Notas de la revista

Federico Mancuello, una historia que enamora

- por Darío Gurevich: 04/10/2014 -

Pasó de la crítica de hace tres años a ser la bandera futbolística y anímica de un Independiente que volvió a enamorar a su gente. El mejor del equipo en el torneo, por su juego y sus goles, revela su reciclaje como jugador, cuenta su curiosa historia ligada al club que ama y avisa que, si es transferido, desea dejarle dinero al Rojo.

    Nota publicada en la edición de octubre de 2014 de El Gráfico

A LOS 25 AÑOS, el volante le rinde culto al nombre de su ciudad santafesina. Hoy, lo miran desde la Selección.

EL GRITO ensordecedor no se escucha aquí y ahora en el Libertadores de América. El ya cotidiano “Mancueeello, Mancueeello” no retumba en los oídos dentro de un campo de juego impecable, que no denota secuelas de una práctica de fútbol reciente. El muchacho que ocupa el espacio dominante del poster en la actualidad del Rojo, el mismo al que grandes y chicos paran tiempo completo en las instalaciones de Independiente para pedirle un autógrafo, sacarse una foto o darle simplemente un abrazo sincero -con lo que eso significa-, está ahí, de civil, divirtiéndose al revolear la camiseta de sus amores.

Esta podría ser la imagen de un hincha común y corriente que goza de un instante preciado en el templo sagrado, mientras el sol del mediodía lo acaricia en Avellaneda. Esta efectivamente es la postal de un fanático que disfruta de un momento único, en el que cambió críticas despiadadas por pincelazos de idolatría, en el que se convirtió en la bandera futbolística y anímica de un equipo que, al cierre de esta edición y sustentado por tres de sus cinco goles, acumulaba cuatro victorias en fila (incluida la del clásico ante Racing) y asomaba para pelear el campeonato local, tras haber navegado un año por las aguas oscuras y turbias de la B Nacional.

Sin embargo, la génesis del doble cinco que juega y hace jugar, que cubre bien los espacios en el retroceso y que pisa el área de enfrente por sorpresa y con autoridad, no se resume en un tiempo y espacio puntual. Para descubrir la gestación del futbolista completo que se aprecia, Federico destaca en primera persona diferentes pasajes de su vida, ni siquiera de su carrera, que lo nutrieron.

- “Todo comenzó a los tres años, cuando me paraban adentro de un arito, me ataban una pelota al tobillo y tenía que hacer jueguitos sin que se me escapara del aro. Mi tío se enojaba y decía: “Mirá las tonterías que el entrenador le pide”. Hoy, gracias a eso, controlo mejor”.

- “No es que pasé de ser un volante por izquierda que hacía correctamente el carril a otro dinámico, criterioso y decisivo que arranca desde el centro del mediocampo. En inferiores de Independiente, no era voluntarioso, no corría a nadie y metía 15 goles por torneo. Pero cuando empecé en Primera en 2008, cambié porque así no iba a jugar. Entonces, tenía que correr. Como hacía 70 metros por la banda, llegaba con pocas luces para definir. Hoy, con el esquema de Almirón, encontré una posición como doble cinco en la que llegó al arco con más frescura para resolver. Y, cuando Jorge les da indicaciones a los defensores y a los delanteros, presto atención también porque puedo aparecer por lugares de la cancha no habituales para mi posición y tengo que saber cómo terminar la jugada. Ante tanta dinámica que existe en el fútbol, debo prepararme y estar capacitado para afrontar cualquier situación”.

- “Uno de los entrenadores que más conceptos me dejó es el que menos me puso: Mohamed. El Turco nos daba diferentes opciones para resolver adentro de la cancha, y eso genera tranquilidad porque al recibir la pelota, sabés qué hacer. Podría criticarlo, decir que estábamos peleados, y no, al revés: le estoy agradecido porque aprendí muchísimo”.

- “Como no iba a ser titular en Independiente y necesitaba volver a sentirme importante adentro de la cancha, decidí irme a préstamo a Belgrano en 2011. Ahí Zielinski me enseñó. “Podés jugar bien, regular o mal, pero si hacés lo que te pido, conmigo vas a jugar siempre”, me encaró el Ruso (todavía dirige al Pirata). Entonces, cumplí con lo táctico y aprendí a cubrir los espacios, cuándo presionar y cómo atacar, a ser más cauteloso porque peleábamos para no descender, y a jugar en otras posiciones: de lateral por izquierda y de doble cinco. Además, logré desconectarme al no mirar más la televisión ni los canales de deportes, y por otro lado, pude conocer realmente a mi hermana, María Eugenia, que justo estudiaba en Córdoba, junto a mi primo, Walter. Yo me había venido a los 14 años a Buenos Aires y dejé de compartir cosas cotidianas con mi hermana, a la que le llevo dos años, y entonces no sabía cómo pensaba, sentía y vivía, y lo mismo para con mi primo. Fue un año positivo en todo sentido”.

