LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Ariel Prat, fútbol, murga y tablón

- por Diego Borinsky: 14/05/2015 -

Compartió equipo con Maradona en los Cebollitas, fue barra de River, es músico y creó un hit de todas las hinchadas: “Jugando bien o jugando mal”. Las cenizas de su padre están en el Monumental. Y aquí, desgrana su pasión futbolera desde sus diferentes roles y rincones.

En su casa, una síntesis de sus pasiones: el bastón de la murga y las camisetas de River regaladas por Gallardo y por el club. Y "el trapo".

Hay dos canciones, dos letras de canciones en realidad, dos composiciones nacidas un poco en su cabeza y bastante en su corazón, que lo identifican y lo distinguen con nitidez entre tantas de sus creaciones.

“Y en mi segundo hogar el Gallinero, mi viejo me soñó como Angelito”, es una, popularizada por la Bersuit en sus años de esplendor con el Pelado Cordera a la cabeza, bajo el título “Al olor del hogar”.

“Jugando bien o jugando mal, ohhhh, yo te quiero, no me importa nada, te vengo a alentar”, es la otra, entonada en todas las canchas del país, y más allá de las fronteras también, porque Argentina no sólo exporta carne y tango, sino también cantitos futboleros.

Roberto Ariel Martorelli, Ariel Prat como lo conoce todo el mundo desde que a comienzos de los años 80 decidió buscarse un nombre artístico para no contrariar a su padre, es el responsable de que millones de individuos se emocionen al entonar dos de sus obras, que remiten (ambas) a una de sus grandes pasiones, sino la máxima: River Plate.

Ariel Prat debe haber vivido más de una vida, porque cuesta entender que en una sola entren todos sus oficios. Es que este hombre de 54 años, que nos recibe en su pequeño departamento de Parque Chas y juega de local en el buffet del Club Agronomía, fue futbolista, compañero de Maradona en los Cebollitas, barra de River, y es músico, murguero, poeta, escritor, docente. Las cenizas de su padre están en el centro del campo del Monumental y su abuelo participó de la primera trifulca de un superclásico (1931). Empecemos, entonces para que nos alcance el espacio.

“Lo mejor de todo fue ser jugador, una pena no haber seguido”, elige ante la pregunta de con qué se queda. Martorelli, que todavía no era Prat, jugaba de once y le pegaba con la zurda. Más de grande, ya Prat, escribiría “El Zurdito”, inspirada en Messi, pero en la que también desgrana sus vivencias de wing.

Nació en 1960, como Maradona, y compartió equipo con él un par de años. No jugaba demasiado, un poco porque no tenía mucha química con Francis Cornejo, el descubridor del genio, y otro porque Polvorita Delgado, el titular, era mejor.

-Diego era una cosa de locos, hacía cualquier cosa. No sé si se acordará de mí, yo no era de su círculo de amigos como Goyo Carrizo, Polvorita o Perfecto Rodríguez después.

-¿Diego era de Boca o de Independiente?
-De Boca nunca escuché que fuera. Los lunes siempre había cargadas por los partidos del domingo y Diego no saltaba por Boca.

Prat no le guarda rencor a Francis, pero se le enciende la mirada al recordar una de sus picardías futboleras más resonantes: “Hubo un festejo por el aniversario de Argentinos Juniors y se armó un campeonato interno. Todo el mundo fue a ver a los Cebollitas, nos fuimos eliminando los equipos y llegamos a la final nosotros y ellos. Diego jugaba para los Cebollitas, obviamente. Pero ganamos nosotros 2-0 con dos goles míos sobre la hora. Rajé de ahí, no me quedé ni para los premios, salimos con mi viejo saltando de alegría por la calle Bauness”.

De Argentinos pasó a Chacarita cuando una tarde lo vio en Parque Saavedra el viejo maestro Duchini y le dijo al padre: “Este pibe va a llegar”. Luego, el músico que le ganó al futbolista, lo plasmó en “Ir Gambeteando”, uno de sus temas: “Este pibe va a llegar, batió un troesma legendario, y eso fue peor que la marca de cualquier cuatro adversario”. El adversario no fue un duro marcador de punta, en realidad, sino la noche y otros hábitos propios de los artistas que no condecían con la vida sana del futbolista. Hubo algún intento más en Excursionistas y Platense, pero se cortó antes de alcanzar la Primera, a los 17 años: “Ya empezaba con las primeras locuras de la juventud: fumar, tocar la guitarra, tomar pastillas, mi viejo a veces me subía a un taxi sin dormir para llevarme a los partidos”.

