LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Froilán Padilla, un campeón y su drama

- por Martín Estévez: 12/05/2015 -

Fue uno de los seis mejores jugadores del Mundial de fútbol para ciegos. La rompe en su club, en Los Murciélagos y hasta en la liga brasileña. Sin embargo, Coqui sigue sin cumplir su sueño: tener un lugar donde vivir con su mujer y su hija. La historia de un crack que necesita ayuda.

Froilán nació el 22 de febrero de 1979. En la imagen posa con la medalla y el trofeo del Mundial de Japón 2014.

Fue uno de los seis mejores jugadores del planeta en el Mundial 2014. Formó parte del equipo ideal. Lo contrataron dos veces para jugar en la liga brasileña, una de las mejores del planeta. Pese a eso, todavía no puede cumplir el objetivo de mudarse de la piecita del hotel de Constitución donde él, su mujer y su hija subsisten desde hace años. El tipo es Froilán Padilla, más conocido como Coqui, cuyos ojos dejaron de funcionar a los 18 años. Juega en Los Murciélagos, la Selección Argentina de Fútbol para ciegos. Y juega muy bien. Sin embargo, aunque cumple con los mayores requisitos dentro de su especialidad (participó en Mundiales y Juegos Paralímpicos), la beca que recibe del Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Enard) no le alcanza para los “lujos“ a los que aspira: un espacio un poco más grande, y con más privacidad, donde vivir con su familia.

Sus dificultades para conseguir trabajo no se limitan a las generadas por su ceguera, sino también a sus horarios: cumple varias jornadas de entrenamiento semanales, junto al resto de Los Murciélagos, en el Cenard. Donde, además, casi nunca entrenan sobre césped sintético: lo hacen sobre cemento, situación que los perjudica física y deportivamente.

Coqui habla despacio, parece introvertido pero amable. Le preguntamos si podemos hacer fotos en la terraza del hotel, responde que tiene que pedir permiso. Se lo dan. Ahí, el sol seca la ropa de algunos vecinos. “Hasta hoy nunca había subido“, cuenta. Pregunta cuánto mide la terraza y si es peligrosa. Lleva en sus manos medalla y trofeo por haber sido subcampeón y uno de los mejores en el Mundial de Japón 2014. “Nací en Nueva Esperanza, un pueblito que está a 220 kilómetros de la capital de Santiago del Estero –comienza a contar su historia–. Mucho monte... Eramos ocho hermanos. Empecé a jugar al fútbol a los 5 años. No teníamos pelota, pero la inventábamos con medias o con bolsas. Ya veía muy poquito, así que trataban de ponerle una bolsa suelta para que hiciera ruido y yo pudiera encontrarla“.

-¿Tus viejos viven allá todavía?
-Sí, están todos allá. Los vi hace poquito. En Buenos Aires tengo sólo dos hermanos.

-¿Cuándo perdiste definitivamente la vista?
-Hasta los 11 años no me había visto ningún médico. En ese momento veía colores y, si las ponía muy cerca de los ojos, algunas cosas. Mis viejos vivían en el monte, no tenían idea, pero una prima que estaba en Tucumán me llevó a una universidad. Me dieron el diagnóstico (retinosis pigmentaria progresiva) y me dijeron que me iba a quedar ciego. En la escuela hacía todo de oído, no podía anotar nada. Llevaba un cuadernito de 12 hojas y duraba todo el año (sonríe).

Fui a una escuela normal hasta los 14 años, y a los 18 perdí lo poco que me quedaba. Fue muy difícil. Todo fue muy difícil. Aprendí un poco de guitarra, pero mis viejos no podían comprarme una y tuve que dejar. Fueron años de muchas preguntas. Sentí que mis amigos iban haciendo su vida, y yo no. Fue un momento de mucha soledad. Decía: “¿Ahora qué hago?”. Hasta ese momento había disfrutado, había jugado mucho al fútbol, me sentía integrado.

-¿Por qué a los 25 años decidiste venir a Buenos Aires?
-Después de la soledad, de pasar un duelo, de entender que había cosas que ya no podía hacer, tenía muchas preguntas y pocas respuestas. A los 25, mi hermano, que se había ido a vivir a Isidro Casanova, me dijo “vamos a Buenos Aires, allá vas a tener más oportunidades”. Y yo decía “nunca”. Porque a Buenos Aires, en la tele y en la radio, la mostraban como un monstruo, siempre pasaba algo malo. Yo ni siquiera conocía la capital de Santiago. Pero me insistió tanto que el 5 de marzo de 2005 decidí venir, con mucho miedo. Acá conseguí el certificado de discapacidad, porque en mi provincia no lo daban. Vivía un poco encerrado, pero Buenos Aires me gustó. Yo no sabía lo que era un bastón, una rehabilitación, el braille...

