PERSONAJES

Gracias, maestro Ricardo Orcasitas

- por Elías Perugino: 27/04/2015 -

El corazón de El Gráfico llora la partida de O.R.O., uno de los máximos símbolos de su historia. Alma de la revista durante 46 años y faro de varias generaciones de periodistas, dignificó la profesión como pocos y sembró bondad entre todos quienes lo conocieron.

Entre la máquina de escribir y la computadora. Un puente que Orcasitas atravesó en la redacción de El Gráfico.

El novato de la redacción solía recibir la pregunta envuelto en una mueca de sorpresa. Serio, solemne, con esa voz de cadencia tan peculiar, Osvaldo descerrajaba su inquietud como si ya relamiera el final del sketch.

-¿Quién fue campeón del mundo en México 86? -preguntaba con énfasis, fingiendo ignorancia.

-¡Argentina! -exclamaba con certeza y una pizca de incredulidad el novato, tiñendo su respuesta de una entonación que bien podría traducirse como “¿quién no sabe esta pavada?”.

Entonces Osvaldo –redobladamente serio, redobladamente solemne, los músculos faciales imperturbables– remataba su faena con el tempo de los grandes actores de Broadway.

-Andá al archivo y chequealo.

Esa era una de sus risueñas maneras de inculcar que “la memoria no existe”. Que “el archivo no muerde”. Que ni lo obvio era un atajo para escaparle al rigor profesional.

Entrevista a Manu Ginóbili en 2004, luego de que el ídolo argentino conquistara el oro olímpico en los Juegos de Atenas.

Osvaldo Ricardo Orcasitas fue el inmenso maestro de tres generaciones de periodistas de El Gráfico. Un tipo irrepetible, noble, intachable, transparente como el agua, generoso hasta el infinito, sabio sin jactancia, justo como la Justicia, desprovisto de envidia, impregnado de un gigantesco espíritu altruista. Un apasionado del periodismo y del básquetbol, el deporte que amaba desde las vísceras y que contribuyó a engrandecer junto a su amigo León Najnudel, con quien dio a luz la Liga Nacional, sin dudas el mayor y más eficiente proyecto federal de la historia del deporte argentino. Un hombre querible, entrañable, que apagó su llama el 19 de febrero para encender el fuego de la gratitud eterna en todos quienes crecieron bajo sus alas cálidas y protectoras.

Dice Silvia, su hermana, que Osvaldo ya era periodista a los 8 años, cuando en Mercedes –la ciudad correntina en la que había nacido hace 71 años– recortaba las fotos de la revista para darle vida a su propio periódico, Hinchada Juvenil, que editaba para su familia con la misma prolijidad que en 1968 luciría el currículum que le entregó a Héctor Vega Onesime para postularse como periodista de El Gráfico. Una página mecanografiada sin errores (por supuesto), firmada al pie, que ahora –como deberíamos haberlo sabido, aunque no lo sabíamos– encontramos dentro del sobre que contiene sus notas y sus fotos en el archivo… Porque así fue Osvaldo, maestro hasta después del último suspiro.

Onesime lo conectó con Juvenal, redactor jefe de Sport, el suplemento mensual de El Gráfico por aquellos tiempos. Y aunque en la carilla mecanografiada había explicitado su pasión por el básquetbol, Juvenal le encargó una nota de formato fijo, en la que un futbolista analizaba sus defectos y sus virtudes. Entonces, “Conigliaro frente a Conigliaro” fue el artículo bautismal de Orcasitas (Nº 48 de Sport, agosto de 1968).

Tan conformes quedaron en la redacción, que enseguida le encargaron para El Gráfico una nota de básquetbol, disciplina que había quedado a la deriva porque a Piri García lo habían ungido coordinador. Se público a página plena en la edición del 20 de agosto de 1968 (Nº 2550) con la volanta “La gran vocación de este Vélez” y el título “Dobles, dobles, dobles…”.

