Notas de la revista

Juan Cazares, la perla que pinta bien

- por Darío Gurevich: 16/11/2014 -

El enganche cuenta su infancia: desde lo que aprendió y gambeteó en Malecón, humilde barrio en Quinindé, Ecuador, hasta su decisión clave. Proyecto de gran jugador, admite que es un descubrimiento de Almeyda, que Ramón Díaz lo borró de River, que creció en Banfield y que desea jugar en Europa y afirmarse en su selección.

   Nota publicada en la edición de noviembre de 2014 de El Gráfico

A LOS 22 AÑOS se luce en la A en Banfield, donde salió campeón de la B Nacional en la temporada pasada.

“AL COLEGIO IBA con la pelota, no llevaba cuadernos”.

Juan Cazares tenía 12 o 13 años y ya había definido qué le gustaría hacer cuando fuera grande. Sólo esperaba el recreo para irse a jugar, hasta los profesores le decían que debía ser futbolista. Como pensaba únicamente en patear, planteó una situación lógica para su conducta, ilógica para su edad: “No quiero estudiar más, me quiero dedicar al fútbol”.

Su pedido no cayó como una bomba en su círculo íntimo, aunque resultaba difícil de digerir. “Vengo de una familia trabajadora: uno de mis tíos, Jaime Sevillano, es Concejal de Quinindé, mi pueblo; mis otros tíos y mis tías son profesores y enfermeras, mis primos, abogados y doctores… Todos estudiaron menos yo. Fui el raro de la familia, el único que juega al fútbol”, afirma.

Sin embargo, su atracción por la actividad conserva un porqué, una explicación que tiene un principio a través de una anécdota genuina y sincera. “Cuando cumplí un año, mi hermano, Kollar, me llevó a elegir mi regalo y lo primero que cojí fue una pelota. Me dijo que agarrara algo más, pero no quise; con eso ya estaba”, revela.

Las imágenes fluyen de manera natural, las vivencias afloran. El pequeño se había enamorado de la redonda y a partir de ahí, de ese hermoso flechazo, desarrolló una construcción propia que desembocó después en la determinación mencionada. Era rebelde, terrible e indescifrable, como se torna hoy para los rivales adentro de la cancha. Contemporáneo al nacimiento de la PlayStation, priorizaba escaparse de su casa para divertirse con los pibes.

“Jugábamos al fútbol, a la bolicha (bolita), al trompo y al balero, también nos gustaba la Play… Me la pasaba en la calle y mi mamá, Fanny, y mi hermano, que es mayor, me cagaban a palos. El me trataba de ordenar, pero la tenía difícil –anticipa–. Al lado de mi casa había una pared gigante y ahí tirábamos penales. Después, nos matábamos cinco contra cinco en el fútbol callejero, que llamamos indoor, y me pegaban mucho porque era el más hábil. Esto me sirvió para madurar. Aprendí en la calle y de las patadas”.

-¿Te elegían primero cuando los equipos se armaban?
-Sí, y cuando llegaba de última, sacaban a otro para meterme a mí.

-¿Te enfrentabas con chicos más grandes?
-Toda la vida… Era el más chiquito, el menor del grupo, pero no me daba miedo. Las patadas tampoco me asustaban, y eso que me golpeaban hasta en la cabeza. Pero me la aguantaba, siempre muy bien. Igual, lo peor era cuando me levantaban de atrás.

-Imagino que eso debía doler bastante más en ese momento que ahora en la Primera de Banfield…
-Sí, claro… En Primera, algunos rivales me dicen mientras jugamos que me van a romper, otros me pisan a propósito… Pero yo no entro en esa porque hay que jugar al fútbol y no pelearse. Es una etapa que superé en inferiores de River.

A Juan le gusta que lo apoden Juani y que se lo nombre por su apellido completo: Cazares Sevillano, el primero de parte del padre y el segundo, de la madre. Se crió con su abuela, Bonifacia, a la que perdió a los 10 años, en su amado barrio: Malecón, también conocido como El Bajo, en Quinindé, que está en auto a cuatro horas de Quito, la capital de Ecuador.

“Mi barrio es tranquilo, si no te metés con nadie. El Bajo es humilde… Gracias a Dios, nunca faltó nada en casa porque la comida siempre estuvo. Vivir ahí es único, tengo a mis amigos de toda la vida… En el barrio, aprendí a compartir, a que el que tiene le dé al que no tiene, a ser humilde; me enseñó cosas buenas y malas que me sirvieron y que me van a servir para el futuro”, asegura.

-¿De qué cuestiones te alejaste porque eran perjudiciales?
-Tenía amigos que se metieron en otro vicio… Como no era para mí, ni entré…

-¿Qué vicio: droga, delincuencia?
-Droga… Por suerte, mis amigos no andaban en la delincuencia ni eran sicarios. Lamentablemente, probaron algo y les gustó, y yo me mantuve lejos al igual que mi gran amigo Rolando, que es como mi otro hermano mayor porque siempre anduvimos juntos. Ni él ni yo nunca nos metimos en la droga, sólo tomábamos un poco de alcohol que a cualquier le gusta. Y eso era normal para nosotros: una cerveza, un vaso de whisky, hasta ahí… Yo comencé a tomar una copita de más a los 16 años... Pero Rolando y yo fuimos inteligentes y supimos ver qué servía y qué no.

