Notas de la revista

Un hombre que piensa

La particular historia del gurú de las start-ups es una fuente de inspiración en la que bien se podría empapar el sufrido fútbol argentino. El valor de las ideas y el coraje para desarrollarlas. La búsqueda obsesiva de la excelencia por encima de cualquier otro tipo de apetencia.

En septiembre pasado estuvo por Buenos Aires un señor llamado Marc Randolph. Vino a dar una charla en su carácter de cofundador de Netflix, la megacompañía que lidera la industria del entretenimiento on demand [1] en el mundo. Randolph la creó hace 18 años junto a Reed Hasting, fue el CEO durante la etapa de consolidación y despegue, y la dejó en 2004 para transformarse en un gurú de la alta tecnología y las start-ups [2]. Una eminencia que le asegura el futuro a sus tataranietos aconsejando empresas en los cinco continentes.

Su conferencia fue en el salón de un hotel cinco estrellas de Puerto Madero. Para iniciarla, se paró delante de una pantalla gigante y se quedó en silencio. Mientras tanto, la pantalla se poblaba de logos. Diez, treinta, cincuenta, cien logos. Cuando se completó el telón de fondo, Randolph pronunció su primera frase: “Todos los logos que ven detrás de mí pertenecen a los proyectos en los que fracasé antes de tener éxito con Netflix”.

Ese hombre al que el auditorio de mil personas veía como el espejo de la gloria, confesaba que había llegado al éxito por haber sido un experto en fracasos. “Cualquiera puede ser exitoso. Alcanza con tener una idea, aunque más que la idea –que no necesariamente debe ser brillante– importa el coraje para concretarla. Ninguna idea es perfecta desde el principio. Se va puliendo mientras nos valemos de la audacia para desarrollarla”. Entonces Randolph, sin jactancia, con rigurosidad didáctica, relató el proceso que llevó a Netflix de ser un proveedor que alquilaba y vendía películas en DVD a convertirse en una plataforma para ver filmes y series por internet. Según Randolph, una de las virtudes fue saber desde el primer día que el negocio sería ése [3] y no el que se viabilizaba a través del correo: “Algunas empresas encuentran su oportunidad cuando el mundo cambia. Aun cuando empezamos con los DVD, nosotros siempre supimos que el futuro estaba en internet. Pero no imaginábamos que eso demoraría tanto”. También contó que no disponían del capital suficiente para dar ese paso, motivo por el cual fueron a tocar el timbre a una cadena americana que todavía ganaba fortunas alquilando películas. Algo así como abrirle los ojos a cambio de ser parte del nuevo negocio, porque a ellos no les daba el cuero para el gran salto. “Nos recibieron así nomás y se nos rieron en la cara. Creían que estábamos locos, que pretendíamos robarles el dinero. Tan fuerte fue el desprecio, que salimos de allí y nos juramentamos que no íbamos a parar hasta verlos acabados. Y trabajamos muy duro hasta que desaparecieron”, se regodeó. Netflix fue el certificado de defunción para el monstruoso videoclub global.

La centena de fracasos, al igual que el éxito de Netflix, florecieron a partir de que el jefe de Randolph decidió apartarlo de las tareas cotidianas para confinarlo en una oficina sencilla y austera. “De ahora en más, tu nuevo trabajo es pensar. Quiero que explores las ideas que te parezcan interesantes hasta que demos con un nuevo negocio”, le dijo. Y Randolph empezó a fracasar. La idea madre de Netflix la había tenido en tiempos de los VHS, pero era inviable canalizarla regionalmente a través del correo. Semejantes paquetes atosigarían los buzones. Y la fuidez del ida y vuelta de materiales no contaba con garantías. Cuando se popularizó el DVD, creyó que las condiciones estaban dadas y lo comprobó empíricamente. Al igual que su jefe, Randolph vivía en una localidad situada a 60 kilómetros de su trabajo. Cada día los recorrían en auto, charlando sobre las ideas que Randolph exploraba. Una mañana, antes de salir, pasaron por una tienda, compraron un DVD y lo enviaron por correo a la oficina. Al día siguiente, el sobre con el DVD estaba entre la correspondencia. Algo había cambiado. Ya podían fundar Netflix…

