Notas de la revista

Lammens: "Para mí, San Lorenzo es mi viejo"

- por Diego Borinsky: 18/09/2014 -

En apenas dos años, y a la sombra de Tinelli, lideró una gestión que dio vuelta el club como una media. La conmovedora historia del hombre que perdió a su padre a los 7 años y se refugió en el sentimiento por los colores para darle sentido a su vida. Las claves de la refundación.

      Nota publicada en la edición de septiembre de 2014 de El Gráfico

CORAZON Y CEREBRO de la "nueva" institución de Boedo.

El futbol da revancha. La muerte, no.

No se la da a los que se van ni a los que se quedan.

Quizás ocurra que se apiade y ofrezca abrigo, un refugio para vivir siempre conectado.

Matías Lammens tenía 7 años cuando su padre, Néstor Daniel, de 49, murió de un infarto. Daniel, así le decían, había ido a jugar al tenis, se sintió mal, lo buscó una ambulancia y llegó a la clínica sin vida. Los estudios médicos jamás habían enviado señales de alarma. Matías tenía (tiene) tres mediohermanos de un primer matrimonio de su padre y era (es) hijo único de madre. El gurrumín de la familia.

Si uno nunca está preparado para la muerte de un ser querido, mucho menos lo estará sin preaviso. Muchísimo menos si se trata del padre y ni hablar si uno tiene apenas 7 años.

“Era una semana santa, me mandaron a dormir a la casa del mejor amigo de mi viejo y entraron mi tío y mi mamá y me dijeron que papá se había ido al cielo, pero que me quería mucho. Mirá: me acuerdo hasta de cómo estaban vestidos mi tío y mi vieja, esas cosas que te quedan. Como la charla que tuvimos. Me puse muy triste, me costó mucho entender el porqué, pero rápido, rapidísimo, no sé si como un mecanismo de defensa o qué, me refugié en San Lorenzo. Me hice muy fanático. Me aferré a San Lorenzo tan rápido y tan fuerte, como si San Lorenzo fuera mi viejo”.

Matías relata con naturalidad el instante más dramático de su vida. Tuvo tiempo para digerirlo. Cuenta que conserva imágenes de su padre. Momentos. Fotos más que películas. Todas ligadas a San Lorenzo: juntos en la cancha de Estudiantes, donde recibían proyectiles al pasar por la platea local; a la salida de la de River donde a su padre le robaron un reloj.

Desde que empezó el colegio, el protagonista se recuerda a sí mismo clavado todos los lunes a las 19.01 frente al kiosco de diarios del barrio para recibir las revistas El Gráfico y El Ciclón. Asegura que memorizaba nombres de jugadores, resultados de partidos, que se sabía todo de todo. Y que siguió yendo a la cancha. Con los amigos de su viejo primero; con sus propios amigos después. Giunta y Perazzo fueron sus primeros ídolos, aunque el poster de Blasito bajó rápido; más tarde, en los picados, pasó a imitar a Jorge Rinaldi en todo.

“Cuando San Lorenzo descendió, lo fueron a buscar a mi viejo. Estuvo el 82 como colaborador. Insúa me contó que mi viejo le daba 100 dólares por cada gol que metía. Se lo había prometido y cada vez que el Gallego la embocaba, mi viejo iba al vestuario y le pagaba. Después fue vicepresidente entre el 83 y el 84. Mi viejo era enfermo de San Lorenzo; si perdía el domingo, en casa era irse a dormir sin comer, un ambiente de tristeza total. En una entrevista de radio que tengo guardada, le preguntan por qué daba premios a los jugadores si no era dirigente. ‘Que gane San Lorenzo hace feliz a mi familia’ contestó mi viejo”.

