LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

"Cayendo con estilo", un texto de Eduardo Sacheri

- por Redacción EG: 09/06/2013 -

¿Cómo tomarse un descenso? Otra genialidad del gran escritor, cuando vislumbraba que Independiente podía terminar en la B. El mes que viene, la segunda parte, con el descenso ya consumado. Como siempre, en exclusiva para El Gráfico.

 Nota publicada en la edición de junio de 2013 de El Gráfico

Todos tenemos películas que nos han marcado. Esas a las que uno vuelve en distintas situaciones de la vida porque las necesita. Vuelve para recuperar una imagen, una frase, un diálogo. Una huella que no tiene que ver únicamente con esa película, sino con la vida que vivimos.

Pues bien: una de las películas de mi vida es ni más ni menos que Toy Story. Calculo que la mayoría de los lectores la conocen: fue el primer largometraje de animación que produjo Pixar y la dirigió John Lasseter. Como su nombre lo indica, cuenta una historia de juguetes. Son los que pertenecen a un nene que se llama Andy, están vivos, piensan, sienten, y se esconden de la mirada de los seres humanos.

¿Por qué es una de las películas de mi vida? Porque la historia es excelente, porque los personajes son increíbles, porque fue una de esas pelis que vi seiscientas veces con mis hijos cuando eran chiquitos, a esa edad en que a nuestros hijos no les interesa ver cosas nuevas, sino volver a ver las cosas que les apasionan (y lo bien que hacen). Y porque, como dije al principio, es una peli que me ha dejado imágenes y frases que se incorporan otra vez a mi vida en cualquier momento.

Ubiquémonos. Al principio de la película el vaquero Woody vive en el mejor de los mundos. Hábil, inteligente, carismático, no sólo es el juguete preferido de Andy, su dueño, sino el líder natural del grupo de juguetes. Los demás se entusiasman con sus ideas, se embanderan en sus proyectos, siguen sus indicaciones. Pero el día del cumpleaños de Andy, las cosas cambian. Llega Buzz Lightyear, un astronauta lleno de luces, Guardián del Espacio y miembro del Comando Estelar. A diferencia de los otros juguetes, el recién llegado está convencido de que, efectivamente, es un astronauta, y niega ser un juguete. El vaquero Woody, a medias por celos y a medias por sentido común, pretende ponerlo a prueba. Lo desafía a que vuele por la habitación. Y resulta que por azar, por una suma de casualidades, es decir, absolutamente de chiripa, Buzz consigue algo parecido a un vuelo corto, aunque tiene mucho más de pirueta acrobática. Terminada la prueba, excepto Woody, todos los demás juguetes (el Sr. Cara de Papa, el dinosaurio Rex, el perro Slinky entre otros) se rinden de admiración ante el juguete volador. De nada sirven las protestas del vaquero, que sostiene que eso no fue volar, sino caer con estilo. Nadie le presta atención. Todos asisten embobados a la exhibición de maestría del astronauta lleno de lucecitas y protagonismo.

No voy a contar toda la película –aunque ganas no me faltan–, sino a centrarme en una escena en particular. La que para mí es la mejor de todas, la más profunda, la más decisiva. No sé si decisiva para la película. Decisiva para mí, que ya es bastante, por todo lo que encierra, por todo lo que me dice cada vez que la recuerdo.

Después de atravesar numerosas aventuras, Buzz descubre por fin la terrible verdad que Woody le venía anticipando. Es un juguete. Y no puede volar. Así se lo confirma hasta una publicidad televisiva. Hundido en una profunda depresión, se abandona a la indolencia y al sarcasmo. Y es precisamente Woody, su antiguo rival, el que vuelve a ponerlo de pie y en movimiento.

En el momento culminante, Buzz sostiene en sus brazos a Woody, mientras ambos corren el riesgo de estallar por culpa del cohete explosivo al que los han atado. El vaquero cierra los ojos para no ver el desastre inminente. Pero Buzz tiene una idea. Oprime uno de los botones de su pecho, despliega sus alas, corta las ataduras que los unen al cohete, e inicia un planeo libre y feliz en un cielo azul y suburbano.

Al advertir que no han explotado, Woody se atreve a abrir los ojos y no cabe en sí de la alegría. “¡Buzz, estás volando!”, le reconoce, maravillado. Y ese es el momento esencial del personaje del astronauta. Porque no se queda en el enojo de sufrir por lo que no es. Ni se sube a ese elogio fácil que, entiende al fin, es desmedido. Y por eso, con su serena respuesta, pone las cosas en su sitio: “No estoy volando. Estoy cayendo con estilo”.

Esa escena, esa frase, encierra a mi juicio una profunda enseñanza de vida. Y, como me pasa tan a menudo, es el fútbol el mantel sobre el que puedo extenderla, aplicarla y entenderla. Porque el fútbol, o más exactamente, el amor que sentimos por nuestro equipo, nos somete siempre a una fuerte contradicción. Es, le pese a quien le pese –empezando por nosotros mismos, porque en general nos pesa– uno de los aspectos más importantes de nuestra vida. Nos condiciona el humor, nos afecta el sueño, nos altera la digestión, nos tiñe las expectativas.

