¡HABLA MEMORIA!

Ricardo Infante: El rey sin corona

- por Redacción EG: 27/01/2015 -

Es el séptimo máximo anotador del Profesionalismo, pero nunca fue goleador de un torneo. Símbolo de Estudiantes, hizo el primer gol de rabona.

LA TRANQUILIDAD EN LA MIRADA para quien habría cumplido noventa años en junio de 2014.

Ricardo Infante es el eslabón perdido entre el Estudiantes de Los Profesores, de los primeros años del Profesionalismo, y el Pincha de Osvaldo Zubeldía que fue campeón del mundo en 1968. Delantero elegante, habilidoso y también pícaro, podría haber jugado en cualquiera de esos dos históricos equipos. Sin embargo, su carrera transcurrió entre 1942 y 1961, plena época de gloria del fútbol argentino.

“Centro de Manuel Gregorio Pelegrina y gol de Infante de cabeza”. La jugada, calcada, se repitió una y otra vez durante los partidos en los que ambos compartieron la delantera. El primero iba por afuera, a la vieja usanza de un wing, y el segundo, con su cabezazo letal, por adentro, para ser el martillo en el área. En gran parte gracias a ellos, el Estudiantes de la década del cuarenta se destacó por su depurado estilo de juego y fue un frecuente animador de los torneos, pero nunca llegó a pelear seriamente por el título. Se lo impidió el favoritismo que los árbitros, sin demasiado disimulo, le profesaban a los equipos grandes, y también la enorme cantidad de jugadores de calidad que había en casi cualquier club de Primera. Sacando las consagraciones en la Copa Escobar de 1944 y en la Copa de la República de 1945, dos certámenes locales menores, discontinuados al poco tiempo, el mejor resultado que obtuvo Infante en su primera etapa albirroja fue un tercer puesto en el Campeonato de Primera División de 1944.

La gran actuación se repitió en 1948, y el Pincha ocupó el último escalón del podio por detrás de Independiente y River. El 19 de septiembre de ese año, además, el delantero le convirtió un recordado gol a Rosario Central, en el viejo estadio de 1 y 57. ¿Cómo fue? A 35 metros del arco rival recogió el rebote de un violento disparo de Julio Gagliardo y, como la pelota le había quedado en una posición incómoda para su condición de diestro, pasó su pierna derecha por detrás de la izquierda y sacó un remate fortísimo y de perfecto recorrido que superó al arquero Pedro Botazzi y se clavó en el ángulo. Estudiantes ganó 3-0, pero la memoria se congeló en esa definición fantástica que, por lo desconocida, ni siquiera tenía un nombre.

“El infante que se hizo la rabona”, tituló El Gráfico después del partido, y realizó una producción en la que el delantero posaba enfundado en un guardapolvo escolar. Por aquellos tiempos, “hacerse la rabona” era sinónimo de faltar al colegio sin consentimiento de los padres, y desde entonces la jugada pasó a llamarse así. Lo curioso del caso es que en la actualidad, a falta de una traducción o de una denominación más acertada, esa acción sigue llevando ese nombre, incluso en inglés o en francés.

VOLEA FANTASTICA contra San Lorenzo en un 5-1 en La Bombonera.

Lamentablemente, todavía no existía la televisación de los partidos (empezó recién en noviembre de 1951) y los medios gráficos sólo cubrían los choques principales. En aquella fecha la atención de la prensa se posaba, casi exclusivamente, sobre el decisivo encuentro que jugarían Boca e Independiente en La Bombonera y que terminaría ganando 2-1 el Rojo, a la postre campeón de ese torneo. Por lo tanto, sin registros fílmicos, el único testigo fotográfico que queda de la rabona inaugural de Infante es una imagen obtenida, desde el costado izquierdo del arco de la calle 57, por un reportero de un desaparecido diario platense. En ella, se ve cómo la pelota, suspendida en el aire, tiene un irremediable destino de gol.

