ANATOMíA DE...

Jugar en guerra

- por Redacción EG: 07/06/2014 -

Aunque Argentina entró en guerra con Inglaterra por las islas Malvinas, el fútbol no detuvo la pelota. El torneo local siguió su marcha y los partidos de la Selección en España 82 se vivieron como si nada pasara.

  Nota publicada en la edición de mayo de 2014 de El Gráfico

LA DECEPCION de Maradona en la derrota con Bélgica. Mientras tanto, los soldados argentinos se jugaban la vida en Las Malvinas.

El estreno de Argentina en un Mundial es el izamiento simbólico de una bandera. Un acto fundacional. La puerta hacia una aventura colectiva, al margen del resultado en ese debut y de cómo termine el torneo para la Selección. Así recordamos el 2 a 1 a Hungría en 1978, el 3-1 a Corea del Sur en 1986, el 0-1 contra Camerún en 1990, el 2-1 a Nigeria en 1994, el 1-0 a Japón en 1998, el 2-1 a Costa de Marfil en 2006 o los 1-0 a Nigeria en 2002 y 2010: como días felices que pusieron fin a la abstinencia mundialística. La excepción es el domingo 13 de junio de 1982: Argentina perdió 1-0 contra Bélgica pero ese partido, mirado en perspectiva, es un absurdo que sólo se entiende en el delirio de un país en dictadura.

Aquel debut se jugó en simultáneo a los combates finales en las Malvinas. A la misma hora en que la Selección se presentaba en el Camp Nou, la artillería inglesa recuperaba los montes cercanos a Puerto Argentino y avanzaba hacia la capital de las islas. Nuestros soldados retrocedían. El final de la guerra sería cuestión de horas. Al día siguiente, el lunes 14 de junio de 1982, mientras la patria futbolera lamentaba la derrota en España, los militares argentinos firmaron la rendición. Si hubiera sido posible dividir la pantalla de los televisores en dos –como sucede en las definiciones de los campeonatos–, en una mitad habríamos visto el comienzo del Mundial y en la otra, la definición de la guerra.

¿Cómo se llegó a ese desquicio? ¿Cómo fue posible que dos hechos tan antagónicos convivieran hace 32 años en una armonía que hoy, a pocos días de Brasil 2014, ni siquiera sería creíble en el guión de una película bélica? Pero una reconstrucción de aquellos días evidencia que el fútbol argentino no detuvo su marcha durante los dos meses y medio que duró la guerra. Tampoco en el Mundial. Así lo decidieron los hombres que eran los dueños de la vida y de la muerte de millones de argentinos: el fútbol y la Selección –y el resto de los deportes– serían funcionales al sentimiento patriótico. Se le sumó el aval de la AFA, ya presidida desde hacía tres años por Julio Grondona, y de los medios de comunicación. Era como si ningún suceso fuera de lo común pasara en el país: los hinchas siguieron yendo a la cancha y escuchando los partidos por radio o mirándolos por televisión –se emitía uno por fecha–. Primero en el campeonato argentino. Después en la Copa del Mundo.
La guerra –no los combates cuerpo a cuerpo, sino la recuperación argentina de las Malvinas– había comenzado el viernes 2 de abril por la madrugada. El dato olvidado es que ese mismo día, por la noche, también arrancó la novena fecha del Nacional de Primera División. Fue un partido sin incidencia, Central Norte de Salta-Mariano Moreno de Junín, pero que certifica cómo respondió el fútbol ante el horror: el show debía seguir. Y en las horas siguientes, en el fin de semana del sábado 3 y el domingo 4 de abril de 1982, los campeonatos de Primera y del Ascenso continuaron con normalidad: Huracán-Boca cantaron el himno argentino antes de empatar 3 a 3 en Parque de los Patricios, River-Nueva Chicago terminaron 0 a 0 y, por la Primera B, Lanús-San Lorenzo convocaron una multitud en el Monumental.

MIENTRAS PATEA MARANGONI, se ve una bandera: "Las Malvinas siempre fueron argentinas".

