¡HABLA MEMORIA!

De la Mata: mil gambetas y un golazo

- por Martín Estévez: 28/09/2014 -

Capote fue una gloria de Independiente. Junto a Erico y Sastre brilló en un equipo que metió 115 tantos en un campeonato. Su función era recibir la pelota y hacer lo que sintiera: desbordar, encarar, asistir, definir. En 1939 hizo uno de los mejores goles del fútbol argentino.

   Nota publicada en la edición de septiembre de 2014 de El Gráfico

BIGOTE, raya al medio y aspecto desafiante. De la Mata regó de fútbol todas las canchas de la Argentina.

“Tras un ataque de River, tomó la pelota el arquero nuestro, Fernando Bello. La tiró larga sobre mediacancha, como acostumbraba hacerlo, buscándome siempre a mí. La bajé justo en el círculo del mediocampo y giré sobre la izquierda. Allí dejé en el camino a Moreno. Sobre el sector del mediocampo de River hice lo mismo con Minella. Y de nuevo tuve encima a Moreno. Le amagué tocar hacia la derecha y me fui por la izquierda. En ningún momento descuidaba la posición que iba tomando Erico, porque mi idea era tocarle la pelota a Arsenio para buscar la posibilidad del gol. Cuando fui llegando a tres cuartos de cancha, en poco espacio dejé atrás primero a Vassini y luego a Santamaría, los dos zagueros de River. Y entré en el área. Otra vez amagué tocar hacia Erico y me abrí hacia la izquierda dejando atrás a Cuello. Pero ya tenía encima a Santamaría, al que tuve que eludir abriéndome un poco más y quedando en posición muy difícil para tirar al arco. Inclusive para poder pegarle con mi pierna hábil: la derecha. Como llegaba Erico por el medio, intenté pegarle con la izquierda hacia el medio. Sirni, el arquero de River, intuyó la maniobra y volcó su cuerpo hacia el centro. Yo le di con la de palo, y salió un tiro corto y débil que fue a meterse entre el poste derecho y el arquero. Los engañé a todos. ¡Incluso yo, que quise tirar centro!”.

Vicente de la Mata no contaba un sueño, sino el gol que le había hecho a River el 12/10/1939, considerado en aquel momento, y al menos hasta 1953, como el mejor de la historia del fútbol argentino.

De la Mata nació en Rosario, en 1918. “Comencé a jugar al fútbol cuando tenía 12 años –contó más de una vez–. Era entonces hincha de San Lorenzo, cosas de chico. Mis primeros clubes fueron Estudiantil Porteño y Central Córdoba”. Debutó oficialmente en 1935, a los 17 años, en la liga rosarina. Admiraba a un talentoso llamado Gabino Sosa, de quien llegó a ser compañero. “¡Qué maestro! Todas las mañanas iba a la cancha de Central Córdoba para mirar al negro Gabino. “Largala, pibe, largala que te van a lastimar”, me decía cuando jugábamos juntos”.

UNA IMAGEN ATIPICA: mostrando sus dotes para la relojería.

A los 18 años, recomendado por Gabino, lo convocaron para jugar con la Selección un Sudamericano que comenzó en diciembre y terminó en enero de 1937. De la Mata debutó en el tercer partido, un 1-0 ante Perú. “No muchos conocen el porqué de mi apodo: Capote. En el Sudamericano entré en el segundo tiempo contra Perú. En el equipo argentino actuaba Antonio Sastre, un crack sensacional. Cuando entré, se me acercó y me dijo: “Juntate conmigo que entre los dos vamos a hacer capote”. Y allí quedó grabado a fuego mi apodo”.

