CONFIESO QUE HE APRENDIDO

Ricardo Rezza, en primera persona

- por Darío Gurevich: 13/03/2015 -

66 años. Comenzó como técnico en los 80. Condujo a 16 equipos, y consiguió seis ascensos con cuatro clubes: Gimnasia y Tiro, Belgrano, Villa San Carlos y Temperley. Vuelve a la A tras 15 años y tres meses.

Logró tres ascensos en las dos últimas temporadas y media en la Argentina. Ahora es el técnico más longevo en la A.

Empecé como entrenador mientras era jugador. A los 26 años en Salamanca, entrenaba a un equipo de fútbol infantil. A partir de ahí, realicé los cursos para técnico juvenil y regional, porque sabía que tenía un lugar para insertarme cuando me retirara. Y dejé a los 32 años a raíz de una lesión, que fue cuando hice inmediatamente el curso de entrenador nacional, junto a Angel Cappa, en Sevilla. Arranqué a entrenar al Sporting Atlético en los 80, filial del Sporting de Gijón, que estaba dos categorías más abajo, como si fuera la B Metropolitana de la Argentina. Nutrí al primer equipo y me fue bien. 

Mi padre, Bartolomé, que jugó de manera amateur, fue mi primera influencia. Pero tuve entrenadores muy buenos y los aproveché, como Beto Infante, Juan Carlos Lorenzo, el chileno Prieto, Miguel Ignomiriello, los españoles Vicente Miera y José García Traid, y destaco también, pese a que lo tuve poco, a Osvaldo Zubeldía. Me acuerdo de que cuando jugaba en España, me trajo en mano y firmado el libro que escribió junto a Argentino Geronazzo, llamado Táctica y estrategia del fútbol. Si hojearas ese libro hoy, podrías preparar a cualquier equipo. En definitiva y retomando lo anterior, yo saqué un poco de todos los entrenadores que tuve, aunque no intenté copiar a ninguno.

Sentando, mientras dirigía a Belgrano, otro al que llevó a la A, en 1998.

Villarino, un equipo de Chivilcoy que jugaba un torneo amateur que ganamos, fue el primero que dirigí en la Argentina, en 1986. Después, debuté en Gimnasia y Esgrima La Plata en Primera, y seguí por Salamanca, San Lorenzo, Gimnasia y Tiro, Platense, Banfield, Sporting de Gijón, Colón, Belgrano, Quilmes, Argentinos, Chicago, Instituto, Defensa y Justicia, Villa San Carlos y Temperley. ¿Qué mantuve en todos los equipos? Un aspecto fundamental: la relación con mis colaboradores y la gente del club.

No todo lo estricto sirve para mantener la disciplina, porque eso se puede lograr de otro modo. Cuando me contratan para dirigir al Salamanca en el 90, me dan un reglamento para leer. “Si aplico esto, pierdo a los jugadores en vez de ganármelos”, le dije a un directivo. Muchos dirigentes creen que se sacan mejores resultados al meter mano dura, y nada que ver. 

Increíble, se suspendió un partido porque no devolvieron las pelotas. Fue en un San Lorenzo-Vélez, yo dirigía a San Lorenzo, y en ese momento, en el 90, sólo ponían tres pelotas. La gente no devolvió la primera, tampoco la segunda, y Bava lo terminó a la tercera. Hoy, sería impensado; lo cuento y no me lo creen.

La génesis del entrenador que se proyectaba en Sporting de Gijón en 1979.

Defensivo, ese es el rótulo que me pusieron algunas veces. Si soy así porque juego siempre con línea de cuatro, está bien: soy defensivo. Porque los mejores equipos del mundo jugaron y juegan así. A mí me gusta que mis equipos tengan decisión en las áreas, para defender o atacar, más allá de que el que domina el centro del campo manda en el juego.

Logré seis ascensos con cuatro equipos distintos: Gimnasia y Tiro, a la A en 1993 y 1997, Belgrano, a la A en 1998, Villa San Carlos, a la B Nacional en 2013, y Temperley, a la B Nacional y a la A en 2014. Pero quiero destacar a los jugadores, porque tuve la suerte de conducirlos y elegirlos. ¿Qué me llevo de cada uno? En Gimnasia y Tiro, no sólo comprometí a la gente que acompañaba al equipo, sino a todo el fútbol de Salta. Entonces, teníamos buenos jugadores de la zona, potenciados por algunos que traíamos, y los convencí de que se podía porque también había una localía fuerte. Y estas mismas últimas dos cosas me pasaron en Temperley. De Belgrano, recuerdo la experiencia de Chiche Sosa, Villareal, Luifa Artime, y aprovechamos esa experiencia porque el equipo se recuperó luego de haber perdido una final contra Talleres y ascender en el reducido. Y en Villa San Carlos, los jugadores tenían un compromiso tremendo para con el club, con ese equipo de barrio. 

Siempre se puede dar más, esa es una de mis frases. Pero, bueno, si tuviera que elegir el ascenso más impensado, diría que fue el primero que conseguí con Temperley, de la B Metropolitana a la B Nacional en 2014, porque el objetivo inmediato no era el ascenso. Por suerte, nos clasificamos al reducido, le ganamos la final a Platense por penales y saldé la deuda que tenía con el club, porque no me había ido bien como manager. Pero no se dio de casualidad, crecimos mucho. Para pelear arriba teníamos que ser un equipo ordenado, que aprovechara las situaciones de gol, que no cometiera errores graves, y al que no le sacaran tantas tarjetas, una de las primeras cosas que corregimos. Y lo logramos. Después, mantuvimos la base, el bloque en cuanto a la organización de juego al empezar por la defensa, y apostamos a la localía porque los rivales eran superiores, y ascendimos a Primera después de 27 años.

