LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

Disparador: otra oportunidad

- por Elías Perugino: 15/09/2014 -

¿Un equipo de fútbol puede transformar a un país? No, pero es capaz de irradiar sensaciones y señales, de transmitirlas y contagiarlas, de transformarse en un espejo que refleja buenas actitudes. La Selección nos dejó mucho más que un subcampeonato. ¿Sabremos aprovecharlo?

 Nota publicada en la edición de Agosto de 2014 de El Gráfico

Analía Franco es un barrio de San Pablo. Debe haber sido una señora importante[1] para merecer semejante honor, imaginamos antes de googlearla y enterarnos. Analía Franco es un barrio residencial de San Pablo y queda cerca de Itaquera, el humilde emplazamiento donde situaron al “Itaqueirao”, el estadio que en el Mundial fue conocido como Arena de San Pablo y que ahora, desde ayer nomás, se llama Arena Corinthians[2] porque se transformó en la casa oficial del Timao.

En Analía Franco hay un hotel de la cadena Blue Tree Towers, donde los enviados de El Gráfico coincidimos con varios colegas argentinos antes del cruce con Suiza, por los octavos de final. Un edificio inmenso, onda apart-hotel, que en su planta baja cuenta con un barcito demasiado modesto para ser el punto de reunión de semejante mole de concreto. Allí, en ese barsucho sin glamour ni buen café –un pecado inconcebible–, esperábamos a que el reloj llegara a la medianoche para irnos a dormir, sabiendo que difícilmente conciliaríamos el sueño, de tan nerviosos que nos ponía el partido del mediodía siguiente. En eso estábamos –soportando la parsimonia del reloj– cuando acertó a pasar Enrique Macaya Márquez. Ustedes lo tienen de la tele y saben que Macaya es un gran conocedor del fútbol y un caballero como pocos. Nosotros, que además lo vemos fuera del aire, podemos agregar que es una persona muy cálida, amable, con quien siempre es placentero charlar en esos remansos que se producen durante las coberturas extensas como las de un Mundial. Con Macaya hablamos del equipo, del partido, y de los cambios que haríamos y que con el tiempo se concretarían. Aunque todos veíamos grietas en el funcionamiento –de allí el pronóstico de insomnio–, en el fondo olfateábamos algo bueno. Lo deseábamos, pero también lo intuíamos. Entonces Macaya, con esa precisión para definir su propia sabiduría, dijo: “Yo lo que veo es una oportunidad”.

Esa palabrita, oportunidad, se sustentaba en un par de coordenadas deportivas claves: un sorteo benigno, ningún cuco en la ruta hasta semifinales, la chance de que el equipo creciera escalón por escalón si se maquillaban aspectos individuales que influían en lo colectivo, el plus de Messi… A eso nos referíamos cuando hablábamos de oportunidad. Por entonces –antes de jugarse el cuarto partido– no sabíamos lo que sabemos hoy: que ese equipo que todavía no nos dejaba dormir tranquilos iba a construir una de las historias más reconfortantes de nuestro fútbol a partir de una instancia superior de esa palabra que pronunció Macaya: oportunidad.

Nuestro foco, igual que el del equipo, era la oportunidad de ser deportivamente campeones. Un éxito que, en realidad, sería una minucia en comparación con los mensajes, los símbolos y los valores que el equipo sería capaz de transmitirnos desde la dignidad de su derrota.

A un país atribulado por la carencia de líderes ejemplares y paradigmáticos, a un país a menudo sopapeado por una dirigencia circunstancial que antepone las chucherías de su egocentrismo al bienestar masivo, esta Selección le llenó el alma con líderes austeros en grandilocuencias, convencidos de que el bien común valía cualquier sacrificio individual, valientes para tomar decisiones y ejecutarlas. Líderes como Sabella, dotado con el don de la autocrítica[3], experto en convencer sin imponer, capaz de reinventar un equipo sobre la marcha porque antes había hecho lo más difícil: consolidar un grupo. Líderes como Messi, genio para las genialidades y genio para la trivialidad de los roles más secundarios, que eso fue lo que debió hacer cuando la estrategia exigía encarnar posturas más utilitarias. Líderes como Mascherano, conmovedor en el esfuerzo, docente en las actitudes, intachable en cada aparición pública y en cada gesto privado.

