ANATOMíA DE...

Anatomía de... Jacobo Urso, el mártir del Boedo

- por Redacción EG: 04/08/2013 -

El jugador que dio la vida por San Lorenzo. En pleno partido, un rival le aplicó un codazo que le rompió una costilla y le perforó un riñón. Malherido, no quiso salir y fue al hospital después del encuentro. Murió tras una semana de agonía.

  Nota publicada en la edición de agosto de 2013 de El Gráfico

VESTIDO de azulgrana en la época romántica del amateurismo.

En el primer piso de la platea norte del estadio Pedro Bidegain, un museo recorre la historia de San Lorenzo. Abierto los días de partido, la colección cuenta con vitrinas y paredes llenas de trofeos, bustos de futbolistas, fotos de grandes equipos, pelotas amarillentas, botines de cuando no existían las marcas deportivas y antiguas camisetas transpiradas por quienes construyeron la épica del club. La sala podría haber sido bautizada con el nombre del fundador de San Lorenzo, de un viejo presidente o de alguno de los míticos campeones, pero el elegido fue un futbolista amateur, desconocido aun hoy por muchos hinchas, que nunca fue goleador y que nunca dio una vuelta olímpica, pero que sí entregó algo más osado: su vida por San Lorenzo. El mártir de Boedo se llama Jacobo Urso.

La inmolación sobre el césped sucedió hace 91 años, del 30 de julio al 6 de agosto de 1922, durante los siete días que transcurrieron entre el domingo en el que un codazo de un rival lo dejó malherido, su obstinación suicida para continuar en la cancha los 90 minutos, su urgente internación después del partido, las dos operaciones que sufrió en una semana, la extirpación de un riñón, su agonía y su muerte al domingo siguiente, cuando tenía 23 años.

Sacrificio de su vida al margen, Urso ya era un nombre propio de la segunda generación de muchachos que empezaron a cultivar la grandeza de San Lorenzo, algunos años por detrás de la línea creadora del club, como el padre Lorenzo Massa o Federico Monti, el cabecilla de los pibes que en 1907 constituyeron a Los Forzosos de Almagro y que al año siguiente, cuando cambiaron el nombre, dieron vida a San Lorenzo. Los amigos reunidos en la parroquia San Antonio participaron primero en la Liga de Don Bosco contra equipos de otras iglesias, en 1911 se disolvieron durante dos años y reactivaron a San Lorenzo en 1913, cuando se anotaron para jugar en Segunda División, alquilaron la cancha de Ferro y el primer día de 1915 ascendieron a Primera.

Fue entonces cuando Urso entró en Boedo. De padre homónimo, había nacido en Dolores el 17 de abril de 1899, pero ya desde chico se mudó a Buenos Aires. Aunque con sus hermanos podría haber fundado otro equipo (eran 12: Ángela, Clementina, Eduardo, Domingo, Juana, Aquiles, Antonio, Alfredo, Anselmo, Catalina y Vicente, además de Jacobo), tenía 12 años cuando en 1912 empezó a jugar en Alba, hasta que en 1915 pasó a un San Lorenzo en estado embrionario. Casi siempre como half izquierdo (mediocampista izquierdo), u ocasionalmente como half (volante central), el recorrido de Urso tuvo la velocidad de un remate de Héctor Scotta o un tiro libre de Flavio Zandoná: primero en la Tercera, enseguida en la Preintermedia (debut contra Argentino de Quilmes), y un año después de su llegada al club, en Primera.

Algunos hablan de coincidencia pero es mejor referirse a dos sucesos simultáneos: la presentación de Urso y la apertura de Tierra Santa ocurrieron el mismo día. Urso debutó en la Primera al año siguiente del bautismo de San Lorenzo en la A, 1916, y no lo hizo en un partido cualquiera, sino el que se jugó el 7 de mayo, una fecha que los sanlorencistas decodifican enseguida: fue la tarde en la que, durante un 2-1 ante Estudiantes de La Plata, se inauguró la mítica cancha de avenida La Plata que entonces tenía unos pocos tablones, pero que en 1929, después de una segunda renovación, pasó a ser conocida como el Gasómetro, de acuerdo al apodo del diario Crítica.

SU IMAGEN, su carnet y la bandera que cubrió su ataúd están en el museo que lleva su nombre.

En su cordón umbilical con San Lorenzo, Urso fue un actor central de la aventura de un club que dejó de ser un recién ascendido y sin cancha propia hasta convertirse, de a poco, en una potencia. Y en 1923, al año siguiente de su accidente letal, o de su ofrenda póstuma, San Lorenzo fue campeón, un grito que se haría costumbre en 1924 (bicampeón) y 1927.

Urso actuó como un eslabón: fue contemporáneo de algunos fundadores que seguían jugando cuando San Lorenzo había subido a la A, como Federico Monti y Luis Gianella (y ya galopaban hacia el final de sus carreras), y también fue compañero de quienes serían cracks no sólo del club, sino del fútbol argentino, como Luis Monti o Alfredo Carricaberry. El Doble Ancho y Carry son nombres imprescindibles del fútbol amateur pero Urso, incluso en su fugaz biografía, tiene una ventaja: fue el primer futbolista de San Lorenzo en ser convocado a la Selección.

