CONFIESO QUE HE APRENDIDO

Jorge Borelli, en primera persona

- por Martín Estévez: 27/07/2015 -
Cacho posa en Moreno, donde se entrena Argentinos Juniors. Allí, es ayudante de campo de Pipo Gorosito.

Fue defensor de Platense (1981-84), River (84-89), Tigres, de México (89-91), Racing (91-94), y San Lorenzo (95-97). Con la Selección ganó la Copa América 93. Hoy es ayudante de campo.

Lo que se aprende en la infancia es importante. Tengo muy buenos recuerdos de la mía, en Ramos Mejía, con calles de tierra y perros siempre alrededor. Vivía con mi vieja, Marta; mi viejo, que murió en 2011; y mi hermano mayor, Hugo, que jugó un poco en Almirante Brown y ahora es comerciante. Mi vieja sigue ahí, así que vuelvo al barrio cuando la voy a visitar.

De chico me esforcé. Empecé en Flecha de Oro, cerca de Ramos Mejía. Me vio un muchacho, de apellido Alessandrelli, que me llevó a probarme en Platense. Quedé, pero se me complicaba mucho por el colegio y los viajes. No abandoné, seguí, y al final en inferiores la pasé muy bien. ¡Hasta fui campeón con la Séptima! River ganaba siempre: tenía a Dalla Líbera, Gorosito y De Vicente, pero salimos campeones.

Con la camiseta de Platense, contra Independiente.

Debuté muy joven. Salté de Séptima a Reserva y ahí jugué sólo algunos partidos. En Primera había varios defensores, pero uno estaba lesionado, otro suspendido, y me llevaron a Mendoza, contra Huracán de San Rafael. No sabía que iba a jugar, así que ni pude avisarle a mi familia. Ganamos 2-1 y no noté la diferencia con la Reserva. Tenía 16 años. Ahora veo a un chico de 16 y pienso que le falta, que lo pueden lastimar.

Vi grandes jugadores que no llegaron lejos porque no se cuidaron. Tuve compañeros de los que decía: “Este va a llegar”, y, sin embargo, se empiezan a quedar y desaparecen. Y con otros pasó lo contrario: no los tenía en cuenta y empezaron a escalar, a escalar... Pongo de ejemplo a Vietto: lo dejaron libre en inferiores de Estudiantes y ahora está con los mejores del mundo. Les digo a los chicos que si a algún técnico no le gusta cómo juegan, que no se bajoneen, es sólo un técnico, es relativo. Eso es lo lindo del fútbol: ¿quién tiene la verdad?, nadie tiene la verdad, nada es absoluto.

En River marcó 2 goles.

De Bielsa aprendí cosas. Se concentra en lo que está pensando y sabe cómo transmitirlo. Lo fui a ver una vez, cuando estaba con la Selección, y es espectacular. Te pregunta mucho. Vos decís: “yo le voy a preguntar”, y por ahí él te empieza a preguntar a vos. Y es humilde para reconocer errores. Un grande.

Es difícil aceptar los errores. Una vez, cuando empezaba mi carrera, le quise hacer un sombrerito a Bianchi, me sacó la pelota y metió el gol. Estuve una semana sin pensar en otra cosa. Después de eso, me compré un libro y no podía leer: sólo pensaba en esa jugada. Si me pasaba de más grande, lo tomaba más tranquilo, pero en ese momento sólo pensaba en eso.

Errores cometemos todos. Me acuerdo de Passarella, un jugador tremendo, pero tácticamente ¡hacía cada cagada! Se tenía tanta fe y era tan ganador que por ahí le salía bien, y si le salía mal, nadie se daba cuenta. Pero, como técnico, él mismo diría: “No hagas eso que desordenás al equipo”. Como él, lo hacían muchos.

Con la Academia fue finalista de la Supercopa 92 y tercero en el Apertura 93.

