CONFIESO QUE HE APRENDIDO

Aldo Poy, en primera persona

- por Martín Mazur: 06/01/2014 -

El ex futbolista de 68 años, leyenda del único club en el que jugó, Rosario Central, y actual concejal en esa ciudad, nos cuenta algunas anécdotas desopilantes.

 Nota publicada en la edición de diciembre de 2013 de El Gráfico

OBRA DE Gonza Rodríguez.

 Es muy difícil que vaya a algún lado y alguien no me reconozca o me diga “¡Vamos Central todavía!”. Pasé unas vacaciones en Piriápolis y la gente me paraba para sacarse fotos conmigo. Hace poco estaba en Buenos Aires, iba caminando por Once con un amigo y salió alguien de un local para pedirme que me sacara una foto con él. Realmente me pasa todos los días de mi vida.

A mí me reconocen como si fuera un jugador de ahora. ¡Pero me retiré hace 39 años! Lo más loco es que ya muchos de los que me paran ni siquiera me vieron jugar. Me hacen sentir bien, sentir vivo, me parece que el tiempo se hubiera detenido.

Rosario Central es una pasión tremendamente intensa. El centralista piensa de una forma muy particular y con una devoción hacia sus colores que es inigualable. Lo demuestra todas las semanas, todos los días. No sólo que es algo que no para nunca, sino que encima se intensificó. Cuando Central se fue al descenso, por ejemplo, hubo 7000 socios nuevos. Debe ser único en la Argentina.

Muchas veces te das cuenta de que se te acercan con una emoción enorme, ves que lo están disfrutando realmente. Tengo un salón de fiestas y hace poco en un cumpleaños de unos nenes, apareció el padre con su hija de 7 años. Un hombre serio. Cuando me ve, para a la nena y le dice: “Hija, ¿vos conocés a este señor?”. La nena, pobre, me mira, media compungida, y dice que no. “Este señor, hija, es Aldo Pedro Poy”. Y la nena ahí cambia la cara y dice: “Ahhh, ¡el de la palomita!”. ¡Siete años tenía y ya sabía la historia!

Nací en Arroyito, a tres cuadras de la cancha. Vivíamos en la calle todo el día, nos pasábamos 10 horas ahí jugando. Hasta cerrábamos calles para hacer partidos.

Siempre fui hincha de Central. Empecé a ir a verlo a eso de los 10 años. Ibamos con mi papá atrás del arco que da contra avenida Génova y mirábamos los partidos en el alambre. Alrededor de la cancha había una plataforma de unos 7 metros, de ahí empezaban las tribunas de madera o de cemento.

Ya a los 14 o 15, admiraba con locura al Gitano Juárez. Y a los 19 debuté en Primera. Con el Gitano jugué un par de partidos. Para mí era lo máximo que podía pedir un hincha. No lo hubiera esperado jamás. Fui a jugar porque me gustaba jugar, no pensaba en jugar en Primera. Llegué casi sin proponérmelo ni esperarlo.

La transición entre hincha y jugador profesional no me costó para nada. No fui con la idea de jugar y llegar rápidamente a Primera División. A medida que iba escalando, me iba gustando más. Jugué en la Cuarta Especial y fuimos campeones, después en la Tercera, también campeones. Teníamos a Carnevali, Pascuttini, Hipólito, Raimondo, Ricardo Palma... En definitiva varios jugadores que llegamos a jugar en Primera al corto plazo. Y muy buenos técnicos, grandes formadores.

SU PRIMERA tapa de El Gráfico, en diciembre de 1970.

La anécdota que aparece en el cuento de Fontanarrosa es cierta. Cuando me enteré de que me querían vender, en el 70, me escapé a una isla del Paraná. Don Angel Zof me quería llevar a Los Andes. Teóricamente estaba todo arreglado, faltaba nada más mi firma.

Mi papá siempre iba a cazar pajaritos a las islas que están enfrente a la costa. En ese momento, estaban desiertas; vivían nada más que algunos pescadores, pero la gente no cruzaba. Mi papá se quedaba a dormir en un rancho de un pescador amigo, en lo alto, porque ahí los ranchos estaban construidos con palos. Cuando me enteré lo de Los Andes, lógicamente que no me quería ir de Central. Iba caminando por la costa, y justo me crucé con el pescador. Me fui con él unos días. Cuando volví, se había aplacado la cosa, siguieron las conversaciones en un hotel de Rosario. Cuando el presidente vio que yo ponía tantos reparos, me dijo si me quería ir o no. “¡Y, la verdad es que no!”, le dije. Al poco tiempo, llegó Zof a Central.