La felicidad de la familia de San Lorenzo… Los caminos de la vida, cantaría Vicentico, otro cuervo. Es muy fácil comprender que en ese abrazo conmovedor entre Lammens y Tinelli hay algo más que la celebración por ganar una Copa eternamente esquiva. Tinelli también perdió a su padre de muy chico. Entonces hay alegría, goce supremo, sensación de alivio, de “ya no tienen con qué cargarnos”, recuento de amarguras que se van ya al tacho de basura, ganas de Real Madrid, y detrás de todo eso, envolviéndolo como una sábana, dándole significado, el vínculo con el padre, ese puente de complicidad indestructible.

-¿En qué pensabas cuando se consumían los últimos minutos de la final?
-No sólo en esos minutos, durante todo el día apareció mi viejo: qué sentiría, qué pensaría, aparte en el club trabaja conmigo mi hermano Carlos, es todo muy movilizante… En realidad todo esto tiene sentido y yo hago todo lo que hago porque para mí San Lorenzo es mi viejo.

-Con Tinelli tienen una historia similar…
-Claro, fue una de las cosas que más nos unió con Marcelo. El es hijo único, yo también de parte de mamá, ninguno viene de cuna de oro y Marcelo me dice que me ve emprendedor, como era él antes. Ambos sostenemos esta locura por San Lorenzo, es un sentimiento absolutamente irracional, uno deja de lado la familia, el trabajo, y le dedica 10 horas por día al club. Tiene sentido porque uno lo hace con esa carga emotiva detrás si no, sería imposible.

EN BRAZOS DE SU PADRE, cuando era muy pequeño.

Viernes 15 de agosto, 4 de la tarde. No pasaron aún 48 horas del momento sublime y el presidente más joven del fútbol argentino (34) está frente a un tostado de jamón y queso, con tranquilidad, para charlar dos horas en el café Esquina Homero Manzi, San Juan y Boedo, ¿dónde sino iba a proponer el encuentro? Imposible borrarle la sonrisa del rostro, pero llama la atención que Lammens se mueva sin histerias ni urgencias. Del mismo modo, con apenas unas horas de sueño encima y ante la avalancha de requisitorias mediáticas, ayer ha cumplido su palabra y dio una charla en el seminario Conexión Fútbol por su gestión como dirigente deportivo, cuando tenía más que una coartada para pegar el faltazo.

-¿Venís seguido por acá?
-Sí, tengo las oficinas cerca y el sentimiento por el barrio muy arraigado. Me gusta el contacto con la gente, lo disfruto. Yo nací en Palermo, pero mi abuela tenía la casa en Jantin y Rondeau, en el límite entre Parque Patricios y Boedo. Y bueno… yo caí para el lado de Boedo.

-Sabés que Homero Manzi era de Huracán.
-Claro, conozco bien su vida, aparte me gusta mucho la historia argentina, y me interioricé no sólo por Manzi, sino por el grupo de intelectuales que integraban FORJA, ideológicamente me caen muy bien. Con Huracán estamos mezclados, somos vecinos de verdad, tengo muchos amigos del Globo, ojalá volvamos a jugar pronto el clásico.

-¿La Copa durmió parada en la mesita de luz o acostada en tu cama?
-Parada (risas) la apoyé en el placard y la dejé ahí, así apenas me levantaba la miraba. Igual, no hacía falta porque lo primero que se me vino a la cabeza cuando me desperté, después de un par de horas, fue la Copa.

-¿No hubo mensaje intimidatorio de tu mujer del estilo “La Copa o yo”?
-No, no, pero me cargaba la Flaca, me decía que yo estaba enamorado de la Copa, porque la miraba, la tocaba, me sacaba fotos. Ayer, el timbre de mi casa no paró de sonar. Era mis amigos que venían a sacarse fotos con la Copa, mi casa parecía un museo (risas). Después empezó a circular el rumor de que gente de Huracán quería robarse la Copa y pensé: lo único que falta es que me roben la Copa en mi casa, porque todos sabían que la tenía yo.

