¡HABLA MEMORIA!

Tierra de oportunidades

- por Elías Perugino: 21/06/2015 -
Postales victoriosas de Argentina en las copas disputadas en Chile.

Argentina salió campeón las últimas cuatro veces que la Copa América se disputó en Chile. ¿Si ese no es un buen augurio, los buenos augurios dónde están? Claro que levantar el trofeo en suelo trasandino no ha sido patrimonio exclusivo de nuestra Selección, ya que Uruguay lo hizo en las dos oportunidades restantes. Aquí repasamos las conquistas albicelestes de 1941, 1945, 1955 y 1991. Que se repita...

Con el técnico Stábile a la cabeza, el plantel se asoma por el túnel del estadio Nacional.

1941: UNA DELANTERA PARA EL APLAUSO
El primer éxito de la Selección en tierras chilenas estuvo condimentando por el excelente rendimiento de su quinteto de ataque, habitualmente integrado por jugadorazos como Adolfo Pedernera, el Charro Moreno, Juan Marvezzi, Antonio Sastre y el Chueco García. Ellos deslumbraron tanto por los goles que concretaron como por las jugadas que fueron capaces de bordar, aun sin la coronación del gol.

Conducido técnicamente por el legendario Guillermo Stábile, el equipo ganó sus cuatro presentaciones en este Sudamericano Extra, desarrollado en el marco de las celebraciones por el cuarto centenario de la fundación de Santiago. Disfrutó adentro de la cancha y también se destacó por el profesionalismo en los entrenamientos, detalle que fue muy remarcado por las crónicas de la época.

Tras las victorias sin sobresaltos sobre Perú y Ecuador –con cinco goles de Marvezzi, delantero de Tigre–, fue el turno de la gran batalla con Uruguay. Un clásico rioplatense en el que pesaron las condiciones futbolísticas, pero también las temperamentales. Tanta fue la tensión luego del gol argentino marcado por Sastre, que a 15 minutos del final se produjo una gresca generalizada que sólo pudo ser frenada por la intervención de los carabineros, la fuerza de seguridad chilena. Tanta fue la importancia de esa victoria, que los argentinos terminaron la jornada celebrando en un restaurante hasta pasada la medianoche, vestidos de traje y corbata, pero revoleando por sobre sus cabezas las camisetas que habían vestido durante la tarde.

Equipazo. Arriba: Salomón, Gualco, Minella, Colombo, Alberti, Sbarra. Agachados, los cinco magníficos: Pedernera, Sastre, Marvezzi, el Charro Moreno y Enrique García.

El encuentro final ante Chile dejó clara la diferencia de jerarquía técnica entre ambos planteles. Si el gol de Enrique García, El Poeta de la Zurda, apenas se concretó a los 28 minutos del segundo tiempo, eso se debió al buen desempeño de la defensa chilena y, especialmente, a la notable tarea del Sapito Livingstone, legendario arquero que luego se transformaría en un referente del periodismo deportivo de su país. Argentina fue más a lo largo de los 90 minutos y se llevó como premio el aplauso generoso del público local.

Este Sudamericano Extra de 1941 departó la primera vuelta olímpica de la Selección en una tierra que también le sería fértil en sus tres visitas continentales posteriores. Y eso no es poca cosa.


Martino, héroe de la final, paseando en andas durante los festejos.

1945: CON TALENTO DE SOBRA
Guillermo Stábile armó un plantel de cracks para este Sudamericano Extra y la respuesta individual y colectiva fue inmejorable. Esa Selección ultraofensiva latió al ritmo de talentosos como Farro, Pontoni, Martino, Tucho Méndez, Muñoz, De la Mata, Loustau… Símbolos de una época dorada en la que ganar y jugar bien eran un combo tan seductor como indestructible.

Salvo el empate ante Chile, en el que padeció el rigor de algunas marcas individuales, Argentina impuso su fútbol de alto vuelo y devastadora efectividad en todos los partidos. Goleó sin miramientos a Bolivia, Ecuador y Colombia, pero también se plantó como un gran campeón ante los dos rivales más densos y peligrosos. Tres goles de Tucho Méndez tumbaron a Brasil, y uno espectacular de Martino, inmortalizado con el apodo de “El gol de América”, le dio el triunfo frente a Uruguay. Dos cruces en los que Argentina no sólo puso fútbol, sino también temperamento y rigurosidad táctica. Fue campeón invicto con 11 puntos sobre 12 posibles, al señalar 22 goles en 6 presentaciones.

De arriba hacia abajo. Fila 1: Yebra, Ricardo, Colombo, Muñoz, Loustau, Martino, Bello. Fila 2: Stábile (DT), Boyé, Farro, Perucca, Pontoni. Fila 3: Fogel, De Zorzi, Sosa, Méndez, De la Mata, Pelegrina, Salomón. Fila 4: Pescia, Sastre, Espinoza, Palma, Fe

Luego del torneo, el técnico Stábile, que solía escribir columnas para El Gráfico, dejó sus sensaciones en una amplia nota. “El resultado interesaba más que la brillantez”, enunció para simbolizar el alto grado de concentración con que se afrontaron los dos partidos finales y, especialmente, el compromiso de Méndez, Pontoni y Martino, quienes, según la visión del entrenador, resignaron parte de su fantasía habitual para ser más directos y efectivos. Esa capacidad para leer la potencialidad del rival y responder en consecuencia fue la virtud que más deslumbró a Stábile. Los espectadores, en cambio, se quedaron con las jugadas mágicas del quinteto de ataque. La mixtura de ambas apreciaciones fue la ecuación más apropiada para definir a un equipo sencillamente matador.


