ANATOMíA DE...

Anatomía de... Piovoso, el arquero desaparecido

- por Redacción EG: 08/09/2013 -

Es el único futbolista de Primera División desaparecido durante la dictadura militar. Jugó tres partidos en Gimnasia, donde era suplente de Gatti, y se formó en las inferiores de Estudiantes. Insólitamente, el fútbol lo condenó al olvido.

    Nota publicada en la edición de septiembre de 2013 de El Gráfico

EL TANO Piovoso, en la vieja cancha de Estudiantes.

Sebastián Piovoso no es futbolista y ya nunca lo será: se lo impiden sus 34 años y la pancita de quienes amamos al fútbol desde las tribunas. Arquitecto recibido en la Universidad de La Plata, empleado estatal de ARBA y sin pasado ni presente como jugador, técnico o dirigente –básicamente, los tres motivos por los cuales son entrevistados los personajes de El Gráfico–, su infiltración en un mundo desconocido tiene una raíz poco deportiva y toda social. En el diccionario de las profesiones menos habituales del fútbol, Sebastián ejerce una tarea única: es el tributante de la memoria de Antonio Enrique Piovoso, el Tano, un arquero que atajó tres partidos para Gimnasia La Plata en 1973 y que no sólo es su tío, sino el único futbolista que jugó en la Primera División de AFA y desapareció en el apocalipsis de la dictadura. Es el jugador robado por los militares en 1977, pero también olvidado por el fútbol.

Una tibia tarde de agosto se despereza, y Sebastián, o Piovo para sus amigos, entra al lugar que eligió para la entrevista, el bar de una estación de servicio, en el centro de La Plata. La mayoría de las mesas están vacías, un par de clientes solitarios hojean el diario, y un televisor sintoniza un canal de noticias al que nadie le presta atención: es un ambiente impersonal –y algo sombrío– que favorece al sobrino del futbolista desaparecido para sentarse por primera vez enfrente de un periodista. Una escenografía más lujosa sería una vulgaridad para una charla en la que empiezan a quedar atrás décadas de silencio familiar y camuflaje del dolor. Tampoco los Piovoso hablaban del Tano. Ni siquiera puertas adentro.

SU SOBRINO, Sebastián, quien inició la tarea de rescatar la memoria del Tano cuando conoció la verdadera historia.

Sebastián se presenta con la voz pausada, acepta un cortado que llega en bandeja de plástico y saca de su mochila un sobre tan amarillento que parece anclado en la década del 70, y algo de eso hay: más que un sobre, es un cofre que, durante tres décadas y media, protegió una historia fotográfica. Desde su interior salen imágenes, recortes y objetos. Algunas son postales deportivas: ahí está, en blanco y negro, el Tano Piovoso en la cancha del Bosque y abrazado a Hugo Orlando Gatti, su compañero de equipo en el Gimnasia del 73, con fondo de tribunas repletas antes de un partido, o durante un entrenamiento en su paso previo por las divisiones inferiores de Estudiantes, sosteniéndose en un arco de la vieja cancha de 1 y 57. Una curiosidad: en esas fotos con botines, buzo y bermudas (look de la época, incluso las de Gatti muestran un bolsillo delantero) Piovoso no tiene los guantes puestos, sino que los sostiene con la mano derecha. Suena a declaración de principios: las manos libres.

Del sobre ajado, que Sebastián heredó hace pocos años de su abuela paterna, Elsa Mengarelli, la madre del Tano, también emergen diarios de la época y medallas que ganó en infantiles. Los recuerdos familiares ya son a color: el Tano en un registro civil, como testigo de un casamiento, o recostado en un jardín. Estética setentosa, barba selvática, patillas profusas, pantalones Oxford. Y un régimen asesino: todos los testimonios fotográficos son anteriores al 6 de diciembre, el día de su secuestro, cuando tenía 24 años. “Es lo que junté por ahora”, dice Sebastián, y dan ganas de abrazarlo.

Entre los 30 mil desaparecidos de la última dictadura (1976-1983) hay varios deportistas (Miguel Sánchez, el atleta con cuyo nombre fue bautizada la temporada 2013/14 del fútbol argentino, la jugadora de hockey Adriana Acosta y los muchachos de La Plata Rugby Club, entre muchos otros), pero futbolista de AFA (y encima de Primera División) que figuren en el “Nunca Más” hay uno solo, y ese es Piovoso Mengarelli. Además del Tano, otros jugadores fueron víctimas de la dictadura, como el arquero de Almagro en Primera B en 1975, Claudio Tamburrini, que estuvo detenido en un centro clandestino hasta que se fugó atando sogas una madrugada de tormenta eléctrica. Si se le suma el caso inverso, el del fútbol como refugio laboral de presuntos victimarios, como el ex arquero de Central, Edgardo Andrada, el Gato, que fue investigado por su supuesta participación en el secuestro de dos militantes hasta que en 2012 la Justicia dictaminó su falta de mérito, se llega a una extraña línea en común: desaparecidos, secuestrados y sospechados de represores confluyen en el más especial de los puestos, el arquero.

