Flashback

Tres historias de la selección de El Salvador

Una sangrienta clasificación al Mundial de México 1970, una terrible goleada en contra en España 1982 y un personaje místico como ídolo eterno. Tres pilares fundamentales de un pasado futbolístico poco fructífero pero muy curioso.

LA GUERRA DEL FÚTBOL

En la década del sesenta los gobiernos de El Salvador y de Honduras, ambos encabezados por facciones militares, le dieron forma a una escalada de violencia que puso en riesgo la estabilidad de la región. Con la cuestión del límite fronterizo de fondo, se trenzaron en constantes discusiones que fueron desde la industrialización del subcontinente centroamericano hasta la clasificación al Mundial de México 1970.

El momento más tenso de la disputa se vivió entre abril y julio de 1969, cuando una oleada de trabajadores rurales salvadoreños emigró, de manera ilegal, a Honduras buscando mejores condiciones laborales. Al principio, los hacendados hondureños recibieron con los brazos abiertos a esos foráneos que les aseguraban mano de obra barata, pero más temprano que tarde la sobrepoblación de jornaleros sin tierras y sin trabajo comenzó a ejercer presión sobre los terratenientes y sobre el gobierno. Las exigencias de la masa obrera, que se traducían en revueltas,  fueron sofocadas por el ejército hondureño, que expropió tierras de hacendados residentes e inició una persecución contra los inmigrantes ilegales. Las medidas también fueron llevadas a cabo por un grupo paramilitar llamado La Mancha Brava, que llegó a asesinar a una gran cantidad de salvadoreños, produciendo un éxodo masivo.  

En el medio del conflicto y de las negociaciones entre ambos gobiernos, El Salvador y Honduras definieron su pase al Mundial en las Eliminatorias. El primer partido se jugó el 6 de junio en Tegucigalpa y la selección hondureña se impuso 1-0. La revancha tuvo lugar en San Salvador el 15 de junio y El Salvador goleó 3-0. Igualados, debieron disputar un desempate en el Distrito Federal y el equipo salvadoreño se quedó con la victoria, por 3-2, y posteriormente con el pase a la Copa del Mundo. El desarrollo de los encuentros no fue particularmente violento, y el trato entre las selecciones fue incluso cordial, pero el contexto social y la influencia del periodismo, que azuzó las diferencias hasta el paroxismo, convirtieron a esos partidos en el pistoletazo de inicio de lo que luego se llamó, por iniciativa del reportero polaco Ryszard Kapuscinski, la Guerra del Fútbol, un enfrentamiento que duró cien horas entre el 14 y el 18 de julio y que dejó seis mil civiles muertos, además del recuerdo de una guerra anacrónica en la que ambos ejércitos usaron aviones obsoletos, de pistones y hélices, en el apogeo de los bombarderos a reacción.

Ese fue el marco en el que El Salvador consiguió su primera clasificación al Mundial, y con ella una guerra tragicómica que recién tendría su capítulo final en un heterodoxo armisticio firmado en 1980.

HISTORIA DE UN GOL

Los años de plomo del siglo XX salvadoreño recrudecieron en 1980 con una guerra civil que dejó un tendal de cien mil muertos. En torno a aquella barbarie, la única ostentación de regocijo que encontró El Salvador fue la clasificación de la selección al Mundial de España 1982, la segunda y, hasta ahora, última participación del equipo en una Copa del Mundo.

Los jugadores viajaron a España envueltos en una incertidumbre aterradora. Cuando abandonaron el país no sabían si los dejarían volver a entrar. Además, acumulaban más de seis meses sin cobrar sus sueldos, muchos tenían problemas alimenticios, eran tildados de guerrilleros por la prensa internacional y culpaban a los dirigentes de haberse adueñado del dinero con el que se llevaría a cabo la travesía ibérica. Hasta último momento se barajó la posibilidad de que la selección se bajara de la Copa del Mundo, pero merced de la colaboración económica de empresas internacionales como McDonald’s, el equipo confirmó su participación.

El debut en el Grupo C fue la catástrofe y también el mito. Aquella noche, El Salvador perdió 10-1 con Hungría, pero esa solitaria conquista de Luis Ramírez Zapata se convirtió en un motivo de orgullo para el pueblo salvadoreño. En 2010, incluso, se filmó un documental sobre ese tanto que se llamó Uno, la historia de un gol y que desempolva el periplo del equipo, desde la clasificación hasta la eliminación en primera ronda. El Salvador finalizó último en su zona, pero al menos logró atenuar la hemorragia inicial. Contra Bélgica, una potencia de la época, perdió 1-0 y ante Argentina, campeón defensor, cayó 2-0.

El saldo final de esa participación fue un diario de supervivencia. Un recorrido extraño que, increíblemente, convirtió en héroes a los sufridos protagonistas de la goleada más abultada de los mundiales. Fue la historia de un gol.

MÁGICO

En Centroamérica, territorio de mitologías y paganismos por excelencia, el único Dios indiscutible fue, durante mucho tiempo, Jorge Alberto González Barillas. El Mágico, un enganche de medias bajas y andar cansino que puso a su país en el mapa brillando en el Cádiz español y acumuló anécdotas pintorescas que lo retratan de cuerpo entero.

En 1984 estuvo a punto de jugar en el Barcelona y de compartir equipo con Diego Maradona, pero su displicencia le jugó una mala pasada. La historia oficial cuenta que su puerta de ingreso al club fue un partido por el Trofeo Ramón de Carranza entre el Cádiz y el conjunto blaugrana, en el que el Mágico, adepto a las fiestas y a las largas siestas, llegó tarde a firmar la planilla y recién pudo ingresar en el entretiempo, cuando su equipo ya perdía 3-0. En el complemento, convirtió dos goles y sirvió dos asistencias para que los gaditanos dieran vuelta el encuentro y ganen 4-3 para quedarse con la copa. Los dirigentes del Barcelona, encantados con su juego, le ofrecieron probarlo durante una gira por Estados Unidos, pero todos los infiernos se desataron cuando alguien activó, a modo de chiste, la alarma anti-incendios del hotel en el que estaba alojado el plantel y una vez hecho el recuento de la evacuación se confirmó que estaban todos los jugadores salvo el Mágico. El temor se hizo presente y los bomberos se movilizaron hasta su habitación, a donde estaba el jugador con una rubia despampanante muy entretenido. “¿Ven? Para mí también había sido un chiste y por eso ni me preocupé”, afirmó. Fue su último día como posible futbolista del Barcelona.

En Cádiz, a donde vivió sus mejores tardes en la Liga española, los dirigentes llegaron a asignarle un empleado del club pura y exclusivamente para que se encargase de despertarlo para ir a los entrenamientos matutinos. También contrataron un detective para que siguiese sus pasos y logró que terminase tomando unas copas con él en un bar. Los dirigentes, indignados, quisieron despedir a los dos.

El Mágico González. El mejor futbolista nacido en Centroamérica y un pintoresco personaje acorde a su tierra. Un ídolo fuera de tiempo. 

Por Matías Rodríguez

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