Federico Vairo en plena celebración.

1955: UN REGRESO CON GLORIA
Tras ocho años de ausencia por cuestiones político-deportivas, Argentina volvió a presentarse en una Copa América y obtuvo el título invicto. Como si eso fuera poco, transitó esa campaña con un clamoroso 6-1 sobre Uruguay, máxima diferencia histórica en el clásico rioplatense.

Para afrontar un certamen en el que se utilizó el sistema de todos contra todos, el técnico Stábile apeló a una receta que ya le había dado réditos en ocasiones anteriores: conformó la defensa con jugadores de Racing y Boca más el aporte del riverplatense Vairo, y le confió la ofensiva a los cracks de Independiente: Micheli, Cecconato, Bonelli, Grillo y Cruz.

El arranque fue inmejorable: un 5-3 sobre Paraguay, el campeón defensor, con un rendimiento superlativo de Micheli, autor de cuatro conquistas. La posterior goleada por 4-0 ante Ecuador se quedó corta, pudo ser catastrófica. “Los argentinos podrían haber jugado sin arquero”, exageró el enviado de El Gráfico, Félix Frascara, para pintar la diferencia de potencial entre unos y otros. El optimismo pareció diluirse con el inesperado empate frente a Perú, que a nuestro enviado le dejó un sabor agridulce. “Hay motivos para esperar que el cuadro mejore, que juege ‘el partido’ que todavía no jugó. Un partido completo, como equipo entero”, escribió Frascara. Y la Selección, como si lo hubiera leído, se despachó con el 6-1 a Uruguay. Arrancó perdiendo, pero los cambios que había decidido Stábile con respecto a la formación ante Perú (ingresaron Labruna, Dellacha y Cucchiaroni) surtieron el efecto deseado y transformaron el partido en un festival. “Adelante brillaba como en su ‘primerísima juventud’ el genio futbolístico de Labruna, autor de tres goles, inmejorablemente acompañado”, describió nuestro cronista.

El cierre fue nada menos que frente a Chile. Argentina era campeón con el empate. Los locales necesitaban ganar para obtener el título por primera vez. Por eso el público desbordó el estadio Nacional –“ingresaron 100.000 personas en un estadio para 50.000”– y las avalanchas terminaron en tragedia: murieron seis espectadores por asfixia. ¿El partido? Argentina fue sólido en el primer tiempo y brillante durante el complemento. Impasables Dellacha, Vairo y Lombardo en la custodia del área de Musimessi; firmes Balay y Gutiérrez en el medio; picantes Micheli (autor del gol), Cecconato, Borello, Labruna y Cucchiaroni en la ofensiva. El 1-0 fue escaso en relación con los merecimientos, pero consagró a la Selección para que Frascara titulara: “¡Ese es el fútbol argentino!”-

Arriba, desde la izq.: Lombardo, Musimessi, Stábile (DT), Dellacha, Balay, Vairo, Gutiérrez. Abajo: Micheli, Cecconato, Borello, Labruna, Cucchiaroni.


Gol de Batistuta a Colombia, para sellar el título.

1991: UNA SINFONÍA DE BUEN FÚTBOL
Cuando el capitán Ruggeri levantó la Copa América en el estadio Nacional, la Selección no sólo coronó una campaña fantástica, sino que se reencontró con el preciado título continental después de 32 años. Desde el Sudamericano 59 en Buenos Aires que Argentina no se abrazaba a la Copa. Semejante hito ya era razón más que suficiente para ubicar en la historia a aquel grupo de jugadores, pero ese equipo dirigido por Coco Basile también cobró entidad a partir de un fútbol muy seductor. Una propuesta ofensiva que tenía en Caniggia y Batistuta a sus máximos intérpretes. Una identidad futbolera que arrancaría en ese torneo y se prolongaría tres años más, con una nueva coronación en la Copa América 93 y hasta la herida del Mundial 94.

 Con un juvenil Cholo Simeone como motor del mediocampo y Leo Rodríguez en el rol consagratorio de organizador, Argentina ganó seis de sus siete partidos. Se mostró superior al resto hasta cuando apeló a suplentes para cerrar la primera fase porque la clasificación ya estaba abrochada. También fue un torneo inolvidable para Darío Franco, autor de dos goles en el clásico ante Brasil, y para Gabriel Batistuta, artillero del campeonato con seis goles en seis partidos, el último para sellar la victoria en el partido decisivo ante Colombia. Allí, en Chile, Batistuta empezó a ser Batigol, quien luego se convertiría en el máximo goleador histórico albiceleste.

Arriba: Ruggeri, Franco, Goycochea, S.Vázquez, Altamirano, Basualdo. Abajo: Astrada, L. Rodríguez, Batistuta, Simeone, Caniggia.

“Esta Selección estimula y sienta bien”, escribió nuestro enviado Natalio Gorin en medio de la competencia. Una sensación que se ratificó y se amplificó en la recta final. “Esta Copa América –señaló Gorin en su nota de cierre– la ganaron los Pontoni, los Di Stéfano, los Eliseo Mouriño, los Tucho Méndez, los Masantonio, los Moreno, los Chueco García. Nada es casualidad; por aquellos campeones, estos campeones”. Y remató el texto con una sentencia inapelable: “Esta Selección juega el fútbol que el país argentino ama y quiere”. Un elogio a la medida de un equipo sensacional.

Por Elías Perugino / Fotos: Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de junio de 2015 de El Gráfico
 

Por Elías Perugino: 21/06/2015

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