CONFIESO QUE HE APRENDIDO

Carlos Maglio, en primera persona

- por Darío Gurevich: 24/04/2015 -

Porteño, de 49 años, dirigió en Primera desde junio de 2004 hasta febrero de 2014. Trabaja con los árbitros extranjeros para AFA.

Al Flaco lo obligaron a colgar los botines el mes pasado. "Quería seguir hasta mitad de año", cuenta.

Nací en La Paternal, todos mis amigos, al igual que mi tío, eran hinchas de Argentinos. Diego Maradona es cinco años mayor que yo, y cuando se vino para el barrio, a Terrero y Lascano, yo tenía a un compañero de colegio que vivía a una cuadra de la casa de Diego. Entonces, todos jugábamos a la pelota sobre Lascano, frente al hotel alojamiento Los Lirios. Diego se agarraba a los más chiquitos para hacer partido contra los más grandotes. ¿Si ya era un marciano? Siempre lo fue.

Fui árbitro de casualidad. Había empezado a trabajar en seguros, y estaba un señor que cobraba las pólizas para la empresa y que era inspector de AFA. “Che, abre la inscripción para la escuela de árbitros en AFA. A vos que te gusta el fútbol, ¿por qué no te anotás?”, me preguntó. “Pero vos estás loco”, le contesté. “Dale, no seas gil. Mirá, vas a estar bien físicamente porque te vas a entrenar, vas a estar adentro de algo que te gusta, te pagan una vez que empezás a dirigir, y si no te gusta, te pegás media vuelta y te vas”, me motivó. Entonces, lo hablé con mi viejo, que es futbolero como mi familia, y me respondió: “No sé, esa es una locura tuya”. Bueno, me anoté e hice toda la carrera al empezar como juez de línea y dirigiendo fútbol infantil, de mujeres, futsal… Me gustaba el futsal porque jugaban tipos grandes y se ponía picante, y te daba carácter, al igual que dirigir en las ligas del interior.   

Mi carrera se la tengo que agradecer a tres tipos: Claudio Busca, que se la pasaba sábados y domingos viendo árbitros en cada cancha y no por televisión, y a Abel Gnecco y a Humberto Dellacasa. Ellos me ayudaron mucho. Y Juan Bava era un referente, por estampa, personalidad y hasta por similitudes físicas.

No me bancaba el insulto del público, al principio. “Al primero que me puteé lo agarro del cuello”, le avisé a Busca, que me respondió: “Cuando te puteen en la cancha de Boca, ¿qué vas a hacer? ¿Te vas a pelear con todos?”. “No, pero hasta que llegue a la Bombonera, ya me habré peleado con unos cuantos”, le contesté. Bueno, y en el primer partido que hago en GEBA, fui a encarar a un tipo… Yo no tenía el profesionalismo adentro, tenía 23 años… Y arranqué para donde estaba el tipo, y Busca, gritándome: “Venga para acá, venga para acá”. Mis compañeros me vinieron a buscar y me llevaron. “¿Usted está loco? –empezó Busca–. ¿Sabe cuántas puteadas me comí yo? Si le gusta esto, no lo puede hacer”. Y eso me quedó. Mirá cómo son las cosas que después cambié de parecer: cuanto más me puteaban, más me gustaba. 

Los primeros 50 partidos en Primera A son para sufrir, porque no te conocen, te tenés que ubicar y no le tenés que errar. Después, sí: empezás a disfrutar del buen juego adentro de la cancha, porque ya te conocen, y los jugadores te van dando libertades; uno también se toma otras libertades, como dar una ley de ventaja complicada, como darle fluidez al juego. Cuanta más confianza agarrás, más te soltás. Pero, al principio, no arriesgás para no pifiarle. Igual, si cobraba mal un córner, le decía al jugador que protestaba: “Disculpame, me equivoqué”. Y hay muchos que se lo tomaban muy bien, porque sos honesto. A medida que pasa el tiempo, te miran y ya saben si te equivocaste o no por la cara que pusiste.