En 1989, la Asociación de Jugadores retiró en su honor la camiseta número 1 del Juego de las Estrellas.

Fue el punto de partida para una trayectoria que el propio Osvaldo, con absoluta precisión “orcasiteana”, desgranó hace un par de años, cuando se lo consultó para incluir su biografía en la galería de nombres ilustres que figura en la versión web de la revista. Con la naturalidad de quien reza un Padre Nuestro, transmitió la data dura e incontrastable. El 7 de enero de 1969 fue mencionado por primera vez en el staff como colaborador, el 25 de abril de 1972 quedó efectivizado como coordinador, el 22 de noviembre de 1977 pasó a secretario de redacción, el 19 de abril de 1983 lo elevaron a jefe de redacción y el 15 de junio de 1993 alcanzó su máximo cargo como director adjunto. Pero esa secuencia inobjetable no llega ni a los talones de lo que verdaderamente significó Osvaldo en la historia de la revista. Orcasitas fue, como bien definió Daniel Arcucci en un texto de despedida, “El Alma de El Gráfico”. El engranaje clave que fortificó un estilo de trabajar e irradió la mística.

La revista latía al ritmo que Osvaldo bombeaba desde su oficina de la redacción. Un sencillo bunker de hojas pautadas, marcadores de colores, teléfono Siemens y Olivetti marrón desde el que podía monitorear el mundo con más eficiencia que la NASA. Un cubículo de tres por dos donde también supo ser el titiritero de ese planeta paralelo que eran la redacción y el taller, la pauta y la “conciencia de cierre”, el vaivén de los enviados especiales y los tiempos inasibles de los corresponsales, el movimiento de los remises y la imprevisibilidad de los vuelos que llegaban a Ezeiza o Aeroparque con los rollos fotográficos de las coberturas.   

La revista era su vida. El sol que hacía girar la sustancia de su existencia. Todos sus horarios se subordinaban a las necesidades de producción de El Gráfico. Y eso incluía a los 365 días del año. Un enviado especial podía discar su número a cualquier hora desde cualquier hemisferio. No importaba si estaba en Tokio, Roma, Jujuy o Kuala Lumpur. Del otro lado aparecería la voz salvadora de Osvaldo con la palabra justa, con el consejo exacto, con la gestión imprescindible para desanudar el problema y allanar el camino para que la nota le llegara al lector como debía.

Detestaba la improvisación. Creía en la logística como puente para obtener la mejor historia, la cobertura más sorprendente. Y para eso fomentaba la interacción fluida entre todas las áreas: el periodista y el fotógrafo, ambos y el diseñador, los tres y el editor. En fin: documentarse para preguntar mejor, documentarse para fotografiar mejor, documentarse para diseñar mejor.

Perfeccionista a ultranza, corregía cada texto con minuciosidad quirúrgica. “Si tiene un error, no sirve”, sentenciaba. Y le dedicaba la misma concentración a la nota de tapa de Maradona y a la página de deporte y empresas. Nada se iba al taller sin que él lo hubiera leído. Y nada partía desde la editorial hacia la imprenta sin que él lo hubiera vuelto a leer.

Noviembre de 1982. Orcasitas expone en Bahía Blanca el proyecto de la Liga junto a León Najnudel y el periodista local Enrique Nocent.

Severo cuando debía, artesano de la ironía, apenas si solía bajar medianamente la guardia en las cenas posteriores al cierre, que duraban hasta la madrugada profunda en Pepito. Allí, mientras deglutía una carne acompañada con una ensalada con ingredientes cortados “bien juliana”, reía sin rienda, pletórico. Los más pibes ni siquiera podían amagar a pagar, Osvaldo cubría todo. Y antes de sumergirse en el taxi llamaba por teléfono para cerciorarse de que el proceso de producción de la revista seguía su curso. Entonces sí, enfilaba hacia su solitaria habitación en un hotel de Palermo, a pocas cuadras de su departamento, al que había transformado en archivo luego de atiborrarlo de recortes, revistas y libros.