Juani lleva a Malecón tan adentro de su alma que confiesa la picaresca manera en que ayuda a los suyos. “Siempre mandé para el equipo del barrio los uniformes, titular y alternativo, de los clubes en los que jugaba, y los de Banfield ya los tienen. Como se juega en cancha de 11, envío 50 uniformes completos: camiseta, pantaloncito y medias”, describe y sonríe.

Pero retomemos su decisión clave, aquella que lo catapultó hacia este presente. El ecuatoriano dejó la escuela, mientras era el 10 y el capitán de la selección de Quinindé, a los 13 años para iniciar su camino como futbolista. “Una señora (no desnuda su identidad) habló, me probaron en Barcelona de Ecuador, quedé después del primer entrenamiento y me trasladé de Quinindé a Guayaquil para vivir en la pensión del club. ¿Si extrañaba? No, pienso con la cabeza. Eso de extrañar es secundario porque el que tiene un sueño debe hacer todo lo posible para cumplirlo”, destaca.

El chico sorprendía de la mitad de cancha para arriba, sea como doble cinco adelantado, volante por izquierda o derecha, enganche o mediapunta. “Siempre jugué en los puestos de adelante, nunca me gustó en los de atrás. Me encantaba tener la pelota todo el tiempo, pero no corría mucho, era lento. Entonces, Marco Zambrano, un empresario al que quiero mucho, me insistía para que cambiara el ritmo”, recuerda.
No obstante, el camino no fue tan simple y llano como se suponía: “Antes de cumplir los 16 años, pasé por momentos difíciles en Barcelona, como no cobrar, no tener una casa para vivir, y decidí irme después de haber estado dos años y medio. Zambrano había comprado un club de la Tercera División de Ecuador, Norte América, y jugué algunos meses ahí, en un equipo formado por pibes de 16 años. Casi a los 17, Zambrano me llevó para Independiente del Valle, donde sólo estuve seis meses. Ahí, debuté en Primera en la Serie B, jugué 10 partidos, salimos campeones y ascendimos a la A. En enero de 2010, llegué a River”.

-¿Sabías qué clase de club es River?
-No tanto, no sabía que era tan grande. Cuando se presentó la oportunidad, pensé en cumplir mi sueño en el fútbol argentino, que lo miraba mucho. Después, me di cuenta de que River es otro mundo, una de las mejores vidrieras para salir a Europa.

SU BUEN MOMENTO en Banfield lo condujo a la selección de Ecuador tras el Mundial 2014.

EN LA ARGENTINA, gozó de la vertiginosa curva ascendente y luego sufrió un freno inesperado. Primero, lo colocaron en la Quinta del Millonario, en la que arrancaba como volante por izquierda. Tras un mes y medio en esa división y gracias a dos goles que clavó en una práctica con la Primera delante del entrenador Leonardo Astrada, lo subieron a Reserva. Pasó de ocupar el carril zurdo a moverse libre por el frente de ataque hasta que Matías Almeyda, el técnico que comandaba a la Primera en ese entonces, lo ubicó de enganche. Mientras River peleaba por la refundación en la B Nacional, Cazares concretó su estreno entre los profesionales de la institución el 7 de diciembre de 2011, cuando se disputaba el tiempo de descuento en el triunfo 1-0 ante Defensores de Belgrano, por la Copa Argentina.

En 2012, levantó aún más vuelo: se consagró campeón de la Copa Libertadores Sub 20, siendo el futbolista más valorado del certamen, y empezó a sumar minutos en Primera. Pero la modificación de conducción técnica lo liquidó: Almeyda afuera, Ramón Díaz adentro. “Hice la pretemporada en enero de 2013 y después me dijo que no me iba a tener en cuenta y me bajó a Reserva. Entonces, decidí irme”, justifica.
-En limpio: no es que en River no confiaron en vos, si no que Ramón Díaz no apostó por vos. ¿Coincidís?
-Sí, porque Almeyda me dio chances, pero Ramón Díaz no. Por eso, no logré afianzarme en River. El era el técnico, tenía que decidir y lamentablemente tuve que salir.

Golpazo a la ilusión. El volante creativo debía reciclarse, y Barcelona de Ecuador le abrió las puertas, como ya lo había hecho durante su etapa en inferiores. La experiencia sólo duró cuatro meses y la tentación por regresar al fútbol argentino resurgiría, aunque con otro nombre: Banfield, que había descendido a la B Nacional y que empezaba a ser entrenado por un conocido, un tal Almeyda.

-¿Sos un descubrimiento de Matías?
-Sí, él me puso en Primera en la Argentina, me trajo a Banfield y me dio continuidad.