Randolph pensó, probó y erró. Pensó, probó y erró. Pensó, probó y erró. Así hasta que un día acertó. Básicamente, nunca dejó de pensar. Sin obligaciones aparentes o inmediatas, pero con la presión que implica pensar para encontrar soluciones. Pensar para trascender. Imaginemos la escena básica: un hombre sentado en una oficina luminosa, agua y café a mano, el retrato de sus seres queridos sobre el escritorio, un televisor en mute encima del aparador, la computadora encendida, el teléfono cerca, un rompecabezas de mil piezas a medio armar sobre una mesita ratona y todo el tiempo del mundo para pensar. Imaginemos más. Imaginemos que a ese hombre se le abona un generoso sueldo para pensar, aunque durante días, semanas o meses no se le ocurra absolutamente nada. Un sueldo que premie su capacidad, pero, fundamentalmente, su honestidad intelectual.

El hombre podría pensar cosas sencillas, para nada revolucionarias, ni siquiera patentables: un formato coherente de torneo, un estatuto sin proscripciones para dirigentes aptos con cualquier antigüedad, un sistema de televisación de partidos donde los fondos provengan de empresas privadas y no del Estado, un plan para erradicar a las barras bravas, un código de penalización para los dirigentes que practican la connivencia con ellas, un AFA Plus de veloz implementación, un método para que regresen los visitantes a las canchas, la receta para que dirijan los mejores árbitros sin tener que hacer equilibrio entre dos gremios, una propuesta potable para incorporar la tecnología en el fútbol sin lesionar el espíritu del juego… Pavadas por el estilo.

El hombre que imaginamos no es un hombre que ejerza el poder y listo. Ese espécimen no es necesario. Con virtudes y defectos, de esa clase de hombres hubo, hay y habrá para llenar edificios enteros. El hombre que imaginamos es un hombre que sólo piense por el honor de tener buenas ideas. Sin más apetencias que la genialidad. Aunque sus aportes sean genialidades triviales como las del fútbol. Un hombre que piense pequeñeces más trascendentales y menos volátiles que el aerosol para la barrera. [4] 

Montar la oficina es la variable más insignificante. Puede ser en Viamonte al 1300, en el fantástico edificio que se está construyendo en el predio de Ezeiza [5] o en cualquier otro lado, total lo importante no es donde lo localice el Google Maps, [6] sino lo que brote de sus neuronas. El tema es quién la habita. Quién aporta ideas sin buscar rédito político. A Randolph, lamentablemente, no lo cuenten para esa carrera. Sigue con sus negocios en Silicon Valley [7] y transita el planisferio con su admirable e irresistible rutina del fracasado más exitoso del mundo. Encima, el fútbol no le gusta demasiado, así que tachémoslo de la lista. Pero igual podrían llamarlo. Les hablaría horas sobre la importancia de un hombre que piensa.

Por Elías Perugino
Notas al pie

1-  Netflix ganó 266 millones de dólares en 2014. Duplicó sus ganancias del año anterior. Actualmente, cuenta con 60 millones de usuarios.

2-  Se llama así a las empresas emergentes sustentadas en la tecnología.

3-  El plan de expansión de la empresa afincada en Los Gatos (California) contempla instalarse en 200 países al cabo de 2016.

4-  El aerosol 9.15, utilizado para marcar la distancia en tiros libres, fue patentado por el argentino Pablo Silva. Su espuma evanescente dura 45 segundos.

5-  La AFA está construyendo una nueva sede dentro del predio de Ezeiza, donde habitualmente concentra la Selección.

6-  Es la aplicación más popular de mapas de la web. Se lanzó hace 10 años. Su mayor atractivo son las imágenes de calle, conocidas como Google Street View.

7-  Región del norte de California, donde tienen su sede numerosas compañías de tecnología y start-ups. Se lo utiliza como metonimia para la actividad tecnológica de EE.UU., así como Hollywood lo es del cine.

Por Elías Perugino

Nota de la edicion de la revista de mayo del 2015 de El Gráfico