LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Julio Buffarini: "Soy un perfeccionista"

- por Darío Gurevich: 09/03/2015 -

Siempre se basó en pulir aspectos para avanzar. Desde chico se dedicó a mejorar su físico para ser futbolista, y aceptó cambiar de puesto dos veces, una ya en San Lorenzo, pese a su disconformidad. El recorrido de un tipo incansable que se hizo de abajo.

El título puede catalogarlo como soberbio, pero no lo es. Julio Buffarini, que hace años denotó un despliegue físico notable para realizar el ida y vuelta por la banda derecha en el fútbol argentino -debilidad de cualquier entrenador-, y que desde 2012 mantiene un nivel de bueno para arriba en San Lorenzo, sólo responde una simple pregunta, la primera de la entrevista, que envuelve el concepto que lo llevó, y aún lo lleva, a potenciarse.

A los 26 años es titular en San Lorenzo, donde pasó de zafar del descenso a ganar los únicos dos títulos de su carrera.

-¿Sos un perfeccionista o un talentoso?

-Soy un perfeccionista. Siempre traté de corregir los errores que veo o que me marcan en los entrenamientos y en los partidos para seguir mejorando.

Este cordobés de General Cabrera, de agosto del 88, ya sabía desde chico a qué le gustaría dedicarse cuando fuera grande. “Si querés jugar al fútbol, tenés que estar bien en lo físico”, le sugirió su padre, Julio. Ahí, entonces, apareció lo primero que Buffa perfeccionó: su lomo. “Lo charlamos con mis viejos, y a partir de los 11 años empecé a ir al gimnasio porque era chiquito, más que ahora, y debía ponerme más ancho. Como me gustó, iba con ganas. Además, estaba bien alimentado en casa. Desde ahí le tomé el gustito a entrenarme y después, en los diferentes clubes que jugué, me entrené por mi cuenta para seguir creciendo en lo físico, lo que me acercaría para lograr otras cosas. Por eso, salgo a correr habitualmente. Cuando vivía en Córdoba Capital, a 180 kilómetros de mi pueblo, corría por Parque Sarmiento, por los cuarteles y batallones. No sólo me encantaba, sino que también me diferenció, y me diferencia, del resto. Entonces, lo tengo que mantener”, argumenta.

-¿Tus padres te presionaron para intentar ser futbolista o no?

-No, desde los 7 años que mis viejos me acompañan en el fútbol, porque yo me sentía feliz cada vez que entraba a una cancha, y se los agradezco. Mi viejo jugó en la Primera de mi pueblo, y dicen que era un wing derecho rápido y bueno. De joven, se rompió la rodilla y nunca se operó. Por eso, cuando juega un ratito con nosotros, se le sale la rodilla de lugar y no le puedo poner puntaje (risas). Pero si es por los rumores, andaba bien. El tenía mi mismo sueño: llegar a Primera. Entonces, mi presente lo disfrutamos los dos.

-¿Cuál es tu primer recuerdo con una pelota?

-En el circuito rojo, como se le llama al lugar donde están las canchitas de fútbol en el pueblo. Ahí jugábamos, con mi viejo y mis amigos de la infancia, con una pelota amarilla que se volaba por el viento. Había que tener cuidado (risas).

-¿En qué club arrancaste a patear?

-Primero, jugué en Alianza a los 7 años, como decía; después, en Unión Deportiva, Ateneo y Dolores; pasé por todos los clubes en mi pueblo y lo más lindo que me acuerdo de aquella época es que mis papás, mis hermanas, mis tías y mis nonas estaban firmes en el alambrado los domingos para bancarme. Eso no me lo voy a olvidar más.

-¿Cómo continuaste?

-Después de haber empezado en el baby, cinco contra cinco, jugué en cancha grande, aunque lo hice poquito en mi pueblo. Se me dio la oportunidad de ir a Newell’s y no me adapté. Era chico, tenía 13 años, y no me sentía cómodo. Pasé de vivir en un pueblo de 15.000 habitantes a hacerlo solo en una ciudad como Rosario; extrañaba mucho y sufría. Entonces, estuve cuatro meses y me volví al pueblo. Necesitaba la contención de mis viejos. Al tiempito, me fui para Atalaya, un club de Córdoba que seleccionaba jugadores del interior del país y los llevaba a probarse a distintos equipos. Ahí, en cambio, me adapté rápido porque tenía como compañeros a vecinos del pueblo, uno era un primo y los otros, amigos de la infancia. Ellos duraron poco y regresaron, y yo me quedé hasta que pasé a Talleres.