Diálogos copados tuve muchos. Una vez, en un Independiente-Racing, con Gallego de un lado y Russo del otro. “Este se te mete adentro de la cancha y no le decís nada”, me cantó el Tolo. “Miguel, dijo el Tolo que no camines por la cancha”, le advertí a Russo. “Pero mirá el Gordo cómo está, sólo le falta ir a cabecear”, me retrucó Miguel. “Pero si este no cabeceaba ni cuando jugaba…”, le contesté. Y nos reíamos entre los tres. También, me pasó de reírme junto a Buonanotte: me protestó mal y se pensó que me iba a enojar. “Escuchame, no vengas a abusar del físico acá”, lo cargué, con ironía.

Coco Basile dirigía a Colón y me había pedido un penal en la cancha de Arsenal. Era mi tercer o cuarto partido en Primera. Bueno, después del partido, le dije: “Nunca lo escuché quejarse públicamente de un árbitro”. “Vos estás loco, pibe –me contestó–. Ustedes se cuentan todo, son como las chicas. ¿Qué querés, que me maten?”. Fijate el concepto de códigos que tiene el tipo.

Riquelme, un fenómeno. Román era un jugador extraordinario y muy respetuoso con nosotros, conmigo nunca un problema. Una vuelta le corté una posibilidad de ley de ventaja, y quedaba sólo un compañero de él. “No, mirá lo que me cortás”, protesta. “No te quejés que ahora la metés –le aviso–. Ponela acá, yo te pongo la barrera donde corresponde, y después es gol”. Pateó el tiro libre y lo hizo. Cuando me pasa por al lado, me dice: “¿Mañana qué número sale?”. Fue divertido (risas).

A Almeyda lo calmé, cuando fui el cuarto árbitro en el Boca-River que Patricio Loustau lo expulsó en la Bombonera. “Matías, ya está: te echaron, tu equipo pierde, faltan cinco minutos, y te necesitan para lo que viene. ¿Te vas a buscar más fechas, más problemas?”, le dije en pleno campo de juego. Ahí me entendió, y logré sacarlo de la zona de conflicto. Después, los jugadores te agradecen esa actitud. Igual, yo también le debo agradecer a Matías por aquella vez. “Flaco, yo me voy. Pero haceme un favor: cuando llegue al túnel, date vuelta”, me pidió. ¿Qué le iba a decir? ¿No lo iba a dejar descargarse? Si lo estaban recontra puteando. Esto es ida y vuelta.

Con el Kily González, casi terminamos mal, casi nos vamos a las manos. Central le ganaba 1-0 a Lanús en Rosario, y el Kily me elogiaba: “Flaco, sos un fenómeno…”. “Vos, jugá tranquilo, que si me equivoco, no me vas a decir más que soy un fenómeno”, le devolví. Bueno, Lanús se lo empata y se lo gana, y pasé a ser un desastre para el Kily, que se había perdido tres goles abajo del arco. Y empezó que yo era un desastre, que no le cobraba una, que esto, que lo otro. Entonces, lo agarré ahí, en medio del partido, y arranqué con la charla…

-Fenómeno, vení. Vos jugaste en todos lados: en Europa, en la Selección… ¿Todavía no aprendiste que va por adentro de los tres palos? Por arriba es rugby.

-¿Sos canchero? ¿Sos guapo?

-No, pero los dos solos, afuera, vamos a ver quién es más hombre.