La gente saltaba para no ser inglés y muchos de los partidos se jugaron con carteles alusivos en los alambrados: “Las Malvinas siempre fueron argentinas”. El fin de semana siguiente, el sábado 10, el fútbol volvió a convivir con la guerra: el mismo día en que el militar a cargo del Poder Ejecutivo, el teniente general Leopoldo Galtieri, desafiaba a los ingleses desde el balcón de la Casa Rosada –aquel discurso del “si quieren venir, que vengan”–, Los Andes y San Lorenzo empataban 3 a 3 en Lomas de Zamora. Al día siguiente, el domingo 11, River le ganaba 2 a 0 a Gimnasia de Jujuy, Boca perdía 2 a 1 contra Central Norte y Ferro, el futuro campeón de ese Nacional 82, vencía 3 a 1 a San Lorenzo de Mar del Plata. Fueron días de delirio en los que River y Boca estuvieron cerca de jugar un amistoso en las Malvinas para elevar la moral de los soldados argentinos. Hasta el presidente de Boca, Martín Benito Noel, justificó la idea: “Creo que es un deber patriótico de los dirigentes alegrar a nuestros muchachos en las islas”.

También la Selección continuó preparándose para el Mundial y el 14 de abril empató 1 a 1 contra Unión Soviética en el Monumental –fue durante la gira en la que los soviéticos perdieron contra Loma Negra de Olavarría–. Como todo servía para “alegrar” a los chicos de la guerra, el partido de Argentina y las dos fechas anteriores del Nacional fueron transmitidos en directo a las Islas Malvinas. “El encuentro despertó tal expectativa que acudieron más de 900 periodistas. El himno argentino fue coreado por la multitud con un fervor que sobrepasaba la realidad deportiva para depositarse en el sentimiento patriótico de los espectadores por los recientes acontecimientos deportivos y militares”, publicó el diario ABC de España, que también señaló el “impresionante” minuto de silencio previo al partido.

En esa lógica nacionalista no hubo quejas ni sorpresas por la participación de Argentina en el Mundial: en la simbiosis tan cotidiana entre el futbol y la patria, la Selección era un ejército deportivo. Antes del viaje, los militares les repartieron a los jugadores documentos instructivos sobre cómo debían responder en caso de preguntas alusivas a la guerra. Pero bastó que los futbolistas llegaran a España y leyeran los diarios de ese país para advertir que la euforia que se vivía en Argentina era ficticia. La prensa europea informaba de un escenario diferente al que mostraban los matutinos de Buenos Aires: la resistencia argentina en las Malvinas se desmoronaba. Fue entonces que los jugadores llamaron a sus familiares en Buenos Aires u otros lugares del país para informarles las malas nuevas: “Acá dicen que los ingleses están ganando”. Los británicos ya habían desembarcado en algún punto de las Malvinas el 21 de mayo, a la búsqueda de reconquistar Puerto Argentino.

Tres semanas después, el domingo 13 de junio, la Selección debutó en el Mundial. Clarín de aquel día incluyó tres temas en su tapa: “Dos millones de argentinos oraron con el Papa” –Juan Pablo II estaba de visita en el país–, “Tenaz resistencia a un avance británico” y “Argentina inaugura el Mundial”. El fútbol estaba tan presente en la agenda diaria que ese domingo también se jugaron las revanchas de las semifinales del Nacional: Talleres y Ferro empataron 4 a 4 en Córdoba y Quilmes superó 1 a 0 a Estudiantes en La Plata, mientras San Lorenzo goleó 3 a 0 a El Porvenir en la cancha de Independiente por la Primera B y, por supuesto, Argentina perdió 1 a 0 contra Bélgica en Barcelona. Parece un cuento de Osvaldo Soriano, pero no lo fue.

Ya no había gestos para los chicos de la guerra. En el Atlántico Sur, la última ofensiva inglesa en los alrededores de Puerto Argentino había comenzado a las 2.50 del día anterior, el sábado 12. Los comunicados de la Junta Militar lo certifican: “El ataque fue combinado por aire, mar y tierra, en tanto que los cañoneos de la flota se caracterizaron por su falta de discriminación”, y “El enemigo comenzó el avance con un total de 4.500 hombres, muy bien equipados con armamentos de alta tecnología, en dirección a Puerto Argentino”.

LAS TRIBUNAS se inundaron de banderas y pancartas y el himno se cantó con más fuerza que nunca.

El ataque final, que duraría 72 horas –justo en medio del partido de Argentina contra Bélgica–, se incrementó el domingo con la conquista inglesa de los montes Dos Hermanas y Harriet. Entre los soldados argentinos había tres que, años después, jugarían en Primera División. Los casos más conocidos son los de Omar De Felippe –ex jugador de Huracán; técnico de Olimpo, Quilmes e Independiente– y Luis Escobedo –ex defensor de Los Andes, Belgrano, Colón y Vélez–. El tercero que cambió trincheras por césped fue Raúl Horacio Correa, un lateral izquierdo correntino que jugaría 9 partidos en Mandiyú en el campeonato 1988-89 de Primera A y otros 52 en la B Nacional, torneo del que salió campeón en la temporada 1987/88.

