Notas de la revista

Willy Caballero: Europa a sus manos

- por Redacción EG: 08/07/2013 -

Elegido por la EUFA como el mejor arquero de la Champions, paladea la satisfacción de haber llegado al pico máximo de su carrera sin apartarse del bajo perfil. Las bases de su crecimiento. La superación de un duro momento familiar. Los secretos para enfrentar a Messi y CR7. Los sueños de Selección.

 Nota publicada en la edición de julio de 2013 de El Gráfico

NACIDO EN Santa Elena hace 31 años, Willy logró 3 títulos con Boca, un Mundial Sub 20 y el oro olímpico en Atenas 2004.

“Dejá, invito yo. No todos los días te llaman de El Gráfico.” Primera certeza, mucho antes de que llegue la cuenta, al sol del mediodía en un barcito de San Telmo y con la charla recién empezada: el mejor arquero de la Champions no se la cree ni un poquito. Nada de nada. Dos horas después, cuando su historia ya haya quedado capturada en el grabador, será más fácil entender las razones. Y no porque el periodista sea un hábil armador de climas intimistas; Willy Caballero es un muchacho que despega los pies del piso sólo para tirarse hacia un ángulo, a ver si llega a sacar la pelota. Antes y después, se nota, no se sube a ninguna nube. Así camina estas vacaciones por su país, después de la mejor temporada de su carrera deportiva, en la que arañó las semifinales del torneo más importante del mundo con el Málaga. En plan divismo cero. En una de esas, la explicación esté allá lejos y hace tiempo.

“Me costó mucho creer lo que se decía de mis condiciones, tal vez por timidez. Notaba que se hablaba mucho de mí en Boca, pero yo no sentía esa misma confianza. Incluso hasta los 19 o 20 años. No lo comentaba demasiado, apenas con algunos compañeros, y me ayudó mucho la psicóloga del club, porque si no lo corregís, no podés jugar en Primera. Ni en la de Boca ni en ninguna otra”, larga la mirada introspectiva. Para entonces, había avanzado bastante en su curso de adaptación a la ciudad gigante, adonde había llegado en plena adolescencia: “Venirme de Santa Elena fue fuerte. El día que me trajeron a vivir a la pensión nos llevaron a ver Boca-Platense a la cancha de Vélez. Cuando íbamos llegando al estadio empecé a ver gente drogándose en la calle, algo que en mi pueblo no pasaba. Me quería volver. Los primeros meses fueron bravos: extrañaba, chocaba con una sociedad que está mucho más avanzada que la de un pueblo, para lo bueno y para lo malo. A Boca le debo esa contención, vivir en la pensión me dio mucho. Con Víctor Civarelli, el entrenador de arqueros, tuve charlas larguísimas, que me dejaron un montón de enseñanzas. Algunos compañeros de la época se metieron en su lista de amigos con los años: Nicolás Burdisso, Esteban Herrera, Nahuel Fioretto, Elías Bazzi. “Hoy todavía nos llamamos el club de la Casa Amarilla”, apunta.

Willy había empezado a dibujar su perfil de futbolista antes de nacer. Él acepta la exageración: “Mi apellido tenía el peso del arquero, ese karma; mi viejo y mi tío eran arqueros, pero a mí al principio no me llamaba la atención, así que empecé jugando en el medio. Pero mi equipo, Santa Marta de Santa Elena, perdía casi siempre y un día, en la rotación, me tocó ir al arco. No me hicieron goles y me gustó. Tenía seis años. Contaba a favor con que me salía naturalmente ordenar, gritar, tal vez eso le gustó al entrenador. Pero claro que no tenía técnica, era puro instinto.”

Volvamos hacia adelante. En Boca, el tiempo pasaba y las oportunidades eran como dos canillas de agua bien cerradas: no goteaban casi nunca. Así y todo, llamaba la atención en Ezeiza, donde se entrenaba la Selección Sub 20 de José Pekerman. Eran tiempos de preparación para el Mundial de 2001, que encima se iba a jugar en la Argentina. “Dos años antes yo era el titular y Germán Lux el suplente, pero cuando llegó el Mundial, Pekerman lo puso a él. No me bajoneé, era consciente de que así no iba a sumar”, le pone play a la memoria. Hasta que llegó la semifinal contra Paraguay en la cancha de Vélez, esa que había descubierto en su desembarco en Buenos Aires, en aquella noche de miedos. La diferencia era un detalle: ahora le iba a tocar pisarla. “De repente, en la charla antes del partido, José dijo que jugaba yo. Tuve ese ratito para prepararme, pero entré bien y ganamos sin problemas”, revive sensaciones que le quedaron adentro. Estaba cocinando su primer gran plato en el fútbol, uno que le agregaría kilos a la bendita idea de poder confiar en sí mismo. A aceptar la mirada de los otros. Después vino la final, el 3 a 0 a Ghana y la medalla a la par de Maxi Rodríguez, Saviola, D’Alessandro, Ponzio, su amigo Burdisso. Si tuviera que elegir fotos para el álbum de su carrera, la del 8 de julio de 2001 entra. Seguro.

