugando. Se me acabó el contrato y, como no me renovaron, firmé para Defensor. En ese 2009, dejamos afuera a Boca de la Copa Libertadores en octavos de final… En aquel tiempo pasó de todo: salí campeón del Apertura con Nacional, del Clausura con Defensor, perdimos las finales del Uruguayo contra Nacional, y me volvió a contratar Nacional. Después, seguí mi carrera por Liverpool, Nanchang, Deportivo Pereira, Liverpool otra vez, y Querétaro.

-¿Qué aprendiste en el fútbol chino?
-No mucho… Desde acá parece que se juega de taquito, pero no: me costó. Estaba a otro ritmo, la pelota iba para un lado y yo, para otro; como extranjero, me exigían correr demasiado; y era como un profesor. “Hagan las cosas como Vera”, les decía el técnico a mis compañeros. Llegó un día que le respondí, con traductor de por medio: “Esto no es copiar a Vera; soy uno más, tengo que aprender de ellos como ellos de mí, y nos tenemos que entender todos juntos”. Me hacía sentir incomodo. ¿Qué pensarían mis compañeros? “Están acostumbrados a esto”, me confesó el traductor.

-¿Qué historias, similares a esta, te trajiste de Colombia y de México?
-Una de México… Estaba bien, pero al equipo le iba mal y cambiaron al técnico. Sergio Bueno asumió y me pidió que jugara de volante porque quería mantener entre los titulares a Carlos Bueno, Diego Guastavino -que es un enlace con dinámica-, y a mí, que somos los tres uruguayos. Le respondí que sí, pero al tercer partido ya no quería jugar más ahí. Bueno, jugué seis. Porque después de un partido en los 2600 metros de altura en Toluca a las 12 del mediodía y al rayo del sol, discutimos en el vestuario. Imaginate, tenía la lengua por acá (se señala el ombligo), porque fui y vine siempre… Perdimos, y él se enojó conmigo, y yo con él. Entre semana, le dije que no me gustó cómo me había hablado y que por eso le respondí; y él me devolvió que estaba todo bien, que nosotros, los del Río de La Plata, somos temperamentales, y que él quería demostrar algo en el vestuario… Al fin de semana siguiente, me empezó a poner de delantero y metí dos goles en los últimos cuatro partidos. “Estamos armando un equipo para que seas el 9”, me comentaron. Cuando vuelvo de las vacaciones, nos echaron a todos los extranjeros; y tampoco me quisieron ubicar en el draft para que me eligiera otro equipo. Me quedé con ganas de jugar más en México.

-¿Cuándo pegaste el salto de calidad?
-A partir de 2012, porque anduve bárbaro en Liverpool (13 goles en 15 partidos). Después, estuve fuerte en México y me fue muy bien en Atlético de Rafaela (18 goles en 45 partidos). Entonces, 2012, 2013 y 2014 fueron mis mejores años como profesional, porque maduré en cuanto al compromiso, a los cuidados en las comidas, y a la intensidad en los entrenamientos.

Independiente es su décimo club en 11 años de carrera.

-¿En qué creciste como centrodelantero en Atlético de Rafaela?
-No sé si mejoré, pero entendí cómo jugar en el fútbol argentino, que es dinámico, que hay que tocar de primera. Cuanto menos tiempo tengas la pelota encima, mejor. Entonces, supe cómo moverme, cómo crearme los espacios. Creo que me ayudó mi experiencia, porque pienso más que a los 22 años. Gracias a Rafaela, pude pasar a Estudiantes y a Independiente.

-¿Estudiantes fue una buena escuela antes de firmar en Independiente?
-No sé si una buena escuela, sino un buen club, al que respeto mucho, en el que me sacrifiqué como en todos los demás, en el que se competía en torneos continentales, en el que se llenaba un estadio grande… Fue clave que Pellegrino nos explicara los movimientos, nos mostrara los errores y las virtudes; y obviamente, había buenos jugadores como Carrillo, Joaquín Correa, Cerutti, y teníamos una defensa sólida y jugábamos bien.

-Arrancaste en el Rojo con la fuerza del gol: metiste dos en tus primeros cuatro partidos. ¿Qué te indica eso?
-Hay que seguir, la base del fútbol es entrenamiento y sacrificio. Si no tenés ganas, el esfuerzo es realizarlo igual porque los trabajos deben hacerse a fondo. Si el trabajo diario se toma en serio, da sus frutos.

-Mauricio Pellegrino te pidió con énfasis. ¿Por qué confía ciegamente en vos?
-No sé… Pienso que le gusta cómo trabajo y mi compromiso.

-¿Te sorprende que la delantera titular de un grande como Independiente sea la de Atlético de Rafaela 2013/14?
-No, por la calidad de jugador que es Albertengo. Sí es raro que pase… Esperemos seguir en crecimiento con Lucas, pero nadie tiene el puesto asegurado.

-¿Independiente en qué cambió con Pellegrino y en qué debe mejorar?
-Por lo que había visto, cambió el balance del equipo, se aprovechan mejor los espacios, estamos atentos para defender si se pierde la pelota en ataque. Estar bien parados, achicarles los espacios a los rivales y convertir hace que estemos armados, sólidos. Todavía debemos aprender qué tiene que hacer cada uno.

-Los eliminaron de la Copa Argentina, pero levantaron en el torneo local y empezaron a jugar la Copa Sudamericana. ¿Qué objetivo se plantearon?
-Ganar todo, porque Independiente es un grande y tenemos que responder. Nuestra ilusión es ganar cada vez más partidos, porque todavía falta para que se termine la temporada.

-¿Qué sueño tenés aún?
-Ser campeón en la Argentina, y con Independiente.

Su hijo y los tambores
Es padre de Valentino, que nació en la Argentina y que cumple un año el 10 de este mes. “Se me cae la baba, es divino. Junto a Celiana, mi mujer, estamos atentos a él: la comida, el pañal, la ropa, el chupete... Al principio, todo me daba un poco de miedo porque era muy chiquito”, anticipa Vera al hablar sobre su intimidad. Sin prisa ni pausa, prosigue: “Me gusta tocar los tambores y ando bien... De hecho, extraño un poco ir a tocar. La música no me puede faltar; escucho salsa, sobre todo, y reggae”. ¿No te da el cuero para armar una bandita, Diego? “Cuando se me termine el contrato, capaz que sí -se ríe muchísimo-. Me encanta el repique porque es el tambor con el que se tira fantasía. No lleva siempre el mismo ritmo y está buenísimo”. ¿Y no te coparía improvisar un ratito en la concentración para tus compañeros? Quizá, en una de esas, se suman... “¡Nooo! Acá, se escucha otra música”.

Por Darío Gurevich / Fotos: Federico López Claro

Nota publicada en la edición de septiembre de 2015 de El Gráfico

Por Darío Gurevich: 05/10/2015

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