Nota publicada en la edición de enero 2014 de El Gráfico

ENTRE uno y otro crimen, ya retirado, Delgado posó con la camiseta xeneize que defendió en el amateurismo.

La efeméride, lejos de recordar una proeza, pasó inadvertida. En las últimas semanas de 2013 se cumplieron 60 años de lo que hoy sería un escándalo: el 4 de noviembre de 1953, un ex wing izquierdo de la Selección Argentina y de Boca cometía el segundo asesinato de su vida y volvía a la cárcel, al mismo lugar de reclusión del que había salido cinco años atrás favorecido por un indulto presidencial que Juan Domingo Perón concedió a pedido de su mujer, Evita, sensibilizada por la multitudinaria amnistía que reclamaban los jugadores del seleccionado que habían sido campeones de la Copa América 1947 en Guayaquil, varios de sus ex compañeros en el fútbol, y la dirigencia de Boca junto a un petitorio elevado –según crónicas de la época– por 100 mil hinchas del club en el que, en la convulsionada cornisa del amateurismo al profesionalismo, el delantero maldito del fútbol argentino había disfrutado los años felices de su carrera.

Se trata de un thriller de goles, gambetas, política, sexo, infidelidad y muerte que curiosamente quedó en el olvido, a tal punto que ya (casi) nadie sabe que aquel wing-asesino-indultado-reincidente fue un tal Benjamín Delgado, el recluso que (sólo en su primera condena) pasó 7 años, 8 meses y 18 días en una prisión más fantasmagórica que la otra, primero en la de Sierra Chica y después en la de Ushuaia. Fue el Petiso Orejudo de nuestras canchas.

Reconstruir su historia (y su tragedia, y por supuesto la de sus víctimas) no es fácil. Su nombre, que ni siquiera inspira curiosidad o morbo entre los hinchas, no figura en Wikipedia en español (aunque su biografía sí está reseñada en italiano). El impecable diccionario del fútbol argentino que Olé publicó en 1997 (una obra coordinada por el historiador Oscar Barnade que, se aclara, no incluye el amateurismo) apenas ofrece una mención raquítica: “Delgado, Benjamín. Puntero izquierdo. De Atlanta (1931). Jugó 3 partidos, 1 gol”. Lo difuso es que la obra también hace referencia a su segundo y último paso por el profesionalismo (también muy breve), un par de temporadas más tarde, pero sin saber que se trataba del mismo jugador: “Delgado. Puntero izquierdo. De Tigre (1933). Jugó 4 partidos”. En esa nebulosa quedó perdido el recuerdo de un delantero al que, ya fuera del fútbol, una nube de fatalidad lo perseguiría hasta sus días finales, de los que ya nada se supo, aunque seguramente transcurrieron en prisión.

Pero antes de que pasara a las páginas policiales, hubo un tiempo en que Benjamín ocupó las secciones deportivas, fue ovacionado por multitudes y personificó gestos caballerescos por los que hoy recibiría el premio Nobel de la Paz en el fútbol. Como Javier Mascherano, Delgado nació en San Lorenzo, en la periferia de Rosario, Santa Fe, se supone que el 1º de junio de 1897. La duda sobre la fecha se explica en que recién debutaría en Primera División en 1922, en Tigre, por lo que (de haber nacido en la agonía del siglo anterior) ya se trataba de un muchacho curtido, de 25 años. Lo que sí está confirmado es que en la temporada siguiente pasó a San Fernando, el club que le haría de puente a la Selección Argentina. Las crónicas en blanco y negro lo recuerdan como un delantero “muy rápido y peligroso” que, en simultáneo con su irrupción en el fútbol porteño, en pocos meses llegó al seleccionado. San Fernando tenía un discreto equipo que terminó 18º entre 23 equipos, pero Delgado sobresalió de tal manera que el 20 de mayo de 1923 por primera vez se puso la camiseta argentina (contra Paraguay, en Sportivo Barracas, derrota 0-2).

Delgado, es cierto, seguramente fue favorecido por el cisma que en aquella época dividía al fútbol nacional: la Selección sólo se alimentaba de los jugadores de la Asociación Argentina, un torneo que, salvo Boca y Huracán, contaba con clubes menores como el propio San Fernando, Boca-Alumni, Villa Urquiza y Platense de Retiro, mientras los futbolistas de River, Independiente, Racing y San Lorenzo (y el mismo Tigre) participaban en la Asociación Amateur sin tener acceso a la Selección durante ocho años (de 1919 a 1927).

Algunas huellas de Delgado fueron reconstruidas por un puñado de investigadores e historiadores, entre ellos Julio Macías, que en su excepcional libro Quién es quién en la Selección, revela un caso que nunca se repitió en la albiceleste: errar un penal a propósito. “El día que debutó en la selección (aquella tarde ante Paraguay) protagonizó un hecho inusual: el capitán argentino, el arquero Guillermo Magistretti, le ordenó que ejecutase desviado, deliberadamente, un penal a favor, ya que consideró que la sanción del árbitro había sido desacertada”. Ya en la obra Historia de la Selección, que el propio Macías y Roberto Mamrud compilaron para El Gráfico en 1997, la miscelánea suma ribetes aún más cómicos: “Todo el estadio aplaudió la actitud de Delgado, pero el árbitro se retiró ofendido al vestuario y ambos capitanes debieron convencerlo para que regresara”.

