Notas de la revista

Lauro: los mejores del 2013

- por Redacción EG: 15/12/2013 -

Se afianzó en la elite de lanzamiento de bala. Logró el récord sudamericano y la medalla plateada en la primera etapa de la Liga Diamante al tirar 21,26 metros, y terminó séptimo en el Mundial al aire libre. Así se transformó en el único atleta argentino en haber sido finalista en los Juegos Olímpicos, en el Mundial bajo techo y en el Mundial al aire libre.

 Nota publicada en la edición de diciembre de 2013 de El Gráfico

FIRME. Germán creció tanto en sus lanzamientos que se insertó entre los mejores del mundo. Es un ejemplo de perseverancia y talento.

“ESTOY ENTRE LOS SEIS o siete mejores del mundo. Me metí entre los ocho en 2012 y lo ratifiqué en 2013 al acercarme más todavía a los de arriba. De todas maneras, lo bueno es que entendí este año que los monstruos son ganables, que no son figuritas ni intocables”.

Germán Lauro firma la declaración en la redacción de El Gráfico, tras redondear un 2013 brillante. A sus 29 años, se consolidó en la elite en su especialidad: lanzamiento de bala. Primero, no le pesó debutar en la Liga Diamante (torneo anual en el que compiten las figuras del atletismo internacional)
y dio el golpe en la primera jornada en Doha al lanzar 21,26 metros, lo que le valió el récord sudamericano y la medalla plateada (el estadounidense Ryan Whiting ganó esa etapa, al tirar 22,28 metros, y el certamen).

La conquista data de mayo, se valora por la marca, la presea y por haber superado en tamaño torneo a rivales de jerarquía, como el estadounidense Reese Hoffa (campeón del mundo en Osaka 2007 y medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Londres 2012) y el polaco Tomasz Majewski (bicampeón olímpico).

Segundo –y pese a que llegaba con lo justo por haberse resentido de una lesión lumbar–, rompió los protocolos en agosto en su cuarta experiencia mundialista al aire libre de mayores (la competencia se disputa cada dos años y es la más importante después de los Juegos Olímpicos). Moscú, entonces, fue el escenario
en el que se escribió historia con marcador indeleble: la Argentina contó por primera vez con dos finalistas en un mismo Mundial (Rocío Comba ingresó en la conversación pesada en lanzamiento de disco), y Lauro se convirtió en el primer atleta nacional en haber sido finalista en los Juegos Olímpicos, en el Mundial bajo techo y en el Mundial al aire libre. Como si fuera poco, terminó séptimo al clavar la bala en 20,40 metros. ¡Bestial!

-Si tuvieras que establecer un punto de inflexión en tu carrera para desembocar en este dulce presente, ¿cuál sería?
-El Mundial bajo techo de Estambul 2012. Ahí empecé a sentir la seguridad técnica y física de que podía meterme entre los ocho mejores y dar el salto de calidad. Pero cuando entré en la final fue un shock. No lo esperaba, porque era todo nuevo para mí al ser mi primer Mundial bajo techo; y quedé sexto (20,38 metros).

Ese torneo me sacó la presión que me ponía para llegar a una final, y a partir de ahí, tuve tranquilidad. Entonces, comprendí que no era inalcanzable competir entre los mejores y comencé a tener más confianza.

-¿Eso resultó clave para clasificarte a la final olímpica en Londres 2012?
-Sí, ahí reafirmé aquello. Igualmente, no sólo es la confianza porque también pulí aspectos técnicos y físicos, en los que más mejoré al aumentar la fuerza y el kilaje (pesa 132).

Entonces, todo ese combo hizo que pudiera lograr la marca que me dejó sexto (20,84 metros). Pero ni me daba cuenta de que estaba en la final olímpica. Me parecía un torneo más, por el aislamiento que hay en la villa. Sin embargo, al otro día, cuando ya me había bajado la adrenalina, estaba pulverizado, como si me hubiera pasado un camión por encima. Es más, ni podía lanzar el disco (también compite en esa disciplina) tres días después.

-¿Cómo interpretaste este año que podías vencer a varios candidatos y sostenerte entre ellos?
-Es que antes los veía como dioses y parecía que había que venerarlos. Cuando entendí que estoy entre los que pelean arriba, supe que les puedo ganar a los mejores. Ellos no son Bolt (el rey de la velocidad) que es un imposible. Nuestra prueba es pareja y no hay un tipo del que digas: “A este no le ganás ni si
tiran de a dos juntos”. Pero soy realista: Storl y Whiting (campeón y subcampeón del mundo) están un escalón por encima del resto, porque tiran 21,50 cómodos. Igual, esto no quita que sean ganables.

-¿Podés contar una anécdota, una vivencia, que demuestre esto?
-Sí, se dio apenas después del Mundial en un torneo en Alemania (en Bad Köstritz), donde los organizadores (el main sponsor fue una marca de cerveza) planteaban la rivalidad entre Storl, el local, y… yo (risas). “¿Qué se tomaron estos tipos?”, pensaba. Yo me sentía un perejil al lado del otro. Bueno, la competencia era chica (había más lanzadores alemanes) aunque me servía para sumar experiencia ante el número uno del mundo. Y casi le ganó en mi último tiro. El iba adelante con 20,70 y de repente metí 20,91. “Lo acosté”, imaginé.