Jugó 45 minutos contra Uruguay y no volvió hasta el sexto partido, la final contra Brasil, en cancha de San Lorenzo. Años después, una crónica de El Gráfico recordó aquel partido: “Empezó a las diez de la noche y terminó a las dos y pico de la madrugada. Se produjeron cuantas incidencias pueden imaginarse, desde los roces más o menos recios hasta los tumultos indescriptibles. Hubo suspensiones, expulsiones, retiros, lesionados, agresiones”. El partido iba 0-0 cuando, a los 84 minutos, ingresó De la Mata, que en tiempo suplementario metió dos goles y le dio el título a la Selección. ¿Lo imaginan inmensamente feliz? Nada de eso. “Vine con 65 kilos y me voy con 62 –declaró después del torneo–. Cuando me sacaron con los uruguayos, me desmoralicé. Sudado, me quedé a ver el segundo tiempo. Me enfermé, no sé si de enfermedad o de amargura. Ahora hice los goles, pero yo quería jugar más, y no jugué”.

Días después, Independiente adquirió su pase. “Me compró en 27.500 pesos. Parece poca plata, pero era mucho. Yo entonces compraba un kilo de carne con cuarenta centavos y un litro de leche con cinco. Me daban 200 pesos por mes y 150 por partido. Además, cobraba un prima de 5000 pesos anuales. Con todo eso, mantenía a una hermana casada y su hijo, y todavía me sobraba plata”.

CON ANTONIO SASTRE (a su derecha) y Arsenio Erico conformaron un trío inolvidable en el Rojo.

Su llegada a Independiente fue explosiva. En 1937 se jugaba con cinco delanteros y De la Mata era entreala (también llamado insider) derecho: se ubicaba entre el centrodelantero (Arsenio Erico) y el puntero derecho. Se cansó de asistir a Erico, goleador del campeonato durante tres años seguidos. Y al lado de ellos, como insider izquierdo, jugaba otro crack: Sastre. Aquel Independiente brilló: fue campeón en 1938, cuando batió el récord de goles en un torneo (115); y repitió el título en 1939. En esos dos años, De la Mata fue considerado el mejor futbolista de la Argentina. ¿Cómo era físicamente? “Morocho, peinado para atrás, de frente arrugada y ojos oscuros, bigote delgado y nariz ganchuda”, según el diario La Nación. La marcada raya al medio lo identificaba, al igual que sus quejas permanentes durante los partidos. ¿Cómo era futbolísticamente? Rápido, capaz de hacer quince o veinte gambetas en un mismo partido, y egoísta con la pelota. Asistía seguido, pero eran muchas más las veces que intentaba la jugada individual. A veces le salía, claro, como en aquel memorable gol a River. “Yo diría que a ese gol lo hizo famoso la gente –sugería–. No creo que fuera para tanto... Es más, en ese tiempo todos los goles tenían algo de golazo. Es que la calidad de los futbolistas producía goles de ese tipo. Para muchos fue el mejor gol de mi campaña, pero yo me quedo con los dos que le marqué a Brasil en el Sudamericano”.

De la Mata ganó un título más en el Rojo: el torneo de 1948. Durante algunos meses fue jugador y director técnico al mismo tiempo, pero no funcionó y dejó el club en 1950, luego de acumular 362 partidos y 152 goles. Es el segundo máximo goleador del club; primero está Erico y tercero, Sastre. Eso permite tener una idea de la importancia histórica de aquella delantera. “Capote se quita la roja –tituló El Gráfico–. El extraordinario delantero se ha desligado del club Independiente después de haberle prestado su inestimable concurso a lo largo de catorce temporadas. Ha sido uno de los más grandes gambeteadores del fútbol argentino”.

Siguió su carrera en Newells, donde jugó 23 partidos y marcó un gol entre 1951 y 1952. En la Lepra integró un interesante equipo con futbolistas como Contini, Mardiza, Montaño y Ortiguela. En la Selección, totalizó 13 partidos, 6 goles, y ganó tres Sudamericanos.

CON LA SELECCION argentina jugó solo trece partidos, pero ganó tres Sudamericanos.