Su formación musical se nutrió de un amplio repertorio. Creció con el tango, admirando a Angel Vargas, D’Arienzo, Pugliese, Goyeneche, Julio Sosa, y luego incorporó el rock nacional con el Flaco Spinetta, Cantilo y Durietz (los tres de River, vaya coincidencia) y completó con rock pesado y sinfónico: Black Sabbath, Led Zeppelin, The Who, King Crimson. “Me dividía entre los atorrantes del barrio y los que le gustaban la música, los hippies, y me peleaba con los del barrio para defender a los músicos, a los que tildaban de maricones”, repasa. Y reconoce que desde muy chico le gustó cantar y que tenía buena voz.

Mientras tanto, con pelota o guitarra, no faltaba a su cita religiosa. “Con un año, ya tomaba la teta en el Monumental –detalla–. Por eso canto ‘en mi segundo hogar, el Gallinero’, porque de verdad lo fue. Me banqué los años sin títulos, me agarré a trompadas en el colegio por las cargadas y el día que salimos campeones en el 75 me trepé por el alambrado de Vélez y entré para llevarme un cacho de pasto”.

Martorelli, que aún no era Prat, tenía 14 años en aquel momento. De local iba seguido a la San Martín alta con su padre, cuando la San Martín alta aún era popular y no platea (no había bandeja superior en la cabecera que da al río). “Ahí ya me escapaba de mi viejo y me iba donde estaba la barra, me fascinaba verlos en el paraavalanchas, con las banderas y los bombos”, recuerda y se detiene en un hecho puntual de aquellos años que lo marcó y le definió el rumbo. Ocurrió en un superclásico jugado en el Monumental en 1974. River ganó 3-1 con tres goles de Morete. Ariel estaba en la platea Belgrano con su padre y no la pasaba bien…

-Estaba llena de bosteros la Belgrano y nos empezaron a molestar hasta que saqué una navaja y se las mostré. No jodieron más. Mi viejo ni sabía que la llevaba, tenía 13 años. Ese mismo día nos volvíamos en el 113 y, como siempre, colgué mi bandera de River chiquita en la ventanilla y pasó un coche y me la choreó desde abajo. Y me dije: “Yo voy a ser barra”. Para que no me roben más y para pegarles a los bosteros. Por eso empecé. Y cuando salíamos con la barra, al primero que veía con una bandera de otro equipo, se la choreaba.

Con su amigo René Houseman. En su homenaje creó la René Houseman Band.

-¿Estuviste en muchas peleas?
-Y… por River me agarré muchas veces a piñas, estuve en varios combates. Con otras barras y con la policía. Caí tres veces en cana. Eso sí: nunca fui armado. Y nunca fui traidor, tuve códigos; jamás le pegué a alguien en el piso, o si son varios contra uno, hay que dejarlo… pero igual son cosas de mi pasado.

-Está mal cagarse a trompadas…
-Sí, claro, pero yo empecé por una cuestión de honor. Como mi abuelo, que estuvo en el primer River-Boca del profesionalismo y participó de los enfrentamientos con la policía afuera del estadio. Mi abuelo me lo contó a mí, y no al resto de mi familia.

-Pero no está bien incentivar la violencia…
-Ojo: no soy un exégeta de la violencia ni de las drogas, que quede claro, ni siquiera lo hago yo, no es que estoy careteando hacia el medio. Tampoco camino por una cuestión de santificación o de arrepentido. No me enorgullece la violencia. Hoy, dándome cuenta de las cosas, veo que es una pasión y en la pasión están todo este tipo de excesos. Lo que hay que tratar es que esto no exceda nuestras normas de convivencia, no puedo pegarle al otro o sacarle la camiseta, esas cosas las comprendí.

-Coincidís en que habría que erradicar a las barras, ¿o no?
-Hay una cosa que tiene que ver realmente con la expresión popular, con la demostración del afecto y la pasión, eso no se puede reglamentar, lo que hay que hacer es terminar con el negocio que no tiene que ver específicamente con la pasión. Hoy hay mucha guita en juego, y hay códigos que desconozco. Igual, es raro lo que me pasa. Hoy voy a la San Martín baja y todavía me pasa que miro para arriba y cuento los trapos, los bombos, es como un vicio, ¿viste?, como el pintor que va a una casa, aunque sea un cumpleaños, y toca la pared a ver si está rugosa.

Después de dejar la tribuna durante unos años para dedicarse a la política, volvió en 1984, ya como Ariel Prat, músico y poeta. Sus armas de combate dejaron de ser los puños para convertirse en ideas. El ingenio. La creatividad al poder. Entonces cuando la hinchada rival lastimaba con un cantito, los capos de la barra lo miraban para tener una respuesta acorde. Un día, a fines del 89, con el River de Merlo punteando el campeonato pero jugando bastante feo (1-0 y todos atrás), se fue a su casa con una idea que le rebotaba en la cabeza…

Cuando jugaba en Excursionistas (abajo a la derecha).