Luego de concretada su obra cumbre, Infante siguió destacándose en Estudiantes junto a una delantera legendaria compuesta, alternativamente, por Juan José Negri, Francisco Arbios, Manuel Pelegrina y Julio Gagliardo. En diciembre de 1952, cuando llevaba ya diez años en Primera, tuvo su primera chance en la Selección. A juzgar por los resultados, no la desaprovechó: se estrenó en un amistoso ante España, jugado en Madrid, y la Albiceleste ganó 1-0 gracias a su aporte goleador.

El idilio de Infante con Estudiantes se rompió, abruptamente, en enero de 1953. En un confuso episodio en el que las versiones se bifurcan, el club fue intervenido por el gobierno peronista a través de la CGT. La historia oficial dice que el hecho se desencadenó cuando la comisión directiva se negó a repartir, entre sus socios, el libro La razón de mi vida, escrito por Eva Perón, que era utilizado en las escuelas de enseñanza media por iniciativa del Ministerio de Educación. Sin embargo, otras voces sostienen que, en una época de extrema polarización partidaria, la intervención fue una venganza hacia los dirigentes de Estudiantes, que tenían una raigambre política socialista y radical, dos facciones opositoras al oficialismo. La ocupación del club se dio, además, en un periodo en el que La Plata había pasado a llamarse Eva Perón por un decreto del presidente Juan Domingo Perón, firmado luego de la muerte de su mujer. La capital de la Provincia de Buenos Aires sólo recuperaría su nombre en 1955, tras el ascenso del gobierno de facto de la Revolución Libertadora.

Cualquiera sea la versión real, lo cierto es que la intervención fue demoledora para las aspiraciones de Estudiantes. Una decena de jugadores tuvieron que abandonar el club por sus orientaciones antiperonistas, y entre ellos, se encontraban Infante y Pelegrina. El inventor de la rabona recibió, entonces, ofertas para jugar en el fútbol europeo y también en Millonarios, donde buscaban al sucesor de Alfredo Di Stéfano, que ya estaba afincado en España y se debatía entre el Barcelona y el Real Madrid. No obstante, cuando Infante ya tenía todo arreglado con el equipo colombiano, un llamado de Pelegrina lo hizo cambiar de parecer y juntos se fueron a jugar a Huracán.

Pelegrina solo disputó el campeonato de 1953 en el Globo, pero Infante se quedó hasta 1956. En total convirtió 31 goles en 94 partidos y ese mismo año regresó a Estudiantes, que ya se había recuperado institucional y deportivamente luego de pasar una sufrida temporada en la antigua Primera B. En su regreso al Pincha ya no estaba Pelegrina, que en el tramo final de su carrera despuntaba el vicio en el ascenso jugando para Cambaceres, por lo que se convirtió en el referente indiscutido del equipo.

EN SU CASA, con el carisma de siempre, bien empilchado y mostrando su colección de discos de pasta.

En 1958, cuatro años después de su última participación, volvió a la Selección Argentina. Jugó contra Uruguay en un amistoso previo al Mundial de Suecia y convirtió un gol que lo incluyó en los planes del entrenador Guillermo Stábile. Ingresando por la ventana, Infante formó parte del plantel junto a grandes glorias del medio local como Amadeo Carrizo, Néstor Rossi, Angel Labruna, José Sanfilippo y Eliseo Mouriño, aunque el resultado final fue un estrepitoso fracaso. Argentina debutó perdiendo 3-1 contra Alemania Federal y luego derrotó por el mismo marcador a Irlanda del Norte, pero en el tercer partido del Grupo 1 cayó 6-1 con Checoslovaquia en Helsingborg y se despidió, avergonzada, de la Copa del Mundo. Los hinchas, congregados en el aeropuerto de Ezeiza, recibieron a la delegación arrojándole monedas.

