LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Jennifer Dahlgren, escribir es renovarse

- por Darío Gurevich: 11/06/2015 -

Atravesó una fuerte crisis tras los Juegos Olímpicos de 2012 y se recicló a partir de desarrollar cuentos infantiles vinculados al deporte. Récord sudamericano en martillo, este año hizo una pretemporada única y buscará ser medallista en los Panamericanos y finalista en el Mundial.

A los 31 años se entrena duro en una de las jaulas del CENARD para seguir superándose.

Invita a pasar al gimnasio de pesas que está ubicado al fondo del CeNARD, pegadito a la pista de atletismo. Afectuosa y carismática como siempre, delgada y radiante como nunca, luce su ropa habitual de trabajo antes de concentrarse en el entrenamiento adentro de la jaula, de “la oficina” -como le gusta definir-. De acero al golpe de vista, de porcelana al conocerla, suspira tras escuchar la pregunta que abre la entrevista, que refiere a qué etapa vive, y larga el rollo: “¡Uy, qué difícil! Mirá, hace un par de años, hubiera dicho que hoy pensaría en el retiro. Pero no: terminé la pretemporada para afrontar este 2015, y creo que es la mejor que hice en mi vida. Estoy motivada y me siento muy bien. Por eso, vamos hasta los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, con garra y ganas. Después veremos cómo siguen las cosas. Hay posibilidades para realizar un ciclo olímpico más, aunque no me quiero adelantar”.

Jennifer Dahlgren sabe por qué prefiere ser cautelosa, cuál resulta el motivo para no anticiparse a los hechos. La lanzadora de martillo que ostenta el récord sudamericano con 73,74 metros, la atleta que participó en las últimas tres citas olímpicas y en los últimos cinco Mundiales, la mujer –en definitiva– que cumplió 31 años el pasado 21 de abril, no olvida aquel tiempo, reciente por cierto, en el que su ascensor emocional descendió hasta el subsuelo, como jamás le había sucedido.

“Si bien pensé en continuar hasta Río después de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, ahí fue la primera vez que me entró la duda: ‘¿Hasta cuándo haré esto?’. Creo que todo pasa por un estado de ánimo. Venía de un par de tropezones, y la gota que rebalsó el vaso se dio en Londres. No es que fue por un torneo en el que no pude habilitar un resultado –explica–. El mejor momento de mi vida resultó la final del Mundial de 2011 (histórico 10º puesto), y eso me catapultó a otro nivel de exigencia, de reconocimiento y de expectativas. De repente, me encontré con que era conocida, la gente me saludaba por la calle; todo era buena onda, pero yo no estaba preparada para soportar todo eso. Me significó una presión muy grande, y se vio en el resultado de los últimos Juegos (tres nulos y a casa sin marca). Entonces,  tuve que hacer un largo duelo por ese sueño perdido. Yo me considero una persona alegre, pero hubo meses después de Londres en los que no quise salir de mi casa ni ver a nadie. Y en 2013, tenía que volver a querer, a encontrar las ganas de sacrificarme por un sueño, de entrenarme con el profesionalismo de siempre”.

-¿Ahí dejaste de creer en vos?
-No lo sé, pero se dieron muchas cosas y me sentí muy perdida. Yo lanzo martillo desde los 14 años, y no tener ganas de entrenarme era un cambio radical en mí. Eso marca el mal momento que pasé.

"Hoy sé qué significa una medalla panamericana, el prestigio que tiene. Si me llego a subir a un podio en los Juegos de Toronto, tendrá otro valor interno."