Delgado, por entonces un futbolista honesto, sensible y con sentido de justicia, jugó otros dos partidos para Argentina en aquel 1923 y recién volvería a la Selección tres años más tarde, a mediados de 1926, todavía como futbolista de San Fernando (lo peculiar es que, según detalla el periodista Edgardo Imas, en 1924 y 1925 Delgado participó simultáneamente en las dos Asociaciones, para Atlanta en la de Amateurs y para San Fernando en la Argentina). Su próxima aparición en el seleccionado, en cambio, sería inmediata, a los pocos meses, en la Copa América de Chile jugada en octubre de 1926, pero ya como delantero de Boca, club en el que había debutado en julio, en un 5-0 ante Del Plata (Imas, puntilloso como buen historiador, agrega que Benjamín sumó un partido para Atlanta y otro para San Fernando ese mismo mes, o sea que en julio jugó para tres equipos, lo que revela el “amateurismo” de la época).

Aquella Copa América no fue especialmente resplandeciente para Argentina (compartió el segundo puesto con el local, debajo del campeón Uruguay), pero sí lo fue para Delgado, que en cuatro partidos convirtió tres goles (uno en el 5-0 a Bolivia y 2 en el 8-0 a Paraguay). Fueron los días de gloria del Negro, los que le dieron relevancia y le abrieron la puerta al indulto que, muchos años después, ya cuando la desgracia lo había golpeado, le concedería el gobierno peronista. En sus 10 meses en Boca, hasta abril de 1927, Delgado compartió delantera con cracks como Roberto Cherro, Domingo Tarascone y Mario Evaristo, jugó 21 partidos, convirtió 3 goles y ganó dos títulos: el campeonato de la Asociación Argentina de 1926 y la Copa Estímulo del mismo año (un cuadrangular con Argentino de Quilmes, Sportsman y Del Plata, más una final contra Sportivo Balcarce). Pero entonces, y después de haber contribuido a la racha de 59 partidos invicto que Boca mantuvo en la liga entre 1924 y 1927, Delgado –que después de Chile tampoco volvería a jugar en la Selección, en la que totalizó 9 partidos– comenzó la curva descendente de su carrera.

Un dato desconocido lo aporta Néstor Azcárate, ex presidente de Buenos Al Pacífico (BAP) de Junín: “Tengo cartas que certifican que Delgado jugó en 1927 para BAP, en la liga local, como compañero de Bernabé Ferreyra (antes de que la Fiera pasara a Tigre y River)”. Debió haber sido fugazmente entre la 4ª y la 10ª fecha del campeonato de 1927 (ya reunificado), lapso en el que Delgado dejó Boca y pasó a Argentinos, club en el que, según su historiador e integrante del CIHF, Javier Roimiser, Benjamín sumó 22 partidos y 5 goles. Lo que faltaría tendría mucho de hojarasca: 2 partidos en Argentinos en 1928, sin datos en 1929, 23 encuentros y 10 goles en Atlanta en 1930 y, ya en el profesionalismo, los citados 3 partidos en Atlanta en 1931, sin referencias en 1932 y 4 juegos finales en Tigre en 1933, en el regreso a su primer club. Y después, la desgracia.

Hasta entonces Delgado tenía una biografía similar a la de cientos de futbolistas, pero lo que sucedió siete años más tarde, el 17 de septiembre de 1940, lo convirtió en un caso extraordinario. En un recuadro perdido de La Razón, bajo el título “La hirió de un tiro y después quiso matarse”, su nombre volvió a ser noticia, aunque el redactor no lo identificó como aquel delantero de Boca y de la Selección: “La afectiva relación entre Josefa Scaglia (39) y Benjamín Delgado (33) se había enfriado a tal punto que la mujer terminó pidiéndole que abandonara la casa, mudándose. (…) Entonces se produjo una violenta discusión, a la que Delgado puso término extrayendo un revólver entre sus ropas, con el que hizo cinco disparos, uno de cuyos proyectiles alcanzó a la mujer en la boca. Inmediatamente Delgado se abocó el arma la sien, haciéndose un nuevo disparo, que le produjo una grave herida en el costado derecho del cráneo”.

Su pareja, finalmente, murió a las 30 horas y Delgado terminó como el recluso 157 en Ushuaia, un penal aislado del mundo y destinado a los presos reincidentes (como el Petiso Orejudo, asesino serial de comienzos de siglo) y detenidos políticos (Simón Radowitzky, el anarquista ucraniano que mató a Ramón Falcón, el jefe de Policía). Condenado originalmente a 18 años, a Delgado solían visitarlo algunos periodistas y fue en ese lapso que Borocotó, para El Gráfico, relató la sorpresa de un periodista brasileño de O Globo que no podía creer que, luego de una larga entrevista, Delgado se negara a las fotos porque “voy a parecer un preso”. Sin embargo, ya a fines de 1947, un reportero gráfico de Ahora retrató al ex futbolista vestido de recluso, detrás de las rejas, en un artículo titulado “Cien mil hinchas de Boca solicitan la libertad para Delgado” (no hay referencias concretas de si, efectivamente, existió semejante pedido multitudinario).

