LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Tayavek Gallizzi, un pivote que no para de crecer

- por Martín Estévez: 13/01/2015 -

Cuando era chico, sufrió la inundación de Santa Fe y la fragilidad de su bicicleta. En 2014 fue a la Selección como sparring y terminó jugando el Mundial al lado de sus ídolos. Hoy, Taya lucha por minutos en la Liga Nacional.

“Yo tenía 10 años cuando fue la inundación. Estaba en la parte más alta del techo de mi casa, que tenía cuatro metros y medio de alto, y veía cómo el agua se nos iba acercando. Pasó una lancha en la que entraban tres personas más. Mi mamá nos puso a mí, a mi hermano y a mi hermana, que lloraba porque no se quería ir, así que se quedaron las dos. A nosotros nos llevaron. Bajamos en algún lugar y mi hermano, que era más grande, empezó a caminar. A mí me subieron a hombros de alguien y lo perdí de vista. Me llevaron al hospital de niños. Me quedé ahí solo, perdido, muerto de miedo. No sabía qué había pasado con mi mamá y mi hermana. Un señor de la Cruz Roja me llevó a su casa, me dio ropa y comida. Sonó el celular de mi mamá, que estaba en una bolsa. Atendí y era mi abuela. Al otro día me fueron a buscar, pero mi mamá y mi hermana siguieron perdidas. Cuando las encontraron, estaban en un refugio. Dormimos en la casa de otros familiares hasta que bajó el agua y pudimos volver a limpiar, porque había barro hasta en el techo. Perdimos todo: ropa, muebles. Es un momento que no te podés olvidar nunca en la vida, te marca mucho. Es traumático”. Tayavek Gallizzi habla de la inundación que sufrió Santa Fe, y su familia, entre el 29 de abril y el 3 de mayo de 2003. Y aunque esta es una revista sobre deportes, nos pareció importante dejar el relato entero. En aquella tragedia hubo entre 60 y 160 muertos, dependiendo de la fuente a la que se recurra, pero lo más terrible es que muchas de ellas eran evitables. Tayavek, hoy, lo puede contar. Otros y otras, lamentablemente, no.

Taya intenta un doble contra Obras. En esta temporada tiene casi 50 % de efectividad.

-¿Mejoró algo en Santa Fe, o sigue inundándose si llueve?
-Recién ahora están empezando a hacer cloacas, el agua no queda tan estancada y se inunda un poco menos. Mi mamá todavía vive en el mismo lugar, pero, por suerte, la pude ayudar para arreglar bastante la casa.

Tayavek era un basquetbolista con buen futuro hasta 2014, cuando se convirtió en algo más: en la sorpresa del plantel que jugó el Mundial. Pivote alto (2,05) y con simpatía por el juego fuerte, luego de almorzar todos los días con Scola, Nocioni y Prigioni durante aquel torneo en España, volvió a luchar por cada minuto en cancha en Quilmes de Mar del Plata. Llegó ahí a los 17 años. Antes, había vivido en Santa Fe Capital.

-¿De dónde surge el nombre Tayavek?
-Les pregunté a mi mamá y a mi papá, pero no tienen idea. Lo eligieron sólo porque es raro. Lo quise buscar, pero no apareció ningún significado. Sólo apareció un tipo que se llama igual que yo y que debe plata, así que no busqué más (risas). El segundo nombre, Ismael, es por mi abuelo.

-¿Tus viejos tienen nombres raros?
-¡Fabiana y Jorge! Uno de mis hermanos se llama Jorge, pero a los demás también les pusieron nombres raros: Ayrton, Atenas y Nayibé.

-¿Cómo te iba en la escuela?
-Regular. Tenía años muy buenos y otros, medio bajos. Hasta 7º grado fui a la escuela Bialik, de la comunidad judía, por eso después llegué a Maccabi. Los profesores se portaron excelente conmigo. Me acuerdo de que tenía una bicicleta medio vieja y se rompía todo el tiempo, pero la usaba para ir al club. Siempre que salía, no sabía si iba a volver caminando, o peor: con la bicicleta en el hombro. Y mis amigos me prestaban su bicicleta, o me ayudaban a arreglarla, porque plata para otra bici no había. En Maccabi tuve dos entrenadores: Javier Martínez y Fernando Esquivel, que me regaló una bicicleta que era suya.

-¿Cuánto tenías de viaje en bici?
-Veinte, treinta cuadras. Me pasaban cosas insólitas. ¡Hasta se me salió la rueda entera! Se me cortó la cadena, la rueda se descentraba, se trababa y no podía pedalear más. También me he enojado y la he cagado a patadas a la bicicleta… Pero más de una vez me salvó.

