LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Sergio Hernández, la era de la reflexión

- por Martín Estévez: 16/06/2015 -

El Oveja, que comenzó su segundo ciclo al frente de la Selección Argentina, compartió una larga charla con El Gráfico sobre su carrera, Ginóbili, Nocioni, Scola, Prigioni, Laprovittola, Campazzo, el recambio generacional y el gran objetivo del año: la clasificación para los Juegos Olímpicos.

Sergio es el entrenador con más partidos en la Liga Nacional.

En el básquetbol internacional, todas las temporadas son fundamentales. Premundial-Mundial-Preolímpico-Juegos Olímpicos es un ciclo que se repite cada cuatro años y no da descanso. Por suerte y mérito, desde su ausencia en los Juegos de Sydney 2000, la Selección ha estado presente en cada uno de los grandes torneos. Siempre le costó, corrió peligro de eliminación, y este 2015 no es la excepción. Atravesará, en julio, los Juegos Panamericanos, banco de pruebas para el gran evento: el FIBA Américas, un durísimo preolímpico. A partir del 25 de agosto, la Selección buscará en Monterrey, México, su lugar en Río de Janeiro 2016. Tras el ciclo de Julio Lamas, el elegido para dirigir al equipo fue un bueno conocido: Sergio Hernández. El Oveja, que asumió el cargo en enero, ya había estado al frente de la Selección entre 2005 y 2008, ciclo en el que consiguió el cuarto puesto en el Mundial 2006 y la medalla de bronce en Beijing 2008. Y que, durante la era Lamas, había sido ayudante.

-Dio la sensación de que hubo mucho consenso en el ambiente cuando fuiste designado. ¿Vos también lo sentiste así?
-Sí, pero no consumo mucho esa repercusión. No es que no me gusten las críticas, porque a veces puedo sacar algo constructivo, pero, en este caso, era una decisión que había tomado la CABB (Confederación Argentina de Básquetbol), y aunque alguno no me quería, mucho no se podía hacer. Hubo una buena aceptación, tal vez porque a algunos, como a mí, a Lamas, a Rubén Magnano o al Che García, la gente nos relaciona con puestos importantes. Hubiera sido diferente si entraba alguien nuevo, como pasó conmigo en 2005. En este caso es diferente, ya tengo muchos años en el profesionalismo y unos cuantos en la Selección. Durante la carrera se te va llenando la mochila de halagos y críticas, y no es saludable estar pendiente de eso. Soy un entrenador que no persigue sólo el triunfo, sino lograr que algo que empieza como un grupo de gente se vaya pareciendo a un equipo. Eso me quita presión porque lo puedo conseguir, casi lo tengo asegurado: si tenés buenos jugadores, buen cuerpo técnico y trabajás, el margen de error es muy pequeño. No es que no me moleste perder: cada vez me gusta menos. Pero eso pasa durante los partidos. En el resto del tiempo, no estoy pendiente de eso.

-¿Por qué decís que algunos no te quieren?
-El éxito tiene su parte antipática; trae más antipatía que simpatía. Cuando empecé en Sport Club de Cañada de Gómez, era simpático, carismático, inofensivo: entonces caía bien. Cuando gané mi primer título, ya no era tan simpático, ya tenía un toque de soberbia. Cuando gané mi tercer título, los grupos de los que me querían y los que no me querían se acentuaron más. Cuando agarré la Selección, se potenció eso. A lo mejor, el porcentaje de los que no te quieren es menor, pero es más fuerte, porque el éxito molesta. Eso de que “a mí no me importa lo que digan” es falso. Sí o sí te importa lo que digan. Por eso hay que tratar de no escuchar todo. Porque si vos sos periodista y te dicen “la nota que hiciste es un desastre, la desaprovechaste”, te querés matar, te querés retirar de la profesión.

Con Andrés Nocioni, durante su primera etapa en la Selección.