Coqui Padilla muestra su camiseta con orgullo. Recién a los 30 años debutó en Los Murciélagos.

-¿Cómo te manejabas antes, sin bastón?
-Mi pueblo era tan chiquito que conocía todos los lugares mentalmente. Si a la noche estaba en la ruta y me perdía, escuchaba un gallo o ladrar algún perro y me ubicaba, reconocía mi casa. No tenía idea de lo que era un bastón... Y acá, en Buenos Aires, le decía a mi hermano: “¿Cómo puede manejarse un ciego en la ciudad, cómo para un colectivo, cómo sabe qué número es?”. Pero salí a la calle y aprendí. A partir de mi primer viaje solo, que fue a Capital, cambió mi vida. Conseguí lo que, para mí, es lo más importante que puede tener un ser humano: la independencia. Empecé a buscar escuelas solo, llegué a la 504 de San Martín y enseguida aprendí braille. ¡Y aprendí a usar la computadora! Yo no sabía que había computadora con sistema para ciegos. Me queda una cuenta pendiente, que es terminar la escuela primaria.

-¿Cuándo volviste a jugar al fútbol?
-A los 27 años. Me lo muestran en el Instituto Nacional de ciegos de San Isidro. Para mí era una locura, pero era otro desafío más. Empecé a mover la pelota y a jugar en la Liga Nacional para ciegos. Fue una lucha muy grande para mí. Mi gran problema siempre fue, y todavía es, la vivienda. No tenía dónde vivir. Al principio vivía con una tía, pero después ya no me pudo tener más con ella. Viví en muchos lugares, en Tigre, en San Martín, en San Miguel, viví en casas de amigos, de conocidos, en iglesias... Todo lo viví porque quería ser independiente. Quería ser yo. Si hubiera seguido en Santiago, todavía sería el pobre chico ciego, al que siempre le dan todo, el consentido, porque era el único ciego del pueblo.

En 2006, Los Murciélagos fueron campeones del mundo en el Cenard. Uno de los que estuvo en las tribunas, llorando de emoción, fue Coqui. “Fui con mis compañeros de la Escuela 504 y también con Naty, mi actual mujer –recuerda–. Había alrededor de 5000 personas en la final, sufrí, lloré y, cuando Silvio Velo hizo el gol, explotamos. Después, bajé y abracé a varios. ¡Era gente ciega que estaba haciendo fútbol! Me parecía impresionante”.

-Llegaste a Los Murciélagos en 2009, cuando ya tenías 30 años.
-Sí. Martín Demonte, el técnico de mi club, llegó a la Selección y me dijo que me iba a convocar. No podía creer que estaba jugando con los mejores del mundo. El cuerpo técnico me hablaba de las mancuernas, las camillas de cuádriceps, y yo no sabía lo que era un gimnasio (sonríe). Todavía me cargan con una frase mía, porque siempre decía: “¡No entiendo nada, m'hijo!”. Ese año quedé en el plantel de la Copa América. Lo viví desde el banco, pero fuimos subcampeones. En 2010 tuve una pubalgia que me dejó afuera del Mundial, en el que el equipo fue 7º: un dolor grande para todos. Y en julio nació mi hija. Muchas situaciones especiales.

Su hija, Milagros Belén, y su mujer sufren el mismo problema en la vista: cataratas congénitas. Naty tiene la visión muy reducida; Milagros ve solamente con uno de sus ojos. Entre las visitas a los hospitales, porque su hija atravesó seis operaciones, Coqui fue ganándose un lugar con Los Murciélagos titulares en cada entrenamiento.

-En 2011 viajás por primera vez en avión, para jugar un torneo en España.
-¡Nunca me imaginé en un avión! (risas) Me cargaban por mi cara de miedo. Cuando llegamos al hotel, me metí en la habitación y me puse a llorar, porque empecé a pensar en todo lo que me había pasado hasta ahí... Ya sabía que iba como número 2 de la Selección, un puesto muy importante porque hay que hablar mucho, amplificar lo que el arquero dice. Y el día de mi debut como titular empecé muy nervioso, el 9 de Italia me pasó como cinco veces y me sacaron a los 5 minutos. El ayudante del cuerpo técnico me decía “tranquilo, hacé lo mismo que entrenamos siempre”. Volví a entrar, gané la primera pelota y, a partir de ahí, nunca más salí.