No me quise ir al principio, pero tampoco al final. Ya después de la palomita, tuve ofertas del Paris Saint-Germain y del Celta. Pero no. En el 73 salimos campeones, había un representante que vino con los pasajes para viajar, y yo no me quise ir, me iba a casar el 2 de enero. Me parecía importante quedarme con mi gente y ganar un poco menos de dinero. La diferencia no era la que hay hoy, ojo, yo soy de los que piensan que ahora los jóvenes tienen que irse.

Si me hubiera tocado jugar en esta época, no sé qué pasaría. Pero lo pienso de nuevo y digo que yo jugaba en el club donde quería jugar, no hay mucha vuelta que darle. Vivía en la ciudad que no cambiaría por ningún otro lado, la ciudad donde nací, donde formé una familia, donde tengo mis hijos, nietos, amigos, donde sigo viviendo y en la que quiero seguir viviendo.

El casamiento fue una locura. Había una columna humana de 6 cuadras enfrente de la iglesia Perpetuo Socorro, en la avenida Alberdi, que tiene como 15 metros de ancho. Bombos, policías, todo bloqueado, la iglesia prácticamente tomada. “Los caso en 5 minutos porque me están rompiendo todo”, me dijo el cura. Se subían a los confesionarios, algunos se llevaban pedazos de los bancos y de los santos como souvenir. Una cosa de locos. El padre me quería hacer salir por atrás. “No, mire que si yo salgo por atrás, le van a quemar la iglesia”, le dije. Y salimos por adelante, entre toda la gente. Un amigo metió primera entre la multitud y se escuchaba taca-taca tacataca. ¡La de pies que habremos pisado!

En Central hubo dos etapas. Hasta el año 65 o 66, eran equipos profesionales bastante amateurs en muchos aspectos. Las figuras de Central venían a practicar en colectivo o en bicicleta. Los entrenamientos no eran exigentes. Con Don Adolfo Boerio como presidente, cambió mucho. Eligió bien lo de las divisiones inferiores, trajo a Miguel Ignomiriello, que las organizó muy bien, y en el 67 le ofreció la Primera. El fútbol profesional pasó a ser profesional de verdad.

Nosotros ya veníamos con grandes equipos desde abajo. Ganábamos mucho y éramos un grupo de amigos. El que no jugaba, ayudaba. Tuvimos varios técnicos que fueron fundamentales para la transformación de Central: Zof, Labruna, Griguol.... Y después seguimos ganando en Primera. Empezamos a hacer trabajos muy serios y muy duros en lo físico. Y todo ese trabajo nos dio resultados.

Para la semifinal en la cancha de River se dieron cosas que hoy parecerían imposibles, pero que vale la pena recordarlas. Fueron 40 mil personas por la misma ruta, caravanas de autos en los que viajaban hinchas de los dos equipos. Y hay muchísimos casos de gente que iba mezclada y no pasó nada.

EL CASAMIENTO fue de locos: los hinchas coparon la iglesia.

Nos concentramos en el Monumental, así que ya estábamos ahí. Normalmente descansábamos antes de ir para los partidos, pero Labruna ese día nos dijo: “Hoy no vayan a dormir, vayan a jugar a las cartas, al metegol”. Estábamos ahí y salgo a un balcón, justo cuando pasaban unos hinchas de Newell’s. Uno me insultó, me dijo de todo. En ese momento no había tanta agresión. Y me dio mucha bronca. “Subí tranquilo, que le vamos a ganar y les voy a hacer el gol”, le grité.

Antes de jugar la semifinal con Newell’s, nosotros estábamos muy confiados. Seguramente había muchos nervios en toda la ciudad, porque era un partido decisivo y, además, medio que se sabía que el que ganara, iba a salir campeón, porque encima la final se jugaba en Rosario. Nosotros veníamos muchos años sin perder contra ellos, desde 1965. Les costaba jugar con nosotros porque era otro estilo, presionábamos mucho. Pero nos enfrentábamos a un equipo brillante, una máquina de ataque.

A mí me gustaba poner nerviosos a los arqueros. Y venía jugando así con el arquero de ellos. “Prepará la cámara que ahora hago el gol”, le dije al fotógrafo antes del córner. Llegó el centro, Fenoy la agarra y saca rápido, la para Pascuttini, la juega para Colman, se la da a Aimar, abre para el Negro González, tira el centro y yo hago el gol.

Tengo tres fotos de la palomita, dos tomadas del mismo ángulo y otra que voy cayendo con las manos. Y esa es la que menos circuló.

La única posibilidad que tenía de llegar era si volaba. El centro venía bien fuerte y le di de lleno, ni un segundo antes ni un segundo después. Salió fuertísimo a un rincón. Yo ya vi que iba a ser gol antes de que entrara.