-¿Hijos no tenés?
-Todavía no, me voy muy temprano de casa y vuelvo muy tarde, no es fácil. Ya tengo ganas, tampoco quiero ser padre muy grande. Debo decir, igual, que por suerte tengo cinco ahijados. Siento una debilidad especial por Gregorio, que tiene 7 años y su padre es de Lanús. A todos los hago de San Lorenzo. Les compro camiseta, pantalón, hago una inversión importante. Pero Gregorio me estaba costando, aparte Lanús venía bien. “Soy de Lanús y simpatizante de San Lorenzo”, me decía, la puta madre, y pensaba que lo iba a perder. Hasta los 4 o 5 años te pueden decir cualquier cosa, viste, pero a los 6 o 7 ya está, no vuelven. Y ayer vino Gregorio a sacarse una foto a casa con la Copa y me dijo: “Te quiero avisar que ya decidí que soy de San Lorenzo”. Me partió.

-¿Tu mamá es de San Lorenzo?
-Sí, ella también era del barrio antes de conocer a mi viejo. Iba con el colegio a hacer gimnasia a San Lorenzo, ahora sufre mucho, no quería que fuera a la reelección. “Basta Mati, andate por favor”, me pedía, pero no le hice caso.

-¿Lloraste como hincha alguna vez?
-Mil veces. El 7-1 con Boca es un recuerdo bravo. Para mí, los partidos con Boca son especiales, porque veo a San Lorenzo como la piedra en el zapato de River y Boca, el club que nunca tuvo los beneficios del poder, el club que los enfrentó. San Lorenzo, para mí, es el rebelde, el club al que le sacaron la cancha, aunque con el mismo criterio se la tendrían que haber sacado a Argentinos Juniors para abrir la calle, fuimos el primer grande en irnos a la B. Esa tarde del 1-7 tocamos fondo. No sólo por el resultado, sino porque los ball boys se sacaban fotos con los jugadores de Boca. Eso era lo más grave.

-¿Vas siempre a la popular?
-De local voy a la platea, pago mi abono como cualquiera, y de visitante, cuando se puede, voy a la popular. Cuando viajamos, espero que entre el último hincha, y cuando termina, también espero en la puerta que se vayan todos, porque la Copa es complicada, las policías latinoamericanas son bravas. En Paraguay estuvo muy pesado el tema, viajó mucha gente sin entradas y en un momento llegó la policía y estaba por reprimir, así que me puse adelante y dije “soy el presidente de San Lorenzo” y se calmó, aunque tranquilamente me podría haber comido un palazo en la cabeza.

-Tu cara desencajada de esa noche, cuando empata Nacional, fue de película...
-Increíble. Entré recién en el segundo tiempo, el primero no lo vi: estaba afuera esperando que entraran todos. Cuando metió el gol Matos, dije “Ya está, esta vez no se nos escapa” y cuando empataron sobre la hora, pensé: “¿Por qué tiene que ser así la historia de este club?”. Como decía el Gordo Soriano: “San Lorenzo es un sobresalto interminable”.

-En un segundo se puede ir todo al demonio, y vos seguirás siendo igual de bueno o malo.
-Es lo que tiene el fútbol y la gestión deportiva. Si sos Jefe de Gobierno, Presidente de la Nación, empresario, en cualquier ámbito que gestiones, no existe tanto el azar como en esto. Acá vos podés hacer todo bien como dirigente, tener las cuentas al día, buenos jugadores, y sin embargo quedás afuera en Ecuador con un penal en el descuento y hubieran llovido los cuestionamientos.

-¿Te asustaste cuando Tinelli pidió licencia?
-Sabía que podía pasar, pero no me asustó, al revés. Volvimos de Ecuador y convoqué, para el día siguiente, a una reunión en casa con la gente que labura con nosotros. Es un grupo de 16 personas, profesionales jóvenes a los que les va muy bien en el trabajo, y que están bastante locos por San Lorenzo como yo. Sabíamos que iba a venir un ataque, entonces planteamos dar rápidamente señales de fortaleza, de gestión.