“Rezongón como Alberto Lalín, habilísimo como Antonio Sastre y con el mismo amor por el fútbol que tuvieron los antes citados, Capote sigue jugando contra los años y las mataduras –contaba, a mediados de los años 50, el periodista Borocotó en El Gráfico–. Lo hace en su Central Córdoba, de donde salió luego de haber estado junto al payador de la redonda: Gabino Sosa. Interior de un lado o del otro; yendo a buscarla o siendo punta de lanza para el pique y el shot al arco; o extremo derecho si le pedían, ya que también enlazó un sudamericano desde esa punta, es El Gallego en sus pagos rosarinos y Capote para los rojos. En un momento de abundancia de valores como en 1939, Vicente de la Mata fue el mejor forward argentino, y dentro de todos los años brillantes suyos aquél es carta que no se emparda. Difícil jugar tanto; más, imposible. Capote fue extraordinario, aunque no haya olvidado sus rezongos y sus caprichos. Refunfuñando, toreando, iba a buscar al rival cada vez que entraba en posesión de la pelota y hasta sin ella también. Y era un pericón con relaciones y una de cortocircuitos en las canillas que metía miedo. Volvió a sus pagos, le pusieron una E de entrenador en el pecho, pero la redonda lo llamó como una novia querida... Capote arrancó la E y volvió a chairarla”.

Así lo definió Antonio Sastre: “Era muy habilidoso, extraordinario, pero un poco caprichosito para pasar la pelota. Ese gol famoso suyo contra River se da de vez en cuando. Se pasó a todos y el gol lo hizo bien a la izquierda, y hasta le salió el tiro del final, que era difícil, mientras el paraguayo Erico estaba esperando solo en el medio”. Hasta Alfredo Di Stéfano, cuando jugaba en España, lo mencionó como uno de los mejores jugadores que vio. En 1955, a los 37 años, colgó definitivamente los botines. Después fue director técnico de Central Córdoba, de Deportivo Morón y de Dock Sud, y trabajó en las divisiones inferiores de Independiente. Su hermano Francisco también se había destacado en las canchas: fue campeón con San Lorenzo en 1946.

SE CASO con María Alida y tuvieron dos hijos a los que llamaron como ellos.

Casado con María Alida, tuvieron una hija (llamada como su madre) y un hijo (llamado como él) que también jugó en Independiente y la Selección. “El fútbol de antes era mucho mejor, era extraordinario –decía Capote en 1965, cuando su hijo comenzaba su carrera–. Ahora, algunos directores técnicos lo complican”.

Mantuvo sus críticas negativas en 1979. “No voy más a las canchas. Se juega mal y no me quiero amargar. Antes, la gran diferencia estaba en que todos eran inteligentes para jugar; hoy no. Corren y la tiran larga. Salvo algunos, como Bochini, Alonso y Maradona”.

Murió poco después, el 4 de agosto de 1980. Daba una mano en su propia confitería, llamada Capote, y ya había dejado su único vicio, el cigarrillo, pero el cigarrillo le había dejado a él problemas demasiado serios en un pulmón. “Fumo dos atados por día cuando me acuesto a las diez de la noche, pero cuando voy a alguna fiesta ya pierdo la cuenta”, confesó en sus años de juventud. Se iba así el gambeteador vestido de rojo, el del golazo histórico, el que se inició y se retiró en Central Córdoba, el que a los que jugaban mal les decía “sifones”.

“Mi viejo era un tipo simple –lo recordó Vicente hijo en el año 2000–. A pesar de la plata que ganaba, no tenía casa propia, ni auto. Para ir a la cancha se tomaba el 12 hasta el puente de Barracas y de ahí se iba caminando”. Hoy, una platea del estadio de Independiente lleva su nombre. El estadio de un club cuyos hinchas cantaron durante catorce años una canción que sirvió como homenaje a uno de los mejores futbolistas que vistieron su camiseta: “¿Adónde va la gente? ¡A ver a don Vicente! ¿Adónde va la gente? ¡A ver a don Vicente!”

Por Martín Estevez. Fotos: Archivo El Gráfico
 

Por Martín Estévez: 28/09/2014

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