FúTBOL ARGENTINO - PRIMERA

Tevez, un amor que no tiene igual

- por Elías Perugino: 04/09/2015 -
El crack en acción. Un Tevez pleno, emocionado y emocionante, regresó a Boca para ser feliz.

El Apache regresó a Boca en el mejor momento de su carrera. Aunque lo pretendían los grandes de Europa y le ofrecían fortunas desde China, le hizo caso a su corazón y volvió a casa luego de 11 años. Los hinchas enloquecieron con su gesto y le brindaron la bienvenida más multitudinaria de la historia. La intimidad de una vuelta que conmociona al fútbol argentino.

“A mí, el Mundo Boca me devoró”.

Lo dijo así, sencillito y tajante, en tono de susurro confidente, mientras sobre su cabeza, en el cemento añoso de la Bombonera, 50.000 personas atestaban hasta los pasillos, ilusionados con verlo. Lo dijo así, sin anestesia, mientras otras 10.000 revoloteaban por las calles aledañas con la frustración de haberse quedado afuera de una presentación minimalista, en la que él caminaría por la cancha, saludaría con timidez, regalaría pelotas y agradecería el amor con un borbotón de palabras emocionadas.

Once años después de aquella transferencia-huida al Corinthians, el muchacho del cuerpo más fibroso que nunca, el peinado modernoso y los tatuajes testimoniales, se bajaba del pedestal de las deidades y se asumía con las debilidades de un mortal cualquiera. Once años después de aquella fama exponencial e incandescente que le explotó en las manos como una bomba, justo cuando el entorno preparaba los oídos para escucharle decir lo grande que es, lo feliz que es, lo glorioso que se siente tras haber acumulado tantos títulos en las principales ligas del mundo, justo ahí, en el instante de su mayor fortaleza, Carlitos Tevez se animó a confesar una debilidad.

"Era tiempo de volver a Boca. Física y mentalmente estoy en mi mejor momento".

Hace once años, Tevez ya era Carlitos o el Apache, pero no había llenado el formulario que lo ungiría como El Jugador del Pueblo. Dentro de la cancha era pícaro, potente, desfachatado, indomable. As de espadas de un ciclo que le permitió ganar todo –torneo local, Libertadores, Intercontinental y Sudamericana–, se había bancado sin chistar los patadones de los más grandotes en los entrenamientos desde que Carlos Bianchi lo sumó al plantel principal en 2001, graficando esa valentía suicida con una frase recurrente en aquellos tiempos: “Es más difícil jugar un picado en la villa que un partido en Primera”. Carismático, genuino y entrador, en la cancha resolvía situaciones como un crack, pero de la línea de cal hacia afuera ya no le resultaba tan sencillo. Fama, tentaciones y asfixias mediáticas lo sumergieron en un temporal de sensaciones que terminaron por agobiarlo. Necesitaba escapar, descomprimir. Y se fue del país por eso que no supo explicar y que ahora relata de manera tan natural.

“A mí, el Mundo Boca me devoró”.

Tevez volvió en plenitud y eso quedó muy claro desde su debut ante Quilmes.

Brasil, Inglaterra e Italia fueron las estaciones de un suntuoso viaje profesional. El equipaje emocional se le fue acomodando al andar. Armó una familia, aclaró sus prioridades y se enfocó en los objetivos. No fue infalible, obvio. Nadie lo es. En el trayecto surfeó turbulencias personales y se bancó el costo de decisiones deportivas. Cuando se equivocó, pagó. Por ejemplo, perdiéndose un Mundial. Pero después desempolvó la tozudez y la jerarquía necesarias para recuperar el terreno, tal vez porque entró en la franja etaria donde ciertas licencias ya no causan la misma gracia. “A los 31 años las cosas no se ven lo mismo que a los 20”, sentencia ahora. “Sólo yo sé lo que sufrí estando afuera de la Selección. Cuando uno está, no lo valora tanto, lo toma como algo normal. Pero cuando te falta, lo empezás a extrañar, y esa sensación de vacío después se transforma en dolor”, le contó a los periodistas tiempo atrás.

Tevezmanía. En los palcos de la Bombonera se destacaron la bandera de Maradona y la de su familia.