-¿Cuándo fue la última vez que te pasó eso de querer retirarte de tu profesión?
-¡Ayer! (risas). Nooo, muchas veces… Yo entiendo que el éxito está en vos mismo. No en ganarle al otro, sino en transformarte en lo mejor que puedas, en encontrar tu mejor versión. Más allá de eso, sufro porque estoy en una profesión que vive de resultados. Hace unos años, en 2011, me tomé unos quince días en Peñarol, y debería haberme tomado unos cuantos más. De hecho, cuando volví, me expulsaron a los dos minutos, ¡y yo casi no tengo expulsiones en mi carrera! En esa etapa llegué a pensar que tenía que hacer otra cosa, porque no toleraba nada, ni una derrota, ni un fallo, estaba pasado de vueltas. Cuando llegaba el horario del entrenamiento, no quería ir. Ni hablar de los partidos: eran un sufrimiento. Y eso que era todo color de rosa, porque íbamos primeros, éramos campeones, ganábamos todo. El que lo veía de afuera decía: “A este tipo, ¿qué le importa si pierde? ¡No pasa nada!”. Pero vos no lo ves así. Era una cuestión de ego: si perdía, me sentía el peor del mundo, me sentía inseguro. Y antes y después, me pasó muchas veces. Si no, pregúntenle a mi esposa: muchas veces llegaba y decía “el año que viene me pongo un kiosco, o una escuelita de básquet, no quiero laburar más en algo en lo que tenés que rendir examen todos los días”. Pero después te falta esa adrenalina: sentir los ojos del resto todo el tiempo en la nuca, que te paren en la calle y te digan “hoy tenemos que ganar”.

-¿Cómo superaste esa crisis extrema?
-Gracias a los jugadores, al presidente y a la gente de Peñarol. Su capitán, Leo Gutiérrez, actuó como un psicólogo, y el presidente, Domingo Robles, también. Leo, en privado, me dijo: “Nosotros vamos a estar esperándote. Nuestro entrenador sos vos, aunque estés afuera durante toda la temporada”. Y cuando me reuní con Robles pensé: “Este tipo me va a matar, le estoy dejando el equipo en plena liga y le voy a decir que no sé si quiero seguir dirigiendo”. El me escuchó y me dijo: “Tomate esos días, pero no te pongas fecha de regreso. Para nosotros vos seguís siendo el técnico de Peñarol, te vamos a seguir pagando hasta que vuelvas. Pero si te ponés una fecha, te va a jugar en contra. Cuando te sientas bien, volvé”. Esas cosas te hacen ver que todo lo que veías con ese cristal empañado era falso, y te da fuerzas. Al final, volví antes porque el equipo se iba a México a jugar una fase eliminatoria de la Liga de las Américas, y era demasiada carga para el cuerpo técnico viajar sin mí.

-¿En el básquet se mantiene una camaradería que se perdió en el resto de los deportes populares?
-El deporte es una gran muestra de la sociedad, porque refleja en poco tiempo muchas cosas que suceden en la vida. Al ser un reflejo de la sociedad, ningún deporte está exento de esas cosas: las guerras de egos, las peleas, las diferencias. Es probable que el básquet sea uno de los deportes que mejor ejemplo da, pero habría que hacer un estudio más profundo para ver si no fue porque la Generación Dorada dio un mensaje tan fuerte, y durante tanto tiempo, que es el único mensaje que se toma. Y a lo mejor no es el básquet en toda su geografía lo que se ve, sino que es el mensaje de la Generación Dorada. Ese grupo, que fue bastante más grande de lo que muchos recuerdan, hizo cosas más importantes que las medallas de oro o de bronce: el manejo de valores, el mensaje, cómo unirse para conseguir un objetivo…

Efusivo, en el Mundial 2006 con Prigioni detrás.