Pero clavó 21,02 en el lanzamiento siguiente y listo. Al hacer esa marca, se secó la transpiración y puso cara como diciendo “menos mal que no perdí”. Yo pienso en ese gesto y me digo: “Casi le ganó al campeón del mundo. ¡Mirá qué quilombo estoy haciendo!”.

-¿Los monstruos de la especialidad te consideran de relleno o ya sos una amenaza?
-No lo sé. Creo que me ven como una proyección, pero ojalá piensen que soy una amenaza… Crecí año tras año y eso es muy bueno, porque no caí del cielo ni aparecí de golpe. Los aumentos de la marca fueron paulatinos. No significaron una sorpresa, excepto para mí y mi equipo de trabajo.

“¿COMO ATLETA qué puedo llegar a ser? Aprovecho el deporte para desarrollar la carrera universitaria”. Germán recuerda su frase y se ríe. No obstante, aquel 2001 representó un año traumático en su vida. El adolescente, que se había iniciado en el atletismo en el colegio en su Trenque Lauquen natal, potenciaba sus intenciones de convertirse en deportista al mudarse al CeNARD.

Si bien le sobraba fe, dudaba sobre su futuro. “Tenía 17 años, una edad crítica, y reconozco que pensé en dejar. Pasé de una ciudad de 40 mil habitantes a un monstruo como Buenos Aires. Cambié de entrenador, de compañeros, mi forma de entrenamiento; estaba lejos de mi familia, empecé de cero. Como no había apoyo, me preguntaba: ‘¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Me dedico a estudiar? ¿Dejo todo o sigo?’. Bueno, decidí seguir mientras estudiaba para ser radiólogo. Entonces, el atletismo era un fin para continuar con el estudio. Igualmente, yo valoro la beca que tenía: me daban alojamiento y comida en el CeNARD y no pagaba un peso. Si no la hubiera tenido, no habría venido a Buenos Aires”, afirma.

-¡Qué bárbaro! Jamás pensaste en aquel momento posicionarte donde estás hoy, ¿no?
-Es así: ni pensaba llegar a este lugar. Me parecía imposible. Era juvenil, tiraba 15 metros con una bala de 7 kilos (la que utiliza hoy, con la que lanzan los mayores) y decía: “¿Cómo hacen estos tipos para tirar 20 metros?”. Y lo mismo me pasaba con el disco. Veía que lanzaban 65 metros y no lo podía creer.

La actividad lo envolvía cada vez más, y Lauro se destacaba entre los atletas de su camada, como su amiga Jennifer Dahlgren (lanzadora de martillo). Encima, sumaba historias que lo entusiasmaban. El atleta las cuenta: 1) “Me gustaba la campera de los Estados Unidos, y Jenny (Dahlgren) me la consiguió en el Mundial de Osaka 2007, mi primero. Se la había pedido a un amigo que conocía del centro de entrenamiento de Georgia. Bueno, su amigo era Hoffa, que terminó siendo el campeón del mundo.

En ese momento, me quedaba como una carpa (risas) y hoy la siento más ajustada. Ahí se nota mi crecimiento físico”. 2) “No soy cholulo, pero le pedí una foto al polaco Majewski en el estadio olímpico, fuera de la competencia, en Beijing 2008. El fue el campeón olímpico en esos Juegos y yo lo admiraba. El tipo ni me registraba, creo que ni sabía que yo también había competido en la prueba. Capaz se pensó que era uno más del público (risas)”.

La carrera de Germán dio un vuelco importante a fines de 2009, cuando volvió a instalarse en Trenque Lauquen y a ser entrenado por Carlos Llera. “No sólo tenía contención familiar, sino que entrenarme en mi ciudad ya era distinto porque no soy uno más. Todos me conocen desde siempre y están a disposición para lo que necesite”, resume. Tanto Lauro como Llera supieron caminar juntos de la mano y construyeron un presente de ensueño. Sin embargo, Llera decidió alejarse por temas personales a fines de septiembre, y Germán volvió a ser guiado por Andrés Charadía, exatleta argentino que lo entrenó ni bien puso un pie en el CeNARD.

La nueva etapa, en consecuencia, tiene una pequeña y enorme particularidad: Charadía vive en Doha (Qatar) y Lauro, en Trenque Lauquen. “Nos comunicamos por Skype, e-mail, le mando videos y él me envía los planes de entrenamiento. Pero es difícil. Igual, hay dos cosas positivas. Primero, nos juntamos cada un tiempo determinado en diferentes lugares del mundo, como Estados Unidos, Argentina, Sudáfrica, y yo me sumó a su grupo de entrenamiento. Segundo, ya llevo 15 años en el atletismo y hay cuestiones técnicas que no digo que las domino, pero casi”, asegura.

PLENO. Lauro sabe que debe aprovechar esta época. Según el manual, se ve lo mejor de los lanzadores después de los 28 años. Él tiene 29.