-Cuando quieras, donde quieras…

-No hay ningún problema…

Para peor, Fabbiani, que no se podía mover por una pubalgia, definió bárbaro, Lanús ganó sobre la hora 3-2, y el Gordo le tiró al Kily después del gol: “Viste, viejito, te dije que te iba a hacer un gol”. Ahí pensé: “Acá, se arma la hecatombe”. Pero, cuando le pusieron un micrófono al Kily tras el partido, declaró: “¿Qué pasó con el árbitro? Absolutamente nada”. A partir de ahí, cada vez que nos veíamos, nos abrazábamos y nos dábamos un beso. “Vos tuviste códigos”, lo encaré. “Flaco, si vos no dijiste nada, yo no voy a decir nada; se terminó adentro de la cancha”, me contestó. Hoy, esto no te pasa.

Lucchetti y Verón, atentos al sorteo.

Tengo un montón de alcahuetes gratis. Eso se los decía a los jugadores, porque me molesta la vigilanteada. Antes era una mariconeada pedir una tarjeta, hoy parece que es sacar una ventaja. Esto me molesta mucho a mí y al 90 por ciento de los árbitros, como también que levanten los brazos y te expongan. “Muchachos, si tienen que decir algo, que sea por abajo, cortita, que yo les voy a responder de la misma manera”, aconsejo.  

Jamás cobré demasiadas cosas. Prefería darle continuidad al juego, arriesgaba. A ver, si yo le doy un silbato a cualquiera para dirigir, y supongamos que el tipo cobra todo, dirigirá fenómeno. Pero les va a dejar como un bombo la cabeza a los jugadores y a la gente. Entonces, así dirige cualquiera. Ahora, arriesgá, interpretá, poné el potrero a disposición del juego, cuidá al habilidoso, y dale continuidad al partido. Cuanta más fluidez hay, menos conflictos tenés.

El Belgrano-Boca, de agosto de 2013, me trajo muchos problemas: me amenazaron de muerte al llamarme a mí, a mi señora y a mis hijos. Yo me equivoqué en todos los partidos que dirigí y disputé como 300 en Primera. Pero el lío surge cuando le pifiás en el área, y no en la mitad de la cancha. En ese partido, me recriminaron dos goles y dos penales a favor de Belgrano. Bueno, ninguno de los goles fueron míos, sino del asistente. Respecto a los penales, uno fue por una mano en la que Marín, de Boca, levantó el brazo para cubrirse. Por cómo estaba el ambiente, si lo cobraba, nadie decía nada. Pero el otro no existió: Carrera se tiró. Como se trataba de Boca, y encima Cata Díaz metió el segundo gol y definió el partido, se armó revuelo. “Te están puteando un poquito”, me dijo Román cuando salimos para el segundo tiempo. “Si te insultan a vos, ¿no lo van a hacer conmigo?”, le respondí.

Nunca me quisieron sobornar. Sí había allegados a clubes que me decían: “¿Cuándo nos vas a dar una mano?”. “Muchachos: la mano me la tienen que dar ustedes”, les retrucaba. Entonces, lo que les expresaba era que si ellos no hacían las cosas bien en la cancha, yo no podía hacer nada, no tenía la culpa.

“Los jugadores te quieren cagar siempre”, me repetía un ex compañero. Yo nunca fui enemigo de los futbolistas, jamás. Por ahí, tampoco eran amigos… Entendí que ellos hacen lo suyo; los dirigentes, su trabajo, y nosotros, los árbitros, lo nuestro; así como también comprendí que no soy ni más ni menos que un árbitro, y para eso me ayudó mucho tener otro trabajo. Si bien los domingos mandaba en la cancha, el lunes bajaba porque en la empresa de seguros en la que trabajo tengo gente arriba. De todos modos, en el fútbol, los protagonistas son los jugadores. Cuando nosotros nos retiramos, pasamos a ser DNI número tal, y queda ahí.

Otro registro que regala el álbum persona del Flaco. Aqui, en 2008, en la foto de rigor antes de jugar un Lanús-Tigre .Bossio y Galmarini, los capitanes.