De vuelta en Boca, la película siguió más o menos igual. Con Abbondancieri delante (al Pato le faltaba para cambiar la z por la c en su pasaporte), Caballero jugaba entre poco y nada. Un amistoso por acá, un partidito de esos en los que Bianchi ponía a los suplentes por allá. Y poco más. El rating de su autoestima no hacía picos para arriba, justamente. Hasta que la puerta de salida de la Bombonera se abrió para él. “No me quedó la espina de no poder afianzarme en la Primera, pero me hubiera gustado. Yo creo que las cosas pasan por algo. Cuando me dijeron que tenía que irme no me caí porque se venían los Juegos Olímpicos de Atenas. No me lo podía permitir. Y ahí surgió la posibilidad de ir al Elche. No volví a mirar para atrás, no suma, no sirve”, reflexiona ahora, con el tostado a medio terminar en plena placita Dorrego.

LOS GOLPES QUE DUELEN EN SERIO
El cambio fue abrupto: de conocer a Marcelo Bielsa y ganar la medalla de oro en Atenas –esta vez, con Lux en el arco y él en el banco todos los partidos– a que la etiqueta de la valija diga Elche como destino final. A jugar en Segunda. Un mundo nuevo se abría para ese arquero que ya andaba por los 22 años. A sembrar de nuevo. “Es una gente muy sufrida, estuve seis años ahí y en cinco peleamos por no descender a Segunda B. Ellos valoran a los que son respetuosos, y a mí nunca me gustó vender humo con el público, ni gritar los goles con la tribuna y esas cosas. Por eso me adoptaron rápido”.

Pero a un año de haber iniciado ese nuevo camino, llegó una noticia que hizo temblar a la familia. Hubo que poner de nuevo el contador en cero y afirmar todavía más por dónde pasan las cosas que de verdad cambian la ecuación de la vida; Guillermina, la hija de Willy y Lucía, tenía cáncer de retina. El lo cuenta de un tirón: “Uno no necesita esos golpes para darse cuenta de las cosas que valen la pena, pero pasa. Te hacés más fuerte, más valiente, mirás la vida distinto. Mi mujer fue la que se dio cuenta de que algo pasaba en su vista, y un estudio descubrió el tumor, que era bastante grande. Cuando nos enteramos decidimos dejar todo y volvernos al país. Nos vinimos porque nos dijeron que acá estaba el doctor Julio Manzitti, que es de los mejores del mundo en esa especialidad. Preguntarnos por qué le había pasado a Guille, que apenas tenía tres años, no servía, había que enfrentar el problema. Todo lo que pasó nos hizo más fuertes a mí, a mi mujer, y a ella. Y más felices. Pensaba: ‘Si vuelvo a jugar al fútbol, va a ser todo para arriba, no va a haber más dudas en esta cabeza. Todo para arriba, para arriba’. Estuvimos cinco años con controles, y ya está curada… A veces te doblás un tobillo y decís ‘ay, me duele, no puedo entrenarme'. Pavadas. Yo la veía a ella que salía de quimioterapia, que es algo que te deja tres días de cama, y llegaba a casa y quería saltar, jugar todo el tiempo. Es cuestión de ser positivo en la vida.”De ese trance le queda el aprendizaje y el tatuaje de la imagen de la Virgen de Santa Lucía en el brazo izquierdo. La Virgen de la vista.

En el mientras tanto, cuando el tratamiento de Guille era lo único que importaba, Willy ni miraba los partidos por televisión. Seguía entrenando solo, y a veces aceptaba la invitación del profe Urtasún y el Pato Fillol para trabajar con los arqueros de las selecciones juveniles en Ezeiza. “Estuve seis meses sin jugar y los siguientes seis fiché en Arsenal, que me ayudó un montón. Me dio la chance de volver a un vestuario, de sentirme futbolista otra vez”, agradece. Fueron 13 partidos antes de subirse los tres otra vez al avión rumbo a España, después de haber pasado el año bisagra de sus vidas.

