LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

Disparador: el partido más difícil

- por Elías Perugino: 04/02/2015 -

No debe ser sencillo ejercer el rol de presidente de un club gigantesco como Boca. Son instituciones que conllevan un efecto amplificador para lo bueno, pero también para lo malo. Y cuando la mano viene torcida, no queda otra que levantar los pagarés propios e, incluso, de los que están fuera de su órbita.


“Estamos en deuda en lo deportivo”, ha repetido hasta la resignación Daniel Angelici, el presidente de Boca, club que, tras obtener 19 títulos entre 1998 y 2012, declinó esa hegemonía durante los dos primeros años de su gobierno.

Angelici llegó a la presidencia con la bendición de Mauricio Macri, el timonel de los años de vacas gordas, pero no pudo replicar la gloria acumulada durante la gestión de su mentor. Elevado al cargo por la elección más multitudinaria de la historia del fútbol argentino –el 4 de diciembre de 2011 votaron 24.524 socios–, apenas puede esgrimir un título entre los 14 torneos que el plantel encaró durante su mandato: la Copa Argentina 2012[1].

Como si intentara cruzar un océano embravecido a bordo de una cáscara de nuez, el presidente se sacudió al ritmo espasmódico de los resultados. A diferencia de Macri, que no se apartó de su camino pese a los tropiezos iniciales, este exitoso empresario del juego torció el rumbo de varias decisiones al temeroso amparo de las encuestas, una variable que Macri contempló, pero no siempre acató.
Aturdido por los silbidos de una Bombonera que sesionaba en Cabildo Abierto al tiempo que despedía del fútbol a un caudillo como Rolando Schiavi, Angelici nadó contra su propia corriente y reculó en su arreglo de palabra para la continuidad de Julio César Falcioni, el técnico heredado de Jorge Ameal y que aprendió a digerir luego de verlo conducir al equipo que ganó invicto y con una defensa récord el Apertura 2011[2] y la bendita Copa Argentina, y que había sido capaz de escalar hasta la final de la Copa Libertadores 2012, que perdió ajustadamente ante el Corinthians. Ese torneo pareció dislocarle la muñeca política al presidente. El panorama interno era claro: un plantel dividido en dos grupos bien diferenciados, más un entrenador cuestionado por un bando y bancado por el otro, y un puñado de insulsos neutrales que no movían la aguja de la convivencia, pero miraban el almanaque con desesperación para huir de la institución en cuanto el mercado de pases se los permitiera. En esa escenografía explosiva se desencadenó el Conflicto de Barinas[3], que Angelici creyó resolver a partir de charlas con los referentes. Pero fue como arreglar la fisura de la turbina de un Boeing con un poquito de cinta adhesiva. Con pesos pesados como Riquelme y Orion, más actores de reparto de la talla de Silva, Erviti, Schiavi o Somoza, aquella mediación "a lo Samoré"[4] duró el suspiro suficiente como para llegar a la final del torneo. Y en la previa del partido decisivo, ocurrió otro contratiempo insoluble para el presidente: no pudo encaminar una prórroga para el contrato de Facundo Roncaglia, defensor clave de la campaña que no jugó en San Pablo porque su vínculo había expirado y ningún seguro lo ponía a salvo de una desgracia. La desgracia, en realidad, fue para Angelici. Boca perdió esa Libertadores y fue como si le hubieran sacado la maderita equivocada del Jenga: se le desplomó toda la estructura.

Como un presagio de la debacle, Riquelme anunció que se iría del club horas antes de saltar al campo del Pacaembú para disputar esa final como si fuera un jugador del montón, no como el crack que supo ser antes y después de ese partido. La carita de Angelici mirando a Román en la salida del vestuario, como si quisiera asesinarlo por la traición, fue la postal de la noche. Desde su exilio de asados, amigos y picados, el diez se las ingenió para bombardear mediáticamente a Falcioni, hasta que la presión de la Bombonera lo eyectó del cargo.

Liquidado el Emperador, Angelici se colgó la medalla que no pudieron exhibir sus predecesores Pompilio y Ameal: despertó de la siesta a Carlos Bianchi, el técnico más ganador de la historia del club, y creyó que, al fin, iba a cumplir el chiste de su campaña electoral. Aquello de “ustedes renueven el pasaporte que yo los vuelvo a llevar a Japón”[5]. Pero el tercer ciclo del Virrey se tiñó de angustia, derrotas y decepción.