- “Almirón me dio la confianza y la seguridad para tomar decisiones. Pero tengo otras responsabilidades en la cancha: ocupar posiciones; cuando salimos jugando con línea de tres y perdemos la pelota, me meto como si fuera un central más; cuando atacamos por izquierda, me muestro como receptor para limpiar la jugada y seguirla por el otro lado… Hay muchas cuestiones que tal vez se ven opacadas por los goles que hice en este torneo al entrar por sorpresa por el centro del ataque”.

- “Mi presente se debe a un complemento de todo lo que viví. Ahí se entremezclan la frescura que tenía de chico para ir al ataque con la madurez al saber qué espacios cubrir”.

-La primera vez que cambiaste resistencia por ovación fue durante la B Nacional, cuando sostenías al equipo. ¿Lograste disfrutar de ese momento?
-No, no podía. Mi sueño era que la gente de Independiente cantara mi apellido, pero yo prefería ganar 3-0 antes que eso y empatar. Se complicaba jugar cuando la angustia era tan grande, no teníamos que haber vivido ni el descenso ni ese año en la B. Al principio, no sentíamos que habíamos descendido y no nos salía lo que habíamos planeado en los partidos. Después, mejoramos y recién disfruté del cariño de los hinchas cuando ascendimos contra Huracán.

-¿Entendés el juego más que antes?
-Sí, lógico… Incorporé conceptos con los años, en cuanto a la ubicación, al tiempo para jugar, a conocer los diferentes sectores de la cancha. Por ahí antes quería agarrar la pelota y sólo ir para adelante, porque también la gente te lo pide. Hoy es distinto, y comprendés que un toque previo hace que aparezcan compañeros sin marca por el otro lado de la cancha. Por eso, hay que conservar la calma.

-¿Te considerás ídolo en el club?
-No, ídolo no. Creo que no soy consciente de lo que estoy viviendo. Pasaron jugadores increíbles por Independiente y marcaron cosas importantes. Igualmente, me gané el cariño y el respeto de la gente. Yo me brindo al máximo todos los días, y bienvenido sea si mis goles sirven para conseguir triunfos.

DE NIÑO vestido de jugador de Independiente.

SI DE CHICO lo hubieran apodado Diablito, habría encajado justo. Pero no: a Mancu siempre lo llamaron Fede en su Reconquista natal. De hecho, le molesta que le digan Mancu en su pago santafecino. Sin embargo, retomemos lo que habría sido un seudónimo perfecto. “Era terrible desde chiquito. Jugaba con mi tío a la pelota adentro de mi casa y rompíamos los vidrios. Vivía con una pelota en los pies y, cuando no la tenía, me ponía insoportable porque quería jugar. Además, soy hincha de Independiente, toda mi familia lo es. Mi tío, Reinaldo Prince, el mismo que pateaba conmigo, fundó la peña de mi ciudad, Los Diablos Rojos, que hoy lleva el nombre de Eduardo Maglioni, hombre de Reconquista, ex jugador en los años gloriosos de Independiente que tiene el récord en el fútbol argentino por haber convertido tres goles en menos tiempo: un minuto, 51 segundos –precisa–. Yo siempre pedía lo mismo para Navidad: el conjunto completo del equipo para vestirme de jugador. Y mi viejo, Mario, se esforzaba para conseguírmelo porque era difícil por vivir en Reconquista y por mi talle”.
A los tres años, Mónica, su mamá, lo mandó a una escuelita de fútbol que se desarrollaba en una iglesia a la vuelta de su casa. Dos o tres años después, disputó un torneo de baby en el Club Atlético y Tiro Reconquista, en el que se inició y compitió hasta los 14 años. “En el club, se juega 11 contra 11 desde que tenés siete años. La cancha grande, justamente de 11, se divide a la mitad y los arcos se ponen sobre los laterales, y el sistema táctico que se usa es el 4-3-3. Yo era un wing izquierdo rápido y goleador, que le pegaba fuerte”, afirma.

-¿Te querías parecer a algún jugador de Independiente, cuando jugabas de pibe?
-Cuando lo hacía con mis amigos y yo llevaba la pelota decía: “La tiene el Pocho… La tiene el Rolfi…”. Cuando jugaba, me relataba como si yo fuese ellos.

-¿Se lo blanqueaste a Insúa y a Montenegro, compañeros tuyos?
-Sí, lo saben y yo los cargo porque están viejos. Fuera de broma, es un placer compartir el vestuario y aprender con ellos. Yo festejé el título de 2002, cuando la rompieron.

-¿Se sorprendieron al enterarse de esto?
-No, no… Cuando fui alcanzapelotas, les pedía la ropa: sus camisetas, sus pantalones… Ya me conocían (risas).