En Elche lo esperaban, queda claro. “Arranqué de titular, de menos a más, y yo seguía con la meta de crecer, y no podíamos ascender. Había rumores de otros clubes, pero nunca se concretaba nada. Y allá es difícil para los arqueros de Segunda: si no ascendés con tu equipo, es difícil llegar a tener una oportunidad en Primera”, describe una regla no escrita del fútbol campeón del mundo. Pero la perseverancia paga. Y a Caballero el boleto para subir al ascensor de la Liga le llegó por la lesión de Asenjo, el arquero del Málaga, en plena temporada 2010/11. Se venían emociones fuertes, ansiedades, flashes. La oportunidad que había amasado durante años. “Salió todo en un día. Cuando me llegó la posibilidad, le pedí al club que me dejara ir, pero ellos no querían asumir el costo. Di una conferencia de prensa de despedida y terminé llorando, la gente fue a la puerta a saludarme y a desearme suerte, nadie me reprochó nada. Fue una alegría, de las cosas lindas que a uno le quedan. Allá está muy bien visto eso del palmarés, los títulos que has ganado son un valor en sí mismo. Y yo pienso que también hay otras cosas que valen la pena, cada uno construye su carrera en los lugares que puede y lo importante es lo que deja en cada sitio. Incluso más allá de lo que pasa adentro de la cancha”. Lo dice convencido, a mil kilómetros de la burbuja de estos tiempos de exitismo e idolatrías baratas. Paradojas del destino, el Elche acaba de ascender a Primera. Y él lo celebra a distancia.

TIENE tres récords de valla invicta: 567 minutos en Elche (2008/9), 479 en Málaga (2011/12) y 523 en la última Champions, también con Málaga.

EL GRAN DEBUT
A los 29 años, y sin tiempo más que para llegar y ponerse los guantes, a Willy le llegó la chance en medio de las urgencias del nuevo equipo: el Málaga se estaba jugando todas las fichas para no descender. “El debut fue contra el Villarreal, de visitantes. Estuve nervioso hasta que agarré la primera pelota. Ahí me solté, me sentí a gusto, terminé disfrutando el partido. Me había preparado muchos años para eso. Teníamos el objetivo de salvarnos del descenso, y fue dificilísimo, hasta que lo encarrilamos y terminamos festejando una fecha antes. La salvación fue muy importante para mí. En ese tránsito fui convenciendo al entrenador, al público, a la prensa. En el receso llegaron un montón de jugadores pero ningún arquero”, echa la mirada hacia atrás.

El máster de arquero de Primera División no se aprueba así nomás, sobre todo cuando las etiquetas las cuelgan los otros. Y pesan. “Yo escuchaba y me iba poniendo metas: decían que no podía jugar en Primera y lo hice, que no tenía nivel para la Champions y lo afronté. Si entrás en la duda de los demás, sos carne de cañón. Esas críticas las escribo para transformarlas en metas y poder tacharlas cuando las cumplo”, descubre una intimidad. Será que le encontró la vuelta al asunto, a hacer equilibrio entre la autoexigencia y los mandatos externos. “El fútbol es simple: si sos bueno y estás con gente mediocre, vas a seguir siendo bueno; si te mezclás con gente de más nivel que el tuyo, vas a crecer. Para mí fue un volver a empezar a los 30 años, cuando uno ya tiene muchos vicios adquiridos. Yo quería progresar en todo, en la cantidad de goles evitados, en la efectividad de las atajadas. Y mejoré mi técnica, el golpeo de pelota, el posicionamiento”, avanza más.

El casillero siguiente fue el estreno en la famosa Champions League. El suyo y el del club, también. “El ambiente es único, sobre todo para un equipo debutante como nosotros. Era una fiesta, y si quedábamos afuera en la primera ronda, iba a estar todo bien. Pero Pellegrini y nosotros queríamos más, teníamos un combo muy bueno entre españoles y sudamericanos. Enfrentamos al Milan, al Borussia Dortmund, al Porto, todos equipos campeones, y estuvimos al nivel de ellos. Les plantamos cara a todos, y quedamos afuera en la última jugada contra el Dortmund, en Alemania. Con el tiempo lo valoramos más, sobre todo al ver que ese mismo equipo, que a nosotros apenas nos ganó, al Real Madrid le metió cuatro.” Vendrían entonces las nuevas etiquetas, las de los elogios, los rumores de pases a equipos grandes y la elección de mejor arquero de la Champions 2012/13 por parte de diarios y revistas de fútbol y la propia UEFA.