Vacío también sentía en Turín cuando se sentaba a mirar los partidos de Boca. A veces, en casa. A veces, concentrado con la Juve y en compañía de otro fundamentalista del bosterismo como su amigo Daniel Osvaldo. Devuelto a la Selección por el Tata Martino, el corazón de Carlitos vivía mirando al Sur. Con la sed de gloria saciada por 14 títulos internacionales y con las cuentas bancarias pobladas de los ceros imprescindibles para garantizar el bienestar de su descendencia, las únicas asignaturas pendientes estaban en su interior. Y ya sabemos qué pasa con Tevez cuando se le mete algo en la cabeza. Va, va y va hasta que lo consigue. Algo de eso olfateó Daniel Angelici en sus asiduas visitas a la residencia europea de Carlitos. El presidente era consciente de que Boca carecía del dinero para comprar a Tevez o para indemnizar a la Juve a un año de la finalización del vínculo formal. Pero también sabía que el deseo de Carlitos pesaba más que cualquier cláusula contractual. Y eso lo entendieron los italianos, permeables a la negociación que derivó en un regreso sin precedentes equivalentes en la historia del fútbol argentino. Nadie había vuelto como el Apache, en el máximo nivel de su carrera, pretendido por clubes de elite (Atlético de Madrid y Paris Saint Germain) o por instituciones infladas a partir de enormes inyecciones de dinero (el Shanghai Donghai le ofrecía 20 millones por año). Lo expresó Maradona en una de las dos banderas que blandió desde su palco de la Bombonera: “Gracias por resignar plata por tu amor a la camiseta de Boca”. Un trampolín perfecto para que se lanzara la Tevezmanía…

 

Tras las prácticas, se tomó el tiempo para firmarles a los hinchas.

El beso papal al césped del coliseo boquense fue el símbolo de esa fidelidad indisoluble. Esa noche, la del lunes 13 de julio, los hinchas ofrendaron 20.000 kilos de alimentos no perecederos para el comedor “Bichito de luz”, de Fuerte Apache. Una donación gigantesca para ese rincón de sus entrañas infantiles, que Carlitos agradeció desde un video: “Que te ayuden un poquito, que te acuerdes de ellos, ya te hace feliz. Yo viví eso y sé cómo es”. También vivió la experiencia de esperar horas y horas por la salida de un ídolo para que le firmaran un autógrafo, y no siempre consiguió el objetivo. Por eso cada mañana se queda entre 30 y 50 minutos firmando en un portón del complejo de Casa Amarilla, donde un elenco rotativo de 200 hinchas lo aguarda para llevarse el premio. Y si se entera de que alguien vino de lejos, como una señora que se tomó un micro desde La Rioja solo para verlo ese pequeñísimo instante, no dudará en obsequiarle su gorra. “Yo sé cómo es –dice, Carlitos, infinitamente más generoso que en los tiempos de su primer ciclo–. Cuando sos pibe y no conseguís el autógrafo, sufrís mucho”. Entonces firma todo: papeles, posters, tapas de diarios, pieles que desean el original para eternizarlo más tarde en un tatuaje, gorros, buzos, camisetas… Desde su regreso, las ventas de la casaca oficial se quintuplicaron en los locales de Nike. Y en el Museo de la Pasión Boquense no sólo se agotaron las camisetas, sino también las letras para imprimir “Carlitos” –la opción que eligió Tevez en su retorno– y los ceros para armar el “10”, número que con ubicuidad oriental le cedió Nicolás Lodeiro.

La gente agolpada antes de las rejas de ingreso.

Lo que no aceptó ni se planteó fue ostentar la capitanía, todavía anudada al brazo izquierdo del Cata Díaz. Desde su entorno señalan que Carlitos ve con agrado que la cinta la lleve un referente al que él respeta tanto. Siente que su misión extrafutbolística puede cumplirla sin ese formalismo. “Hoy me toca ser consejero y ejemplo para mis compañeros”, explicó @carlitos3210. Mira hacia atrás y se ve en la piel del Flaco Schiavi, que no necesitó la cinta para decirle las palabras que más le llegaron cuando era un pibe que no sabía si se llevaría el mundo por delante o si el mundo se lo llevaría por delante a él.