-El registro sobre vos es como volante por derecha. ¿Siempre jugaste ahí?

-No, era doble cinco o enganche, en Newell’s y en Atalaya. Como corría mucho y tenía dinámica, el coordinador de Atalaya, Piero Foglia, me puso como volante por derecha y me costó acostumbrarme, porque quería estar cerca de la pelota. Pero, bueno, le tuve que ir agarrando la mano al puesto y gracias a eso pude debutar en la Primera de Talleres.

-¿Tu papá había aceptado rápido el cambio de posición?

-No, porque me quería en contacto permanente con el balón. Mi despliegue físico fue clave para adaptarme a ese puesto.

-Bueno, punto para tu viejo y aquel trabajo físico realizado desde pibe. ¿Pero a vos te copaba jugar ahí?

-No, era como todo chico: caprichoso. Sólo quería pararme de enganche o ser el doble cinco de juego, el más adelantado. Ahora, doy las gracias (risas).

-¿Cómo te sumaste a Talleres?

-Estuve en la Sub 15 de Córdoba, y justo Talleres entraba con la Sexta para los torneos de AFA, y armó el equipo con esa Sub 15. Estuve seis meses en inferiores, me iban a subir a Primera, pero lo frenaron porque me encontraron una hernia. Me recuperé en cuatro meses, jugué un par de partidos en inferiores de AFA y me llevaron a la pretemporada con la Primera.

-Hagamos un alto: ¿eras hincha de Talleres o te hiciste cuando ya representabas al club?

-No, ya lo era, siempre lo seguí. Cuando era chico, el equipo estaba en la A y hacía muy buenas campañas (la T se consagró en la Copa Conmebol, y Buffa tenía 11 años). Entonces, me sentí orgulloso después de haber fichado para el club.

-¿Qué anécdota podés contar de aquella etapa en inferiores?

-Estábamos en la pensión, en Córdoba, con algunos chicos de mi pueblo, y terminábamos de comer y nos poníamos a hacer malabares en el semáforo de la esquina, con las naranjas que nos daban en la pensión, para juntar moneditas e ir al ciber para jugar o chatear. Igual, yo no era bueno, se me caían siempre; menos mal que eran naranjas y no otras cosas, porque si no hubiéramos roto varios autos (risas).

-¿La pasaste mal en algún tramo en la pensión?

-Maso… Viví en diferentes pensiones y hubo momentos en los que no había agua, gas y luz, pero siempre nos las rebuscamos con los chicos. Sabía que el club atravesaba una situación complicada y me adapté con el resto.

Adorado como pocos en San Lorenzo, a Buffa todavía le quedan dos años y medio de contrato en el club.

-Ahora sí: volvamos al momento en que te subieron a la Primera…

-Estuvo buenísimo, me dejó mucho. Talleres no le daba importancia a las inferiores, no llevaba chicos a las pretemporadas de la Primera. Pero, bueno, me subieron y me llevaron; me dijeron que no me hiciera ilusiones porque sólo íbamos para colaborar con el equipo. Bueno, metí una gran pretemporada, jugamos amistosos contra Racing y Atlético Tucumán y anduve bien, y Saporiti, el técnico, me confirmó al regresar que me quedaría con el plantel profesional, que me harían contrato, y que estaba concentrado para el primer partido de la temporada contra Defensa y Justicia. Fue muy loco, no caía a la realidad. Entonces, a los 15 minutos del segundo tiempo de ese partido, que se jugó en 2006, entré y arranqué.

-Mientras comenzabas en la Primera, ¿trabajaste de otra cosa?