La reconstrucción de un jugador desaparecido no es fácil. La memoria emotiva del fútbol sólo rescata a los triunfadores, y Piovoso, un discreto arquero, fue olvidado incluso por muchos ex compañeros y rivales. No es el caso de Rodolfo Lara, periodista de Clarín y ex volante de las inferiores de Estudiantes, el primero que en 2009 publicó, en un pequeño recuadro, un tributo al Tano. “El era categoría 53 y yo 52, así que no compartimos equipo, pero nos conocíamos”, recuerda Lara, y repasa una jugada que sintetiza el ADN atrevido de Piovoso: “Fue en la Quinta, un San Lorenzo-Estudiantes. El Tano Pasini (Salvador, hoy técnico de Merlo) era el 10 de ellos y tenía la pelota en mitad de cancha, pero el otro Tano, el nuestro, Piovoso, salió del área y se le tiró a los pies. Ese era su estilo: arriesgado”.

Piovoso, que nació en La Plata el 13 de agosto de 1953, era hincha de River y fundamentalista de Gatti. Algo de loco tenía: atajaba a pesar de sus 177 centímetros. La foto con su ídolo evidencia su baja estatura para un puesto casi prohibido para quienes miden menos de 1,80: Gatti, con 1,82, parece un NBA a su lado. Pero como el Tano no se regía por convenciones, sino por creencias, siempre quiso ser arquero: Sebastián evoca que el kilómetro cero de su tío fueron las infantiles de Peñarol de Gonnet y después sí, se incorporó a la categoría 53 de Estudiantes, un grupo en el que la mayoría de los chicos se quedó en el camino antes de llegar a la Primera, salvo la excepción de Néstor Chirdo (Estudiantes, Racing y Lanús).
Piovoso recorrió las inferiores de Estudiantes en simultáneo a la consagración del equipo de Osvaldo Zubeldía en Argentina, América y el mundo, pero su Everest fue la Tercera. En la categoría superior a la suya, la de jugadores nacidos en 1952, el número 2 era su único hermano, Héctor Alfredo (padre de Sebastián), que se retiró en la Sexta. En ese equipo además jugaban Oscar Suárez de 5 (el pibe que en 1976 murió de paludismo tras una gira de Temperley por África), Osvaldo Palín González de 8 (con paso posterior por Villa San Carlos, Quilmes y Rayo Vallecano) y Humberto Moirano de 9, un nombre que en el fútbol no dice nada pero en la vida del Tano fue todo: se hicieron tan amigos que compartieron hasta el último segundo en que una patrulla militar se llevó al estudiante de arquitectura que, pocos años atrás, había atajado en los dos grandes de la ciudad.

Por algún motivo que tanto tiempo después no puede ser decodificado (¿una pelea con uno de sus técnicos, Rubén Cheves o Juan Urriolabeitia?, ¿falta de nivel para Primera?), Piovoso se fue de Estudiantes sin haber debutado. Condiciones parecía tener: enseguida entró a Gimnasia como tercer arquero del plantel profesional en 1973, detrás de Gatti y Daniel Guruciaga. En las diapositivas del archivo de El Gráfico de aquel año, se lo ve al Tano entrenando en un equipo que, entre otros jugadores, tenía a Carlos Della Savia, Hugo Gottfrit y Carlos Bulla, y era dirigido por José Varacka.

Piovoso no alcanzó a ser titular en Primera, pero jugó tres partidos. Es toda una rareza: lo que pocas veces ocurre, que un arquero se lesione durante el partido y tenga que ser reemplazado, sucedió tres veces en tres meses, y en todas entró el Tano, una por Guruciaga y dos por Gatti.

LA SINTESIS de su debut en Primera en las páginas de El Gráfico.

Su debut fue el 19 de abril, contra Argentinos en La Paternal, en un partido que estaba 0-0 a los 41 minutos cuando el Tano ingresó por Guruciaga. Podría haber sido un estreno triunfal, porque hubo un penal para Gimnasia que Antonino Spilinga le atajó a Aldo Villagra, pero terminó en derrota por los dos goles que el Tano, ya cerca del final, recibió de Horacio Raúl Cordero.
El 24 de junio, también por el Metropolitano 73 que ganaría Huracán, se repitió esa dualidad: la alegría de jugar en Primera empañada por una derrota. Piovoso reemplazó en el minuto 75 a otro arquero, esta vez Gatti, y el empate parcial 2-2 con All Boys se convirtió en derrota 3-2: entró el Tano y a los ocho minutos recibió un gol de Domingo Cavallo, homónimo del futuro ministro de Economía.