A un país jaqueado por el individualismo y la improvisación, esta Selección lo sedujo con el espíritu grupal y la entrega solidaria, con el respeto para el adversario y con la nobleza de sus armas, con la astucia para elegir un plan y ejecutarlo sin el mínimo doblez, sin dudas ni desconfianzas.

A un país gobernado por el exitismo más atroz, subido al caballo del engreimiento, esta Selección lo derritió de admiración por su orgullo en la derrota, por saber perder, por construir desde el llano, por su alto grado de responsabilidad y compromiso, por el fervor con que defendió las banderas que le propuso sostener el entrenador: “Dar antes que recibir”, “El todo es más importante que el yo”.

Al Mundial lo ganó Alemania, que bien merecido lo tuvo después de haber sabido construir a partir de frustraciones dolorosas[4]. Pero esta Selección aprovechó su oportunidad. Cruzó el Rubicón[5], devolvió al fútbol argentino a su sitial natural[6] y nos reabrió el camino de valores que parecían vedados: unión, humildad, responsabilidad, objetivos en común, estrategia, talento, esfuerzo, solidaridad…

Un equipo de fútbol no puede transformar a un país, su universo es más superficial y acotado. Pero un equipo de fútbol puede irradiar sensaciones y señales. Transmitirlas y contagiarlas, transformarse en un espejo donde se refleje el alma.

La mística no se define ni se palpa, se siente. Y este grupo de jugadores cocinó su historia valiéndose de una mística tan poderosa que no la pudo disolver ni la última derrota.

“Yo lo que veo es una oportunidad”, decía Macaya en aquel hotel del barrio Analía Franco. Hablábamos de la sencilla parábola de un equipo que juega a la pelota para alcanzar un sueño. No imaginábamos que detrás de una fachada de 23 camisetas y un escudo se escondía un mensaje superador, que nace en el fútbol y se puede proyectar al conjunto de una sociedad. Tomarlo, capitalizarlo, ya no es responsabilidad de un técnico y su plantel. Ellos aprovecharon la oportunidad y nos dejaron su legado. Gracias por eso. Gracias por las emociones. Ahora la pelota nos quedó de este lado. Habrá que ver si somos capaces de jugárnosla como lo hicieron ellos.

Por Elías Perugino
TEXTO AL PIE

1- Analía Franco (1856-1919) fue profesora, periodista, poeta, dramaturga y filántropa brasileña. Fundó más de 70 escuelas, asilos para huérfanos y albergues para ancianos.

2- El estadio paulista tiene capacidad para 63.321 espectadores. Argentino jugó dos partidos allí: 1-0 vs Suiza y la semifinal contra Holanda.

3- Sabella arrancó con un 5-3-2 ante Bosnia y cambió sobre la marcha porque no funcionaba. Entre otras decisiones, corrigió el equipo con cambios importantes: Demichelis por Fernández y Biglia por Gago.

4- Alemania perdió la final en 2002 y cayó en las semifinales de 2006 y 2010. Durante una década impulsó un proyecto nacional de fútbol, apostó a la técnica como recurso esencial. Hoy disfruta de su título mundial.

5- El Rubicón es un río de Italia, de notable importancia en tiempos del Imperio cuando separaba las provincias romanas de la Galia Cisalpina. Cruzarlo significaba un hito. Julio César lo hizo con sus soldados y dio origen a la Segunda Guerra Civil de la República de Roma.

6- Argentina volvió a disputar una semifinal y una final de la Copa del Mundo luego de 24 años. Tras Brasil 2014 quedó segunda en el ranking FIFA, con 1.606 puntos, detrás de Alemania (1.724). Antes del torneo figuraba quinta.
Por Elías Perugino: 15/09/2014

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