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Juan Pablo Montoya, perfil de héroe y antihéroe

- por Redacción EG: 29/07/2015 -

Llamativamente, el colombiano despierta admiración y rechazo por igual. Quizá sea por su estilo provocador tanto en pista como fuera de ella. Nunca se da por vencido y el mejor ejemplo fue su gran éxito en las 500 Millas de Indianápolis: saltó de último a primero.

15 años después, JP Montoya volvió a conquistar las míticas 500 Millas de Indianápolis.

La fascinación del siguiente relato parece extraída de un cuento de Eduardo Sacheri y bien vale pellizcarse para entender que no surgió del mejor de los placenteros sueños. Realmente sucedió, aunque nadie se imaginaba que una carrera que se le presentaba esquiva y que lo relegó al último puesto, Juan Pablo Montoya la podía revertir de semejante manera: escalar en forma impactante 29 lugares y abrazarse al vértigo de una victoria con final hollywoodense, que le reportó una recompensa escalofriante de 2.499.055 dólares.

Veamos entonces cómo se produjo la increíble hazaña: el domingo 24 de mayo en el mítico Indianápolis Motor Speedway, el mundo motor estaba atento a lo que sucedía en la edición 99 de las emblemáticas 500 Millas. Y allí JP Montoya arrancó desde el puesto 15º, en el medio del pelotón con los riesgos que ello implica, y cuando apenas se habían disputado 3 de los 200 extenuantes giros al óvalo, el colombiano debió ingresar en los pits porque su alerón trasero quedó dañado por un toque desde atrás del auto de la única mujer en carrera, la suiza Simona de Silvestro. Al volver a la acción estaba trigésimo, en la última posición, pero con la suerte, al menos, de no haber perdido una vuelta, favorecido por la bandera amarilla.

Y con el temperamento y la astucia que lo caracterizan, JP se lanzó con su auto N° 2 del Penske Team a la cacería sin pausas de quienes estaban adelante de él y así fue que a falta de 15 vueltas, se entremezcló sorpresivamente entre los potenciales ganadores. Allí afloró el recuerdo de su triunfo como novato en estas mismas 500 Millas en el 2000, y todos aquellos que lo conocen sabían exactamente que no es un piloto que se fuese a conformar con una épica remontada. El de la única manera que podía saciar su sed de éxito era llegando primero, no había otra alternativa. Y así fue, su figura se agigantó en el momento cumbre, cuando cada milímetro es una delgada frontera entre la gloria y la decepción.

El colombiano, que se aferró al liderazgo en la vuelta 197 y completó los 200 giros en 3 horas, 5 minutos y 56.5286 segundos para aventajar por apenas 0.1046 a Will Power, se jugó por la victoria a 350 kilómetros por hora. Acostumbrado a arriesgar y yendo al límite, se convirtió en un auténtico héroe. Y antes de la coronación, se quedó sin palabras para describir semejante excitación. Quince años después, JP volvía a calzarse la corona de laureles reservada al campeón y elevaba, a modo de brindis, la clásica botella de leche para beber ese manjar blanco ante una bulliciosa multitud que agradecía extasiada por el electrizante espectáculo del que había sido testigo.

El punto de partida. La increíble historia de JP está emparentada con un origen deportivo llamativo, porque si bien su padre intentó suerte como piloto en las décadas del 60 y del 70, Colombia no tiene raíces automovilísticas interesantes, y el país solo cuenta con un circuito aceptable y las categorías locales no han experimentado demasiado desarrollo. Sin embargo, Montoya rompió con todas las barreras que podían surgir por su procedencia y contagió a todos sus compatriotas por la fiebre de las carreras.

Aquellos comienzos en karting sirvieron de trampolín para que se le abrieran sendas puertas en los Estados Unidos (Barber Saab) y México (Fórmula N, en la que fue campeón), donde supo hacer bien los deberes y como objetivo siguiente le recomendaron dar el salto a Europa, para el que le aseguraban que estaba listo. Pero no fue sencillo llegar al Viejo Continente, porque cuando tenía todo arreglado para un test en un equipo de Fórmula 3 en Donington, Inglaterra, la policía mexicana sin mediar explicación les arrebató en el mismo aeropuerto del Distrito Federal a él y a su papá, Pablo, los pasaportes, tickets aéreos y dinero y los puso en una de las puertas de acceso con apenas monedas para efectuar una única llamada en busca de ayuda.