Hasta que cuatro días después, el jueves 28 de junio por la noche, en el Bosque, por tercera vez, sucedió lo mismo, pero esta vez sería letal: en un Gimnasia-Central televisado del que no hay imágenes, el Tano reemplazó a Gatti en el entretiempo (1-1) y, como si fuese una maldición, su equipo volvió a perder (2-1). Su yunque fue un tiro libre de Aurelio Pascuttini, a los 42 del segundo tiempo, que todas las crónicas coinciden en adjudicárselo a un Piovoso con manos de manteca. “La victoria llegó por un grave error de Piovoso, que fue el corolario a una desafortunada actuación”, escribió Horacio Pagani para El Gráfico, que lo calificó con 3 puntos, mientras que La Capital de Rosario subrayó que el arquero estaba “completamente nervioso”. El Tano había tenido mejores actuaciones, o al menos El Gráfico le puso 6 contra Argentinos (ante All Boys jugó 15 minutos y no fue calificado), pero está claro que ese gol de Central (“Un foul de Grottfit contra Carlos Colman a 25 metros que fue rematado por Pascuttini, pasó las manos del arquero y llegó a la red”, detalló el diario rosarino) significó su final en Primera, una trayectoria muy corta, pero en la que enfrentó a rivales emblemáticos como José Pekerman (Argentinos), José Pepe Romero (All Boys), Daniel Killer o Carlos Aimar (Central).

Cuarenta años después, Pascuttini no sólo no registra la endeble reacción de Piovoso, sino que ni siquiera recuerda su propio gol ni ningún otro detalle de aquel partido. En una bruma similar se difuminó desde entonces la carrera del Tano. Algunos testimonios sostenían que Piovoso pasó a Villa San Carlos en 1974, pero un par de jugadores de aquel plantel que participaba en Primera C, consultados por El Gráfico, lo descartaron.

Sí puede reconstruirse que, a partir de 1974, Piovoso jugó en el interior de Buenos Aires. El fútbol chacarero le permitía estudiar arquitectura de lunes a viernes en La Plata, seguir viviendo en 132 entre 45 y 46, viajar el sábado y jugar el domingo: en 1974 lo hizo para Atlético Mones Cazón, a 40 kilómetros de Pehuajó, en 1975 fue el arquero de Athletic de Azul y en 1976 atajó en Nación de Mar del Plata. A su último club no llegó solo desde La Plata, sino con otros dos ex jugadores de Gimnasia, Norberto Fabbián y Miguel Angel Restelli, refuerzos que no impidieron el descenso de Nación a la B marplatense. En el torneo siguiente, el de 1977, Eduardo Basigalup, que el año anterior había visto desde las inferiores cómo atajaba Piovoso, fue su reemplazante en Nación, en el arranque de una carrera que lo consagraría en Ferro.

JUNTO AL LOCO Gatti, en una tarde de tribunas llenas en la cancha de Gimnasia La Plata.

El 6 de diciembre de 1977, ya alejado hacía un año del fútbol, Piovoso fue detenido en su lugar de trabajo: mientras terminaba quinto año de Arquitectura, era dibujante en el estudio 2a&2i, en las galerías Williams, centro de La Plata. Los testimonios coinciden en que el Tano, que no tenía militancia comprometida, a lo sumo el reparto de algunos volantes algunos años atrás, y, aparentemente, más para ligar alguna muchacha (una de sus especialidades) que por convicción política, fue secuestrado por haber estado en el lugar equivocado: los militares fueron a buscar a otra persona (Jorge Martina) y, en su brutalidad, también lo cargaron. Su amigo Moirano (murió en 2003), obligado a mirar a la pared, escuchó cómo decían “a vos te llevamos por pelo largo” y, cuando se dio vuelta, Piovoso ya no estaba. Ya nadie tampoco lo vería. Desde entonces, su cuerpo (y el de Martina) no apareció, en un secuestro también explicado en el documental “Deportes, desaparecidos y dictadura” que el periodista Gustavo Veiga estrenó en agosto.

En 1993, Sebastián se enteró de imprevisto de su tío desaparecido: tenía 13 años y, en una sobremesa, a un familiar se le escapó el comentario. Muchos años después, otra serie de casualidades lo llevó a preguntarle a Elsa, su abuela, sobre el Tano, y por primera vez de un sobre amarillento salieron estas fotos junto a Gatti y en las inferiores de Estudiantes. Solo, sin más ayuda familiar (su abuela murió), Sebastián también supo que su tío tenía ojos turquesas, que manejaba un Citroen, que dormía protegido por los posters de Los Beatles que colgaban en su casa, y que era futbolero, tan futbolero que el fútbol, justamente, no puede seguir olvidándolo.

Por Andrés Burgo. Fotos: Gonzalo Mainoldi y Archivo Familia Piovoso

Por Redacción EG: 08/09/2013

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