Notas de la revista

El disfraz, más que mil palabras sobre motivación en el entrenamiento

Podría ser la evolución en la indumentaria futbolística, pero en realidad es un método para mejorar en las prácticas. El problema es que ridiculiza al castigado.

NO ES UN uniforme de fútbol ideado y diseñado por Leonardo Da Vinci. Aunque lo parece. Los músculos explotan entre los huesos. El enterito de neoprene, preparado para los ciclistas y corredores con tendencia a llamar la atención, terminó en un entrenamiento de fútbol. El club es el Partick Thistle, de Escocia. Y el jugador que lo lleva puesto (no orgullosamente, creemos) se llama Jake Carroll. 

La imagen es todo un simbolismo: el futbolista desollado vivo, ridiculizado frente a sus compañeros en las prácticas. Y para entender el contexto, hace falta explicar el peculiar sistema de premios y castigos que se instauró en el club de Glasgow. Al jugador que a criterio del entrenador tuvo la peor performance de la semana, se lo pena haciéndole usar un disfraz. Pero no es un disfraz para una foto, ni un momento forzado para mostrarlo en Instagram; sino una sesión completa de entrenamiento. Botines, traje de neoprene y a la cancha.

La cara larga se transforma en sonrisa a medida que empiezan las burlas de sus compañeros. En esta oportunidad, el musculoso en cuestión la sacó barata con una metáfora: durante la semana, al cuerpo hay que trabajarlo. Pero a Carroll le fue mejor que a Gary Fraser, que el 1º de enero del año pasado, debió salir al entrenamiento con un bellísimo vestido rosa de tul, con volados y todo, y correr estoicamente a la par de sus compañeros, luego de haber sido elegido como el peor performer de esa semana. Al menos, Fraser apeló a la seriedad y se calzó unos botines adidas negros, valga la sobriedad...

 

 

¿COMO ES POSIBLE que un equipo de fútbol sobreviva sin una revuelta a esta horca virtual en los entrenamientos? No es fácil. El técnico del Partick Thistle es Alan Archibald, y tiene a favor que está entre los 10 jugadores con más historia en el club (423 partidos) y que hasta el día anterior de haber asumido como entrenador, era compañero de sus ahora dirigidos. O sea que los conoce y tiene confianza con ellos. De ser jugador pasó a ser player-coach, siguió como técnico interino y finalmente lo confirmaron con un contrato anual. A pesar del particular régimen de castigo, el equipo mejoró y logró el ascenso a la Scottish Premiership a mediados del año pasado. En esta temporada, el Partick Thistle es lo más parecido a un clásico que tendrá el Celtic, ya que el Rangers aún está en Segunda División.

Archibald tiene una obsesión por los entrenamientos. Se lo suele ver por el de los Glasgow Warriors, para obtener ejercicios del rugby y aplicarlos en el fútbol. Discute sobre la dieta y la nutrición, el software aplicado, el análisis de videos y también sobre disciplina y manejo de grupo. “Como técnico, siempre estoy tratando de aprender, por eso me interesa ver cómo Gregor Townsend maneja las cosas en el rugby. La preparación, la recuperación, la selección y la elección son aspectos similares en todos los juegos de equipo, pero todos hacen cosas con pequeñas diferencias, y al final del día, ese dos o tres por ciento extra que logren dar los jugadores puede marcar la diferencia entre ganar y perder. En el fútbol de alta competencia, los márgenes son así de escasos. Por eso, cualquier cosa que nos permita generar ese extra puede ser invaluable”, asegura Archibald. ¿Pero puede un método como el de los escoceses favorecer el buen clima de trabajo y a su vez inspirar a dar un esfuerzo mayor? Parece difícil, casi imposible. 

 

 

¿SE IMAGINAN qué pasaría si un técnico, cualquiera y de la escuela que sea, decidiera imponer este sistema de “motivación” en el campeonato argentino? Sería una óptima excusa para hacer reaparecer al gremio (¿alguien se acuerda de Futbolistas Argentinos Agremiados?) e instalar una polémica que consumiría horas de televisión, debates, polémicas y quizás hasta llegaría al Congreso. Se hablaría de que el jugador ha sido bastardeado como esas empleadas a las que obligaban a vestirse de colegialas en una estación de servicio. Podría ser descripto como otra invitación a la violencia, una venganza del técnico por sobre un futbolista, o peor, una decisión de los dirigentes para disciplinar a un jugador que se opone a firmar contrato. Jugadores declararían que el fútbol es un deporte y no el servicio militar. En las inferiores, castigar al que peor se haya entrenado habilitaría a hablar de maltrato infantil y bullying futbolístico. Y habría más: asociaciones contra la homofobia cortando calles en repudio a la pollerita rosa usada como estereotipo de debilidad, pedido de subsidios a los jugadores agredidos y sus familiares, editoriales a favor de no discriminar al burro ni criminalizar al vago. Generaría también problemas con los sponsors, tanto los proveedores de botines como los de indumentaria oficial del club, quienes se quejarían de que la medida provoca una peligrosa pérdida de la imagen positiva del jugador, salvo que algún cráneo del marketing se apure en ponerle a la pollerita el isotipo de la marca a tiempo. Y miles de memes por twitter, un #maschefacts pero de la mala intención, lo que a su vez daría pie a críticas de jugadores y dirigentes al periodismo (cuándo no) por haber difundido las imágenes hasta provocar la reacción en cadena y haber construido un monstruo incontrolable. 

Así y todo, más de un técnico debe haber soñado con establecer este sistema. ¿Multas por llegar tarde? ¿Que alguien que cobra 6 cifras por mes pague un asadito para todos? Medidas de nulo efecto, equivalentes a tirarle con cebitas a Robocop. Sin tantos coletazos absurdos, el debate genuino sería uno solo: cuando un plantel tiene un jugador que es un crack, pero que no quiere entrenarse como el resto de sus compañeros, ¿qué se hace con él? Cuando un técnico quiere entrenarse a las 9 y la figura le responde que mejor 10:30, y que no se aparezca con ejercicios raros ni innovaciones porque en el fútbol está todo inventado, quedan sólo dos opciones: el traje de neoprene o el chaleco de fuerza. En situaciones así, siempre habrá un disfraz en juego: y si no se lo pone el crack, automáticamente, frente a los ojos de todo el plantel, el vestidito lo estará usando el técnico.

 

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Nota publicada en la edición de enero de 2015 de El Gráfico
Por Martín Mazur
@martinmazur