La gente del club que lo conocía de once años atrás está sorprendida por el perfil más profesional de Carlitos. “Desde el primer día se mostró preocupado por todo lo que pasa alrededor del equipo. Antes no tenía ese compromiso, se fijaba más en sus cosas, seguramente porque era un chico”, describen. Ese grado de satisfacción también abarca al cuerpo técnico, seducido por el mínimo divismo que exhibió en sus primeras tres semanas de trabajo. Se mimetizó con el plantel como uno más desde que el profe Roberti le pidió que se presentará delante del grupo, preámbulo de su inevitable corrida –zafar de eso sí que es very difficult– por el temible puente chino.

 

La cancha fue una fiesta con su regreso.

Antes de la llegada de Tevez, la espalda política de Angelici estaba como si hubiera atravesado el puente chino diez veces por día durante los últimos cuatro meses. Pero el desembarco de Carlitos ofició como bálsamo desinflamante. Cuando el Tano era poco menos que un cadáver político de cara a la carrera presidencial de fin de año, el chico de la película lo tomó del hombro y tiró una mano del mejor Mike Tyson delante de una jauría de micrófonos: “Hay que convencer al presi para que se quede con nosotros porque fue él quien me trajo y yo quiero que se quede”. Desde Michael Jackson en Thriller que no se veía una resurrección tan impactante.

De inmediato, los candidatos opositores, que imaginaban una disputa acotada a su propio ingenio proselitista, comprendieron que la batalla había cambiado de eje y de escenario. E iniciaron un desesperado bombardeo publicitario, aún a sabiendas de que arrancaban la carrera con vueltas menos. Lo que parecía pan comido –serruchar las posibilidades de una gestión con escasos resultados deportivos– se transformó en pan duro. Ahora, el esfuerzo por noquear al preferido del ídolo del club será titánico. Una metamorfosis instantánea producto del incontenible efecto Tevez.

Esa avalancha abrumadora desbordó los sentidos la tarde en que Carlitos volvió a jugar para Boca luego de 3865 días de ausencia. Varios de los 1019 socios adherentes reclutados en menos de 15 días –el triple del ritmo normal– lo vieron desde la bandeja alta del Riachuelo. Otros como Maradona –“A Tevez le quiero decir que lo amo”– o como la numerosa familia Tevez –Carlitos reservó 150 entradas para todo su clan– lo hicieron desde los palcos vip. Los que reventaron las demás plateas y todas las populares lucieron el repertorio de camisetas alusivas: las actuales de Boca y las de de 2003, las mitad Boca-mitad Corinthians, las exóticas del West Ham, celestes del City y rojas del United, blanquinegras de la Juve, algunas de la Selección… Y todos entonaron el himno de la esperanza en estos tiempos de fertilidad riverplatense: “Que de la mano / de Carlos Tevez / todos la vuelta vamos a dar”.

 

Aunque nunca lo vamos a escuchar, Carlitos canta esa canción para sus adentros. Privadamente. Ya demasiado confesó hacia afuera: “La Libertadores y la Intercontinental de 2003 fueron mis dos mayores alegrías. Lloré de la emoción desde el último penal en Tokio hasta que llegué a mi casa. Nunca más volví a sentir ese cosquilleo. Mi objetivo es volver a sentirlo”.

Desde que se incorporó al plantel, la palabra que más pronuncia cuando se pone serio es “mística”. Insiste con “agarrar la mística”. Esa ola intangible a la que un grupo se sube para que todo fluya. En el ida y vuelta del día a día, las primeras sensaciones han sido de mutua satisfacción. A Carlitos lo conmovió la inmensa receptividad del grupo: “Sienten gran admiración y respeto por mí, pero soy un compañero más y así me tienen que ver. Lo bueno es que la pasamos bien entre nosotros, nos divertimos mucho”. Y al grupo le impactó la sencillez con que Carlitos se insertó y se predispuso para contagiar sapiencia y experiencia. La naturalidad con que se mimetizó con el llano. La discreción con que ejerce el liderazgo. “Todo equipo puede tener algún jugador de jerarquía, pero al título lo gana un grupo”, dijo para situarse y para situarlos.