Súper veloz y con puro amor propio, Montoya (N°2) pasó de último a primero en las 500 Millas de Indianápolis.

Una vez rescatados, llamaron al equipo con el que habían acordado el test para postergarlo unos días hasta volver a tener la documentación necesaria para poder viajar, pero les dijeron que no era posible. Entonces, con desesperación, contactaron a otra escudería y la respuesta sorpresivamente fue positiva, aunque los esperarían nada más que 3 días. Contrarreloj, lograron el objetivo y se presentaron a la cita con cierto desgaste, aunque con todo el ímpetu de mostrar de lo que eran capaces. Como había llovido, en algunos sectores los charcos de agua obligaron a que los corredores tomaran precauciones. Sin embargo, JP aceleraba y llamó la atención su velocidad, pero también su agresividad en pista para que se preguntaran en el circuito quién era aquel inconsciente. Una vez terminada la prueba, por los altoparlantes lo llamaron al padre y este creyó que era para recriminarlo. Pero no, el principal comisario deportivo le dijo que su hijo era un piloto de excepción.

Así continuaron las pruebas hasta llegar al mismísimo equipo de una leyenda como Jackie Stewart. Todo anduvo bien, salvo que al momento de concretar la incorporación, les pidieron un monto inalcanzable en libras esterlinas. Y cuando la esperanza se derrumbaba como un castillo de naipes, aquel comisario deportivo que lo había elogiado se cruzó con Stewart y le recomendó su contratación con el argumento de que se trataba de un fuera de serie. Así, papá Montoya recibió un nuevo llamado de la gente de Stewart queriendo contratarlo, sin necesidad de una suma millonaria y sí una cifra más razonable. A toda velocidad aceptaron y, sin que mamá Montoya lo supiese, hipotecaron la casa para cubrir esos gastos.

La jugada fue tan arriesgada como acertada, porque de ahí en más, JP inició un ascenso que lo llevó increíblemente hasta la Fórmula 1, en la que permaneció desde el 2001 hasta el 2006, primero al comando de un Williams y después de un McLaren, corriendo de igual a igual con los encumbrados protagonistas de aquella época, entre ellos el siete veces campeón Michael Schumacher.

JP nunca se consideró más que nadie, pero tampoco menos. Dueño de un carácter fuerte, él siempre fue al frente, lo que, sin dudas, le trajo múltiples inconvenientes en un ambiente tan hegemónico, con líderes que no aceptan la mínima discusión por sus decisiones. Así, a pesar de los buenos rendimientos, con victorias resonantes en Mónaco, Monza, Silverstone o Hockenheim, se repitieron los cortocircuitos en las relaciones humanas. El no era un chico capaz de tolerar que lo ningunearan. Y cuando parecía que aún faltaba tiempo para su fecha de vencimiento, él pegó el portazo a la máxima y regresó a los Estados Unidos para incorporarse a la popular Nascar, de la mano de un viejo conocido como Chip Ganassi, con quien había sido campeón en la CART en 1999. 

 

Lazos sanguíneos. Para cuando JP se retire, es muy probable que el apellido Montoya siga vigente en el mundo motor, debido a que Sebastián, su hijo mayor de 10 años y que corre desde los 5, se destaca en los kartings estadounidenses. El año pasado ganó una competencia nacional válida para la categoría Rotax Micro y este año, en la apertura de la temporada regional en Florida, se impuso en las dos carreras de un mismo fin de semana en Homestead. Toda una proeza para el novel corredor que tendrá, seguramente, un duro examinador en los ojos de su padre, ya que alguna vez reconoció: “Siempre recuerdo la frase de mi papá que me decía acá vinimos a ganar, no a pasear. Así que a esforzarse, si no, para casa. Y mi hijo lo sabe, si él pone todo, yo estaré a su lado, pero si afloja, nos volvemos a casa”.

Y la explicación de JP a tanta crudeza con un piloto que apenas es un niño tiene que ver con que él considera que el mundo de la competición deportiva resulta extremadamente ingrato. Es decir, según él, hace falta forjar un carácter fuerte para resistir a las reiteradas presiones y exigencias que se le vendrán encima.      

 

El pace car Corvette que le obsequiaron como ganador de las 500 Millas.

