LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Lucas Biglia, ser feliz era esto

- por Diego Borinsky: 08/06/2015 -

Le pedimos prestado el título de su última novela a Eduardo Sacheri para retratar el presente de este futbolista que pensó en largar todo y hoy es titular de la Selección y pretendido por clubes como Real Madrid y Manchester United.

La pelota bajo el control y la mirada levantada para ver a un compañero. Sello Biglia.

Es primavera en Roma pero no parece. Llueve, llueve mucho. Falta poco menos de un mes para el Mundial de Brasil y Lucas Biglia está concluyendo su primera temporada en la Lazio, después de 7 interminables años en la liga belga, donde un poco se ha sentido reconfortado y mimado por los elogios y, otro tanto, frustrado por no poder salir de allí, rehén de sus muy buenos rendimientos.

Acaba de juntarse hace un rato con Alejandro Sabella y no porque el azar los hubiera puesto uno al lado del otro tirando monedas de espaldas a la Fontana di Trevi, sino porque el entrenador de la Selección lo ha convocado para charlar en el hotel donde se aloja junto con el resto del cuerpo técnico, como está haciendo con otros futbolistas a los que piensa llevar al Mundial. Biglia ha charlado con Sabella y luego ha corrido hasta el auto que dejó estacionado a unas cuadras. Claro, ha corrido porque llueve en Roma. Llueve mucho.

Lucas Rodrigo Biglia –lo revive hoy en la nota con El Gráfico– se ha metido en el auto, ha cerrado la puerta y se ha quedado unos minutos en silencio, sin hacer nada. O sí, en realidad se ha quedado pensando. Pensando y recordando, para ser más precisos. Pensando, recordando y procesando emociones y angustias que en unos minutos comenzarán a brotar en forma de lágrimas.

El documental de Lucas Biglia, si alguna vez se rodara, debería comenzar por esa escena. Un auto estacionado en una calle de Roma bajo la lluvia y el zoom de la cámara que nos acerca, a través del vidrio empañado, el perfil del muchacho de 28 años nacido en Mercedes llorando en soledad, primero con lágrimas aisladas, luego a moco tendido.

“Me quedé 10 minutos llorando, no te puedo explicar lo que sentía, se me vinieron todos los recuerdos a la cabeza. Alejandro me confirmó que estaría en la lista de 23 y no lo podía creer. Era muy especial para mí ese Mundial, un premio a todas las cosas malas que me habían tocado vivir, a lo que me había costado llegar a ese lugar. Intenté tranquilizarme, porque además llovía y no podía salir manejando así. Cuando lo hice, llamé a mi mujer y le conté. Fue muy emocionante, porque me había puesto como objetivo llegar a Brasil, y aunque muchos me decían que era un objetivo muy alto, lo acababa de conseguir”.

Así arranca la película de Biglia. Un viajecito hacia atrás en el tiempo nos permitirá comprender el porqué de esa exaltación tan intensa.

Se formó en Argentinos, semillero especializado en pulir volantes centrales de buen pie.

Lucas Rodrigo Biglia nació el 30 de enero de 1986 en Mercedes, provincia de Buenos Aires, 100 kilómetros al oeste de la Capital Federal. Se inició en Estudiantes de su ciudad jugando como enganche y convertía seguido. Papá Miguel, que había sido futbolista aunque sólo a nivel local, fue su entrenador en Estudiantes (un clásico en los equipos del pueblo) y lo empezó a poner de cinco. “La pegó, la verdad que mi viejo la pegó –evalúa, agradecido-, sin duda me hubiese costado llegar a un club de Italia y a la Selección jugando adelante, más por el tema de la velocidad. Pobre viejo, él no tuvo la suerte que tuvimos mi hermano y yo de que nos bancaran y que nos llevaran y trajeran, porque su padre, o sea mi abuelo, falleció cuando era muy chico y debió salir a trabajar”.

Por si le quedaba alguna duda de cuál era su lugar en la cancha, de Estudiantes pasó a Argentinos Juniors, semillero del mundo especializado en producir volantes centrales de galera y bastón: Redondo, Gancedo, Riquelme (luego pasó a enganche), Cambiasso y siguen las firmas. Allí lo terminaron de pulir. Papá Miguel hacía todos los días los 100 kilómetros de ida y los 100 de vuelta para llevarlo, y Miguel Tojo captó enseguida que el rubiecito jugaba bien y tenía personalidad, y lo sumó a la Selección Sub 15. Hugo Tocalli le siguió los movimientos en el predio de Ezeiza y lo convocó al Sub 17. Y lo nombró capitán.