Sucedió en 1919, tres años antes de su muerte, y atrás quedaron los primeros 75 partidos de Argentina en los que nadie había cambiado la azulgrana por la albiceleste. Aunque todavía no existían Los Cinco Grandes, un concepto que se instalaría en 1937, San Lorenzo corría desde atrás. El primer jugador seleccionado de River había sido en 1909 (Elías Fernández), Racing lo siguió en agosto de 1912 (Alberto Ohaco), Independiente al mes siguiente (Ernesto Sande), y Boca en 1913 (Francisco Taggino). También Huracán llegó primero, en 1916, con José Laguna. Y para cuando finalmente Urso (o sea San Lorenzo) representó a Argentina, en un partido contra Uruguay por la Copa Newton, el 24 de agosto de 1919 en Montevideo, ya lo habían hecho 13 jugadores de Racing, 9 de River, 8 de Boca, 5 de Huracán y 4 de Independiente. Urso no volvería a la Selección después de aquel debut en el Parque Pereira, pero ese antecedente abrió la senda por la que primero caminarían sus compañeros Carricaberry (en 1923) y Monti (en 1924), y más tarde René Pontoni, Rinaldo Martino, José Albrecht, José Sanfilippo, Oscar Rossi, Roberto Telch, Jorge Olguín, Alberto Acosta, Néstor Gorosito y Leandro Romagnoli.

Según datos de quienes mantienen vivo al museo Urso, los historiadores Carlos Carullo, Alberto Barja, Jorge Alvarez y Jorge Osre, el futbolista-mártir jugó 107 partidos y convirtió 6 goles para San Lorenzo. Su tragedia sucedió contra Estudiantes, pero no el de La Plata, el rival de su debut, sino contra el mal llamado de Buenos Aires o de Caseros, que entonces tenía su estadio en Figueroa Alcorta y Dorrego, Palermo.

Aquel 30 de julio de 1922, San Lorenzo era visitante y favorito por la 13ª fecha de un torneo tan de goma que recién terminaría en mayo de 1923. El equipo de Urso estaba cuarto. Eran épocas en que las posiciones se calculaban a la inversa: a la sigla PJ, de partidos jugados, le seguía la de PC, puntos en contra. El líder, Independiente, aparecía en lo más alto con 4 puntos en contra, seguido por los escoltas, Platense y Gimnasia, con 5, y por San Lorenzo, con 6. Estudiantes, anteúltimo, languidecía con 19.

Como las desgracias no se anuncian, la previa no despertó interés en los medios. Aquel domingo los diarios informaban la llegada de un equipo checoslovaco, el Teplitzer Fussball Klub, que comenzaba su gira por Sudámerica, y la actividad de Luis Angel Firpo, el boxeador que preparaba una exhibición contra Joe Boykin en la Rural, y que estaba a un año de lanzar del ring a Jack Dempsey y mitificarse en el Toro Salvaje de las Pampas.

EN SU LECHO doliente junto a un cronista de El Telégrafo, que cubrió ampliamente el caso.

San Lorenzo formó con José Coll; Pedro Omar y Enrique Monti; Luis Monti, Alberto Coll y Urso; Carricaberry, Lindolfo Acosta, Felipe Galíndez, Alfredo Larmeu y Gianella. Sucedió de repente: mientras maduraba el segundo tiempo, y en medio de un duelo personal que ya orbitaba alrededor de la bravura (según reconstruyó el vespertino El Telégrafo), Urso fue golpeado por Cómoli, mediocampista de Estudiantes. El impacto fue durísimo: el codazo le fracturó una costilla y le perforó el riñón derecho. Tendría que haber dejado la cancha, pero abandonar no iba con su reciedumbre: no había cambios (se instalaron en 1968) y no quiso abandonar a sus compañeros.

Muchos otros detalles se desvanecen en la mitología. Como el fútbol es tierra fértil para la hipérbole romántica, es muy posible que, en tren de intensificar un acontecimiento que de tan dramático no necesita anabólicos, la leyenda se haya agrandado con el paso de los años y se den por seguros hechos no comprobados. En concreto: suele decirse que Urso escupió sangre, o que el entrenador (en tiempos en que no había entrenador) le pidió que saliera, o que siguió jugando con un pañuelo que enseguida se ensangrentó, o que el gol del triunfo, el del 1 a 0 final convertido por Galíndez, llegó después de un centro del propio Urso, cuando en realidad, en La Nación del día siguiente la asistencia es asignada a Gianella. De hecho, ese gol fue a los 35 minutos del primer tiempo y Urso se lesionó en el segundo, por lo que el relato del mediocampista con la venda enrojecida y escupiendo sangre que llega al fondo y con una última exhalación envía el centro que termina en gol es, sencillamente, una fábula. O el cuento que a Soriano le faltó escribir.