“El día del partido contra Bélgica yo estaba en la guerra y me daba lo mismo que jugara la Selección. Pero queríamos que ganara, lógico, y hasta lo escuché. Me acuerdo de que esa tarde estaba escuchando el partido por radio y cayó una bomba. Sentimos el cimbronazo en el pozo, y salí a mirar a ver si le había pasado algo a alguien. Cayó cerca pero no nos afectó porque enseguida cambiamos de posición. Teníamos miedo de que el satélite nos delatara”, recuerda Correa, que hoy tiene 51 años y vive en Corrientes.

Marcelo Rosasco, periodista, ex jefe de deportes de Perfil, entregó una evocación similar en el documental El Fútbol es Historia, emitido por DeporTV: “En medio de un fuego cruzado encontramos una radio, que seguramente habían conseguido los chicos que vivían en esa trinchera, de una casa de algún kelper. Y no me preguntes cómo, pero tocando un cablecito y orientando para un lado y para el otro, mientras de fondo se escuchaban los bombardeos, muchos de los cuales caían cerca de nuestra posición, escuchamos a (José María) Muñoz relatando una parte de Argentina y Bélgica. En un momento llega el gol de Bélgica, y empezamos a maldecir, ‘puta madre, qué mala suerte, gol de los belgas, pero seguro que ahora lo damos vuelta’. No sé cuánto más estuvimos escuchando esa secuencia hasta que paró el fuego y nos tuvimos que ir”.

Antes, durante y después del gol de Erwin Vanderbergh, en las tribunas del Camp Nou hubo banderas celestes y blancas con la leyenda “Malvinas Argentinas”. También un grupo de brasileños se sumó a la reivindicación por la soberanía, pero a 12.000 kilómetros, en el Atlántico Sur, se acercaba el final. Los ingleses lanzarían la ofensiva definitiva ese mismo domingo a las 22.30 con paracaidistas, gurkas, infantería de marina y elementos sofisticados para la época como los visores infrarrojos que les permitían ver en la oscuridad. Los argentinos cedieron primero los montes Tumbledown y Wireless Ridge, resistieron en inferioridad de tecnología y medios durante toda la noche, y se rindieron en Puerto Argentino al mediodía siguiente, el lunes 14 de junio, cuando ya había comenzado a nevar.

“En la rendición, cuando perdemos, nuestros oficiales nos dan la orden de tirar las municiones. Tiramos todo, rompimos nuestros cañones y formamos filas para retirarnos. El repliegue fue muy triste” cuenta Correa, que durante el Mundial nunca pensó en volver a jugar al fútbol.

Recién entonces, con el fin de la guerra, algunos jugadores de la Selección hablaron del tema ante los periodistas. Uno fue Osvaldo Ardiles, en la previa del partido del viernes 18 ante Hungría, cuando reveló que un primo suyo había muerto en la guerra: se llamaba José, tenía 32 años, dos hijos y era piloto de aviación.

“Estoy muy triste. Hemos luchado solos contra Estados Unidos y los ingleses, por eso no podemos olvidar la ayuda moral y material que nos han dado países como Venezuela, Perú y Panamá. De cualquier manera, la lucha fue totalmente desigual, pero estoy convencido de que algún día nuestra bandera volverá a flamear en las islas porque es un territorio que nos pertenece”, dijo el mediocampista, que entonces jugaba en el Tottenham Hotspur inglés.

Menotti se sumó: “La guerra del Atlántico Sur debe forjar una unidad nacional de la mano de una independencia política y económica. Nuestro país, en la historia, volvió a ser víctima del colonialismo y el imperialismo. A partir de ahora, los argentinos debemos tener en cuenta quiénes son nuestros amigos y nuestros enemigos”.

La presidencia de facto de Galtieri terminaría el viernes 18, el día en que Argentina goleó 4 a 1 a Hungría en Alicante. Cientos de soldados argentinos volvían al continente como prisioneros de guerra en un buque inglés y escucharon el partido encerrados en las celdas. Gritaron los goles –uno fue de Ardiles– como lo que en muchos casos eran: muchachos que amaban al fútbol y al Mundial. Los británicos temieron una rebelión a bordo pero no: simplemente eran jóvenes festejando el triunfo de su Selección.

Atrás quedaban las Malvinas y una bandera blanca izada, y no justamente la simbólica del debut argentino en el Mundial.

Por: Andres Burgos / Fotos: Archivo El Gráfico.
 

Por Redacción EG: 07/06/2014

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