Notas de la revista

Eduardo Gallardo, el líder del cambio

El técnico que elevó el nivel del seleccionado cuenta que alguna vez fue perdedor, describe momentos sensibles de su vida, revela cómo transformó a Argentina en un equipo competitivo, y focaliza los Panamericanos del mes próximo, en los que buscará la clasificación olímpica.

En 2011, consiguió la primera clasificación olímpica para Argentina. En julio, intentará lograr la segunda en los Juegos Panamericanos.

 Eduardo Gallardo es un entrenador de handball que está asociado al éxito: obtuvo más de 50 títulos con River, club al que potenció y sostuvo en la cima, y logró resultados históricos en la Selección: se consagró campeón en los Juegos Panamericanos 2011 y consiguió, por primera vez, la clasificación olímpica. Además, terminó dos veces 12º en el Mundial (Suecia 2011 y Qatar 2015), posición más alta para Argentina.

Sus pergaminos colocan, figurativamente, la etiqueta. Pero Gallardo –que no es familiar de Marcelo–, este tipo que parece inexpugnable, también conoció la derrota.

“Perdimos 13 finales contra Luján antes de empezar a ganárselas. En 1999, logré mi primer título, que era el Torneo Federal, y a partir de 2001, comenzamos a imponernos en todas las finales –anticipa–. También, me pasó lo mismo en los inicios en los seleccionados. En 2006, con los cadetes, perdimos por 21 goles la primera final panamericana que jugamos. Nos queríamos tirar abajo de un tren... Brasil nos pegó un peludo; nos sacó 17 goles de ventaja en el primer tiempo: 21-4; mirá cómo me acuerdo. Y con la Mayor, perdimos el Panamericano 2008 y los Odesur 2010. Recién levantamos en el Panamericano 2010, cuando superamos a Brasil. Desde ahí, salió casi todo bien”.

Nació hace 46 años en el Centro Gallego, en Capital Federal, al igual que sus cuatro hijos: Eduardo Walter (19 años), Tomás Mariano (16), Bautista (10) y Benjamín (4). Nadie lo llama por su nombre, excepto nosotros en el inicio de esta nota por esas burocracias del periodismo. “Me apodan Dady gracias a mi padrino, y estoy identificado así. A él no le gustaba que me dijeran Eduardo… Mi viejo se llamaba Eduardo, y era tradición en mi familia poner ese nombre… De hecho, el mayor de mis hijos se llama así”, afirma. 

-¿Jugaste al handball?
-Sí, de extremo derecho, y era bastante malo. Empecé de grande en River, y cuando iba a largar porque jugaba poco, me citaron para la Primera. Entonces, seguí y comencé con el profesorado de educación física. A los 25 años, tras haber hecho un buen trabajo en las inferiores del club, me ofrecieron dirigir a la Primera y acepté. Mi último partido fue en noviembre de 1995: descendimos, le regalé la camiseta a mi viejo y agarré al equipo. A principios de 1996, después de un repechaje, ascendimos a la máxima categoría y en el primer torneo llegamos a la final que perdimos frente a Luján.

-¿Cómo era dirigir a tipos más grandes? Porque vos no tenías experiencia en ese sentido…
-Costó acomodar las piezas, no fue fácil. Al grupo lo integraban jugadores que habían estado en la Selección, y venía a dirigirlos yo, que era del montón, al que tenían como una buena persona… Pero como me había ido bien en las categorías formativas de club, en las que armamos lindos equipos y obtuvimos resultados en Europa, tenía cierto respaldo.

-¿En qué te enfocaste para crecer?
-Invertí mucho dinero para perfeccionarme, no sólo en cursos. Cuando los entrenadores de selecciones importantes te abren las puertas, está bárbaro. Hace rato que el cuerpo técnico de la Selección conserva una gran relación con el de Francia, e intercambiamos conceptos.

-¿Qué cuestiones desechaste de aquellos primeros años como entrenador?
-La relación con los jugadores, porque antes tal vez tenía un trato demasiado cercano y hoy, si bien hay buena onda, marco distancia. Después, maduré rápido por situaciones que me pasaron en la vida… A los 12 años, tuve un accidente en moto bastante grave, corrí peligro de vida, me quisieron cortar la pierna derecha, y quedé con medio gemelo menos en esa pierna. Después, padecí un problema en el corazón (pericarditis), mientras comenzaba a jugar, y paré un año. En 2001, estaba de viaje con River en Curitiba, Brasil, y mi mujer, nuestros dos hijos mayores, mi viejo y mi vieja se accidentaron feo, y el más grande sufrió fractura y hundimiento de cráneo… Por eso, nos hablamos todos los días con mi familia, no nos puede faltar la comunicación… Entonces, otra cosa que descarté es que las derrotas no me duelan tanto. Cuando perdía era un mazazo, y hoy, me quedo tranquilo, si es que el equipo hizo todo lo que pudo.

-¿Cómo llegaste a los seleccionados?
-Llegué por los resultados en River; igual, creía que debería haber asumido antes, pero hoy digo que fue en el momento justo. En 2006, me ofrecieron las selecciones de cadetes y juveniles, y ser segundo entrenador en la Mayor; y no acepté porque quería hacer mi historia con mi cuerpo técnico, y me quedé con las formativas.