Hice una palomita muy linda contra Huracán, otra en Copa Libertadores. Era un recurso que practicábamos con Griguol: la pelota que venía a una altura determinada era más fácil cabecearla que patearla. Y además, para el defensor es más difícil, porque no hay muchas cosas que pueda hacer para pararte.

Nunca me quedé en ese gol, más allá de todo lo que generó, porque había objetivos inmediatos y nosotros seguimos estando en la pelea por varios años: ganamos campeonatos, terminamos subcampeones, jugamos la Copa Libertadores, llegué a la Selección.

La celebración arrancó un par de días después, en la puerta de un bar, que curiosamente se llamaba Polo Norte. Salimos campeones en la cancha de Newell’s y festejamos en el Polo Norte. Parece un chiste. Estaban los dirigentes, Labruna, el cuerpo técnico, y los muchachos de la OCAL. La recreación de la palomita se hizo en el primer aniversario, en un arco medio improvisado. Acepté de una, nunca pensé que la importancia iba a ser tan grande. Y no paramos más.

La hicimos en Chile, Cuba –con el hijo del Che–, Uruguay, Miami, Barcelona, Mallorca... Y en muchas partes de la Argentina: Rosario, Buenos Aires, Mendoza, Ushuaia. La hicimos con sol y en el barro. No tengo dudas de que la palomita es el gol más celebrado del mundo, por el simple hecho de que no hubo un solo año que no se festejara. Estoy seguro de que pronto va a figurar en el libro Guinness de los récords.

Llegar a un lugar y encontrarte con dos mil caras tuyas que te miran fue una cosa impactante. Fue otra de las sorpresas de la OCAL. En 1997 armaron una cena en el Club Río Negro y sólo se podía entrar con una careta mía de látex, que era muy impresionante por lo realista. Fue bastante impactante, de verdad. Una de las celebraciones que más recuerdo. Le pusieron “Hoy soy Poy”.

Este año, la palomita se va para Miami. Sabemos que hay una gran cantidad de hinchas que ya se están preparando. Además, vamos a aprovechar para tener algunas reuniones con el alcalde de Miami y de Fort Lauderdale, para ver si se puede hacer algún tipo de acuerdo entre las ciudades.

Hay goles famosos, goles que se recuerdan, pero goles que se gritan todos los años, no hay ningún otro. Por eso dije que no es un gol que me pertenece, sino que es de todos. Este año, publicaron la historia en dos revistas muy importantes de Inglaterra y Alemania. Guardo todas esas cosas, porque es realmente un orgullo aparecer al lado de Neymar y Rooney en una tapa de FourFourTwo en Inglaterra.

Cuando las cargadas están bien hechas, y sin ofender, a mí me gustan, porque forman parte del folclore. En la OCAL siempre han sabido salir con cosas que son de mucha imaginación. Pero ojo, que nosotros festejamos lo nuestro, nadie se tiene que sentir ofendido, porque lo último que queremos es provocar. Ellos tienen también sus cosas para festejar, y está bien que sea así.

La camiseta de la palomita la tengo guardada. Me propusieron muchas veces que la venda, pero es algo que no tiene precio, una reliquia que tengo doblada y guardadita en un cajón. Hace un tiempo me tocó conducir un remate y una camiseta normal de Central se vendió como en 10 mil pesos porque estaba yo. No sé cuánto puede llegar a costar la de la palomita, ¡una fortuna!

¿Errarlo? Nunca se me pasó por la cabeza que podría pasar algo así. Uno va a festejar, pero después hay que concentrarse porque el gol hay que meterlo a toda costa, eh.

INSTANTE MAGICO: la palomita. La leyenda tomaba vuelo.

Miro mucho las caras de la gente, hay expresiones que valoro mucho. Hay hinchas que viajaron desde Israel hasta Barcelona para poder participar. Cuando estás afuera, todo se siente más. Acá escuchás un tango y quizás cambiás de radio, pero si vivís en el exterior, te largás a llorar.

Me metí en política hace unos años, con el partido Demócrata Progresista, y me empecé a enganchar de a poco. Al principio no quise ser candidato, pero después de 4 años, me sentía más preparado y acepté. En 2011, saqué casi 30 mil votos y entré segundo en la lista. No es lo mismo que el deporte, pero tiene una parte de adrenalina que me atrae.

Después de Miami, voy a ir a Grecia a visitar a mi hijo, que está jugando en el Panetolikos, para esperar la llegada de mi cuarto nieto. Esas cosas de la vida: la camiseta es azul y amarilla a rayas, igualita a la de Central.

POR Martin Mazur/ Fotos: Hector Rio y Archivo El Gráfico.
 

Por Martín Mazur: 06/01/2014

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