Camiones con donaciones para los más necesitados.

En las charlas con el Vasco Arruabarrena expuso claramente que su intención es jugar siempre. Cuándo sea y dónde sea. No regresó para elegir partidos ni torneos, sino para hacerle honor a la bandera que le colgaron su mujer y sus hijos en el debut ante Quilmes: “Papi, volviste para seguir haciendo historia”. Y el primero en insistir para que lo aprovechen a full fue él. “Física y mentalmente estoy mejor que nunca. A los 26 o 27 años estaba más gordo que cualquiera, ahora me siento impecable”, graficó el crack que, como varios integrantes de la Selección, apeló a los servicios de un nutricionista para mejorar la calidad de su alimentación. El resultado está a la vista: un cuerpo magro y fibroso, exento de adiposidades, esculpido como nunca antes.

La Selección, justamente, es la segunda zanahoria del cuento de hadas que Carlitos escribió para sí mismo. Un guion en el que se imagina dando varias vueltas olímpicas con Boca y aportando su cuota en Rusia 2018, el último Mundial antes de colgar definitivamente los botines y dedicarle más horas al golf, el impensado deporte que le relaja la mente desde que empezó a practicarlo sobre las gramillas de Inglaterra.

 

Hasta los hinchas de River colaboraron para repartir las donaciones de alimentos en Fuerte Apache.

Un resorte determinante es su familia. Algunos cronistas paulistas todavía recuerdan la ternura que les despertaba ver a su mujer, Vanesa, con la pequeña Florencia en brazos, asistiendo cada entrenamiento del Corinthians cuando Carlitos compartía el plantel que ganaría el Brasileirao 2005 con Sebastián Domínguez y Javier Mascherano de compañeros. Eran tiempos de un Tevez que cambiaba pañales por primera vez, que se imaginaba volviendo muy joven a Boca –“La única camiseta que voy a usar en Argentina”, avisó entonces– y que ya contaba con el respaldo de Adrián Ruocco, el mismo representante que mantuvo en los once años de exilio deportivo.

La familia se amplió. Después de Florencia llegaron Katie y Lito, el privilegiado que entró en brazos de su padre la noche de la Bombonera llena para verlo solamente a él. “Una de las cosas más lindas de este regreso es que mis hijos me van a ver jugar con la camiseta de Boca. Era un sueño que tenía de hace tiempo. Ellos son mi sostén, hacen que día a día me levante con muchísimas ganas de entrenar. Quería que me vieran con estos colores. Boca es todo para mí. Me formó como jugador y como persona, no me olvido de eso. Y me dio mucho gusto encontrarme con gente que todavía está en el club y que me saludaba con un beso y con un abrazo cuando yo todavía no era nadie. Volví a verlos y me saludaron como siempre, como si el tiempo no hubiera pasado”, contó para la tele entre lágrimas.

A algunos de esos empleados les pedía que lo anotaran en la lista para ser alcanza-pelotas los domingos. En 1999, Tevez integraba el plantel de Novena y nada le gustaba más, además de jugar para su categoría, que entrar a la Bombonera y entregarles la pelota a Serna, Guillermo o Román. “Me encantaba estar ahí, sentir el grito de la gente y pasarles rápido la bola”, contó. Era su manera de “jugar” para esos monstruos que un par de años después serían sus compañeros y que entonces le parecían héroes inalcanzables. Posters animados de un mundo de fantasía. El Mundo Boca. Ese mundo que un día se lo devoró y que hoy lo alimenta, describiendo una parábola perfecta que bien podría definirse como la felicidad.

 

Carlitos y la maqueta de la Bombonera. Afuera, los hinchas esperan a su ídolo.