En el básquetbol también dejó una huella indeleble. Fue el ladero incondicional de Najnudel en el sueño de la Liga. Recorrió el país predicando esa revolución y en cada una de sus columnas defendió el proyecto con fiereza y convicción. Y cuando el tiempo trajo los frutos de semejante siembra, el básquetbol argentino lo acarició con gestos que le detonaron el orgullo más intenso. La Asociación de Jugadores retiró en su honor la camiseta número 1 del Juego de las Estrellas. Y cuando la Asociación de Clubes impuso la credencial única, simbólicamente le otorgó la número 1.

Osvaldo sabía todo de todos. Y si detectaba que alguien debía surfear un problema personal, allí estaba él con su tabla de salvación. Así como era el eje de un enjambre de periodistas, también había tejido una frondosa red de contactos en el ambiente del básquetbol. Estaba al tanto del cadete que pintaba para seleccionable en un pueblito de Catamarca como de la manufactura de las zapatillas especiales para el Gigante González, unas canoas número 55 que Osvaldo gestionó personalmente ante Adidas cuando el jugador formoseño no encontraba con qué calzarse.

En primera fila, durante la cobertura de un Italia-Argentina en la localidad italiana de Rieti, el 24 de mayo de 1977.

Recorrió el país y buena parte del mundo con sus coberturas: 2 Juegos Olímpicos, 4 Campeonatos Mundiales, 1 Campeonato Mundial Juvenil, 3 Torneos de las Américas, 10 Campeonatos Sudamericanos, 22 Campeonatos Argentinos y 8 Campeonatos Argentinos Juveniles.

Un ACV feroz le hizo una zancadilla en 1998. Otro hubiera sucumbido, no Osvaldo. Se recuperó con la entereza que Hollywood le reserva a los superhéroes y volvió a la revista en otro rol, sin apartarse del oasis del básquetbol. No se dejó arrullar por las olas mansas de la edición mensual. Cada entrega de nota llevó su marca registrada: irreprochable, puntillosa, puntual. Y en su última internación, zambullido en la cama de la que jamás se levantaría, se preocupó más por ajustar el último texto que por esos riñones en tres cilindros que le exprimieron la vida. 

Los lectores de El Gráfico tienen que saber que el maestro que se fue atravesó con bondad y sabiduría la vida de decenas de periodistas, que abrevaron de su rigor profesional y disfrutaron de su don de gente.

Se llamaba Osvaldo Ricardo Orcasitas y desde agosto de 1968 hasta agosto de 2014 –nada menos que 46 años– firmó sus textos como O.R.O. “El primero que advirtió que mis iniciales formaban una palabra –refería Orcasitas– fue mi abuelo materno, Pedro Depiaggio. Cuando entregué esa primera nota en Sport, pretendía firmar con mis nombres completos y mi apellido. No toleraba que deformaran mi apellido, pese a que eran cuatro sílabas de simple escritura. Pero puso reparos Adolfo Imas, el prosecretario de redacción, quien editaba la nota. ‘Me parece complicado’, argumentó, y yo recién empezaba como para discutirle… La alternativa fueron las iniciales, porque quería conservar algo de mi esencia, y ahí me acordé de mi abuelo…”.

Las canchas de básquetbol eran su hábitat, tanto como la redacción de El Gráfico. Su partida deja un vacío inmenso.

Como siempre, una decisión acertada de Osvaldo. El maestro que se marchó, el hombre que nos guió, el amigo que ya extrañamos, fue una persona excepcional. Un ejemplar único. Un tipo de oro.

Por Elias Perugino/ Fotos: Archivos El Gráfico

Nota publicada en la edición de marzo de 2015 de El Gráfico

Por Elías Perugino: 27/04/2015

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