-Sí (se le dibuja una sonrisa). Mi viejo tenía una pollería en mi pueblo, hacía pollo asado, y yo era el que los repartía en una motito. Cuando tenía uno o dos días libre, me iba a trabajar para allá, y lo hice hasta que mi viejo dejó la pollería, que duró un año y medio. Me sirvió para darle una mano a mi familia, pero también para mí porque ganaba un sueldo bajo en Talleres, andaba con lo justo, y con lo de la pollería la luchaba un poco mejor. Si bien las propinas no eran una gran cosa, sumaban. El problema era cuando me pedían una foto y tardaba como media hora en volver a la pollería. Mi viejo me llamaba para que fuera a repartir los demás pedidos.

-¿Lo peor que viviste en la T fue el descenso en 2009?

-Sí, lo más triste. Pagamos caro las campañas de años anteriores. Habíamos hecho un gran primer semestre de temporada, pero el segundo fue malo y descendimos a la tercera categoría del fútbol argentino.

La entrevista prosigue tal como comenzó en el Nuevo Gasómetro: protagonista y periodista parados, porque Buffa no quiso sentarse en el banco de suplentes. “Trae mala suerte”, sentencia. Jodón, reconoce que no es un buen contador de cuentos, pese a la fama, y al don, de los cordobeses. Pero no nos dispersemos y continuemos con su recorrido. Tras irse de la T, alternó en Atlético Tucumán, con lindas pinceladas. No se le dio el ascenso, y cayó en Ferro, otro equipo de la B Nacional, en el que despegó gracias a que Mario Gómez, el entrenador, lo transformó en la pieza fundamental de mitad de cancha para adelante. El negocio de Oeste era Buffarini, volante que arrancaba por derecha y no paraba hasta que se le acababa la cancha, sea por su punta o por el centro del ataque. De todos modos, Julio, tan generoso como en su amanecer como futbolista, cerraba los caminos en defensa al ocuparse de su carril. “Fue una vidriera bárbara para mí, y me trataron muy bien, tanto la gente de Ferro como los dirigentes, que me cumplieron todo lo que me habían prometido. Lamentablemente, no conseguimos el ascenso, pero ese equipo dejó una marca en el club”, declara.

Al semestre y monedas de haber defendido la camiseta de Ferro, y al mes y medio de haberse convertido en padre de Martina, que hoy tiene tres años, San Lorenzo lo compró y su vida cambió. “Me habían dicho que mi beba iba a venir con un pan bajo el brazo, pero nunca pensé que con tanto”, destaca entre risas.

-¿Qué tenías que corregir en lo futbolístico cuando San Lorenzo te contrató?

-Acostumbrarme a la Primera A… Debía aprender a jugar menos acelerado, estar más tranquilo y ser más preciso al tirar un centro, tratar de llegar al gol, que me costaba mucho. Es más, ya metí 10 en San Lorenzo. Crecí mucho, pero quiero sumar más cosas, como por ejemplo en la marca para estar atento para cerrar la jugada. Soy un chico al que le gusta crecer. Si bien puedo andar bien, intento descubrir hasta el mínimo error para mejorar.

-Una de tus virtudes, además de probar al arco, es tirar el centro de primera, a la carrera, ese que complica. ¿Cuándo incorporaste eso?

-En Atlético, ahí crecí mucho también, y esto terminó de salirme siempre en Ferro. Cuando llegué a San Lorenzo para pelear el descenso, ya lo hacía naturalmente. Igual, lo sigo practicando al día de hoy, como también patear desde media distancia. Pero, bueno, estoy un poco más lejos para tirar el centro ahora.

-¿Todavía te replanteás el cambio de puesto? Porque vos pasaste de ser 8 a jugar como número 4…

-Pizzi me puso de 4 y el Patón Bauza me mantuvo. Juan me había dicho que si le agarraba la mano al puesto, tendría un futuro importante porque ya por mi dinámica, me iba a diferenciar del resto. Al principio, la posición no me gustaba; me costaba marcar, quizá también estaba desatento en algún cierre, en los movimientos para tirar el offside, y jugaba al límite. Pero me adapté: ya no hago tantas faltas y me acostumbré a mirar la línea de los centrales. Por eso, hoy me siento un lateral-volante (risas).