Volvemos al principio: este muchacho que pide un café para masticar las últimas ideas le saca el cuerpo a esos títulos a página entera. Los deja pasar de largo, mientras se entusiasma con seguir jugando “hasta los 40, como pasa con los arqueros en Inglaterra”. En todo caso, su voz trasluce un desafío más. Uno para cumplir y tachar, porque seguro lo tiene escrito en un papelito. “Está demás decir que me muero por ir a la Selección, pero no es fácil. Los que están ahora lo están haciendo bárbaro. Lo que creo es que tienen que estar siempre los mejores; vos ves que en España ataja Casillas, que es el mejor, y el suplente es el segundo mejor, Valdés. Eso tiene que pasar siempre, no puede ser un problema que haya competencia por el puesto, por algo es la Selección”, argumenta. Llegar a ese arco, claro, depende de Sabella; si el telefonazo estuviese en las manos de los hinchas del Málaga, no habría dudas. Porque pase lo que pase, a Caballero lo acompañará siempre el eco de esa tarde cualquiera, después de una atajada cualquiera, cuando el estadio entero se hizo un grito: “¡Willy Selección!”, exigía.


CONTRA LEO, asegura Willy, no hay planificación que valga. La pulga sorprende a cada instante.

COMO ENFRENTAR A MESSI Y A CR7 Y TRATAR DE SALIR ILESO
A Caballero, y a tantos otros que se ponen los guantes, le pesa una maldición cada vez que se arma el fixture de la Liga española: buscar rápido en el calendario las fechas en las que tendrá que poner la cara ante el Barcelona y el Real Madrid. O, para ir al punto, contra Messi y Cristiano Ronaldo. Pero primero lo primero, apunta Willy: “Jugar contra el Barça y el Madrid te da una motivación natural. Pero este año hubo un cambio: antes, nuestra gente iba a verlos a ellos cuando venían a Málaga, y ahora van también pensando que podemos ganarles. Eso lo conseguimos nosotros”.

¿Y qué de enfrentar a CR7, el del jopo con gel y remates imposibles? Aquí va la fórmula del 13 del Málaga. “Contra Ronaldo uno puede anticiparse: sabés que cuando recorta para adentro le pega fuerte, y que tenés que ir un poquito para atrás porque la parábola que toma la pelota hace que caiga de golpe. Todo eso se puede prever, aunque claro que después suceden cosas que no están en el libreto”. Caballero se cruzó seis veces en una cancha contra el portugués, que le marcó cuatro goles. Tres de ellos en el histórico 7-0 en el Bernabéu, el día que Pellegrini decidió poner suplentes porque se estaban jugando no irse al descenso y cuatro días después tenían un partido contra un rival directo en esa pelea. “Pero no jugué ese día, estuve en el arco nomás (se ríe). Lo tuve que asumir, fue la vez que más goles me hicieron”, desdramatiza. En el último choque contra Ronaldo salió empatado, a pesar de la derrota del Málaga por 6 a 2. ¿Cómo? “Le atajé un penal en el Bernabéu, aunque me hizo un gol y después salí lesionado”, explica.

Pero Messi, se resigna el pelado, es otra cosa. Se queman los libros con la Pulga. “Con Leo no hay preparación, en un mano a mano te puede hacer lo que quiera. Y la mayoría de sus goles son desde adentro del área, es raro que remate de afuera”, comenta, y da pistas de que lo tiene bien estudiado. Aporta más: “En los tiros libres tiene muchas variantes también, entonces uno debe confiar en lo propio, en la colocación y en cómo correr. En los mano a mano sos vos contra él con todo lo que hayas aprendido, y tratar de meterte en su cabeza para adivinar qué va a hacer”. Eso no debe ser fácil, por supuesto; dos veces Caballero salió a la cancha y del otro lado estaba el mejor del mundo: en las dos le hizo goles. Uno en el primer partido y tres en el último, y las dos ocasiones en la Rosaleda, el estadio del Málaga. Tal vez, sólo tal vez, Sabella le dé la chance algún día de jugar para el mismo equipo. Y dejar de sufrirlo.


Por Andés Eliceche. Fotos: Emiliano Lasalvia
- por Redacción EG: 08/07/2013 -