En medio de ese operativo de restauración, Riquelme decidió ponerle punto final a las vacaciones autoconcedidas y retornó al club como si fuera su dueño, “para sufrir con Carlos”. Un sapo que el presidente debió tragarse tanto como su orgullo. Un sapo que lo dejó estacionado en un espacio de creciente debilidad.

En cierto punto, Angelici fue un rehén de las circunstancias. Cualquiera hubiera recorrido el camino que él transitó. Trajo a Bianchi, contrató los refuerzos que le pidieron, agachó la cabeza con Román y dejó ir a los jugadores que no entraban en los planes del entrenador, aún a aquellos que él, desde su paladar futbolero, hubiera conservado en el club. Pero dentro de la cancha, se sucedieron demasiados pasos en falso. Caídas increíbles, récords negativos[6] y participaciones alejadas del habitual protagonismo de los equipos de Bianchi, lo empujaron a tomar una de las decisiones más difíciles y dolorosas: cerrarle la puerta en la cara a uno de los intocables de la historia xeneize.

Desorientado, con el respaldo societario absolutamente minado, le quitó la poca consistencia que tenía a la Secretaría Técnica, sumó a Juan Simón como asesor calificado y confió la resurrección en Rodolfo Arruabarrena, un muchacho horneado en la factoría de la casa. El Vasco reflotó el barco, sumó bastante en el torneo local, pero no pudo evitar el mazazo menos deseado: River lo eliminó en la semifinal de la Copa Sudamericana y lo hizo retroceder veinte casilleros. Demasiado poco para un Boca que había renovado su plantilla invirtiendo casi 12 millones de dólares.

Aunque voluble en los meses iniciales, Angelici tomó decisiones fuertes cuando el tic-tac de la bomba andaba por el conteo final. Guillotinó al Virrey y a Riquelme, con la divisoria de aguas que eso implicaba. Y fue el primero que se animó a confiarle el equipo a un entrenador surgido de la Generación Bianchi. Ahora, ya más curtido, el presidente inicia su último año de gestión envuelto en las urgencias. El socio suele valorar los ciclos según le ha ido en la cancha. Piensa con corazón de hincha. No le importan los balances impecables, ni el crecimiento de la masa societaria, ni el mejoramiento de la Bombonera, ni la fortificación de la marca Boca, ni el predio que está asomando en Ezeiza[7]. El hincha quiere triunfos, títulos, vueltas olímpicas. Angelici lo palpa y lo sufre. Si pudiera volver el tiempo atrás, seguramente enmendaría ciertas decisiones. Sobre todo, aquellas que tomó sin sentirlas, sin que fueran de su plena convicción. Ahora ya está. Ahora está jugado. Sabe que el partido más difícil, el de su futuro, se define dentro de la cancha. Justo donde él no puede entrar.

POR ELIAS PERUGINO
TEXTOS AL PIE


1- Para salir campeón de esa Copa, Boca superó a Santamarina (1-1, y 4-3 por penales), Central Córdoba (2-0), Olimpo (1-1, y 11-10), Rosario Central (1-1, y 4-2), Deportivo Merlo (1-1, y 5-4) y Racing (2-1).

2- Boca fue campeón invicto con 43 puntos, 12 más que su escolta, Racing. Recibió apenas 6 goles en contra durante los 19 partidos, y se transformó en el campeón con la valla menos vencida de la historia.

3- Luego de empatar con Zamora en Barinas, Falcioni discutió en los vestuarios con Cvitanich por creer (equivocadamente) que, dentro de la cancha, Riquelme le daba instrucciones diferentes a las suyas. Eso detonó la interna del plantel.

4- El cardenal Antonio Samoré fue designado por el papa Juan Pablo II para mediar entre Argentina y Chile en el Conflicto del Beagle, en 1978. Su intervención evitó la guerra entre ambos países.

Durante la campaña, la agrupación de Angelici repartía unos simpáticos pasaportes xeneizes para afirmar una de las ideas madres de su candidatura.

6- Entre otros hitos desgraciados, finalizó 19° en el Torneo Inicial 2013, cayó 1-6 con San Martín de San Juan, quedó afuera en la primera ronda de la última Copa Argentina y la efectividad del ciclo apenas llegó al 45,7%.

7- Durante la gestión de Angelici, Boca inició la construcción de un fantástico predio en Ezeiza, que será el corazón para la actividad de las divisiones inferiores y también contará con una moderna concentración para el plantel profesional. Tendrá 12 canchas de medidas oficiales (10 de césped natural y 2 de pasto sintético).


       Nota publicada en la edición de enero de 2015 de El Gráfico

Por Elías Perugino: 04/02/2015

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