-¡Qué decisión! Porque haber sido semifinalista en el Mundial de esa categoría, en Bahrein 2007, te catapultó a la Mayor…
-Sí, fuimos la única selección masculina de América que lo logró… En ese Mundial, nos empató Croacia sobre el final (el campeón europeo) y Polonia, le ganamos a España e Irán, y perdimos contra Dinamarca, que fue el campeón, y Suecia, por el tercer puesto. Entonces, después de ese resultado, asumimos con mi cuerpo técnico a fines de 2007.

-Y fijaste una vara altísima: la clasificación olímpica para Londres 2012…
-Tomé el seleccionado con un conflicto interno grande: la final de los Juegos Panamericanos 2007 terminó a las piñas con Brasil (no se obtuvo la plaza para los Juegos Olímpicos 2008), y propusimos un ciclo olímpico de trabajo, más allá de los resultados que se dieran en el medio. El objetivo final era conseguir, en Guadalajara 2011, la clasificación para los Juegos de Londres 2012. Y resultaba difícil, porque Brasil tiene una estructura mucho más grande que la nuestra, y venía ganando siempre.

-¿Cuáles fueron las claves para haber quedado en la historia al lograr esa plaza olímpica por primera vez?
-Comprometimos a los jugadores, cambiamos la forma de trabajo. El desafío era armar un grupo sólido, con mística, como aquel seleccionado juvenil. El equipo tenía que empezar a generar algo fuerte, y eso es lo más grande que este grupo logró; hoy, y desde 2011, a la Selección Argentina se la apoda Los Gladiadores.

-Pero, ¿cómo se logró esa mística?
-Los más chicos, que tenían una mentalidad ganadora, más allá de que nadie piensa en perder, ayudaron a terminar de convencer a los más grandes; y nosotros como cuerpo técnico trabajamos mucho para que los más pibes les transmitieran eso a los experimentados. Mirá, cuando Croacia había salido en el fixture del Mundial juvenil 2007, dos jugadores me dijeron: “Quedate tranquilo que a Croacia lo comemos”. Ahí pensé que los pibes estaban locos, pero convencidos. Eso, entonces, es lo que se transmitió.

-¿Cómo sos como entrenador?
-No soy de imponer, sino de convencer; y por otro lado, me considero medio especial… La diferencia entre dirigir en el Mundial o en los Juegos Olímpicos es el logo del torneo. Yo dirijo igual en las semifinales del Mundial de Bahrein o en el playón de River, no me cambia; trato de abstraerme del entorno, porque si me engancho, quizá no pueda pensar tranquilo.

-¿Cuáles son la decisiones más antipáticas que tomaste en este proceso?
-Fueron dos. Primero, con el Tano Plati: lo cité para los Juegos Panamericanos 2011, pero si conseguíamos la clasificación olímpica, no iba a ser teniendo en cuenta para los Juegos. No me resultó fácil, pero el jugador lo entendió. Segundo, cuando charlamos duramente con el grupo después de que nos haya ido mal en el Mundial de España 2013 (18º de 24); y ese fue el quiebre para volver a ser, porque a los dos o tres meses, le ganamos la final del Panamericano de handball a Brasil por 11 goles.

-¿Sos consciente de lo que lograste con la Selección: resultados trascendentes y sostenida competitividad en el mundo?
-Sí… Mi cuerpo técnico y yo sabemos que ningún seleccionado argentino ni americano consiguió lo que alcanzó el equipo durante estos años. Hoy, Argentina tiene otra actitud, pero también muy buenos jugadores. El equipo va a ganar contra el que sea. No se conforma con empatar o perder por uno. Tenemos que estar preparados para vencer a las potencias; sabemos que hay una chance de 10, una de 20, para ganarles, y el día que la tengamos, debemos aprovecharla.

-¿En qué se mejoró en cuanto al juego?
-La defensa siempre fue el punto fuerte, y la seguimos trabajando. Mejoramos mucho en la transición para el contraataque, y en el ataque. Crecimos en la velocidad de los jugadores. Argentina juega a su modo, no copia a nadie, y es difícil de descifrar.

Mucha emoción en el Mundial 2015. La Selección avanzó por tercera vez a los octavos de final, máxima fase que alcanzó. Francia, el campeón, la eliminó.

-¿Revolucionaste al handball argentino?
-No sé... Somos un grupo en el que se destacan los jugadores. Si no hubiera buenas camadas, no habría sido posible.

-¿El equipo ya llegó al pico de rendimiento?
-No, se dará en 2015-2016, por la edad de madurez de los jugadores. En el Mundial de este año llegamos hasta octavos de final como en el Mundial de Suecia 2011, pero jugamos mucho mejor, en un nivel altísimo; y volvimos a demostrar que estamos en el segundo orden internacional, y no en el tercero. Hoy, somos favoritos para los Juegos Panamericanos de Toronto; defenderemos la medalla dorada que conseguimos hace cuatro años, ganamos los últimos tres Panamericanos de handball… Cuanta más presión hay, el equipo rinde mejor. El objetivo es clasificarse a los Juegos Olímpicos 2016, y después quedarnos con el oro.

Por Darío Gurevich / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de junio de 2015 de El Gráfico