-¿Qué recuerdos tenés de los Parapanamericanos 2011 y de los Paralímpicos 2012?
-En los Parapanamericanos de Guadalajara perdimos la final contra Brasil cuando no faltaba nada, apenas segundos. El técnico me probó de volante, de 5, y también rendí. Y a los Paralímpicos de Londres llegamos muy bien físicamente, pero nos tocó Brasil en la semifinal y perdimos por penales. Después, por la medalla de bronce, también nos ganaron en penales. Terminamos cuartos, pero no nos metieron goles en todo el torneo.

-En 2013 sorprendiste como goleador: metiste cuatro y fueron subcampeones en la Copa América que se jugó en la Argentina.
-A nivel personal, el 2013 fue un año lindo. Por primera vez salí campeón de la Liga Nacional con Unión Del Viso. Metí el gol de la final contra River, en Mendoza. Después me llamó Ricardinho, que para mí es el mejor jugador del mundo, y me contrataron para jugar la liga brasileña en su equipo (Agafuc); quedamos cuartos. Después vino la Copa América en Santa Fe, y me eligieron para ser la imagen del torneo, había fotos mías por todos lados. Y otra vez perdimos la final por penales, pero fue una linda copa.

-Llegamos al 2014, cuando son subcampeones del Mundial y te eligen como parte del equipo ideal del torneo.
-El Mundial era el objetivo principal y queríamos ser campeones. Yo venía de jugar por segunda vez en la liga de Brasil, donde había perdido la final, y después viajamos a Tokio para la copa. Estaban los doce mejores equipos del mundo, sabíamos que era difícil. El primer partido fue contra España, subcampeón en 2010, y tuve la suerte de hacer el gol de la victoria. Después vino Corea, y sumamos otro triunfo. En el tercero empatamos contra Alemania y quedamos primeros en el grupo. Nos tocó la semifinal contra España: tuvimos muchísimas chances, pero no la pudimos meter y pasamos a la final por penales. Por llegar a la final, nos clasificamos para los Paralímpicos 2016. Y nos tocó definir otra vez contra Brasil: me lesioné en el segundo tiempo del suplementario y ellos, sobre el final, consiguieron el gol. No se dio, pero dejamos a Argentina subcampeona del mundo. Cuando me eligieron entre los seis mejores jugadores del mundo fue increíble, muy gratificante, muy lindo. Y todo en mi primer Mundial.

Padilla disputa la pelota con el brasileño Alves, durante los Paraolímpicos 2012.

-¿Qué importancia tienen los Parapanemericanos 2015 para Los Murciélagos?
-Todo lo que juguemos tiene una importancia inmensa. Son en agosto, en Canadá, y los queremos ganar. Ya estamos entrenando de lunes a viernes en el Cenard para eso. Brasil es el principal candidato, pero Paraguay, Colombia, México y Uruguay también han crecido y buscarán el lugar que queda para los Paralímpicos 2016.

Después de una hora y media de entrevista, el tema de la vivienda vuelve a aparecer. “Qué bueno sería que cada deportista que representa al país tuviera un espacio para vivir –desea–. No que se lo regalen, pero que se lo den a pagar. Yo estuve con la Presidenta en 2012, le di una carta contándole mi problema, pero todavía estoy esperando“. Igual, Coqui es optimista, sonríe, disfruta de lo que le toca. “En mi familia todavía no pueden creer la dimensión que tomé... –se enorgullece–. Y... ¿la verdad? Yo tampoco”.

Fútbol para ciegos
Se juega en canchas de 20x40 metros, similares a las del fútbol sala, pero acondicionadas. La principal modificación es un vallado ubicado a los costados del campo de juego. Los equipos están integrados por cuatro jugadores ciegos y el arquero, que ve. Cada partido dura 50 minutos y, si hay necesidad de desempate, 10 minutos de tiempo suplementario. Los futbolistas se orientan con el ruido de la pelota (lleva un cascabel dentro) y con las indicaciones del arquero, del director técnico y de un asistente que se ubica detrás del arco rival. En la Argentina existe una Liga Nacional; y la Selección, apodada Los Murciélagos, es una de las más fuertes. Fue campeona del mundo en 2002 y 2006; y obtuvo medalla de plata en los Juegos Paralímpicos de Atenas 2004, y de bronce en Beijing 2008.

Por Martín Estévez/ Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de abril de 2015 de El Gráfico

Por Martín Estévez: 12/05/2015

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