-Hablando de la Generación Dorada, ¿qué imagen aparece en tu cabeza cuando escuchás la palabra “Ginóbili”?
-Muchas cosas… A Manu lo conozco desde que nació, trabajé seis años en el club de Manu, Bahiense del Norte, entonces se me vienen muchas cosas. Manu es el reflejo del competidor feroz y a la vez sano, el tipo que va siempre por el camino indicado, al que nadie le regaló nada. Mucha gente debe pensar que está todo basado en su talento, pero hay mucho trabajo de por medio, mucha disciplina, mucha inteligencia: ha entrenado tanto su cerebro como sus músculos. Está claro que, cuando se pone la ropa de jugador, se potencia: adentro de la cancha nunca vi a alguien tan generoso, tan despojado de su ego a pesar de ser Ginóbili. ¿Cómo sos Ginóbili, con cuatro anillos de la NBA y etcétera, y después en un partido sos capaz de hacer solamente cuatro puntos en beneficio del equipo, cuando vos, si querés, podés hacer treinta? Eso es Manu: su capacidad de dar siempre lo mejor, pensando sólo y exclusivamente en el equipo. Un líder silencioso que enseña desde la actitud diaria, pero que cuando tiene que poner una palabra, la pone en el momento preciso. Antes de jugar contra Lituania, por la medalla de bronce en 2008, Manu estaba lesionado y San Antonio quería que se fuera para Estados Unidos. Era todo un bajón, no sólo porque habíamos perdido a Manu, sino por él. Cuando subimos al micro, no hablaba con nadie. Nos pusimos a precalentar, él se fue a un sector aparte del estadio y llamó al médico. Le dijo: “Vendame”. El médico le respondió: “Estás loco”. Manu insistió: “Haceme el vendaje más fuerte que puedas y quedate conmigo acá. Quiero probar”. Hizo un trote, intentó y a los cinco minutos se dio cuenta de que no podía. Quería darnos la sorpresa de entrar y avisarnos que jugaba. Cuando fuimos al vestuario, él quería disimular, pero estaba quebrado. Las lágrimas le caían así de grandes. Estamos hablando de un tipo que ganó todo. Ese día no fue necesaria la charla motivacional: fue Manu, con su mensaje corporal, el que hizo que la Selección jugara el mejor partido que le vi en la vida, porque es difícil jugar con furia y controlado a la vez. Lituania, un equipazo, no podía pasar la mitad de la cancha. Me acuerdo de que, en un momento, Nocioni tenía que tomar a Siskauskas, y Manu le dijo:  “No lo presiones, porque te va a pintar la cara”. Es lo peor que le pudo haber dicho. ¿Qué hizo el Chapu? En la primera que pudo, lo presionó, le tocó la pelota, se la llevó y la volcó. Y se lo dedicó a Manu, que puso cara de “sabía que iba a pasar esto”. Y me acuerdo otra en Beijing. Ibamos caminando solos y Manu me dijo que estaba caliente. En un diario había leído ‘otro fracaso argentino’, y criticaban a una atleta porque había quedado eliminada en su prueba. Me dijo: “¿No se dan cuenta de que los únicos que podemos fracasar somos nosotros y los futbolistas? ¿Que los demás ya ganaron porque llegaron hasta acá pese a las condiciones en las que tienen que competir?”. Y me lo dijo caminando por la villa olímpica, no ante los medios para que todos dijeran: “Mirá a Manu, cómo apoya al deporte amateur”.

-Nocioni dijo que las puertas de la Selección no están cerradas. ¿Qué te genera la posibilidad de tenerlo en el equipo?
-Chapu es como tener un artefacto con las pilas o sin las pilas. Si viene el Chapu, te potencia espiritualmente, le da alegría al equipo. Puede jugar de tres, de cuatro, de lo que sea. Ojalá podamos contar con él, porque es un ejemplo para los jugadores jóvenes.

-Y Prigioni dijo que decidirá si juega el Preolímpico después de hablar con vos...
-Con Pablo tengo una relación muy fuerte. No creo que él dependa de lo que yo piense, sino que, hasta que no me diga lo que él piensa, no lo va a saber nadie. Creo que si seguía jugando en los Knicks, venía, porque hubiera quedado rápidamente eliminado. Pero en Houston la temporada se le alargó, y a su edad el descanso es muy importante. Veremos qué pasa. Pablo es otro de los que le dieron a la Selección más de lo que cualquiera hubiera imaginado.