-Estaba podrido de la letra “es un sentimiento, no puedo parar”, todos cantaban lo mismo, aparte ¿quién es uno para decir “mi sentimiento por mi club es más fuerte que el tuyo”? Entonces le cambié la letra e inventé eso de “jugando bien o jugando mal, yo te quiero, no me importa nada, te vengo a alentar”. Le cambié el sentido. La estrenamos el día que Matute deja la barra de River, había elecciones en el club, estábamos todos con Di Carlo, el presidente, ganábamos pero jugábamos para la mierda, y por eso surge esa letra.

-Es curioso que esa creación provenga de un hincha de River, emblema del paladar negro…
-Pero era una época muy baja futbolística, además era para apoyar a Di Carlo, Tití era un gran amigo. Le gustaba mucho la murga, era de un barrio muy murguero, Palermo, cuando era Palermo viejo y no Palermo Soho.

-¿Nunca le pusiste música a un cantito de cancha?
-No, la música no se inventa. Mirá, hubo gente que ha venido con guita para que les invente cantitos de River con su música y no se pudo, la música no se puede imponer.

-¿Cómo viviste el descenso de River?
-Y imaginate, lo viví como… no fui a la cancha a último momento porque sabía que habría problemas. Lo vi por la tele y volví a llorar en el regazo de mi vieja como cuando era pibe (se le ponen los ojos rojos por primera y única vez en la charla, todavía le duele la herida), lloré como un nene (silencio)…

-¿Te llevó mucho tiempo salir de ese bajón?
-Tuve la fortuna de escribir una columna para la Agencia Télam, que luego se transformó en libro. Se llamó “Te alentaré donde sea”, y tiene las columnas que fueron escritas después de cada partido, en París, en la Patagonia, donde fuera. Antes de un recital, o en el medio de una fiesta salía corriendo para ver el partido y luego escribía. Eso me sirvió como catarsis, escribía e iba largando un poco.

-¿Quién fue el jugador de River que más te maravilló?
-Alonso, el Beto es el número 1. Después el Enzo y Pinino Más, que fue mi ídolo en la infancia. También me gustaba Daniel Onega.

-¿Tenés relación con los jugadores?
-No soy cholulo, soy muy tímido, si se da naturalmente, se da, pero no me gusta ir a molestar. A Gallardo lo conocí en un recital de la Bersuit en 2006. Me regaló la camiseta después de un River-Newell’s que terminó 3-3. Fui a buscarla a la salida del vestuario, la sacó del bolso, toda transpirada y me la dio. Después me he cruzado con Luciano Galletti, con Ponzio en Zaragoza, con el Mono Burgos, con Pablito Aimar grabamos juntos un tema en un disco de Unicef. Y a Enzo lo conocí antes del partido despedida. Se enteró del tema que le había compuesto y me mandó llamar para darme entradas. Del único que soy amigo amigo es del Loco Houseman, de hecho en su momento creé la Houseman René Band.

-¿No te gustaría escribir un himno de River como Copani?
-Lo tengo hecho, se llama “La Vida por los colores”, se utilizó en la última campaña de Caselli. Y después tengo otro que se llama “Manto Sagrado”, que lo hicimos con Juan Subirá, de la Bersuit, que también es fanático de River. Todavía no se escuchó.

-

Su traje de gala murguera con detalles riverplatenses.

¿Las cenizas de tu papá están en el Monumental?

-Sí, él nos había hecho ese pedido. Murió en el 98, joven, con 66 años, y en el 99 hicimos la ceremonia de las cenizas. Fue un poco clandestina, porque no se podía, pero Aguilar, que era el secretario, nos habilitó, es uno de los recuerdos buenos que tengo de Aguilar. Fue una ceremonia graciosa, mi vieja iba tirando las cenizas en el círculo central y le hablaba: “¿Quién me va a romper las bolas ahora con el tuco de los domingos?”. Y nosotros, con mis tres hermanos, íbamos atrás como si fuéramos los patitos. O las gallinitas, en realidad....

-Una última duda: tu viejo te soñó como Angelito Labruna, ¿y cómo quién saliste?
-Como Carlos Dantón Seppaquercia (risas), o Ibrahim Hallar, con esa te maté, lo trajo Labruna de Argentinos a River en el 77, no sé, la verdad que mi viejo tenía puestas sus fichas conmigo… pero le salí músico.

Por Diego Borinsky/ Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de abril de 2015 de El Gráfico

Por Diego Borinsky: 14/05/2015

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