-¿El secundario lo pudiste terminar?
-Sí, lo terminé. La última materia que rendí fue... ay, es una que me tuvo... ¿Cuál era?... Me tenía loco, me tenía mal. No me acuerdo...

Se queda un poco molesto, pero le decimos que no importa, que siga contando. “También tuve apoyo de los entrenadores. Yo no tenía plata para los viajes, y ellos la juntaban para que pudiera ir. Jugué desde los 5 años hasta los 12, cuando dejé durante casi dos años. Javier Martínez llamaba todos los días a mi casa, le mandaba mensajes a mi mamá. Me estaba todo el día encima. Al final me convenció y volví para quedarme con el básquet ”.

-Le debés una. ¿Le regalaste una camiseta?
-Todavía no. Supe que dejó de dirigir por un problema de salud, pero me imagino la cantidad de tarjetas que debe haber gastado llamándome. Le voy a regalar alguna importante.

-¿Con la religión cómo te llevás?
-No le presto mucha atención. Iba a una escuela judía y siempre me trataron muy bien, pese a no ser judío. Incluso les dieron una mano a mis padres en la inundación. Si tuviera que pagar todas mis deudas, no terminaría más. Lo único que me queda es agradecer.

El de 2014 no fue el primer Mundial para Tayavek. En 2010 jugó el Sub 17 (9º puesto en Alemania) y en 2011, el Sub 19 (4º en Letonia).

-¿Cómo llegaste a la selección juvenil?
-Yo ni celular tenía. Como siempre estaba con Leonardo Galarza, que es como un hermano para mí, ponía su número en todos lados. Entonces lo llamaron a él y después me mandaron un mail. En la preselección yo no sabía ni dónde estaba parado, era algo hermoso, pero esperanzas de quedar no tenía.

-¿Qué recordás de la primera Copa?
-Era la primera vez que viajaba en avión, y al lado tenía a una chica con más miedo que yo. Había turbulencias y estaba asustadísimo, pero copiaba a los demás. Si estaban tranquilos, hacía como que estaba tranquilo. También me acuerdo de que debutamos contra Estados Unidos, y hasta el tercer cuarto íbamos ganando. Perdimos por poco y, después, Estados Unidos arrasó con todos los demás.

-¿Y del Sub 19?
-En esa tenía 18 años y yo decía: “No hay chances, hay chicos de 19”. Los entrenamientos eran asperísimos, todos queríamos un lugar.

-Eso a vos no te molesta...
-No, si jugamos callados, me gusta jugar fuerte. Vos jugás fuerte y yo juego fuerte, pero no te quejés. Me molesta cuando el otro se queja, me hace calentar. En Letonia, jugar iba a ser difícil, porque estaban Marcos D`Elía y Matías Bortolín. Yo iba a ser tercer pivote, pero Matías se lesionó, así que el titular fue D`Elía y yo le daba minutos de descanso. Terminamos cuartos y casi jugamos la final.

-Relevo, recambio, dar descanso. Es la función que te tocó hasta ahora. ¿Lo vivís tranquilo, porque sos joven, o no tanto?
-Es muy difícil. Me molesta, pero bueno, tengo que aceptar que no es el momento todavía. El día que me toque, tendré que demostrar cómo me estaba preparando. Con el tiempo fui sumando minutos, así que no puedo decir que esa fórmula no funciona. Hace dos años, en el TNA, estaba remal porque había partidos en los que no jugaba, o jugaba un minuto. Llegué a pensar que estaba perdiendo el tiempo. Pero si estás rodeado de gente que te quiere, te va a decir que te sigas entrenando. Cuando me dejó afuera del Sudamericano 2014, Nicolás Casalánguida me dijo que lo que me faltó fue más oficio en la posición, que eso me lo iban a dar los años. Y es verdad. Cada vez que entro, se me cierra todo, no puedo ver más allá de la pintura. A veces me siento cómodo, pero son más los partidos en los que se me nubla todo.

En Quilmes la rema desde hace años. Jugó el TNA y ahora disfruta de la Liga Nacional.

-¿A Quilmes cómo llegaste?
-En la preselección Sub 17 me vio el que terminó siendo mi representante. Un día apareció y me dijo que había una oferta para ir a Quilmes, que estaba en liga A. Justó descendió, así que arranqué en el TNA 2010/11, me fui con la Sub 19 y el equipo terminó ascendiendo. De ahí, un año a Unión Progresista, de Chaco, en el TNA 2011/12, donde volvimos a ascender. Pasé de promediar un minuto a promediar 3. Pero Quilmes descendió, así que jugué otra vez el TNA en la 2012/13. Tuve altas, bajas y muy bajas. Pero en las finales, contra San Martín, tuve una participación muy importante desde el primer partido, cuando metí 16 puntos, hasta el último. Pensé que la temporada iba a ser un desperdicio, pero terminó siendo buena. Y ahora vengo promediando pocos minutos, pero estoy contento por lo que me viene pasando.