-Al menos Scola tuvo temporada corta, porque Indiana se quedó afuera.
-Igual, yo hubiera querido que se clasificara. Cada vez que juega, casi no miro, porque le hacen un foul fuerte y empiezo a transpirar. Pero sé que él necesita estar en una cancha de básquet y que iba a tener tiempo para descansar. Celebro su compromiso y que siempre esté disponible para jugar.

En plena charla durante su ciclo en Boca, equipo con el que, en 2004, ganó la Liga Nacional y el Campeonato Sudamericano.

-¿Qué Selección vamos a ver en 2015?
-En principio hay dos Selecciones: la de los Juegos Panamericanos, que será un poco más nueva, y la del Preolímpico. Esto lo digo porque hay mucha gente que está desesperada por la renovación. Son capaces de pedir que saquemos a Scola para empezar con la renovación, y eso no tendría sentido. Se va a usar el Panamericano para ir con una camada más joven. Después, en el Preolímpico, nos reforzarían dos o tres jugadores, que podrían ser Scola, Nocioni, hay que ver qué pasa con Delfino, Prigioni… Con ellos, los más jóvenes van a crecer mejor. Cuando la gente habla de “poner a los jóvenes”, no entiende que hay cosas que en el deporte no se cumplen. Si yo pongo a un joven de 20 años a jugar 40 minutos por partido durante todo un torneo, ese jugador no se va a convertir en algo que no es. El joven está en una etapa en la que el día a día, en todos sus aspectos, es más importante que la cantidad de minutos que juegue. No está preparado para absorber la presión de definir la clasificación a los Juegos Olímpicos. Igual, tampoco sería una tragedia no entrar; hay que estar preparados para quedar afuera alguna vez. Nosotros no somos una potencia basquetbolística mundial. Lo nuestro es meritorio por el lugar del mundo en el que vivimos, porque no tenemos un biotipo favorable para este deporte, porque no se juega mucho al básquet en cuanto a cantidad de personas... Entonces no siempre vamos a clasificar a todos los torneos, hay que entenderlo y prepararse para eso. El “poné a los pibes” tiene más que ver con el desconocimiento que con otra cosa. Además, hay que ver qué es “un pibe” hoy. Porque un pibe de hace 15 años no es un pibe de hoy. Hace 15 años, un jugador de 30 ya estaba retirado; hoy, tenemos que acostumbrarnos a que los jugadores, a los 35, 36, estén en su mejor momento. Porque nacieron con zapatillas con cámara de aire, piso flotante, plan de nutrición, kinesiólogos en su club… Las camadas de Marcelo Milanesio, Diego Osella, con los tobillos hinchados jugaban igual. En cambio, Manu, una vez, dijo: “Yo no me puedo dar el lujo de comer un cuarto kilo de helado”.

-¿Qué es lo que vas a intentar aportarle al equipo desde tu lugar?
-Seguir la línea que Argentina tiene. Argentina casi que impuso una corriente basquetbolística internacional, que tiene que ver con el juego colectivo por excelencia, solidario, el pase extra en ataque… Un juego de conjunto excelso, basado en una muy buena ocupación de espacios, teniendo en cuenta que nuestro juego interno no es de los mejores. Entonces, de un defecto generamos una virtud. En Latinoamérica están intentando jugar más en equipo, pero los traiciona su esencia. Argentina es un mix latino y europeo: no le cuesta. Tiene una marca registrada en ese aspecto.

-¿Qué enseñanza te dejó tu primera experiencia en la Selección?
-Muchas, como conocer el más alto nivel internacional. A medida que enfrentás a equipos mejores, aumenta la simpleza del juego. Juegan tan simple que es más difícil defenderlos. Hacen cosas básicas, pero están preparados para responder a cualquier propuesta que vos plantees. A medida que baja el nivel, es más importante el plan que la ejecución: si vos tenés sólo un plan, planteo una forma de defenderte y caés en la telaraña. Pero si vos tenés plan A, B, C y D, ante cualquier planteo vas a tener una respuesta. Eso es el nivel internacional: el detalle, intentar que los jugadores desarrollen su nivel intelectual basquetbolístico.