-Venían de ser campeones hacía 3 meses...
-¿Sabés qué pasa? Que la figura de Marcelo es tan fuerte, que al irse te genera una sensación de fragilidad automática. Marcelo es un paraguas de un montón de cosas, y sin ese paraguas, te puede atacar la oposición, la prensa... Teníamos que tomar 3 o 4 acciones concretas para reagrupar la tropa. Fue el momento más duro de los 2 años, porque encima habíamos quedado con un pie afuera de la Copa.

JUNTO A SU PRIMO Mauro y a Angel Bernuncio en la Ciudad Deportiva de San Lorenzo.

Es curioso, pero Tinelli y Lammens no sólo tienen en común el fanatismo por San Lorenzo y el dolor de ausencia por un padre perdido demasiado pronto. Son parecidos físicamente, tienen un tono de voz casi idéntico. Matías sonríe al contar lo que le pasó a la mejor amiga de su mujer hace unos meses. “Se subió a un taxi, vio el banderín azulgrana, ‘ah yo soy de San Lorenzo’, ‘ah yo también…’. ‘¿Y sabe una cosa?’, le anuncia el tachero, con tono doctoral, mientras la amiga de la Flaca deja hablar, porque esa es la táctica, ‘¿Sabe qué? El presidente de San Lorenzo, este muchacho Lammens, es hijo de Tinelli. Lo tuvo en Bolívar, a los 20 años, lo reencontró de grande y lo puso para manejar San Lorenzo, pero en realidad el que maneja todo es Tinelli. Lo tengo recontra confirmado por un primo que vive en Bolívar’”.

La sonrisa de Lammens es doble. La que lleva por la Copa, que no se le puede borrar, y la que brota por el recuerdo del tachero.

“Se ve que el tipo algo sabía porque con Marcelo nos llevamos 20 años. El nació el 1° de abril de 1960 y yo el 5 de abril de 1980”.

-Cuando arrancaste, muchos decían “este es un títere de Tinelli”, ¿no te molestaba?
-Me daba algo de bronca, sabía que me iba a costar salir del mote, despegar, pero tenía claro que lo mejor que podía hacer era no enojarme y apostar a que el trabajo diera sus frutos.

-¿Cómo lo conociste a Tinelli?
-Leandro Vital es uno de mis mejores amigos del Nacional Buenos Aires y es el ahijado de Marcelo. Con Leandro íbamos a la cancha y siempre me decía “lo tenés que conocer a Marcelo” y a Marcelo le decía “lo tenés que conocer a Matías”. Eso fue en los 90. Nos habremos cruzado un par de veces, pero el punto de partida lo ubico en el verano del 2010. Nos fuimos de vacaciones a Punta del Este con Leandro y una tarde me propuso visitar a Marcelo. Nos pusimos a tomar mate a las 4 de la tarde en la galería de la casa de Marcelo y eran las 8 y seguíamos hablando de San Lorenzo.

-¿Cuándo surgió la idea de ser presidente?
-En 2012, cuando San Lorenzo estaba prendido fuego. La gente se portó 10 puntos: alentó durante el partido de la Promoción con Instituto pero apenas terminó empezó a insultar a Abdo y a pedirle que se fuera. A los 3 días renunció. Yo no tenía cargo, era un socio más que iba a la cancha. Nos reunimos en la casa de Marcelo y coincidimos en que había llegado el momento. Yo quería que Marcelo fuera el presidente, pero él me dijo que no podía. Me preguntó si me animaba a ir yo, le contesté que sí, siempre que contara con su apoyo.

-¿Nunca te agarraste mal con Marcelo?
-No, mal nunca. Hemos tenido discusiones, pero normal, ni de gritarnos ni de cortar el teléfono, en eso Marcelo es un crack, muy respetuoso conmigo. Es el tipo más influyente de la Argentina y todo el tiempo me consulta, y cuando yo voy a tomar una decisión, le pregunto y me dice “perfecto, dale para adelante”.

-¿No tuviste miedo de irte al descenso?
-Ese era un miedo que tenía, sí, quedar pegado con el descenso y no poder ir nunca más a la cancha.

