LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

Más que mil palabras (sobre Bosman): la libertad

- por Martín Mazur: 08/08/2013 -

¿A qué se dedica un revolucionario luego de completar su revolución? Un texto de Martín Mazur.

Nota publicada en la edición de agosto de 2013 de El Gráfico

EN FURIOSO primer plano, el hombre que ven en la foto no quiso ser otro ladrillo en la pared.

Sin haber mencionado quién es ni en el título ni en la volanta, cabe preguntar: ¿quiénes de los que están leyendo esta nota son capaces de reconocerlo? ¿Quiénes saben el nombre del futbolista que decidió dar un paso adelante y salirse del muro? A modo de concurso –sin premios, se aclara por si acaso–, la proporción probablemente sea un acierto en 100.

Su cara no resulta familiar. Su apellido, en cambio, sí. El de la foto es Jean-Marc Bosman, más conocido por ser una ley que una persona.

Y por su expresión, se trata de un hombre triste.



BOSMAN NACIO en Bélgica y llegó a ser considerado una de las promesas de ese país, junto a Enzo Scifo. Con presencia en selecciones juveniles, su carrera entró en declive y nunca despegó. En 1990, cuando se le venció su contrato, el Lieja le impidió firmar para el Dunkerque, de la Segunda División de Francia. Una vez depositado el monto pactado entre los clubes, el Lieja pidió tres veces más. La transferencia colapsó. Prisionero de un contrato vencido, obligado a firmar por menos de lo que le ofrecían en Francia, y destinado a no jugar mientras no aceptara la nueva oferta del Lieja (3200 dólares mensuales), Bosman fue a los tribunales. Accionó contra su club, contra la Asociación Belga y contra la UEFA. Nadie le prestó demasiada atención.

Hasta que en 1995, la Corte Europea de Justicia pronunció el fallo que cambió el mapa del fútbol europeo. Dos monumentales diferencias del nuevo orden: los futbolistas quedaban en libertad de acción al concluir sus contratos y se ponía fin al tope para extranjeros entre países de la Unión Europea.
Así, el mediocampista belga se convirtió en el padre de una revolución que jamás lo reconoció como líder, pero que permanentemente invoca su apellido.

La Asociación Belga le ofreció una suma millonaria para que desistiera de sus denuncias, pero él la rechazó. Cuando el expediente se había transformado en un peligro inminente, la UEFA lo tentó con 1.200.000 euros. No hubo forma. Sabía que su carrera ya estaba terminada. La lucha era por dignidad.
Para cuando llegó la sentencia, el fútbol ya había abandonado a Bosman, que a los 30 años se había separado y vivía de prestado en la casa de sus padres, un minero y una inmigrante de origen yugoslavo.



EN 1998, le hicieron un homenaje en Lille, organizado por la Asociación Internacional de Futbolistas Profesionales. La recaudación del partido, de nula repercusión y escaso público, estuvo destinada al propio Bosman, que por entonces ya había empezado a beber. Un año antes, habían intentado hacerle un partido en Barcelona. Pero las trabas de la Federación Española fueron tan variadas que Bosman no estuvo presente y tampoco se hizo mención a él en las consignas de promoción. Los jugadores holandeses le entregaron la recaudación de otro partido. Bosman le agradeció personalmente a Frank de Boer. Y el defensor le contestó: “Somos nosotros los que debemos agradecerte. Sin ti yo no estaría en el Barcelona”. El Ajax en el que jugaba De Boer, campeón de la Champions League, fue la primera víctima del caso Bosman. Los poderosos de Europa lo desplumaron en un verano.

En España, Bosman es una sentencia. En Inglaterra, se habla de Bosman ruling para cada jugador que logra irse de su club con el pase en su poder. Parametro zero, dicen en Italia a quienes se van libres bajo la Legge Bosman. En Alemania, a su apellido se le adosa Entscheidung (decisión).

O sea: Bosman pasó a ser una sentencia, una regla, una ley o una decisión, de acuerdo al país y a la lengua que se trate. Pero nunca volvió a ser una persona.

La relación entre el jugador y el mundo del fútbol al que liberó –hasta transformarlo en un monstruo de incalculable valor económico– lentamente se convirtió en resentimiento.

Mientras miles de futbolistas se beneficiaban con la ley Bosman, él, cada vez más apremiado económicamente, intentó promover una línea de indumentaria. La marca elegida –registrada el 15 de julio de 2008 en Bélgica dentro del rubro indumentaria y calzado–, no tuvo un nombre pegadizo. Traducida del inglés, dice: “Va el jugador y circula por su camino”. Su esquema de negocios estaba basado en que cada futbolista que quedara libre de su contrato, le comprara al menos una remera. Pero Bosman vendió apenas una, al hijo de su abogado.



NI ELMADRID ni el Chelsea existirían hoy sin mi ley”, tituló El País su entrevista en diciembre de 2005. En ella, el ex jugador dice: “Al principio, sólo reclamaba la libre circulación de trabajadores y que fuéramos libres al final de nuestro contrato. La UEFA nunca había querido cambiar su reglamento y la Corte arregló cuentas”. Pero concluye, con cierto desplacer: “Hoy lo que tenemos son mercenarios, jugadores que se van de un club sabiendo que van a ganar mucho dinero. Desde entonces han ganado cifras astronómicas. Yo no me he beneficiado de ello. Hice lo que hice no por dinero, sino por principios”.

En menos de 20 años, el belga dilapidó su indemnización de alrededor de 400.000 euros y, víctima de la depresión y el alcoholismo, terminó condenado a prisión. El 15 de julio de 2013 quedó firme la sentencia de un año de cárcel efectiva por agredir a su novia y a la hija de ella, en una discusión por una copa más. Pero antes de obligarlo a cumplir la condena, el juez aceptó otorgarle tres años de probation, en los que Bosman deberá ser parte de un programa de violencia doméstica y someterse a controles de alcoholemia para monitorear su lucha contra la bebida.

Mientras tanto, sin saber qué es de su vida o incapaz de reconocer su cara, el mundo del fútbol sigue nombrando a Bosman –a su ley– cada día que pasa. El hombre que no quiso ser otro ladrillo en la pared, terminó siendo el único ladrillo de un mundo sin muros. Un ladrillo invisible que, como hace 20 años, lucha por su libertad.


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Por Martín Mazur

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Por Martín Mazur: 08/08/2013

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