SU PLANIFICACION para el año próximo se centra en cuatro citas: el Mundial bajo techo de Sopot (del 7 al 9 de marzo, en Polonia), los Juegos Odesur en Santiago de Chile (participa una semana después de hacerlo en el Mundial), la Liga Diamante (intentará completar las siete etapas) y el Iberoamericano en Brasil.

Germán, que finalmente desistió de ser radiólogo y está a dos años de recibirse como contador, describe a qué le apunta: “Los Odesur son importantes para la Argentina y porque mandás el primer mensaje de cara a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Después, busco sumar experiencias. No es que me metí entre los mejores del mundo y ya está. Tendré que aprovechar el Mundial bajo techo y la Liga Diamante para sostenerme, porque ahí compito contra los mejores. Incluso, cuando participé en las últimas dos etapas del año en la Liga Diamante, había siete de los ocho finalistas del Mundial al aire libre. Entonces, sentí que afronté tres finales mundialistas durante 2013: la del Mundial en sí misma y las dos de esas etapas que nombraba (Zurich y Bruselas). Y esa es la diferencia entre los atletas de diferentes partes del mundo, en especial los europeos, y nosotros, los argentinos. Ellos están acostumbrados a competir semana tras semana en un torneo de máxima exigencia, mientras que nosotros tenemos una final de un Mundial al aire libre cada dos años, si es que entramos. Ese roce es el que nos falta. Por suerte, yo lo estoy consiguiendo y eso es muy bueno porque me acostumbré a lanzar frente a los mejores y a perderles el respeto”, explica.

-Además, tenés una particularidad: las competencias de jerarquía te potencian, porque ahí se dieron tus mejores registros. ¿Cuál es la explicación?
-Soy competitivo y me gusta estar en torneos importantes. Tengo marcas peores en entrenamientos que en competencias. Por ejemplo, nunca pasé los 21 metros, ni siquiera en los testeos. Me siento cómodo en los torneos de nivel, y la motivación y el estrés de esas situaciones me generan ese plus.

-¿Estás cerca o lejos del modelo ideal de lanzador que pretendés ser?
-No sé si es una virtud, pero soy muy exigente conmigo. Quizás obsesivo... Es que me entreno para limar centímetros de donde se pueda y ser el mejor. Hoy, estoy muy bien: 8, 8,50, 9 puntos, pero sé que todavía puedo mejorar.

-¿Hasta llegar a ser el 1 del mundo?
-¡Dios quiera! Hace dos años era imposible, pero hoy no lo descarto.

-¿Podrás lanzar 23 metros (muchísimo, casi una barbaridad)?
-Como sueño, sí… Pero sé los límites reales. Me conformo con tirar 21,50 todos los días, que es lo que hacen los top 3 del mundo. Si estás en esa marca, hacés diferencia. Porque si estás mal, clavás 20,50 y te metiste en la final; si estás derecho y tirás 21,30, sos medallista en cualquier torneo.

-¿Te proyectás como medallista olímpico en los Juegos de Río de Janeiro 2016?
-No lo sé, hay muchos factores que se tienen que dar para eso. Creo que estoy cada vez más cerca. Puedo llegar con las luces prendidas y lanzar 23 metros, pero también puedo estar mal y, ni con magia, tiro 19 metros. Nosotros no tenemos suplente, es ese día y ahí.

El automovilismo, su locura
“MI VIEJO había armado una categoría en Trenque Lauquen que se llamaba Súper Prime. A él no le corre sangre por las venas, le corre aceite. El nos hizo fierreros a mi hermano mayor (Federico) y a mí. Fede llegó a correr en karting y en auto en categorías zonales. Para nosotros, lo normal era compartir un asado con los mecánicos, ver armar los motores y los autos, y salir para la carrera. Igualmente, era una preparación muy básica... Había una categoría que era de Fiat 600, otra de los 128, y después se pasaba a los Falcon”, recuerda Lauro.

-¿Por qué no te inclinaste por los autos entonces?
-Porque ya no entraba en un karting a esa altura (15 años). Además, el automovilismo era un deporte caro y no había dinero. Es más, Federico no pudo correr en el Turismo Nacional porque le faltó plata. Pero, bueno, el fierraje me encanta. Si tuviera que elegir entre mirar un torneo de atletismo o una carrera de autos, me quedo con la carrera sin dudas. Ah, soy fanático de Ford.

-¿Sos de ir a las carreras?
-Si puedo, sí. Este año fui a ver el Súper TC 2000 y estuvo impresionante. Mirá: me gusta tanto el automovilismo que en la Play o en el iPad sólo tengo juegos de autos.

-Una elección: ¿una medalla olímpica o correr una fecha de Turismo Carretera para Ford?
-¡Qué difícil! Si es sólo una fecha, prefiero la medalla. Pero si llego a definir un campeonato, no lo sé, no lo sé… (risas). A mí me volvería loco subirme, qué sé yo lo que daría. Sé que significaría cumplir un sueño, el sueño de un fanático.


Por: Darío Gurevich. / Fotos: Hernan Pepe

Por Redacción EG: 15/12/2013

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