También hay puntos grises que no hacen a lo central. El historiador Carullo logró un excelente testimonio de un testigo del hecho y futuro futbolista de San Lorenzo, Cayetano Molteni, quien aseguró que el topetazo mortal no fue contra un rival, sino contra dos: además de señalar al ya mencionado Cómoli, Molteni remarcó especialmente a un defensor de Estudiantes, “un alemán fuertísimo”, en referencia a Juan van Kamenade. Particularidades al margen, lo que sí está claro es que Urso, con un riñón desvaneciéndose, siguió hasta que terminó el partido y su equipo ganó 1 a 0, y después, sí, de los bosques de Palermo se fue al hospital Ramos Mejía, donde moriría a la semana siguiente. Si hubiese sido monje budista en Vietnam en los 60, Urso se habría quemado a lo bonzo. Su inmolación fue en una cancha.

Seguramente porque Urso continuó en cancha hasta el final, los diarios del lunes no informaron anormalidades. Recién el martes La Nación publicó que “un componente de Estudiantes le aplicó un codazo y le partió el riñón”, mientras El Telégrafo agregó: “Fue necesario extraerle un riñón y, ante tanta sangre perdida, dos de sus cuñados le hicieron una transfusión”.

Pero Urso mejoró en las horas siguientes y El Telégrafo abrió una extraña pista policial. Fue el miércoles: “Según el informe médico, la lesión pareció intencional. Entonces se inició el sumario dando cuenta al juez Luna Olmos, que ordenó la detención de algunos jugadores. Se nos comunicó que Cómoli sería detenido hasta se esclarezca cómo fue golpeado Urso. De nuestras averiguaciones hemos sabido que ambos hicieron alarde de jugadas peligrosas que más tarde dieron ese triste final, sin embargo tratándose de hacer pasar como un accidente casual”. Pero ese rastro judicial no volvió a ser mencionado y Urso, en diálogo con un periodista de El Telégrafo que lo visitó en el hospital y dio paso a una fotoepígrafe el jueves 4, aseguró que “las lesiones fueron casuales y no intencionadas como quieren hacer figurar personas mal intencionadas”. El susto parecía quedar atrás cuando el domingo 6 volvieron las alarmas: “El estado se agravó. A la cabecera de su cama hacen guardia su familia y un practicante del hospital”. Y efectivamente, después de agonizar en la sala 4, Urso murió a las 18.05.

BUSTO expuesto en la cancha de San Lorenzo en el Bajo Flores.

En el duelo nació su canonización. Algunas necrológicas empalagaron: “Cayó como caen los buenos, en el campo de batalla, mirando adelante donde los compañeros de más suerte siguen avanzando. Herido de gravedad no abandonó el field y recién cuando el referí anunció el final, los labios del mártir se abrieron para exhalar un quejido de dolor”. El Telégrafo también divulgó un extracto del diálogo que Urso había tenido con el redactor que lo había visitado un par de días antes de su muerte, y que hasta entonces no había publicado. “Consultado sobre si seguirá actuando, Urso contestó que su club necesitaba de sus esfuerzos y deseaba levantarse para ayudar a escalar los puestos que faltaban para que San Lorenzo se colocara a la cabeza. ‘Con las tribunas que hemos hecho, decía, San Lorenzo es el mejor club de Buenos Aires’, aseguró el half, que estaba tan decidido a seguir jugando que, acostado en el hospital, les pidió a los dirigentes: ‘Suspendan el match de pasado mañana con River así en la nueva fecha que para disputarlo se designe podré jugar yo’”.

Seguido por miles de hinchas hasta el cementerio del Oeste (hoy Chacarita), el féretro salió desde el Gasómetro, donde sus compañeros le hicieron dar una vuelta olímpica. Al domingo siguiente todos los equipos usaron crespón negro, las banderas se izaron a media asta y los partidos se interrumpieron un minuto. Ya sin Urso, San Lorenzo goleó a Vélez y confirmó su campaña: conservaría hasta la última fecha la posibilidad de ganar el título, aunque finalmente terminó tercero.

Tres meses después de su muerte, en Saladillo nació el Club Atlético Jacobo Urso, un homenaje poco usual en la Argentina: inspirarse en un futbolista para bautizar un equipo. En Misiones sucede con Jorge Gibson Brown, en honor al capitán de Alumni, y en La Rioja y Catamarca con Américo Tesorieri, ex arquero de Boca. Lo curioso del Jacobo Urso de Saladillo es que juega con la camiseta de Boca, club que le regaló un juego en 1935, y cuyo escudo también está pintado de azul y amarillo.

A 91 años de su muerte, y después de haber permanecido varios años en el Jardín de Bustos del Viejo Gasómetro, el mausoleo de Urso descansa ahora en su museo homónimo, en el entrepiso del Nuevo Gasómetro. Allí también se guardan sus cenizas y su carnet de futbolista. El de San Jacobo de Almagro.

Por Andrés Burgo. Fotos: Alejandro del Bosco y Archivo El Gráfico

Por Redacción EG: 04/08/2013

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