-Hablabas de que padeciste tropezones anteriores a esos Juegos Olímpicos. ¿Cuáles fueron?
-Hubo dos momentos fuertes en mi carrera: cuando me operaron de un sobrehueso en el pie izquierdo en 2007 y en los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011 (salió 6º). De esa operación no me recuperé bien para hacer la pretemporada en 2008, año en que lancé arriba de 66 metros como mejor marca, la misma que logré en Beijing. O sea que lancé muy bien en esos Juegos Olímpicos de acuerdo a cómo venía, pero el tema fue que había bajado el nivel por esa operación. Igualmente, en esos años, 2007 y 2008, comencé a notar cierta presión en los torneos, porque la beca dependía de tal resultado, porque todos esperaban que hiciera una marca, y eso me perjudicó. Pero lo dejé pasar… Como en 2009 empecé a trabajar con Marcelo Pugliese (su entrenador) y volví a subir el nivel al lanzar arriba de los 72 metros, y encima metí el récord sudamericano en 2010, no traté esa baja de confianza que a veces se daba al competir. Y en Guadalajara no sentí eso, pero llegué muy cansada. Había vivido la euforia total en el Mundial de 2011 y tuve que estirar un mes y medio más para los Juegos Panamericanos. Ese cansancio se vio el día del torneo: no logré el resultado, me decepcioné, y sentí una presión extra de varios lados (léase medios) por no haber conseguido una medalla. 

-¿A qué te aferraste para reconvertirte; qué te llenó el alma?
-Terminar de escribir cuentos infantiles vinculados al deporte para publicar mi libro. Si bien todavía busco editorial, ese proceso fue hermoso porque me llevó a nuevas experiencias, a crear nuevas amistades, a abrir un poco más la mirada. Empecé en 2012 y terminé en 2014, y en ese período me junté con deportistas de otras disciplinas para saber desde adentro de qué se tratan y ver qué se puede transmitir. Entonces, me encontré con María Laura Abalo y salimos a remar con todos los chicos; me acerqué a Jorge Repetto para ver qué onda el judo. También hice esgrima y hockey sobre césped.

-¿Podrías detallar un poco más sobre tus cuentos infantiles?
-Sí, son sobre deportes olímpicos y se relacionan con otras cosas que hacen a la vida. Por ejemplo, el cuento sobre lanzamiento de martillo habla de la estética de la mujer, del hecho de ser distinta. Y me apasiona porque describo a una mujer grandota, diferente, con curvas y músculos, y que eso no tiene nada de malo. Uno debe aceptarse como es, y si hay cosas que no le gustan, mejorarlas desde el amor propio. Me duele mucho cuando una mujer dice: “Odio mi cuerpo”. O cuando escucho: “Tengo demasiados músculos para ser femenina”. Cada una define su costado femenino, y no hay que dejar que la sociedad influya sobre la autoestima.

-En limpio, te reinventaste desde la escritura, la conexión con otros deportistas. ¿Ese, entonces, fue el disparador para el renacimiento deportivo?
-Sí, pero también influyó una conversación que tuvimos con Marcelo, mi entrenador, a fin del año pasado, en la que nos renovamos los dos en cuanto a los resultados a lograr. A ver… Yo volví a competir en 2013, analicé por qué me pasó lo que ya conté y es como que me fui perdonando para avanzar. En 2014, hice una buena preparación y me sentí mucho mejor. Pese a ganar la medalla plateada en los Odesur y el Iberoamericano, considero que no fue un año ni bueno ni malo porque quería más. Incluso, probé un cambio técnico hasta que nos dimos cuenta de que no servía. Cambiamos otra vez y se pasó el año, y no estuve cómoda técnicamente. Entonces, a fin de 2014, acordamos con Marcelo volver a hacer una pretemporada matadora, como en 2009 y 2010, y trabajar sobre lo que sale bien y confiar en eso.

-A esta altura, ya recargada, ¿qué enseñanza te dejó aquel sinsabor de 2012?
-Aprendí quién está realmente a mi lado, porque es fácil acompañar en los buenos momentos… Y en los malos, como ocurrió después de esos Juegos, descubrí que hubo varios que no estuvieron y me dolió. Pero, bueno, hay amistades que son ligeras y otras, inoxidables, y esa fue la lección más grande. En cuanto a lo deportivo, entendí que no me puedo dejar llevar por las presiones externas.