-¿En qué momento te apareció la primera esperanza de jugar el Mundial?
-Cuando quedábamos Nicolás Richotti, Franco Giorgetti y yo; de nosotros tres iba a quedar uno. Los cortaron a ellos, pero nadie me vino a decir que había quedado. Tuve que aguantar el festejo por respeto. Recién cuando viajamos pude decir: qué feliz que soy.

-¿Quién te ayudó a adaptarte?
-Con el tema del entrenamiento, Scola. Pero para integrarme no había diferencias, todos me hicieron sentir parte. A Manu, lo miraba de reojo y decía: “Estoy con Manu Ginóbili, no lo puedo creer”. Con los demás, después de tanto tiempo, me terminé acostumbrando.

-¿Cómo es convivir con Nocioni, tu ídolo?
-Lo miraba todo el tiempo. Contra España, se quería postear Ibaka, y el Chapu peleaba, peleaba, peleaba, no lo dejaba recibir la pelota. Después, lo buscaban a Ibaka para darle la pelota en el poste bajo, y él mismo no quería saber nada. Pedía que dieran vuelta la pelota. Chapu siempre sigue peleando, tiene mucha actitud, se la banca contra todos. Si tiene que pegar, pega. Si se tiene que chocar la cabeza contra la pared, choca. Y a la vez es inteligente. Me gusta que sea cabrón, aguerrido.

-¿Y con Leo Gutiérrez cómo fue?
-Con Leo me había peleado en el último Quilmes-Peñarol. Cuando me sumé al plantel, lo saludé pensando “capaz que ahora viene la piña”. Pero me saludó bien. Después, contra Brasil, yo había errado cuatro tiros libres y, en el entretiempo, Leo se puso al lado y me empezó a pasar la pelota. “Tranquilo, aflojate un poquito, la mano más derecha, el codo más arriba -me decía-. Andá a la línea de tres puntos y volvé”. Me la pasaba, me la pasaba, me la pasaba. Y en el segundo tiempo metí cuatro tiros libres seguidos.

-Parecía que no ibas a jugar pero jugaste: dos minutos ante Senegal. ¿Qué sentiste?
-Era un momento maravilloso, no quería que se arruinara por mis nervios. Entré contento, feliz. Y yo, que siempre tuve problemas con los tiros libres, metí los dos.

-¿Se puede pensar antes de un tiro libre?
-En el receso de la temporada 2013/14, me junté con Esquivel a entrenar tiros libres, porque erraba un montón. El me decía: “Los hombros derechos, los pies derechos, no flexiones tanto”. En el Mundial, en ese momento, sólo pensé en tener los hombros derechos, los pies derechos y no flexionar tanto. Tiempo hay. Eso sí, si estás muy nervioso, hay que pensar en otra cosa: en un pato, en cualquier cosa.

-¿Te cambió la vida después del Mundial?
-Cambió porque me reconocen. En Santa Fe, antes decían: “Mirá ese chico, qué alto”. Ahora es: “Taya, ¿me puedo sacar una foto?”. Y también ahora esperan que haga 20 puntos y 20 rebotes en todos los partidos. Y es algo que nunca hice y que todavía no lo voy a hacer.

-¿Quién lo espera: los hinchas, la prensa, los rivales, tus amigos?
-Un poco todos. Pero si la temporada pasada no lo hice, ahora tampoco. No es que de repente soy bueno (risas). Si yo pienso en que tengo que hacer 20 puntos y 20 rebotes, no voy a poder jugar bien nunca.

-¿Qué te ayuda a soportar la presión?
-Hablarlo con amigos, con compañeros, con mi novia. Yo soy medio cerrado, no me gusta contar mis problemas. Pero eso me hace mal y lo veo reflejado en el básquet. Todo lo que me pasa me afecta en el básquet. Cuando estoy bien, tengo buenos juegos. Si no, no.

La entrevista, de casi una hora, terminó. Las fotos se hicieron días después, en la previa de un partido de Quilmes. Tayavek mostró mucha predisposición y se despidió con una sonrisa. Cinco minutos después, volvió para decir algo: “Me acordé, me acordé: la última materia que di fue derecho”. Y ahí sí respiró aliviado.

Por Martín Estévez. Fotos: Emiliano Lasalvia      

Nota publicada en la edición de enero de 2015 de El Gráfico

Por Martín Estévez: 13/01/2015

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