-¿Cómo dieron vuelta el club en dos años?
-El orden económico es lo que te fortalece y te lleva a todo lo demás. Al principio fue levantarse todos los días mirando el saldo del banco, con las cuentas embargadas, con 234 millones de pesos de pasivo. Mi obsesión inicial fue levantar el concurso de acreedores, que llevaba 10 años. Estando en concurso, cualquier cheque que llega, si no se levanta, vas a la quiebra. Puse a 4 amigos contadores para levantar el concurso. Era la prioridad. Después, había jugadores que no cobraban, no teníamos plantel propio. En la primera pretemporada, Caruso contaba con 8 jugadores, medio en broma nos decía si nos sumábamos para armar un equipo. San Lorenzo estaba realmente al borde de la catástrofe, era un paciente en terapia intensiva que empeoraba todos los días.

-¿Cómo lograron sacarlo de ahí?
-Con cabeza. Me enojo cuando los periodistas dicen “se hizo con el trabajo, el esfuerzo, los contactos de Marcelo”. Detrás de esto hay mucha cabeza puesta, no es casualidad armar una ingeniería económico-financiera de un club con 200 palos de pasivo. Hoy, San Lorenzo tiene un flujo de fondos de acá a fin de año con ingresos y egresos que tengo en la cabeza. Después, hay que ser responsable de lo que se firma. Acá se firmaban cosas que esos dirigentes en sus empresas jamás hubieran firmado. Cortamos con la bicicleta financiera. Muchos clubes todavía hoy venden cheques en las financieras. A San Lorenzo, eso le salía 800 lucas por mes, o sea 10 millones de pesos por año. Una locura. Cuando llegamos, las inferiores se bañaban con agua fría en pleno invierno porque no había 30 mil pesos para arreglar la caldera. Tampoco había 36 mil pesos para pagar las semillas de las canchas.

-¿Y de repente apareció la plata?
-No, al principio la pusimos con Marcelo: 15 millones de pesos, con avales personales. Después la recuperamos. El dirigente puede ayudar financieramente al club, pero no creo en los mecenas. Si un club necesita un mecenas, fracasó la gestión. Una de nuestras grandes virtudes fue hablarle a la gente de San Lorenzo y que nos creyeran. Los grandes mentores de esta resurrección fueron los hinchas: hicimos 35 mil socios en muy poco tiempo y hoy la cuota social es nuestro principal ingreso... Perdón, perdón, es Bernie (de las más de 30 veces que el móvil de Lammens repta y reclama atención durante la nota, es la primera en que la recibe). Perdón, pero debía resolver el tema de un jugador. La elección de Romeo como manager fue una decisión brillante, de las mejores que tomamos. ¿En qué andábamos? Ah, te decía, en la mala, una vez más, los que levantaron a San Lorenzo fueron los hinchas. Y esta es una lógica evidente: a más socios, clubes más sólidos. Y para terminar de responderte: es clave tener una visión de mediano a largo plazo, salir de la inmediatez. En el fútbol argentino son pocos los que tienen políticas de estado.

-¿Te cruzaste feo con algún jugador en estos dos años?
-Discutí por los premios porque defiendo mucho al club, y los futbolistas luchan por lo suyo. Pero feo, no; si con algún representante. Es más: con uno casi me cago a trompadas.

-¿Con quién?
-Ya está, no importa el nombre. El tema es que ejecutó un pagaré por un jugador que se había ido con el pase. En pleno despiole institucional, no olvidamos de reclamárselo. Un día, después de meses de lucha, ya éramos un relojito, me levanté y estaba la cuenta embargada. Le pedí al tesorero que pagara, porque ahí no tenés opción, y que me avisara cuando hubiera que firmar el convenio, que quería estar presente. La reunión fue en presidencia…

-¡Qué suerte que llegamos a un arreglo! –arrancó el intermediario.
-Arreglo, las pelotas –respondió Lammens, los cachetes más rojos que lo habitual, mientras le tiraba la carpeta en la cara-. ¡Vos sos un extorsionador, un ladrón, y no vas a trabajar en ningún lado, me voy a encargar de que esto lo sepan los presidentes de todos los clubes!