A los 51 años, Hernández es uno de los referentes del básquet argentino.

-¿Hay que lograr que Facundo Campazzo y Nicolás Laprovittola vayan adquiriendo esa capacidad?
-Ellos, hoy, la tienen. Han competido con equipos de primer nivel. Campazzo está en el lugar en el que tiene que estar: el Real Madrid. Para mí, esa experiencia lo va a hacer crecer. Laprovittola está jugando con Marquinhos, con Marcelinho Machado, ganó la Copa Intercontinental, pero está en un nivel sudamericano todavía. Por más bueno que el equipo sea, corre el riesgo de adquirir ciertos vicios que en el ámbito internacional le van a jugar en contra. Es muy normal verlo hacer 20 puntos y 10 asistencias en la liga de Brasil, porque es defensivamente más liviana, pero el salto al nivel internacional le va a costar un poco más. Son pequeños detalles: cuando jugás contra los mejores, la tenés que pasar medio segundo antes. Te diría que milésimas de segundo antes. Ese tipo de detalles. Hay un posgrado que los jugadores antes hacían en Europa que ahora no está. Se frenó el éxodo. D’Elía, Vildoza, Giorgetti, Deck… Tienen el mismo potencial que Manu o Pepe Sánchez, pero si no juegan en las mejores ligas del mundo, no van a tener el nivel que todos esperamos. La liga argentina es buena, pero es hora de que puedan llegar a Europa.

-¿Qué pasó con la chance de dirigir a Atenienses de Puerto Rico?
-Me sacaron las ganas. Está claro que la gente que me contrató no cumplió con lo que tenía que hacer. Me hicieron viajar con el compromiso de que podía entrar como turista y que la visa de trabajo se hacía una vez que estuviera ahí. Pregunté varias veces si tenía que hacer algo. Quedate tranquilo, me dijeron. No era así. Cuando llegué, fui declarado inadmisible y me anularon la visa turística, la cual todavía no recuperé. Después hicieron un pequeño mea culpa y me pidieron las cosas que necesitaba para hacer la visa de trabajo. Iba a estar en una semana, después en dos, después en cuatro… Nunca más tuve contacto con esta gente.

-En Brasil sí te fue bien...
-Quedé con sabor a poco porque nos eliminaron en cuartos de final de la liga. No fue el final que esperábamos. Fuimos campeones suda-mericanos, pero en la liga nos faltó un poco…

-Decís que fueron campeones sudamericanos como si fuera fácil.
-Sí, algunos colegas me retan. “No digas eso, si no parece que lo gana cualquiera”. Pero yo me fui 0-3 de una serie de cuartos de final, todavía no lo puedo digerir, me cuesta. Igual estuvo bueno, la liga está creciendo y tuve la suerte de tener jugadores divinos, buena gente, con los que iría a la guerra. Volvería sin dudarlo.

-Hay un tipo, Messi, que ganó 20 títulos en clubes y 2 en la Selección. Vos ganaste dos más: 22 y 2...
-¡Ahora le meto diez años más para que Messi no me pase! (risas). A veces, cuando voy a una charla o una clínica, y el presentador lee mi currículum, me parece que está leyendo el de otra persona, no el mío. El deporte me ha sonreído de más. La gente habla de sueños, pero yo nunca sueño. Yo voy por la vida. Nunca hice algo para usarlo de trampolín para ir a otro lado. Si me pidieran un consejo para entrenadores jóvenes, o para cualquiera, le diría “dale excelencia a lo que hacés en este momento”. ¿Dirigís en la liga de Pehuajó? Para vos tiene que ser la NBA. Yo hice eso toda mi vida.

Por Martín Estévez. Producción: Darío Gurevich. Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de mayo de 2015 de El Gráfico

Por Martín Estévez: 16/06/2015

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