Argentina ganó el Sudamericano de la categoría en Bolivia y llegó a las semifinales en el Mundial, disputado en Finlandia en 2003. Allí se topó con España. Biglia abrió la cuenta a los 4 minutos, luego aumentó Ezequiel Garay, pero España lo dio vuelta con dos goles de Césc Fábregas, el segundo en el alargue, cuando restaban 3 minutos para los penales. Luego, Argentina vencería por penales a Colombia y terminaría 3°. En ese equipo, Fernando Gago era suplente, y dos de los arqueros eran Oscar Ustari y, llamativamente para varios (incluido este periodista) Nahuel Guzmán. “Sí, sí, Nahuel es viejo como nosotros”, se ríe Lucas, de 29 años.

-¿Desde pibe siempre fuiste capitán
-En las inferiores de Argentinos tuve ese privilegio, también en el Sub 17, después al llegar al Sub 20 me encontré con un veterano importante como Pablo Zabaleta (risas), y en el Anderlecht, después de mis primeros tres años de adaptación, volví a llevar la cinta.

-¿En ese Mundial del 2003 escuchaste hablar algo de Messi? Porque era compañero de Césc, y ustedes los enfrentaron…
-Sabíamos de él porque en el equipo estaba Lautaro Formica, que lo conocía muy bien de Newell’s. Lautaro era un año más grande que Leo, pero en Rosario ya se hablaba mucho de él: que era un crack que la rompía y que se había tenido que ir de Newell’s por el tratamiento que no le pagaban. Me acuerdo que Tojo y Tocalli le preguntaban a Formica porque les habían hablado muy bien de él. Estaban buscando videos. Al año siguiente, lo conocimos porque empezó a entrenarse en el Sub 20.

-Volviste de ese Mundial Sub 17 y a los tres meses Tocalli te quiso mandar al Mundial Sub 20, situación rara…
-Fue curioso, sí. El Mundial de Emiratos Arabes debió disputarse antes de junio, pero se postergó por la guerra del Golfo y se terminó jugando en noviembre. Nosotros volvimos de Finlandia en septiembre, yo medio caliente porque en aquella semifinal contra España tuve que dejar el partido ya que me había roto el hombro y no pude jugar el segundo tiempo, y Tocalli me empezó a meter en el Sub 20. Estaba en la lista. Viajábamos un lunes y el viernes jugamos el último amistoso, contra Lanús. Me dieron un pase, la toqué de primera y un jugador de Lanús llegó bastante tarde, sobre todo para un amistoso. Me rompió los ligamentos del tobillo. Fue realmente un bajón. Ir a ese Mundial Sub 20 me hubiese dado otro roce, tenía apenas 17 años y me hubiera servido mucho. Me hubiera abierto puertas también de cara al futuro…

-¿Quién fue ese rival?
-Benítez de apellido, un lateral izquierdo, me lo he cruzado después. Para mí, en el fútbol estás expuesto a estas cosas, pero al menos pedí perdón, fijate cómo estoy…

En Independiente, marcando a Palermo.

-¿Qué te pareció Messi cuando empezó a entrenarse con ustedes?
-Comprobé que Formica no exageraba. Fue suplente en el debut del Mundial y perdimos, pero en el partido siguiente arrancó de entrada y cambió todo. Luego, en los partidos decisivos, con Colombia, Brasil y Nigeria la rompió. Leo era distinto a todos ya de juvenil, tendría que inventarse una palabra para definirlo. Hay cosas que se ven en los partidos y son íncreíbles, pero en el día a día descubrís, además, que es 10 veces mejor persona que jugador.

-O sea que en tus comienzos tuviste mucha Selección, pero después llegar a la Mayor te costó demasiado…
-Sí, había arrancado en la Sub 15 con Tojo, con la que fuimos a jugar un torneo a Francia, luego la Sub 17 y la Sub 20, incluso me quedé en la puerta de ir con la Sub 23 a los Juegos Olímpicos de Beijing. Iban 20 chicos y quedaban 3 reservas afuera. Bueno, yo fui una de esas reservas. Pero la Selección Mayor es otra cosa. Cuando uno llega a nivel profesional, no es como en inferiores, competís con jugadores que están en Europa, y es diferente.