El retiro es algo que nunca creés que va a llegar. Aunque estoy bien, tal vez empiece a extrañar en unos meses. Seguramente, les dedicaré más tiempo a mis cuatro hijos. ¿Sabés todo lo que me perdí? Los sábados, por ejemplo, dirigía en la C y después, a las 11 de la noche, me iba para Plaza Once y me subían a una combi para dirigir en las ligas del interior, y volvía el lunes a las 4 de la mañana. “Estás loco”, me decía mi señora. “Negra, cuando el lunes todos arrancan con deudas, nosotros empezamos con 400 pesos en el bolsillo”, respondía.

La única bronca que me queda es no haber seguido en actividad hasta mitad de año, que era lo que había pedido en AFA. Si bien estoy en edad para retirarme, tenía ganas de continuar seis meses más. Contrariamente a lo que todos creían, quería dirigir mucho en el interior del país para despedirme de tanta gente que me trató espectacular. Conocí lugares increíbles como el Chocón, Cipolletti, que ni de casualidad hubiese ido por mi cuenta. 

Me faltó haber sido árbitro internacional. No lo logré porque subí a Primera con 38 años, y a los pocos meses la FIFA decidió bajar el límite de edad de 40 a 38 años, y me quedé afuera. Si lo hubiera logrado, habría disfrutado mucho, habría dirigido mucho, porque el fútbol argentino es el más difícil de todos. Me tocó dirigir a extranjeros en la Argentina y son muy respetuosos.

No insulten a un jugador. Eso les aconsejo a los más chicos. Si insultás, y después el jugador te putea y lo echás, dejás la autoridad para ser autoritario, por no decir otra palabra. Si querés que te respeten, respetalos. Y si te equivocás, disculpate. Me pasó con Tito Ramírez, que lo expulsé mal por doble amarrilla y lo aclaré en el informe. El ambiente se sorprendió, porque no era común que un árbitro admitiera su error. En cambio, sólo me ocurrió una vez en 26 años de arbitraje que un jugador reconociera adentro de la cancha que me quiso engañar: Enzo Pérez se tiró en el área, todos pidieron penal desaforadamente, los periodistas pegaron saltos mortales, y el tipo se levantó, me dio la mano y me dijo: “Me tiré”.

¿Si podré blanquear de qué cuadro soy? Sí, soy hincha de San Lorenzo, toda mi vida lo fui por un legado familiar. Mí tío-abuelo, Juan Maglio, había jugado en el club durante el amateurismo. Igualmente, cuando Argentinos salió campeón del Metropolitano 84 en cancha de Ferro, estuve en la popular. De hecho, salí en una foto publicada en El Gráfico, previo al quilombo, y mi viejo me quería matar porque yo era uno de los que aguantaba el alambrado para que los muchachos de la hinchada se metieran en la cancha. Y con ellos, con los pibes, estaba todo bien, si trabajaban conmigo…

Padre de cuatro hijos, ahora le dedicará a su familia los fines de semana que antes le quitaba el arbitraje.

Relaciones públicas con los árbitros que vienen del exterior para dirigir por competencias internacionales. Esa es la tarea que empecé a desarrollar hace días para AFA, junto a Mastrángelo. Es una actividad linda, porque seguís en el ambiente y te quieren todos (risas). Trabajar con árbitros es difícil, porque son ególatras, y todos se creen que están preparados para dirigir la final del mundo, pero en realidad no todos lo están.

Yo cumplía. Difícilmente iba a dirigir para 3 o 10 puntos, sí lo hacía para 6 o 7. Siempre seguí el consejo de mi viejo e intentaba pasar lo más inadvertido posible. Igual, mi viejo se acordó tarde, porque mido como 2 metros (se ríe muchísimo). Fuera de broma, trataba de que se generaran la menor cantidad de conflictos y de que los jugadores entendieran que el fútbol es un juego.

Por Dario Gurevich/ Fotos: Emiliano Lasalvia y Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de marzo de 2015 de El Gráfico

Por Darío Gurevich: 24/04/2015

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