Y, sin embargo, no tenemos el menor control sobre lo que sucede con nuestros equipos en el campo de juego. No depende de nosotros. Porque son otros los que juegan. Son otros los que ganan y pierden –sobre todo pierden, claro–. Los hinchas intentamos convencernos de que no es así. De que las cosas, de algún modo confuso y retorcido, sí tienen que ver con nuestros actos. De que está en nuestras manos torcer o enderezar las fuerzas del destino. Y nos cargamos de cábalas, y vamos a la cancha convencidos de lo decisivo de nuestro aliento, y nos sentamos en tal sillón, pero nunca en tal otro, y usamos esta ropa, pero aunque nos maten, no nos pondríamos jamás aquella otra. Y nos engañamos. Porque no. No depende de nosotros, más allá de los artilugios de nuestra ingenuidad.

Se me hablará del aliento, de los cantos, de la presión de la tribuna. Pero: ¿cuál es nuestro aporte concreto? Si se pudiera medir, pesar, saber. ¿En qué cambiaría si nosotros nos quedásemos en casa? Y ni hablar cuando efectivamente nos quedamos, porque somos muchos más los que nos quedamos en casa que los que vamos a la cancha. Mil disculpas, pero el asunto del “aguante” siempre me resulta un argumento por demás endeble.

Ahora, mientras escribo, me asalta la idea de que hay un grupo de energúmenos que están dispuestos a salir, cueste lo que cueste, del módico anonimato en que nos movemos la mayoría. Energúmenos que no se reconcilian con la idea de la pequeñez del impacto de cada hincha. Me refiero a los salvajes que tiran bombas, que derriban alambrados, que amenazan jugadores, que escupen a rivales, que aprietan árbitros. Pero yo quiero hablar de hinchas, no de delincuentes. De modo que dejo de lado a los barras, que lo único que logran es que lo que ya de por sí es malo, termine volviéndose peor.

Para los hinchas a secas, para la gente de bien, casi no hay nada para hacer más que desear y sufrir. Parece que no hubiera nada en nuestras manos.

Y sin embargo… hay algo que sí. Algo que pese a todo, depende de nosotros. Y ahí es donde regreso a mi querido astronauta de Toy Story. Buzz Lightyear no puede elegir volar. No depende de él. No es un juguete volador. Puede llenarse de rabia, de frustración o de impotencia. Puede mentirse que sí. Que sí vuela. O que hay una conspiración intergaláctica que se lo impide.

O puede tomar la otra alternativa. Puede aceptar las cosas como son. Dejar de protestar y de encularse. Puede concentrar su orgullo en hacer bien lo que sí puede hacer. En otras palabras, puede decidir. Puede caer con estilo.

Y esa es la cuestión. El estilo. La forma. El cómo. Llamémosle como nos dé la gana. Nosotros, los que queremos al fútbol, los que vivimos enamorados de una camiseta, no estamos en el campo de juego. No erramos los pases ni los goles. Nosotros no equivocamos los caminos. Nosotros no tenemos los pies redondos. Pero igual, cuando nuestro equipo pierde, perdemos. Y si pierde mucho, sufrimos. Y si pierde demasiado, nos vamos al descenso. Nos puede pasar. Nos puede ocurrir. Ningún hincha quiere eso. Nadie quiere verse sometido a ese aprieto.

Y, sin embargo, esa es la prueba de fuego para lo que hemos decidido ser. Para determinar lo que tenemos adentro. Nadie elige por mí. Yo soy el que decide. No soy el que decide el qué, pero sí soy el que decide el cómo.

Yo puedo graznar cantitos racistas o llenarme la garganta de cantos por mi club. Yo puedo derribar un alambrado para frenar una goleada en contra, o bancarme como un hombre que me bailen, si es lo que me toca en suerte. Yo puedo atacar a pedradas el micro de los jugadores al grito feroz de “pongan huevos”, o puedo decidir no hacerlo. Puedo destrozar mi estadio si me desborda la humillación, o saber que esa es mi casa, y romperla no me sirve de nada.

Eso lo elijo yo. Yo y cada uno de los hinchas de cada uno de los clubes. Buzz no es un guardián del espacio. Nosotros no definimos los partidos. Buzz no vuela. Nosotros no cabeceamos. Buzz es un juguete. Nosotros somos el tipo de hinchas que elijamos ser, porque elegimos el tipo de personas que decidimos ser.

Porque podemos decidir qué cantamos, qué aplaudimos, qué callamos, qué ignoramos, qué aceptamos, qué tipo de fútbol respetamos.

Y no me vengan con la idiotez del aguante. Aguante no es hacerse el malo. Aguante tienen los que se bancan dos horas de viaje, una popular a casi cien mangos, cuatro cacheos, un partido horripilante, un baño mugriento, un sol inclemente, una hora de espera antes de que abran las puertas, a la salida.
Ningún amor nos garantiza la victoria, ni los campeonatos. Si vienen, que vengan. Felices de nosotros. Pero el fútbol no se trata de ganar. Porque por algo se parece tanto a vivir, a fin de cuentas.

Y si lo nuestro no es volar, pues entonces, caigamos con estilo.

Por Eduardo Sacheri
Por Redacción EG: 09/06/2013

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