-Seguramente influyó que jugaras muchos años en la liga belga…
-Claro, es una liga ubicada un par de escalones por debajo del resto de Europa, y lo tuve claro desde el comienzo: para volver a la Selección, el primer paso que debía dar era ir a un campeonato más competitivo.

-¿Por qué fuiste para al fútbol belga? No es muy común…
-Seis meses antes de que me compraran, se había ido Nico Frutos al Anderlecht, y me habló bien. Volvería a ser su compañero, como en Independiente. Tenía 20 años, iba a jugar la Champions, empezaría a tener otro roce y pensé que me serviría de trampolín a una liga más importante de Europa, pero con el correr del tiempo se dieron situaciones que no me favorecieron y que terminaron extendiendo mi estadía en Bélgica.

-¿Qué situaciones?
-El primer año compartimos grupo de Champions con el Milan y anduve bien los dos partidos contra ellos. Hubo sondeos, pero no se concretó nada. Al poco tiempo, el Atlético de Madrid hizo una oferta y no me quisieron vender. El club pretendía que me quedara y todos los años me subía la cotización. Parecía que siempre era mi último año, pero no me largaban. Y encima, en el 2008 falleció mi viejo y me quise volver a la Argentina, largar todo, la pasé muy mal y me costó dos años recuperarme, dos años de transición. En 2011 me buscó el West Ham y otra vez no me dejaron ir porque jugábamos Champions. Y al terminar esa Champions no apareció nada, hasta que en 2013 surgió el interés de Lazio y de nuevo me cerraron la puerta, argumentaban que tenía contrato. No llegábamos a un acuerdo, entonces me fui a un hotel de Roma y me quedé ahí, con la revisación médica ya hecha, hasta que lo resolvieran. Fue un tira y afloje feo hasta que firmé con Lazio.

-O sea que vos te dabas cuenta de que te estabas achanchando ahí...
-Por supuesto, lo que te contaba antes: sentía que debía cambiar de liga para volver a la Selección porque estaba dejando de lado ese objetivo que tenía firme en la cabeza, y eso les trataba de hacer comprender a la gente del club. No entendían que a mí no me servía tener 4 o 5 partidos competitivos por año porque el Mundial lo juegan los mejores de cada país. Entonces necesitaba ese roce importante todos los fines de semana. Llegó un momento en que pensé que iba a terminar toda mi vida jugando en Bélgica. Fue complicado. En el medio del tironeo por el pase a Lazio, hubo gente del Anderlecht que me dijo que me planteaba objetivos demasiado altos, que en la Selección Argentina lo único que podía hacer era cortar el pasto. De todos modos, que quede claro: estoy muy agradecido al Anderlecht, a su gente y al club.

En Anderlecht, donde estuvo siete temporadas y fue símbolo y capitán.

Hacemos una pausa. Recuperamos las sensaciones del comienzo, las lágrimas de Lucas en el auto, en soledad, y ahora entendemos un poco más. Pero no nos alcanza. Para terminar de comprender debemos sumergirnos en el vínculo filial, en aquel padre que le cambió la posición para siempre y lo acompañó durante años para que pudiera cumplir su sueño…

-¿La muerte de tu viejo te agarró de sorpresa o venía enfermo?
-Fue un infarto fulminante que no le dio la chance de nada. Había jugado a la pelota la noche anterior, se sintió un poco mal y no quiso ir al hospital. Se fue a dormir y a las 3 o 4 de la mañana se levantó para ir al baño y se desplomó ahí nomás. Yo justo estaba haciendo la pretemporada, en un momento volví a la habitación para buscar algo que me había olvidado y tenía varias llamadas perdidas de mi representante (Enzo Montepaone), también mensajes de mi señora. La verdad, pensé que tenía que ver con mi salida del club y me puse contento, Lo llamé a Enzo. “Te estoy buscando ticket para que vengas a la Argentina, tu papá se descompuso”, me dijo. Y ahí recordé una frase que me repetía siempre mi viejo: “Si alguna vez te dicen que me descompuse, quedate haciendo lo que tengas que hacer, sólo volvé si hay algo raro”. Hablé con mi hermano y con mi vieja y no me terminaban de decir, no entendía qué pasaba. Les preguntaba si estaba bien. “Sí, sí, venite por las dudas, seguro le hará bien verte”, me decían. Yo pensaba que me iba a escuchar y se recuperaría. Jamás imaginé que me lo encontraría en un cajón.