Brasil: una marca profunda
Por Gian Oddi / ESPN Brasil 

El paso de Tevez por Brasil dejó una marca profunda. Primero, por lo que significó que un jugador como él, listo para jugar en Europa en aquel tiempo, optara por hacerlo en Brasil. Después, por su notoria identificación con la hinchada del Corinthians. Más allá de su calidad, la entrega dentro del campo transformó en ídolo a Carlitos en poco tiempo y con enorme intensidad. Mi impresión es que fue el mayor ídolo de la hinchada corinthiana de los últimos 20 años, aunque los soñados títulos de la Libertadores y del Mundial de Clubes llegaran luego de su partida. Pese a su salida turbulenta alegando estar incómodo con alguna actitud violenta de parte de los barras, el hincha genuino del Corinthians continúa amándolo.

Tevez siguió siendo noticia en Brasil. Sus goles en Inglaterra e Italia siempre merecían atención en los medios de aquí, porque Tevez da audiencia también en Brasil. Su presentación en la Bombonera fue noticia relevante. La transmitieron en vivo dos cadenas deportivas importantísimas, como ESPN y Fox Sports. Eso sintetiza lo que todavía significa Tevez para el fútbol brasileño.

 

Una pose chaplinesca luego de ejecutar un tiro libre. Carlitos en estado puro.

Inglaterra: tres etapas exitosas
Por Jonathan Wilson / The Guardian y The Blizzard

La estadía de Tevez en Inglaterra tuvo tres claras fases. Cuando llegó con Mascherano al West Ham, había una gran emoción: los dos eran demasiado buenos para lo que era el club. Los hinchas rápidamente se volcaron hacia Tevez por su gran y obvio esfuerzo. West Ham es un equipo con mayoría de hinchas de la clase trabajadora, del costado menos glamoroso de Londres. Y aunque Tevez no era capaz de comunicarse directamente con los hinchas, reconocieron en él a alguien que había venido de una infancia pobre, como muchos de ellos, y que terminó siendo fundamental para que el equipo mantuviera la categoría.

También fue excelente su paso por el Manchester United. Se habría quedado más de los dos años que estuvo, si no hubiera sido por las complicaciones de su pase perteneciente a un tercero. Resultó clave su capacidad de sacrificio: él y Rooney hacían todo el trabajo sucio mientras Cristiano Ronaldo esperaba para finalizar. Como trío resultaron excepcionales.

Los hinchas del City lo amaron inmediatamente, por el modo en el que él había descripto su rechazo al United para pasar al club rival, pero una vez más, lo que terminó de conquistarlos fue su claro esfuerzo en el campo. Ahora quizás muchos no lo recuerdan, dado lo que sucedió luego, pero Roberto Mancini lo nombró capitán, un rol que normalmente se le da a un jugador mayor y de experiencia en el club. Nadie sabe exactamente lo que pasó en Múnich, pero dañó la relación entre Tevez y los hinchas, quienes optaron por apoyar a Mancini. Sin embargo, Tevez volvió del exilio, pidió disculpas y nuevamente resultó clave para que el City se quedara con el título.

 

Italia: artífice de un cambio
Por Pablo Condo / La Gazzetta Dello Sport

Aunque solo jugó dos temporadas, Carlos Tevez logró conquistarse un rol de gran importancia en la historia de la Juventus. Su llegada, en el 2013, fue una señal de cambio: después de los años oscuros del club y del fútbol italiano en general, Tevez fue el primer gran jugador internacional que aceptó jugar en Turín y en la Serie A. Esta decisión, unida a la famosa generosidad en el campo, logró que se transformara en ídolo absoluto en muy poco tiempo: el afecto por Carlitos es un sentimiento al que los tifosi bianconeri no renunciarán jamás.

Desde el punto de vista técnico, Tevez en Italia creció al punto de disputar este año la mejor temporada de su carrera: Allegri le concedió mucha libertad táctica, pidiéndole sobre todo liderazgo y, en los partidos importantes, algún gol. Y obtuvo ambos.

Es una tremenda lástima que la aventura de Tevez con la camiseta bianconera haya terminado con la final de la Champions, pero no con el título; y sobre todo, que ya no haya otra oportunidad de que la ganen juntos.

Por Elías Perugino / Fotos: Alejandro Del Bosco, Prensa Boca y Photogamma / Ilustración: Gonza Rodríguez

Nota publicada en la edición de agosto de 2015 de El Gráfico

Por Elías Perugino: 04/09/2015

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