-De todas maneras y al margen de tu gusto, te fue excelente de 4. O sea que Pizzi estaba en lo cierto…

-Sí… Ganamos el Torneo Inicial 2013 y la Copa Libertadores 2014, perdimos la final del Mundial de Clubes, y yo fui el 4 del equipo. Entonces, Juan acertó cuando me cambió el puesto. Lo único que me gusta de la posición es que tengo más panorama.

Ningún santo. Hizo lo imposible para anular a Cristiano Ronaldo, y a otros Galácticos, en la final del Mundial de Clubes 2014.

-Tres años en Boedo, dos títulos. ¿Qué representa para vos?

-No me los olvido más. Veníamos tristes por haber perdido la final de la Copa Argentina 2013, pero después se nos dio el título local en la cancha de Vélez. Cada vez que paso cerca de ahí, lo recuerdo; fue único, como también haber quedado en la historia por conseguir la única Copa Libertadores que San Lorenzo tiene. Nos costó muchísimo, en especial por los rivales que eliminamos: Botafogo, Gremio, Cruceiro, Bolívar. Tanto en el Inicial como en la Libertadores que ganamos, hubo jugadas que nos marcaron, fueron señales: la atajada de Torri ante Vélez, la que pegó en el travesaño y salió; en la Copa, la que dio en los dos palos y también salió ante Cruceiro, y todavía me acuerdo de la pelota que saqué en la raya contra Gremio. Me había metido ahí, bien cerca del arco, por instinto. Si volviera a darse la misma jugada, no sé si llegaría a sacarla. Por eso, cada vez que las cosas no salen, me acuerdo de esos momentos lindos.

-¿Qué rescatás de la derrota 2-0 frente a Real Madrid en la final del Mundial de Clubes?

-Mucho: haber marcado a jugadores que son impresionantes, ver lo que hacían antes del partido… Pero, bueno, cuando el árbitro pita, uno quiere ganar, por más que las posibilidades sean pocas. Me quedé conforme con el rendimiento del equipo. Nosotros habíamos tomado como parámetro los últimos partidos de ellos, en los que les salieron a jugar de igual a igual, y el Cruz Azul, por ejemplo, se comió cuatro y se pudo haber comido más goles. Entonces, nuestra idea era esperarlos porque si los atacábamos y quedábamos mal parados, nos iban a complicar. Y les dimos la pelota para recuperarla y salir rápido. Creo que arriesgamos más en el segundo tiempo… El resultado fue una lástima porque los dos goles vinieron por errores nuestros, y no por virtudes de ellos. En definitiva, fue una buena experiencia para lo que viene.

-Ahí asoma la Recopa Sudamericana contra River, que se define el 11 de este mes…

-Sí, el objetivo es conseguir más campeonatos con San Lorenzo. Tenemos por delante la Recopa, como decís, la Copa Libertadores, el torneo local, la Copa Argentina… Este plantel se acostumbró a jugar finales, a ganarlas, y todavía mantiene el hambre. Imagino otra vez a un San Lorenzo protagonista, debemos demostrar por qué somos los campeones de la Copa, por qué venimos de jugar la final del Mundial de Clubes.

-¿Qué ficha te ponés en lo personal para este año?

-Mi sueño es ganar más títulos con esta camiseta, y eso me va a llevar a jugar en Europa. Pero no me desespera irme; lo que sé es que tengo que seguir andando bien en el club.

Hola, Francisco

Junto a la delegación cuerva, viajó para Roma en agosto del año pasado con un fin superior: obsequiarle la Copa Libertadores al Papa, y de paso conocerlo en persona. “Fue una situación hermosa, que a la vez me pareció rara porque no sabía qué decirle a Francisco. No se puede creer su humildad y la paz que transmite. Recuerdo que nos recibió muy bien, a pesar de que en ese momento había tenido un problema familiar. Nos habló sobre jugadores de San Lorenzo que había visto en otras épocas, nos felicitó por haber ganado ‘la tan ansiada Copa’, según sus palabras, y yo le regalé la camiseta que usé en la final. Me lo agradeció dos veces y me regaló unos rosarios para mi familia”, describe Buffarini, que posa con Marcelo Tinelli, vicepresidente del CASLA, y Francisco.

Por Darío Gurevich. Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de febrero de 2015 de El Gráfico

Por Darío Gurevich: 09/03/2015

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