“En ese Mundial teníamos un buen equipo pero estábamos un poco viejitos. Era un plantel de jugadores de edad y, además, hacía mucho tiempo que no nos codeábamos con el fútbol de otros países. Pensábamos que con lo que teníamos nos iba a ir muy bien, había un sentimiento patriótico muy grande y, por eso, el golpe fue tan bravo. Después de ahí las cosas empezaron a cambiar”, admitió en una entrevista Infante, que no llegó a jugar ni un solo minuto en el Mundial. Quizás en su sincera reflexión se encuentre la explicación de aquel traspié que hasta hoy se considera el Desastre de Suecia. Argentina había renunciado al plano internacional y a participar de los mundiales de Brasil 1950 y Suiza 1954. Así, envuelto en caprichos inentendibles, el país derrochó una generación invalorable de futbolistas y cuando intentó regresar a los primeros planos, el juego había evolucionado veinte años. El golpazo de 1958, en vez de devolver al fútbol argentino a sus orígenes, lo sumió en una profunda europeización que, entre otras cosas, dio nacimiento al exitoso Estudiantes de la década del sesenta.

Finalizado el Mundial de Suecia, empezó el declive futbolístico de Infante. Una lesión en su habilidosa pierna derecha comenzó a mermarlo en sus posibilidades y, en sus últimos años, sus intervenciones goleadoras se hicieron cada vez más esporádicas. No obstante, el físico lo acompañó hasta el final y fue él quien se despidió del fútbol y no viceversa: “Yo siempre tuve mucha suerte, porque me tocaron compañeros muy buenos y, además, siempre me salió bien cuando me tocó definir frente al arco. Y más allá de lo que podía dar como jugador, iba a todas las pelotas, nunca me daba por vencido. Tuve un angelito que me acompañó en las buenas y en las malas y que me dio la posibilidad de jugar veinte años como profesional en una época inigualable. Cuando vi que ya no me sentía cómodo, decidí dejarle el lugar a un pibe”.

PELEA POR LA PELOTA en el clásico ante Gimnasia, en la cancha de Estudiantes. Años después se retiraría en el Lobo.

En Estudiantes estuvo hasta 1960, cuando los dirigentes le agradecieron por los servicios prestados y optaron por no renovarle el contrato. Al momento de su partida, entre sus dos etapas, dejaba un legado de 180 goles en 329 partidos. Convencido de retirarse, torció su decisión cuando un amigo suyo, que formaba parte de la dirigencia tripera, le ofreció jugar en Gimnasia. Infante aceptó y el campeonato de 1961 lo disputó en el Lobo. Terminado el año, y luego de convertir seis goles en 16 encuentros, se retiró a los 37 años.

“¿Te gustaba gambetear?”, le preguntó Raúl Goro, un periodista de El Gráfico, una vez que había abandonado el fútbol. “Más que eso –respondió–, me gustaba hacer túneles, farrear al contrario haciéndole pasar repetidamente la pelota por sobre la cabeza, esperarlo y, pisándola, hacer que pasara de largo de nuevo... En fin, hacía toda esa serie de recursos que son lindos para los chiquilines inconscientes”.

Cuando se retiró, continuó ligado al fútbol. Trabajó en las inferiores de Estudiantes y formó juveniles hasta la década del ochenta. Mientras tanto, siguió discutiendo del juego con pasión y lamentando, siempre con humildad, la poca repercusión que tuvo su gol de “hachita”, como él le decía a la rabona, por la precariedad de la tecnología de la época. Falleció en La Plata, a los 84 años, el 14 de diciembre de 2008.

Sus dos cuentas pendientes fueron consagrarse campeón y ser el goleador de un torneo. Si bien no logró ni una cosa ni la otra, Infante es, en la actualidad, el séptimo máximo anotador de la historia del Profesionalismo con 217 goles en 439 partidos. Jugador elegante y desfachatado, mortífero en el área e inventor de la rabona, fue un símbolo de los años de oro del fútbol argentino y para ello no necesitó títulos ni distinciones. Le bastó con ser un rey sin corona.

Por Matías Rodríguez. Fotos: Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de diciembre de 2014 de El Gráfico

Por Redacción EG: 27/01/2015

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