La violencia de género no parecía preocupar demasiado a los periodistas que escribieron sobre el caso: “Lo de Delgado fue un mal momento del que no está libre ningún mortal”, “una mala hora ha roto una vida intachable” o “no todos los que se hallan condenados son autores de espantosos crímenes”, interpretó desde Ushuaia el entrevistador de Delgado, quien a su vez se autodefendió del crimen cometido (“fue en defensa propia, si no me mataba a mí”), maldijo su encierro (“hace ocho largos años que estoy en este confín”), agradeció a los cracks de sus años alegres (“Qué gran muchacho Mario Fortunato, si viera todo lo que se ocupó de mí”) y le pidió clemencia a Perón (“Yo confío en el General”).
Su primera reivindicación fue, justamente, una medida presidencial: en noviembre de 1947, Perón decretó el cierre del penal del fin del mundo por motivos humanitarios y el traslado de los últimos 84 reclusos a la vieja cárcel de avenida Las Heras, en Buenos Aires. Al llegar a la Capital, un desorientado Delgado preguntó “¿qué tal está el fútbol de ahora?” y, finalmente, el 5 de junio de 1948, recibió el indulto (para el que también influyó la mediación del ministro de Hacienda, Ramón Cereijo). “Las puertas de la cárcel se abrieron para Delgado”, tituló Clarín, que reconstituyó: “Luego de ocho años de reclusión, recuperó la libertad el ex jugador de Boca, merced al indulto concedido por el general Perón cuando le faltaban cuatro años para la condena (había sido reducida a 12)”.

Aún más efervescente fue La Razón: “Promisorio es el horizonte que se abre ante Delgado, otra vez frente a la vida”. “Seré el mismo Delgado de antes –dijo el jugador–. El Delgado bueno. He sufrido todo lo que puede sufrir un hombre que, después de haber cometido algo horrible, alcanza a tener la exacta noción de su irreparable actitud. ¿Planes? Sí, muchos. Tengo ya muchas proposiciones para trabajar. Me ofrecieron ser entrenador. No sé. Hay tanta bondad alrededor mío, que no sé”.

Y Crítica, el diario que más campaña había hecho a favor de su liberación, dio más detalles: “Zarpazos del destino lo recluyeron largos años en el sur (…) Las palabras hechas llegar a la señora María Eva Duarte de Perón inclinaron su mediación. Una delegación de viejos xeneizes futboleros concurrió a esperar su liberación. (…) Las firmas de cien mil hinchas de Boca, precedidas por las de los jugadores que intervinieron en el campeonato de Guayaquil (la Copa América), y seguida por las de los cronistas deportivos, la intervención de la esposa del primer magistrado, Doña María Eva Duarte de Perón, y las incansables gestiones de sus amigos, culminaron con el decreto del presidente. Poco después de las 18, funcionarios se trasladaron al club Boca e hicieron entrega del ansiado documento. Hora y media más tarde, una comisión del mencionado club, presidida por el titular, señor David Gil, llegaba a la Penitenciaria y ponía en manos del director de establecimientos penales, Roberto Petinatto (padre del músico) el decreto presidencial. Cuando el guardián abrió la celda de Delgado y le dijo que lo acompañara, el ex crack rompió a llorar como una criatura”.

LAS CRONICAS policiales de los principales diarios nacionales reflejaron los vaivenes del caso Delgado, el delantero que cambió la ropa de futbolista por el traje a rayas.


Boca lo invitó a ensayar una vuelta olímpica de honor al domingo siguiente, en el partido Boca-San Lorenzo. Pronto volvió a formar una pareja. Tuvo una hija. Participó en eventos gubernamentales y fue uno de los líderes de los descamisados que unieron a caballo Buenos Aires con la Cordillera de los Andes para rendirle homenaje a San Martín. Se mudó a Rosario y su vida parecía haber regresado a la normalidad, hasta que cinco años más tarde, el 4 de noviembre de 1953, su nombre volvió a figurar en las páginas policiales. “Tienen ribetes trágicos las causas que han llevado al crimen al ex futbolista: sentíase acorralado y burlado por la mujer que amó”, tituló La Razón.

Su nueva pareja, Teófila Balsamo, lo había abandonado con su amante, Jenaro Tisera, un fornido descargador de reses del Mercado Central. El ex futbolista no lo soportó: una noche esperó que la pareja pasara por la intersección de Chacabuco y Cochabamba, en Rosario, y le disparó cinco veces a Tisera, que murió en el acto. Benjamín Delgado fue detenido. Nunca más se supo del héroe trágico.

POR: Andres Burgo/ FOTOS: Archivo El Grafico.

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