-No me podés decir esto –atinó a defenderse el representante.
-Te digo esto y mucho más. ¿Vos tenés mamá? Bueno, para mí, que le roben a San Lorenzo es como que le roben a mi mamá –la cortó el presidente y ahí mismo se fue.

Lammens recuerda el rostro pálido de su secretaria y cómo el representante se fue con el rabo entre las patas para nunca más volver.

-Ahí te das cuenta de que el tipo es un ladrón, porque si a mí me decís alguna barbaridad así, yo me levanto y te cago a trompadas.

CON UN AMIGO en el Mundial de Alemania en el 2006.

El 13 de marzo de 2013, frente a la legislatura porteña, Matías Lammens intentaba recurrir a métodos un poco más pedagógicos que el lanzamiento de carpetas al rostro. Llevaba siete meses como presidente y estaba en la oficina del síndico, discutiendo los honorarios para levantar el concurso de acreedores. El síndico era hincha de Ferro. Matías hurgó en los pliegues de su memoria futbolera para congraciarse con el hombre. Pasó lista a todos los futbolistas, llenó de elogios a Timoteo. Estaba en ese pichuleo cuando lo sacudió un estruendo de gol desde la calle. ¿Gol de quién?

“Eligieron Papa a Bergoglio”, gritó alguno por allí, extasiado. ¡Golazo de San Lorenzo!

No habían pasado ni 15 minutos que Lammens ya le había sacado provecho a la condición sanlorencista del Sumo Pontífice. “Listo, el Papa es de San Lorenzo, me tenés que bajar los honorarios”, le reclamó, y el sindico no pudo negarse. Luego llegarían más señales desde El Vaticano: las manos de Torrico, empatar los 3 últimos partidos de un torneo y ganarlo igual, los penales en Brasil, la Libertadores…

-¿Hubo un efecto Francisco, una onda positiva que les alineó los planetas?
-Te diría que sí. Nosotros tomamos algunas medidas para capitalizar el fenómeno Francisco, pero creo que fue mucho más lo que generó espiritualmente en la gente, en la energía que contagió que en resultados económicos. Yo no soy católico, soy agnóstico, pero estamos hablando de un tipo brillante, un líder mundial que media entre israelíes y palestinos, que va y les habla a las dos Coreas. ¡Y es hincha de San Lorenzo! (exclama). Es realmente increíble, increíble (risas).

-¿Qué te dio el Nacional Buenos Aires?
-Es un orgullo haber sido alumno del Nacional y de la Universidad de Buenos Aires. Por la excelencia académica y porque son gratuitos. Los debemos defender. La educación es el gran igualador de oportunidades y la Argentina históricamente fue eso: el hijo del laburante sin un mango, que va a la escuela y termina doctor.

-¿Qué te diría tu papá si te viera llegando con la Libertadores a tu casa?
-No sé, lo pensé mucho estos días, debe estar contento seguro de que andemos metidos con mi hermano, de que hayamos ganado la Libertadores y que San Lorenzo esté así.

-No lo podría creer…
-Estoy seguro de que en algún lado debe estar. Y que estará contento.

EN ESQUINA Homero Manzi, el café emblemático de San Juan y Boedo que suele frecuentar. Con 34 años ganó la Copa.

Matias Lammens es un gran orador, las palabras le salen con fluidez, se advierte en cualquier contacto periodístico o presentación oficial. Pero en este final se ha quedado corto, con la sonrisa pintada y cierta melancolía en la mirada. Hay muchas emociones recientes. No hubo aún tiempo para digerirlas.

El fútbol da revancha. La muerte, no.

No se la da a los que se van ni a los que se quedan.

Quizás ocurra que se apiade y ofrezca abrigo, un refugio para vivir siempre conectado.

Por Diego Borinsky. Fotos: Emiliano Lasalvia

Por Diego Borinsky: 18/09/2014

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