El prólogo de su primer ascenso en Gimnasia y Tiro de Salta en 1993.

La conducción es clave, al igual que la llegada a los futbolistas para obtener lo que sea. Es decir, contarles a los jugadores lo que podemos hacer, de verdad, y no mentirles; y ser justos con ellos también resulta importante, porque juega el que está mejor.

Mi espina es haber perdido tres finales para ascender con Quilmes en 2000. Encima, después de haber caído ante Belgrano en la última chance, nos encontramos en el aeropuerto de Córdoba con el plantel de Almagro, que había ascendido. Nosotros llorábamos y ellos festejaban. Cuando llegamos a Buenos Aires, cargué a mi familia en el auto y creo que me fui para Olavarría… Ni sé dónde terminamos.

Eso de tener peso en la AFA para que te arreglen los árbitros es un verso, una tontería… Acá si no tenés equipo, si no hacés las cosas bien adentro de la cancha, no llegás a nada. Mirá, a veces ni sé qué árbitro nos dirige. No es que me entero siempre en la cancha, por ahí me fijo antes, pero no estoy pendiente, porque lo que me obsesiona es saber quiénes juegan para el rival. 

La experiencia en San Lorenzo, el único grande que dirigió, en 1990/91.

No sé si el futbol me quitó la sonrisa, pudo haber sido la responsabilidad. Yo era un tipo que sonreía siempre en las fotos, pero luego, al avanzar en mi carrera como entrenador, fui perdiendo eso de manera natural.

Volver a dirigir en la A tras poco más de 15 años y ser el técnico más viejo de los que están en Primera marcan que no me dormí, porque seguí trabajando y perfeccionándome. Tuve ofrecimientos de equipos de Primera del exterior durante ese tiempo, pero no me quise ir del país. Sin dudas, fue un aprendizaje porque conocí a más jugadores y entrenadores en la B Nacional y en la B Metropolitana, y no resultó un desmérito. De hecho, cuando dirigía en la B Metropolitana, me sentía como si estuviera en una categoría superior. Ahora, tengo la posibilidad con un equipo modesto de revalidar esto, porque siempre te preparás para un objetivo grande.

Se prepara distinto a un equipo, Temperley en este caso, para jugar en la Tercera o en la Primera División del fútbol argentino, porque cambian los detalles vinculados a la estrategia, a la movilidad, porque tenés que equipararte a nivel físico, y a la técnica, porque el margen de error se achica. O sea: sería una complicación perder pelotas en defensa como también desaprovechar las oportunidades de gol. Acá está lo finito de terminar bien la jugada. Por eso, ahora, los muchachos deberán hacer un curso acelerado. Si eso lo agarramos todos, seremos un equipo difícil. El objetivo es hacer un buen torneo, que hablen bien del equipo, y mantener la categoría. Hoy, Temperley tiene más de lo que quería. Pero no por eso vamos a dejar de defender lo logrado, al contrario. Y el club también está enganchado con esto. 

Su inicio en Primera, en Gimnasia y Esgrima La Plata, a fines de los 80.

Perfeccionarse mucho, ese es mi consejo para los entrenadores jóvenes, porque el conocimiento resulta fundamental. Hoy, hasta hay cursos que hacen a la parte de psicología, que son de manejo de grupo, de coaching. Además, les diría que los técnicos no debemos renunciar a mostrarle al grupo que una idea se puede llevar a cabo, y que se la trabaja porque no sólo es decirla, sino entrenarla. Y, por otro lado, tenemos que respaldar a nuestros equipos en las malas, debido a que sacamos cosas de una derrota. ¿Qué no hicimos? ¿Cómo nos convirtieron? ¿Por qué perdimos? Repasar eso con los jugadores para luego llevarlo al campo de juego también es una forma de aprender. Al fin y al cabo, tenemos una maquinaria arriba, la cabeza, que recibe datos. Cuantos más le des, habrá menos posibilidades de equivocarse.

Estoy preparado para ocupar otra función en el fútbol hace ocho o diez años. No pude desarrollarme como manager o director deportivo ni en Juventud Antoniana de Salta, ni en Temperley, ni en Gimnasia y Esgrima La Plata. Ninguna de las tres instituciones estaba preparada ni conocía las facetas que debe tener una persona para trabajar en ese cargo. Si lo que tenía que pasar por mí lo resolvían otros, se complicaba… No soy un muñeco como para poner la cara nomás. A mí me gusta trabajar desde mi rol para el club que me contrata.

El éxtasis por haber ascendido nuevamente a Gimnasia y Tiro de Salta, en 1997.

Si la experiencia no va acompañada de un conocimiento año tras año, mes tras mes, no sirve para mucho. Si puedo desplazarme bien, conservar una memoria lógica para dar una charla, para seguir ampliando mi conocimiento sobre casi todos los equipos, no tengo una fecha de vencimiento.

El fútbol me dio más de lo que imaginé, aunque le entregué todo. No sé lo que vendrá, pero no puedo pedir más.

 

Por Darío Gurevich. Fotos: Maxi Didari y Archivo El Gráfico

 

Nota publicada en la edición de febrero de 2015 de El Gráfico

Por Darío Gurevich: 13/03/2015

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