Me operaron por tirar una piña. Menotti me citó para viajar a Acapulco con la Selección juvenil, pero me lesioné un hombro. Me recuperé y me citaron para el Sudamericano del 82. Perdimos la final contra Brasil y se armó un quilombo impresionante. Ellos nos cargaron y empezaron las piñas. Yo tiré una trompada y me saqué el hombro de lugar. Me quedé duro, no me podía mover, y los brasileños me mataron a patadas. No me olvido más: ¡me tuve que operar! Me recuperé para el Mundial del 83, donde también nos eliminó Brasil. En ese equipo estaba el Monito Zárate, que lo comparabas con Maradona y no había tanta diferencia, pero después se fue quedando.

No hay que prejuzgar. En Nueva Chicago, con Pipo Gorosito, tuvimos a Gastón Beraldi, hijo del dirigente de Boca. No le faltaba nada, pero... ¡el hambre que tenía! Lo tenías que parar para que dejara de entrenar. Si el pibe es equilibrado, no importa si tiene plata o no.

Todo es cuestión de hábitos. Yo desayunaba café con leche, tostadas y manteca, y tuve que dejarlo. Parece imposible, pero a la semana te olvidás del café. Si estás tres kilos arriba, les das ventaja a los rivales y a tus compañeros, porque te pueden sacar el puesto.

Junto a su amigo Claudio García, en Racing.

A veces escucho que el fútbol bajó el nivel. No estoy de acuerdo. ¿Sabés qué difícil es jugar hoy? Antes tenías más tiempo, hoy no tenés tiempo para nada. Si no resolviste qué hacer antes de recibir la pelota, la perdés, porque se mejoró mucho el estado físico. Antes la paraban y miraban. ¡Andá a pararla y mirarla hoy! Es imposible.

Hay equipos que no se refuerzan porque tienen problemas en el plantel. Todo se sabe. El jugador, antes de ir a un club, averigua. Y si el plantel es complicado, se va para otro lado.

Festejando su único gol en la selección juvenil en el Mundial 83.

Me peleé con El Gráfico. En realidad, con Juvenal, periodista de la revista. Fue en 1988, en el pasillo del Monumental. Me había matado en una nota, le fui a preguntar por qué. Se empezó a reír y me dijo “la última vez que te vi jugar bien fue...”. Me forreó. Ahí le dije: “No me cargués”, y me siguió sobrando. Apenas lo agarré de la corbata, se tiró al suelo. Después, El Gráfico me mató por eso. Estuve mal, pero él también.

En México me lleve una sorpresa. Me había comprado el Tigres. El técnico me presentó y dijo: “El va a ser el capitán del equipo”. Pensé que iba a tener un quilombo bárbaro, por ser extranjero, pero no tuve ni un solo problema, me quedaron grandes recuerdos. Uno de mis hijos, Eder, estuvo en la Selección juvenil de México, se casó con una chica mexicana y sigue jugando ahí.

El éxito no es lo más importante. Cuando llegué a River, estaba muy comprometido con el descenso y terminamos ganando Libertadores, Interamericana e Intercontinental. El grupo era bárbaro. Sin embargo, aunque en la Libertadores jugué 10 de los 13 partidos de titular, la gente de River muestra indiferencia conmigo, y yo con River. En Racing, en cambio, era un quilombo, no gané nada, pero el hincha me quiere, y yo quiero a Racing. Hoy, si juegan River-Boca, me da lo mismo. Y eso que de chico era de Boca y gané todo con River. Pero si juega Racing, quiero que gane. Es un club especial.

Define la serie de penales contra Brasil en la Copa América 93.

Tita Mattiussi era como una abuela. Una vieja divina. En un cuarto, rodeados de perros, nos hacía una picada tremenda. Hoy, si te enterás de que los jugadores, un día antes del partido, comen una picada así, les decís que no; pero era otra época. Rubén Paz y el Turco García la volvían loca. Era una parte importante de Racing.

Las mejores cosas se hacen sin plata. En Racing no cobraba nada. Nada. Me pagaron todo en diez cuotas, una por año, entre 2001 y 2010. Pero la pasé muy bien con el Turco, el Ruben, el Pato Miguez, Fabbri, el Beto Carranza, Fleita. Es el mejor recuerdo de mi carrera.