-Retomemos al concepto de la primera pregunta de la entrevista: ¿cómo estás hoy?
-(Sonríe). Estoy muy contenta en lo personal y en lo deportivo, y tengo muchas cosas por lograr todavía. Por eso, no siento que estoy cerca del final de mi carrera. Quiero volver a disfrutar de los torneos, a encontrar a la vieja yo que entraba con actitud a la pista. Eso es clave, y espero verlo este año.

-Sin ánimo de hostigarte (risas), ¿cuáles son los objetivos para 2015?
-Apunto al podio en los Juegos Panamericanos de Toronto (se disputarán a mediados de julio) y a la final en el Mundial de Beijing (el torneo se desarrollará desde el 22 de agosto). Creo que el podio en Canadá se va a definir arriba de los 72 o 73 metros, y puedo pelearlo, aunque va a estar difícil porque la norteamericana Amanda Bingson y la canadiense Sultana Frizell tienen como mejores marcas arriba de los 75 metros. Y en el Mundial, se debería entrar a la final arriba de los 70 metros. Si bien puedo lograrlo, no será fácil porque la marca tiene que darse en tres lanzamientos ese día y ahí. De todas maneras, sé lo que es porque ya estuve en una final (Daegu 2011).

Feliz. Bajó casi once kilos en el primer trimestre de 2015 y se siente como nunca.

-¿Qué ficha te ponés para no presionarte y soltarte en esas competencias?
-La buena preparación es todo. Hace algunos años, terminaba dos kilos arriba cada temporada y los iba sumando, y me sentía muy mal físicamente a fin de cada año. Entonces, arranqué una dieta muy buena en esta pretemporada, que me dio mi nutricionista, Francis Holway, para bajar las grasas innecesarias. Hoy, estoy casi 11 kilos más liviana, pero con los niveles de fuerza por encima de mis máximos. Me siento increíble. Además, empecé con una nueva psicóloga, Lorena Gaivizzo, y me gusta mucho porque trabajo para incorporar más herramientas. Estoy muy contenida por varios lados.

-¿Qué sería lo único que te podrías reprochar tras esos torneos?
-El hecho de no animarme a más.

-Cuando te repiten que pisás la mejor edad para una lanzadora, ¿qué respondés?
-Hoy, me siento mejor que nunca, pero no estaba supercontenta el año pasado. Entonces, depende de los momentos. Sé que un lanzador tiene una vida útil más larga, pero todo pasa por el estado anímico, las ganas y el querer de uno. Todo eso es lo que juega.

-¿Ahora, a la distancia, valorás más tu única medalla en los Juegos Panamericanos, aquella de bronce que obtuviste en tu debut en el certamen, en Río de Janeiro 2007?
-En ese momento, no le di el valor real porque me quedé con ganas de más. Venía segunda, me pasaron en el último lanzamiento y terminé tercera, y encima sentí que no había competido muy bien. Hoy, sé qué significa una medalla panamericana, el prestigio que tiene, lo que cuesta conseguirla, porque me encontré con otra realidad después de mis primeros Juegos. Y nosotros, como cultura argenta, le damos mucha importancia a una medalla de ese tipo. Si me llego a subir al podio en los Juegos de Toronto, tendrá otro valor interno.

-¿Qué sueño aún te queda por cumplir referido a lo deportivo?
-Entrar en una final olímpica, y también me gustaría lograr una marca que sería un lindo récord sudamericano, un número con el que me podría retirar tranquila.

-Bárbaro... O sea que buscás batir tu propio récord, el mejor registro de tu vida: 73,74 metros, conseguido en abril de 2010, en Buenos Aires…
-Sí, quisiera extenderlo un poco más. Pero no voy a decir la marca por cábala.

Por Darío Gurevich. Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota de la edicion de la revista mayo del 2015 El Gráfico

Por Darío Gurevich: 11/06/2015

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