-¿Por qué te banca?
-Siempre lo hizo a morir... Me genera confianza y trato de responderle. Me dice que me divierta, que juegue al fútbol y que haga lo que quiera de la mitad de la cancha en adelante. Todo eso a mí me gusta.

-Esto te causa convencimiento y libertad para soltarte y jugar, ¿no?
-Sí, y mis compañeros también confían en mí y esto no te pasa en cualquier lado. “Hacé lo que quieras”, me dice Erviti. Y Bianchi Arce me aclara: “Pero ganemos”. A nadie le gusta perder... Yo intento hacer jugar al equipo y, cuando tengo la pelota, busco gambetear y provocar una situación de gol con un pase o un tiro al arco.

-Más allá de los mimos, ¿qué encontraste en Banfield para despegar?
-En la B Nacional, tuve partidos buenos, regulares y malos, pero logré continuidad y eso me llevó a crecer en lo futbolístico: tengo más potencia y velocidad, ya no es fácil tirarme al chocar porque estoy mejor en lo físico, corro mucho y no me canso rápido, y también marco.

-¿Quién te metió esa ficha para colaborar en el retroceso?
-Es que si miras el fútbol europeo, verás cómo Iniesta, Pedro, Valencia y Rooney marcan. ¿Y por qué yo no? Entonces, tomo al cinco rival y tengo que estar atento porque si se me escapa, puede generarnos peligro.

-¿Qué te dejó el ascenso a Primera en tu temporada inicial en Banfield?
-Fue importante. La meta era salir campeones y lo conseguimos. Queríamos jugar en Primera A y ahora el objetivo es terminar lo más arriba posible. Ojalá que nos clasifiquemos a un torneo internacional más adelante.

-Potenciaste tu buen juego, metiste dos goles y elevaste un tanto la vara durante el Torneo de Transición 2014. ¿Esto te presiona o te motiva?
-Sé que la gente habla mucho de mí, pero soy humilde, mantengo mi perfil bajo. “No te agrandés”, me jode Almeyda. Pero él sabe que ese no es mi estilo. Yo vengo de un barrio y eso de agrandarme para mí no existe.

-¿Disfrutás más de convertir o de asistir?
-De poner un pase de gol (mira fijo)… Siempre me gustó más asistir para que mis compañeros la metan.

-¿En qué no debés equivocarte adentro de la cancha?
-No tengo que errar un pase ni perderla en la mitad de la cancha. A veces bajo hasta ahí porque no toco la pelota más arriba y me paro cerca de Domingo. Y no debería hacerlo, lo sé, porque si me la juegan y la pierdo, sería malo para el equipo.

NO DISFRUTA de las entrevistas, pero se divierte en la producción para El Gráfico.

-Varias personas del ambiente del fútbol reconocen a este Banfield, más allá de los resultados. ¿Esto a ustedes los hace creer aún más en la idea?
-No pasa por ahí. Se dice que somos uno de los que mejor juega en el campeonato y eso está bueno. Pero perdimos algunos partidos y puntos importantes, quedamos eliminados de la Copa Argentina… Creamos muchas situaciones de gol, pero a veces no convertimos. Nosotros necesitamos hacer los goles y ganar, no jugar tan lindo… Porque si no ganamos, por más que juguemos bien, no sirve.

-¿Cuál es el secreto para alcanzar este funcionamiento?
-El conocimiento. Somos casi todos los mismos que veníamos de jugar en la B. Cuando la tengo, sé qué movimientos harán mis compañeros.

-¿Qué es lo que más te seduce del equipo?
-Que hay muchas opciones de pase, que manejamos bien la pelota, que hacemos buenas triangulaciones entre los laterales, los volantes y los delanteros, que salen lindas jugadas y llegamos con claridad al arco rival.

-¿River y Banfield son los equipos más vistosos en la Argentina?
-Creo que sí… Cuando puedo, voy a la cancha a ver a River y juega muy bien. Y nosotros también. Pero cuidado porque Boca levantó, Newell’s lo hace muy bien por momentos…

CAZARES ATRAVIESA un presente angelado a los 22 años. Sixto Vizuete, que lo había dirigido en la Sub 20 de Ecuador en el Sudamericano y en el Mundial de la categoría -siempre en 2011-, lo citó dos veces para la Mayor, y Juani respondió en tres partidos. Hasta se dio el gusto de convertir en su estreno en el triunfo 4-0 ante Bolivia a comienzos de septiembre. “¿A qué aspiro? A mantenerme en la selección. El primer paso sería jugar la Copa América 2015. ¿Si pienso en el Mundial 2018? Obvio, yo quiero estar ahí”, reconoce y guiña un ojo.

-Fuera de la selección, ¿a qué le apuntás?
-Mi meta es jugar en Europa.

-Dentro de unos años, ¿podrías ser un James Rodríguez, el colombiano que también pasó por Banfield y que juega en una posición similar a la tuya años?
-Eso dicen, pero quiero ser yo mismo y armar mi historial y el de mi selección…

Por Daría Gurevich. Fotos: Maxi Didari

Por Darío Gurevich: 16/11/2014

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