-O sea que viajaste desde Europa sin saber que tu papá había muerto…
-Exacto. Me enteré en Buenos Aires, 3 días después de su muerte. Llegué y lo vi 10 minutos en el cajón, porque ya había empezado a largar olor. Llegué y de ahí directo al cementerio. Me quedé una semana en el país. Y durante esa semana iba al cementerio todos los días, me ponía a hablar con la foto de la lápida. Era muy injusto, no se podía ir así del mundo, me quedaban muchas charlas pendientes con él. Y, encima, del club me llamaban todos los días para que volviera, que se venía la Champions, que era muy importante para el equipo…

-¿Qué hiciste?
-El duelo lo hice cuando regresé a Bélgica. Como que no me había caído la ficha y me cayó de golpe. Un día llamé a mi representante y le dije que me volvía a la Argentina, que largaba el fútbol, que no quería saber nada más. Estaba muy mal, angustiado, con bronca e impotencia. Me peleaba con el utilero por la camiseta que me daba o con el que me estacionaba el auto. Engordé 8 kilos, ¡un desastre! Hablé con la gente del club y les dije que no sería un año fácil para mí. Que si no me sentía con ánimo y ganas para jugar, se los diría porque no quería dar lástima. Tenía la moral por el piso. Fue duro, muy duro….

-¿Cuánto tiempo te costó recuperarte?
-Mucho, muchísimo, pero mirá cómo es la vida, ¿no? Mi viejo se murió el 11 de julio de 2008 y el 20 de agosto mi mujer quedó embarazada. Estaba enojadísimo con la vida por sacarme algo tan grande, y a la vez me cayó ese regalito del cielo.

-Le pusiste Allegra…
-Sí, sí, fue por eso, en un momento tan oscuro y de tristeza profunda, el regalito del cielo que trajo alegría y felicidad. Hace casi dos años vino Alessio para acompañarla. Pero volviendo a lo de antes, durante el Mundial, cada vez que me hicieron una nota, declaré que siempre lo tenía presente a mi viejo, que se lo debía casi todo a él…

Capitán de la Selección Sub 17, alza el trofeo al ganar el Sudamericano en Bolivia. En el Mundial de Finlandia terminarían en tercer puesto tras caer con España.

-¿Y cómo te llegó la Selección Mayor al final, después de que te costara tanto la salida del Anderlecht?
-Tuve el golpecito de suerte que todos necesitamos. El Checho Batista me había tenido en Argentinos y cuando asumió en la Selección me convocó y pude jugar la Copa América. Después el Checho se fue, pero al menos ya me había codeado con los grandes hasta que un día me vino a ver Gugnali a Bélgica, y se dio que en un partido ante Colombia, en cancha de River, ya en la segunda ronda de las Eliminatorias, Javier (Mascherano) estaba suspendido y Fernando (Gago) lesionado, y me dieron la oportunidad como titular. Mis compañeros me hicieron sentir supercómodo y pude aprovecharlo. Y a partir de ahí me siguieron convocando.

-¿Sentís que entraste al Mundial sin un gran consenso popular y luego todos pedían que fueras titular?
-Siento que entré como debía entrar: callado, aportando desde el trabajo. Mis compañeros me hicieron sentir muy bien y de a poquito me fui soltando, relajando, pude disfrutar y gracias a ellos pude brindarme de la mejor manera. Parece una frase común, pero es la verdad.

En acción ya en la Selección Sub 20, durante el Sudamericano. En el Mundial de Holanda ganaría el título junto a Messi y Gago, entre otros.

-¿Pensaste antes de viajar que terminarías ganándote un lugar en el equipo?
-Mirá, yo viví todo como un sueño, más allá de la responsabilidad que implica defender una camiseta como la nuestra. Ya te habrás dado cuenta por todo lo que te conté. Fui a disfrutar el Mundial, porque no sé si estaré en otro, y también a apoyar desde afuera y, si me tocaba jugar, a dar lo máximo. Sabía que iba con grandísimos jugadores, pero tenía mucha fe.