¿Por qué antihéroe? Su estilo de manejo, jugándose al extremo, lo llevó a que algunas veces esas maniobras le saliesen bien y en otras quedara como un torpe o imbécil. De allí que se ganó el apodo de “rompe carros”. Siempre fue así a la hora de desafiar la velocidad. Por eso, algunos accidentes han dejado huella en su cuerpo, entre ellos una fractura de tabique de aquellos tiempos en los que quería mostrar todo su potencial al llegar a Europa.

También en la lista de antihéroe aparece su perfil conflictivo, con roces en la mayoría, por no decir todos, en los equipos que compitió.

No tiene problemas en considerar que él no corre por Colombia, sino por sí mismo, apreciación poco simpática entre sus compatriotas. Además, ha pasado que un periodista de su país le preguntara en español y él le respondiese en inglés o, como alguna vez lo vio este cronista en el paddock de un Gran Premio de F1 en Brasil, que entusiastas colombianos agitando banderas tricolores intentarán que simplemente él les retribuyera el saludo y no hubo caso. Se dieron vuelta por el griterío todos los que estaban a su alrededor, y él se mantuvo ajeno al requerimiento.   

JP se autodefinió como una buena persona y argumentó que la gente tiene que entender que hay momentos para hacer relaciones públicas, como cuando organiza la carrera de las Estrellas con sus amigos a beneficio de la Fundación Fórmula Sonrisas, que tiene como impulsora a su esposa Connie Freydell, y hay otros tiempos en los que necesita estar dentro de su caparazón, en su mundo.

Su cuenta de twitter bilingüe @jpmontoya ya superó el millón de seguidores y en ella mezcla intimidades, como por ejemplo paseos en bicicleta con sus hijos o cuando fue a retirar el pace car Corvette Z06 blanco que recibió de regalo como vencedor de las 500 Millas de Indianápolis.

Su genio se traduce en que es el único piloto activo capaz de igualar al eximio Graham Hill como ganador de la Triple Corona: GP de Mónaco de F1, 24 Horas de Le Mans y 500 Millas. JP venció en Montecarlo en 2003, en Indianápolis en 2000 y 2015 y solo le queda reunir coraje y ajustar detalles de su agenda para ser parte de Le Mans. A estos datos habría que agregarle que ganó al menos una vez en todas las categorías en las que compitió, ya sea en kartings, monopostos o autos con techo, con el brillo de haber triunfado tres veces en las legendarias 24 Horas de Daytona, una competencia sumamente apreciada por los estadounidenses. 

Siempre asombró su arrojo lanzado en velocidad, por eso en su currículum se destaca que es el autor de la vuelta más rápida en la historia de la F1, cuando con un Williams V10 en la preclasificación del GP de Italia, en Monza, el 11 de septiembre de 2004, marcó 1 minuto 19 segundos 525 milésimas, con un promedio de 262,242 kilómetros por hora. Y como si eso fuese poco, al año siguiente con McLaren levantó hasta los 372,6 km/h. Registros por ahora invencibles. Además, ostenta decenas de records, algunos vigentes y otros ya superados, con distintos chasis y motores. Es decir, ese aspecto quisquilloso de JP tiene que ver con su insistencia en la mejor adaptación a sus herramientas de trabajo: los autos. Más allá de que él haya logrado de manera singular el triunfo en su bautismo de fuego en la Fórmula CART, las 500 Millas de Indianápolis y las 24 Horas de Daytona.

La condición de héroe para sus fans y de antihéroe para sus detractores llevó a que varios productores de cine también incluyeran su imagen en algunos films, como Funny Games, Driven (Alta velocidad en Latinoamérica), en la saga de Transformers en la titulada El lado oscuro de la Luna y aportara su voz en Cars 2.  

Montoya y la familia.

Así es este tenaz piloto colombiano, capaz de remontar desde un último puesto para conquistar una carrera de la talla de las 500 Millas de Indianápolis, de haber probado suerte a pesar de los innumerables contratiempos en las categorías más importantes del planeta, de haberse plantado a ilustres como Frank Williams y Jackie Stewart, de no haber sido nunca mezquino a la hora de buscar la victoria y acelerar a fondo. Ese temperamento y amor propio que a veces le pudieron jugar en contra, también fueron los pilares para no resignar ninguno de sus sueños, como lo remarca su exitoso recorrido por la elite del automovilismo deportivo mundial.

Por Walter Napoli

Nota publicada en la edición de julio de 2015 de El Gráfico

Por Redacción EG: 29/07/2015

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