EN SEPTIMA, con su gran amigo, Diego Rodríguez.

Pese al amor por el Rojo, su llegada al club se concretó de carambola. “Es una historia rara. Había quedado en Colón y en Rosario Central, pero me surgió la chance de Independiente. Yo pasaba a buscar a un compañero, Iván, para ir a la pileta todas las tardes; a él lo habían aceptado en el club y tenía que ir para Buenos Aires. Antes de viajar, pasé por su casa y la gente que lo traía al Rojo estaba ahí. Cuando me vieron, me preguntaron de qué equipo era hincha y rápidamente me ofrecieron probarme, y les dije que lo hablaran con mi papá. Una vez que volví de la pileta, me enteré de que debía viajar para Buenos Aires. Bueno, me probé un lunes y me ficharon un viernes”, detalla.

De movida, paró en la casa de los tipos que lo acercaron a la institución de Avellaneda, luego se refugió en el hogar de la familia Blanco –un compañero por ese entonces– hasta que le abrieron las puertas de la pensión, en la que compartió la habitación durante cuatro años con Diego Rodríguez, el arquero titular de Independiente, del que es íntimo amigo.

“Me acuerdo de que había bolsas de biscochitos en las encomiendas que nos mandaban nuestras familias. Como los sábados cenábamos muy temprano en la pensión y todos buscaban algo para picar a las 23, nosotros vendíamos esas bolsas al doble o al triple del valor, porque no se podía salir de la pensión, y con esa plata nos comprábamos después muchas más bolsas de esos mismos biscochitos para comer en la semana –describe a las carcajadas–. Hablando en serio, Diego tenía mi mismo objetivo y conseguimos las cosas juntos. En Sexta y en Quinta, nos citaron a la Selección juvenil; él subió a Primera un año antes que yo, pero yo debuté primero, a fines de 2008. Igual, siempre fuimos a la par”.

El resto de la historia resulta conocida: alternó buenas y malas en su primera etapa en el club, entre 2008 y 2011, período en el que consiguió la Copa Sudamericana 2010 (jugó poco) y en el que no zafó de la picadora de carne. Se exilió un año en Belgrano, mejoró una barbaridad y retornó con más recursos al Rojo por pedido de Cristian Díaz. Padeció el descenso, la sufrió en la B Nacional y logró el ascenso a la A. En este torneo, definió los partidos ante Olimpo, Racing y Banfield, abrió y cerró la victoria frente a Atlético de Rafaela y Quilmes, y se florea en la cancha a los 25 años. Por haber mostrado y mantenido su mejor versión, a Gerardo Martino le gustaría entrenarlo en la Selección.

REFERENTE en el vestuario, donde posa, tanto en la B Nacional como en Primera A.

-Sos un volante mucho más dinámico que creativo. ¿Le modificaste el paladar al hincha de Independiente?
-No, el fútbol cambió porque se juega con intensidad y con los espacios que deja el rival. Si el jugador hoy no es dinámico, desaparece. Incluso, tipos creativos, como el Rolfi y el Pocho, son más dinámicos de lo que eran antes. El futbolista se tiene que adaptar a la evolución del juego.

-¿El gol que le metiste a Racing es el más importante de tu vida?
-Sí, y lo va a ser. Perdíamos 1-0 y lo dimos vuelta 2-1, con gol mío. Si lo planificaba, no salía. Ese fue el día más lindo de mi vida.

-Ensayaste un curioso y tal vez divertido festejo, con baile incluido, tras el gol a Banfield. ¿Por qué te surgió?
-Para hacer tiempo, no estaba ni planificado. El partido era muy dinámico y había que poner paños fríos y bajar un poco después del gol.

-¿Están para pelear el campeonato?
-Si no hay resultados, los jóvenes no crecen como deben porque la gente exige. Y si los conseguimos, hay confianza; y si la hay, el equipo juega mejor y podrá ganar más partidos. Nuestra obligación es pelear arriba, no se lo puede ocultar. Sueño con volver a salir campeón: del torneo o de la Copa Argentina. Pero sabemos que esta es una nueva etapa en el club y el equipo se formó hace poco.

-¿Qué es lo que más te gusta al momento?
-Más allá de cómo jugamos, me encanta que tengan lugar los chicos de inferiores en Primera, porque son el patrimonio del club.

-Vos sos parte de ese patrimonio y uno de los candidatos a vender. ¿Te seduce irte?
-Si me toca irme, le quiero dejar dinero a Independiente a través de una venta. Si no fuera por el club, quizás mi familia y yo no tendríamos las cosas básicas para la vida. Por eso, no me iré libre; justamente porque estoy identificado con el Rojo y soy un agradecido.

Por Darío Gurevich. Fotos: Hernán Pepe

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