-¿Te siguen apareciendo imágenes de la final?
-La final entera no la vi nunca más. Pero las sensaciones me vienen con bastante frecuencia. Pensá que todos los días comparto vestuario con Miroslav Klose. Tengo una grandísima relación con él, pero fue un rival en la final y me resulta inevitable que su presencia me haga recordar todo.

-¿Lloraste mucho en el vestuario o eras de los que consolaban?
-Llorábamos todos, ninguno tenía fuerza para levantarse y consolar al resto. El único que habló en el vestuario fue Don Julio. Nos agradeció a todos por el Mundial que le habíamos hecho vivir, que lo había disfrutado y que merecimos ser los campeones. Y al final nos dijo: “Ahora me puedo morir tranquilo”. Uffff… No lo olvido más, te lo cuento y me da escalofrío.

-Es duro haber estado tan cerca…
-Un sabor amarguísimo. Porque habíamos llegado de punto total después de los 7 goles de Alemania a Brasil, por las situaciones de gol que creamos, que fueron claritas, por la manera en que nos defendimos, sin que Alemania nos apremiara demasiado. Y porque en el mínimo error que te crea el cansancio, porque es la realidad, fijate que nosotros veníamos de 120 minutos con Holanda más los penales, y esa simple presión te crea un cansancio mental importante sumado a los 120 minutos, y en el mínimo descuido, te liquidan.

-Una jugada sacada de contexto...
-Faltaban apenas 7 minutos para los penales y a pesar de la diferencia en el cansancio fuimos tres jugadores a marcar a Schürrle. Eso te muestra las ganas que teníamos de seguir buscando la victoria, no nos conformábamos. Y resulta que pasa justo entre tres, la pelota cae en el lugar ideal y uno de ellos la para de pecho y hace un movimiento perfecto. Increíble.

-¿Qué sensación predomina en vos: orgullo o bronca?
-Orgullo, orgullo. Por los 30 días que vivimos, por el trabajo que se hizo, porque dimos todo. Pero no te voy a decir que me fui feliz, sino muy triste. Me duele saber que hicimos todo para llevarnos la Copa y faltó tan poco. Cuando deje el fútbol, quizás diga “tengo una medalla de plata de un Mundial, ¡qué bueno!”. Hoy no me sirve. O me sirve, en realidad, para que sea una experiencia y una plataforma para no conformarnos y seguir creciendo.

-¿Cuánto tarda en irse la amargura?
-Nunca se te va del todo, ya te conté lo que me genera ver a Klose todos los días. Terminó el Mundial y no me quise ir de vacaciones. Pensé: si estoy tirado en la playa, con la mente en blanco, es peor, porque me hará recordar todo. Entonces busqué refugio en mi ciudad. Y terminó siendo peor, porque me encontraba con amigos, conocidos, y todos me decían “¡qué lástima! ¡qué poco faltó!”, bien, para consolarte, pero al final cada palabra era meter el dedo en la llaga un poquito más, por más que el cariño y las muestras de afecto eran una caricia. Después arrancás la pretemporada en tu club, volvés y de a poco tratás de ir conviviendo.

Marcando a Sneijder, de Holanda, en la semifinal del último Mundial. Biglia arrancó de suplente y logró ganarse la titularidad desde los cuartos de final ante Bélgica.

-Ahora tienen la Copa América para tratar de ganarla…
-Empezó un ciclo nuevo, hay ganas de dar la mejor, y aparte le tomamos el gustito a esto de llegar a la final y querer ganar un título. Y cuando le tomás el gustito a eso está muy bueno. Espero estar en la lista de 23. En el grupo hay jugadores que vienen en la Mayor desde mucho antes que yo y que merecen tener un premio, una recompensa grande. Y como te decía: perder esa final te da más hambre, un deseo de buscarlo con más ganas, porque ya le tomás el gustito de llegar hasta el final. Yo palpo eso en mis compañeros cada vez que nos juntamos. Ojalá pueda estar y se nos dé. Eso no tapará ninguna herida, pero le daría mucho al fútbol argentino.