Me peleé con el Turco García por su adicción a la cocaína. Cuando me fui de Racing, empezó a hacer cagadas. Una vez fue a mi casa y le mintió a la empleada para entrar, estaba muy mal. Ahí me enojé mucho. Después pudo salir, le hizo bien viajar, y volvimos a encontrarnos. Lo vi hace poquito, y está bárbaro.

En San Lorenzo me sentí usado. Estuve dos años lesionado, me operaron diez veces y luché mucho para recuperarme. En mayo del 97 volví y jugué los últimos partidos como titular. Cuando llegó la pretemporada, el DT, Castelli, me dejó, no viajé. Esperé que volviera y le dije lo que pensaba: que el club me había hecho jugar para que yo no hiciera lío si quedaba libre. Porque, si estás lesionado, no te pueden dejar. Así que de San Lorenzo me fui dolido.

Tuve revancha en la Selección. En el 85 supe que Bilardo me estaba siguiendo, pero me lesioné. Muchos años después, me convocó Basile y fui campeón de la Copa América. No jugué tanto, 15 partidos, pero no me olvido más del momento del himno: era emocionante.

Mi gran momento fue en la Copa América del 93: definí las series de penales contra Brasil y Colombia. Basile decidía quién pateaba, no podías esconderte. Y Goycochea decía: “Tranquilos, que yo uno atajo”. Y atajaba. Cuando agarré la pelota sentí una tranquilidad total, las dos veces. Iba muy seguro de cómo y dónde patear. Estaban Bati, Simeone, jugadores que estuvieron un montón de años. El recuerdo de esa Copa América es hermoso.

Lo peor y lo mejor, juntos. El 5 de septiembre del 93 perdimos 5-0 contra Colombia; once días después, nació mi hija Alexia. De aquel partido, lo peor pasó con la gente, que en un momento disfrutaba lo que estaba pasando. Y después, Gatti y Sanfilippo salieron a atacarnos por televisión. Fue muy triste. Un partido atípico: si le sacás los goles, fue muy parejo. Pero esas cosas pasan, y los hijos quedan.

En San Lorenzo sufrió diez operaciones y jugó poco.

Cumplí un sueño. Porque un Mundial es lo que uno sueña de chico. El argentino es muy exigente, y por ahí te dicen “no fuiste campeón del mundo”. Pero yo estoy contento con lo que hice: haber ganado un título, jugar el Mundial 94... Todo eso fue importantísimo.

Maradona no es como parece. En el Mundial 94 compartí habitación con Diego. Cuando dijeron “Borelli-Maradona”, yo dije: “La puta madre...”. Y a las dos horas, yo parecía Maradona, y él, Borelli. Es de esos compañeros que, cuando estás durmiendo, pone la televisión despacito, les pide a los demás que no te molesten. Uno piensa que todo le importa un carajo, pero es una excelente persona. No estoy de acuerdo en un montón de cosas que dice, pero es un gran compañero. Y adentro de la cancha, él se cargaba todas las presiones.

Como ayudante de campo, entendí que tenés 30 jugadores y sólo pueden jugar 11. Que el que se queda afuera se calienta, pero el técnico siempre pone lo que considera mejor. A veces es difícil aceptar que jugaste mal, o que no te elijan como titular.

Disfruto de cosas chiquitas. Me levanto a las seis, seis y cuarto. Tomo unos mates en silencio, al lado de los perros, y disfruto como si estuviera en un paraíso. Por ahí alguno dice “eso es una boludez”, pero a mí me encanta. Hacer las cosas que uno quiere es muy lindo. Cuando mi hijo, el que está en México, vivió algunos meses acá, también lo disfruté mucho.

No me gusta ser el último campeón, que la copa del 93 sea la última que ganó la Selección. Ya pasaron 22 años. Lo del Mundial 2014 fue una lástima. Yo, como argentino, quiero que la Selección gane, gane y gane. Lo tenemos a Messi, todavía estamos a tiempo. Ojalá que se dé en esta Copa América.

Por Martín Estévez / Fotos: Emiliano Lasalvia y Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de junio de 2015 de El Gráfico

Por Martín Estévez: 27/07/2015

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