-¿Ves muchas diferencias entre Martino y Sabella?
-Martino es partidario de la presión alta, hace hincapié en eso. Quiere que la tenencia del balón sea en campo contrario, y que tengamos paciencia, mucha paciencia si los rivales se cierran atrás, como seguramente ocurrirá. Que usemos todo el ancho de la cancha. Alejandro también era partidario del buen juego, pero su idea era más de acoplarse bien atrás y salir.

En familia con el adiestrador de águilas de la Lazio, y con el simpático animal.

Salir. Ahora no está desesperado por irse de la Lazio como en su momento del Anderlecht. Primero porque ya llegó a la Selección y se ganó un lugar. En la cabeza de Sabella ayer y en la de Martino hoy. Y también en la crítica especializada y en el público futbolero. Es el socio silencioso de sus compañeros, listo para correr, quitar, relevar y pasar el balón con criterio.

Sin embargo, sus actuaciones con la Selección y en la Lazio lo han proyectado a la elite de la elite. El Real Madrid estuvo a punto de comprarlo tras el Mundial y ahora volverá a la carga. El Atlético lo tiene en la mira. Louis van Gaal mandó a espiarlo en un partido con Napoli para llevarlo al Manchester United. Se ve que el DT holandés se quedó calentito con la semifinal perdida en el Mundial: ya sumó a Di María, a Rojo y ahora va por Biglia. La Lazio, que lo compró en 5 millones de euros hace dos años, ahora ha puesto un piso de 25 millones para venderlo. “Invierta en Biglias, no lo vamos a defraudar”, podría ser el eslogan de Ambito Financiero. Mientras tanto, es una de las columnas de la Lazio, que escolta a la Juventus en el campeonato y a la que enfrentará en la final de Copa Italia el 6 de junio, 5 días antes del inicio de la Copa América.

-¿Te sacudió perderte la chance de ir al Real Madrid?
-Me enteré el día en que cerraba el marcado, cuando Xabi Alonso pasó al Bayern. Me lo contó mi representante, así que no tuve tiempo para caerme. El técnico de Lazio me dio la responsabilidad linda de ser importante para el equipo y lo mejor que puedo hacer es jugar bien acá, estar en la Copa América y después se verá.

-Pasaste de costar 5 a 25 millones, es raro a tu edad, ¿no?
-Obviamente, si te pasa a los 24 o 25 años, es más lógico, pero que pidan esa plata a mi edad me sorprende hasta a mí mismo (risas).

En Lazio está cumpliendo grandes actuaciones: el equipo es escolta de la Juventus y está en la Final de la Copa Italia. Aquí ante Basha, del Torino

-¿Me contás del día que fuiste alcanzapelotas en el partido despedida de Maradona?
-Fue un sueño. Tenía un partido de mi división, la Octava de Argentinos, y se suspendió por lluvia. Como la empresa que organizaba el partido era la misma que me representaba a mí, pedí ir. Todavía tengo guardada la pelota Penalty firmada por varios jugadores: Riquelme, Bermúdez, Samuel, Córdoba, Chicho Serna…

-Bueno, por las firmas veo que sos hincha de Boca…
-De chico era hincha de Boca, sí, pero cuando uno empieza a jugar, se olvida. Estoy viviendo una etapa muy linda de mi carrera, todavía no pienso en volver, pero cuando me toque, la prioridad la tendrán Argentinos e Independiente, los dos clubes que me abrieron las puertas, sería una manera de agradecerles lo que me han dado. Pero falta bastante todavía.

-La última, ¿quién jugaba mejor de pibe: vos o tu hermano Cristian, que hoy la pelea en la B Metro con Deportivo Merlo?
-Todos dicen que Cristian era más inteligente pero creo que a mí me ayudó mucho la Selección Juvenil, que ese roce y ese aprendizaje me hicieron crecer de otra manera y me dieron una pisquita de ventaja. Es un ejemplo claro de que en el fútbol siempre necesitás un toque de suerte. Yo lo tuve al ir a la Selección.
Suerte, sudor y lágrimas, nos permitimos agregar. Las del auto en Roma. Completada la nota, definitivamente entendemos el porqué.

Por Diego Borinsky

Nota publicada en la edición de mayo de 2015 de El Gráfico

Por Diego Borinsky: 08/06/2015

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